PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

PANTERA

Cargo la leña sin prisa. Troncos secos y pesados.

Zeno está muerto, como debía estarlo. Dejarlo respirar habría sido enseñar a los demás que mis órdenes se negocian. Aquí no se negocia nada. Las infecciones se cortan o se extienden. Yo corto. Siempre.

Si Vivaldo se atreve siquiera a levantarme el tono de voz, lo callaré de la misma forma que a Zeno. El respeto no se pide. Se impone.

Bagheera levanta la cabeza cuando entro.

Me sigue con los ojos, silenciosa, alerta.

No hace falta decirle nada. Entiende el territorio mejor que nadie.

Estoy orgulloso de ver cómo ella acata mis órdenes.

Ha presenciado a Maia amenazándome y con un solo gesto, mi pantera se ha reprimido hasta el límite. Buena chica.

Maia sigue en mi habitación.

Me detengo un segundo frente al pasillo. La puerta no está cerrada del todo, así que me asomo lo justo y observo.

Lleva ropa mía, ancha. Un chándal. El pelo recogido sin cuidado; la cara la tiene marcada de golpes.

Está buscando por mis cajones. Supongo que algún objeto que pueda utilizar contra mí.

No debo sonreír, pero lo hago. No debería porque sería encariñarme demasiado, y ella no puede estar en mi vida. Sería imposible.

Tiene el pelo castaño con un brillo cálido, cada mechón atrapa un poco de luz.

Lo tiene recogido de forma desordenada, pero incluso así parece pensado para enamorar.

Sus ojos color miel son lo primero que me impacta.

Ya lo hizo en el pasado. No son solo bonitos, tienen una mezcla de dulzura y misterio que me obliga a mirarlos dos veces.

Su rostro es delicado, aun con los moratones.

Tiene los labios hinchados de los golpes que ha recibido y rasguños por todo el cuerpo.

Es guapa de cojones, de una forma que no necesita esforzarse, tiene una belleza natural que no le hace falta presumir, pero que se nota de lejos.

Incluso cuando no habla, transmite un magnetismo suave que me hace preguntar qué tendrá que no puedo dejar de mirarla.

Y la atracción que siento por ella después de todos estos años se hace más notable, más visible, de forma inevitable. Y no debería.

En el coche noté su cambio de actitud. Supe que me había reconocido en cuanto entornó la vista.

Me clavó una mirada que no necesita de palabras para herir.

Fue fría, afilada, tensa. Sus ojos se estrecharon igual que los de una víbora cuando fija el objetivo, inmóvil pero cargada de veneno.

Igual que una serpiente que acecha en silencio, sus pupilas seguían cada movimiento que yo hacía, calculando, midiendo, esperando.

Había una quietud inquietante en su expresión.

He notado el odio en su expresión. Quien recibe ese tipo de mirada sabe que no es una advertencia, es una sentencia.

Mi sentencia.

O la suya.

Decidí llamarla “viborilla”, porque aun teniendo esas ganas de matarme, no creo que pueda llevarlo a cabo. De ahí el diminutivo.

Me aparto antes de que me vea y dejo la leña junto a la chimenea. Coloco los troncos con control y calma. El fuego es disciplina. Justo lo que necesito en mi vida.

Siento su presencia a mi espalda antes de oírla.

Me giro con calma. Le hago un gesto a mi pantera para que la vigile.

Ella ya venía preparada para volver a atacar y justo le he fastidiado los planes.

Me guardo la sonrisa que lucha por salir.

Bagheera se pone a su lado, en alerta. Maia se tensa.

Deja escondida la mano en su espalda. Me muero por saber lo que habrá escogido para “matarme”.

—¿Dónde tienes los productos de limpieza? —Se recompone con rapidez.

Si cree que no me he dado cuenta de lo que lleva, es que es demasiado ingenua. Pero dejaré que siga creyéndolo. Me encanta verla decidida, valiente, viva.

—Debajo del fregadero —indico en tono seco.

Escucho cómo se mueve por la cocina. No hay puertas, pero no las necesito. La casa está pensada para ver y ser visto. Estos metros son suficientes para vivir.

Termino con la chimenea y me giro. Tiene la mirada clavada en mí, desafiante.

Evalúa la situación. He escuchado cómo abría y cerraba un cajón con cautela, pero a mí no se me escapa nada.

Y por el sonido puedo adivinar que es el último a la izquierda del mueble de la cocina.

Pensará que por ser el último es el más innecesario de la casa y que no lo abriré.

La observo unos segundos. Está cogiendo los productos con el ceño fruncido. Voy a molestarla, a ver qué hace.

—¿Tienes algún problema? —pregunto.

—No hay apenas polvo en las superficies de los muebles, los productos están organizados y a la mitad. Aunque la mesa parezca que está en medio de un campo de batalla con todo tirado, la casa en sí está muy limpia —enumera todo señalando con el dedo.

—¿Y? —insisto sabiendo muy bien qué quiere decir.

No puedo decirle la verdad: he sido un bocazas.

Suelo limpiar yo, pero por meterme donde no me llaman, he tenido que ir a ese monasterio para no quedar mal con el Don.

Intenté sacarle a Gepetto sus sentimientos por su empleada al mencionarla para limpiar mi casa, cosa que no necesito, y él me mandó allí.

Ya no podía rechazar el ofrecimiento porque si no, sabría que le he preguntado por la empleada aposta.

—¿Qué hago aquí? —insiste con tono confuso. Da un paso hacia mí.

—Limpiar —contesto cortante.

Levanta una ceja. Y puedo notar como se envalentona en un instante.

—¿En serio? —Pone las manos en las caderas y alza la barbilla con altivez.

—En serio.

A otra persona, por haberme hablado así e intentar matarme, ya le hubiera arrancado la cabeza de cuajo. Pero a ella, nunca le haría eso. Nunca.

Da otro paso. Está cerca. No retrocedo.

—¿Me traes aquí para esto? —suena incrédula. Tira el trapo que tiene en la mano al suelo con fuerza.

—Te traje porque puedo —dictamino con seguridad.

Hay un silencio inquietante a nuestro alrededor. Tensión entre nuestras miradas. Tengo que obligarme a esconder la sonrisa porque su actitud me divierte.

—¿Me secuestra una puta organización mafiosa, me rompes el corazón y seis años más tarde apareces en mi vida para que limpie tu casa? ¿Me tomas por tonta? Esto parece una broma de mal gusto. Dime la puta verdad —inquiere.

Puedo notar la decepción en su tono, y la rabia, no tengo duda de ello. Se queda tan cerca de mi rostro que puedo notar su respiración acelerada.

Se acerca más. Puedo oler su piel. Está temblando. Tiene rabia, soy experto en saber cuándo alguien lo tiene. Sabe lo peligroso que soy y sin embargo me desafía, y eso me vuelve loco. Tan cerca de la mayor amenaza del planeta y aun así tan valiente.

—Usa ese primero —le indico un producto—. Luego ese.

Se queda quieta, descolocada. No esperaba que le diera instrucciones. Esperaba una explicación. Me encanta verla sorprendida. Soy así, nadie se espera mis actos.

—Eres un hijo de puta —pronuncia de nuevo en su idioma materno.

No me inmuto. Una vez, vale; dos, bueno; pero no habrá una tercera. Lo aseguro.

—Probablemente —afirmo sin dejar ver un ápice de mi carácter.

Paso a su lado sin tocarla. No hace falta, el control no siempre usa las manos.

Se queda con los ojos muy abiertos. Al darle esas directrices, le acabo de demostrar que soy yo el que limpia, y el que tiene el control.

No puedo decirle que me importa más de lo que creía, que al verla se me han roto todos los esquemas.

—Esa lengua —añado, sin mirarla— te va a meter en problemas, viborilla.

—Ya estoy dentro de ellos —confirma con tono enfadado.

Me detengo. Me giro despacio. Ahora sí la miro de frente, conectando nuestras miradas.

—No conmigo —profiero—. Aún.

Sus ojos brillan. En parte de odio y también con un poco de desafío. Mi amenaza es muy real. Estoy intentando controlarme, pero todo el mundo tiene un límite.

—No te tengo miedo —anuncia con voz un poco temblorosa sin poder evitarlo.

Está dejando salir toda su valentía. Sus sentimientos, sus pensamientos.

¿Por qué? ¿Tan segura se siente conmigo?

Me gusta analizar a las personas para moverme sobre el terreno, y creo que ella acaba de salir de la jaula donde estaba.

En ningún momento le he dado esa confianza, ¿no?

Aunque me alegro por ello. Quiero que conmigo se muestre tal y como es.

Ladeo un poco la cabeza.

—Eso es lo que te hace peligrosa —me refiero a su actitud—, y lo que te ha traído hasta aquí —sentencio.

No podría estar más satisfecho por ello. Ha conseguido sobrevivir.

No aparta la mirada. Yo tampoco. El aire se vuelve espeso y Bagheera se acerca a nosotros, alerta. Mi pantera piensa como yo: está a punto de atacarme de nuevo.

Rompo el contacto visual primero. Decido hacerlo. Quiero dejarle ver que conmigo puede ganar. Aunque no debería, pero no puedo evitarlo.

—Termina rápido —añado—. No sé cuánto tiempo podré contenerme. Y mi estilo de vida no perdona errores —finalizo en tono duro.

Me alejo. Dejo que el silencio haga el resto. Porque no puedo ceder. Este es quien soy. Y ella volverá a desaparecer de mi vida. No puedo pensar siquiera en tenerla aquí más de unas horas. No. Cuanto antes me haga la idea, mejor.