CAPÍTULO 14
VÍBORA
No levanto la barbilla al entrar. No es porque quiera ser sumisa, es porque estoy calculando errores y aún estoy decidiendo qué hacer y tengo que estar muy alerta.
La madera cruje bajo mis pies descalzos.
Él no me sigue de inmediato. Deja que sea yo quien avance, quien se exponga primero.
El animal entra antes que yo. La pantera atraviesa la estancia con la familiaridad de quien manda en el lugar, es su casa al fin y al cabo, se tumba frente a la chimenea y vigila mis movimientos.
Al fijar la vista en el interior, noto una mezcla inquietante entre calidez y peligro.
La luz es tenue, amarillenta, filtrada por una lámpara antigua con pantalla de tela que tiñe las paredes de madera de un tono ámbar suave.
A primera vista, parece acogedora: una alfombra gruesa frente a una chimenea de piedra donde aún queda el olor a leña quemada, un sofá de cuero oscuro gastado por el uso, mantas de lana dobladas con cuidado y algunos libros apilados en una mesa baja.
Pero cuando miro con un poco más de detalle, empiezan a aparecer las sombras de quien vive aquí.
Las ventanas tienen cortinas pesadas y muy grandes, demasiado para un lugar tan pequeño, diseñadas para que nadie vea nada desde fuera.
En un estante, entre tazas y frascos, asoma un cuchillo plegable, limpio pero fuera de lugar, es como si necesitara que estuviera siempre a mano.
El suelo cruje porque hay tablas reforzadas, algunas cambiadas hace poco; creo que bajo mis pies hay compartimentos secretos.
Sobre la mesa principal, hay orden dentro del desorden: mapas doblados, notas escritas con un trazo rápido y un teléfono sin carcasa, abierto, con cables asomando.
Manchas de sangre tanto en las tablas de madera del suelo como en el tapizado del sofá.
Sin embargo, el olor a madera caliente, a café recién hecho y a humo fresco suaviza la atmósfera, envolviéndola en una falsa calidez que casi te hace olvidar quién es el dueño.
Parece que cada rincón estuviera preparado para alguien que vive entre la calma y la huida. Podría asegurar que este tío es muy controlador.
—¿Qué hago aquí? —intento que mi voz suene estable, aunque el pulso vaya a mil.
Él por fin entra. Coge una silla, la gira y se sienta a horcajadas. Posa los antebrazos sobre el respaldo. Y aun así, con la postura relajada, es indudable el dominio absoluto. Me mira como si el tiempo no hubiera pasado, como si el error hubiera sido mío.
—Dímelo tú. —Ladea la cabeza observando mi reacción con la expresión muy seria—. ¿Qué crees que haces aquí?
No hace falta ser un lince para saber qué busca todo el mundo de mí, a eso me dedico, pero tenía una pequeña esperanza de que fuera para otro tipo de trabajo. Maldita ingenua.
De todas formas, sea lo que sea, no lo obtendrá con facilidad.
No pienso dejarme. Ladeo la cabeza, como él ha hecho, para que vea que no me acobardo.
Porque estaba muerta, pero las ansias de venganza me han revivido.
Lo odio, de forma descomunal, con toda mi alma.
Y pienso morir en este instante si eso conlleva hacer justicia, aunque sea solo un poco.
Por ello, mientras me desato el cinturón del abrigo con lentitud, recuerdo en mi mente dónde estaba el cuchillo plegable. No sé ni manejarlo, pero eso no me impedirá utilizarlo.
Doy algunos pasos atrás, como si fuera parte de un baile erótico. Represento el papel que siempre esperan de mí, el que me asignaron sin pedir permiso.
¿Qué creo que hago aquí? Pues follar. Es lo que soy. La puta de La Camorra y todos se creen con el poder de utilizarme a su antojo.
—Saciar necesidades —digo, seca—. Eso nos enseñaron.
—¿Quién? —pregunta.
—Vivaldo.
Su mandíbula se tensa un poco. Ha sido un gesto mínimo, pero alcanzo a verlo.
Él me observa con una intensidad inigualable.
No pestañea, ni se mueve. Es como si yo fuera su presa y estuviera pensando en el manjar que obtendrá de mí.
De reojo, veo a la pantera tumbada sobre a alfombra, al lado de la chimenea.
No parece importarle lo que esté sucediendo porque tiene los ojos cerrados.
Sé que me devorará en segundos cuando haga justo lo que estoy pensando. Ya he aceptado mi muerte. Hace mucho.
Aprieto los muslos y encojo los hombros dejando la espalda encorvada. No me siento cómoda ni segura. Solo tengo ganas de matarlo, así que dejarlo tener su polla dentro sería insoportable, más que otras veces. Con él no. Él no se merece obtener placer de mí.
Entorno los ojos hacia él, que sigue impasible.
¿Qué va a hacerme? ¿Qué estará pensando?
Joder. Por dentro estoy muy nerviosa. Miro con disimulo el cuchillo que vi al entrar.
Está a solo pocos centímetros. Podría cogerlo con rapidez, pero sé que antes de llegar a él, la pantera me comería, pero lo intentaré con todas mis fuerzas.
En este mundo ya no hay lugar para los dos; o es él o soy yo.
—Deja el papel, Maia —pronuncia mi nombre como si nunca lo hubiera olvidado—. Sé que sabes quién soy.
Esa afirmación me lleva al límite. Debo hacerlo antes de que él haga la siguiente jugada. Si no, no tendré ni una sola oportunidad más.
Respiro profundo para llenarme de la valentía necesaria.
Mi corazón late acelerado. La adrenalina me recorre todo el cuerpo haciendo que no pare de temblar.
Es una locura, pero mi mente solo me repite una y otra vez que lo haga.
Que lo mate. Que no debería acatar órdenes de él. Que se merece todo lo que le pase.
“¡Mátalo ya, joder!”, me grita.
En un acto involuntario, como si mi cuerpo obedeciera las órdenes del lugar más oscuro de mi mente, cojo el cuchillo.
La pantera se levanta deprisa y pega su cuerpo al suelo preparándose para atacar.
Nick le silba al momento. El animal se relaja de nuevo volviendo a su posición de calma, aunque sigue pendiente de mis movimientos.
El hijo de puta esboza una media sonrisa altiva como respuesta a mi gesto.
¿Le parece que esta es una situación graciosa? Acabaré contigo, desgraciado. Lo juro por Dios.
La rabia me quema por dentro. Con un grito salvaje, me tiro hacia él sin saber qué haré, pero con toda la actitud del mundo.
Me abalanzo contra él apretando con todas mis fuerzas el mango en mi palma. Solo muevo el brazo hacia delante para intentar darle en el rostro. Sin estrategia, sin técnica. Pero con todas las ganas y actitud que existen.
Él se mueve solo un poco hacia el lado, como si no fuera una situación peligrosa, sin levantarse siquiera de la silla.
Arremeto de nuevo y esta vez hago que se tenga que incorporar.
Espero en cualquier momento que me ataque.
No lo hace, así que avanzo de nuevo hacia él con el ceño fruncido y un nudo en el estómago formado por el odio.
—Interesante —murmura con esa puta sonrisa.
Bajo la cabeza para ver qué está mirando. Tengo la gabardina abierta y he dejado mi cuerpo expuesto. Mis pechos campan libremente, y mi sexo vuelve una vez más a ser el centro de atención.
—Eres un hijo de puta —declaro en tono violento en mi idioma materno.
Los insultos en español suenan mejor.
—Cuidado con esa preciosa lengua, viborilla —advierte.
Él se relame los labios. Me ha entendido con claridad.
Mi pecho sube y baja forzado. De todo el esfuerzo que he hecho cada vez estoy más cansada. Mi cuerpo apenas tiene nutrientes, y no estoy en buena condición física. Pero no me rendiré. Ni pensarlo.
Ataco con todas mis fuerzas. Por un momento pienso que voy a clavárselo, porque no se mueve, pero con total agilidad, él me agarra del brazo, lo tuerce y gira mi cuerpo pegando mi espalda a su pecho.
Mierda.
No puedo rendirme.
No.
Me revuelvo contra él, pero es en vano. Sus brazos musculosos me aprietan sin que me pueda mover. El cuchillo ha pasado a su mano en un abrir y cerrar de ojos.
La valentía me hace ser fuerte para seguir intentando escapar y para expresarme tal y como me siento.
—Mátame —grito exacerbada—. Porque si no lo haces, no pararé de intentar hacerlo yo contigo. No pararé hasta que te vea sufrir como lo he hecho yo. Te lo juro.
—Me gustaría verlo —susurra en mi oído—. Últimamente he estado muy aburrido.
Me faltan fuerzas. Estoy muy cansada, pero me obligo a seguir. Le doy un pisotón en un pie con toda mi furia para distraerlo y poder soltarme. No siente nada cuando lo hago. Ni se ha inmutado. Maldigo para mis adentros.
En un movimiento veloz, él me gira quedando frente a frente. Me fuerza a retroceder hasta que quedo pegada a la pared. Me rodea el cuello con una mano. Aprieta tanto que si antes me costaba respirar del esfuerzo, ahora a duras penas sigo viva.
—Te daré las explicaciones que quieres —anuncia en tono calmado. Sus movimientos no cuadran con su voz—. Y también un dato.
Roza sus labios con los míos. Me siento mareada. Creo que perderé el conocimiento. Con mis manos intento que él me suelte el cuello, pero no las muevo ni un centímetro.
—Mi habitación. Primera puerta a la izquierda. Dúchate. Ponte ropa de mi armario —anuncia para mi sorpresa. Esa no era la explicación que quería—. Estás aquí para limpiar. No quiero tus… servicios.
De repente, quita sus manos de mí. Me deja libre. Me inclino poniendo una mano en mi rodilla para inhalar aire. Las piernas me fallan. La otra mano la llevo a mi garganta para acariciarla por el dolor que tengo.
—Intenta todas las veces que quieras hacerme daño, así me divertiré. Nunca podrás conmigo. No tienes fuerzas, y deberías guardarlas para lo que nos depara el futuro —afirma dejando el cuchillo sobre la mesa.
¿Qué futuro? Yo no lo tengo. Si no muero hoy, podría hacerlo mañana. Mi vida no vale nada.
—Y tápate. —Se gira pareciendo molesto al verme el cuerpo desnudo.
El rechazo pesa más que cualquier orden. Me arde la piel.
Me cubro por reflejo. Me ha quitado incluso el poder de ser lo que soy. Me ha rechazado como nunca nadie lo había hecho. ¿Acaso le repugna lo que él mismo ha vendido, mi cuerpo?
Lo que más me duele es saber que no hay esperanza, que la única persona que mi corazón reconoció como su compañero de vida es el mayor mal del mundo.
Quizá pensara que Vivaldo era el mismísimo diablo.
Y no es así. Estoy delante de él ahora mismo.
No debería sentir esta decepción, pero no puedo evitarlo.
Duele mucho todo lo que pudo ser y no fue.
Las imágenes del pasado pasan por mi mente como una película.
Las confesiones, las risas, el cariño. Aunque fuera todo a través de una pantalla, podía notarlo.
Juraría que sus sentimientos eran reales.
Qué ingenua. Qué imbécil soy.
Si me vendió, ¿qué hago pensando eso? ¿Por qué todavía tengo sentimientos hacia él? Me odio por pensar eso. Quiero venganza.
Podría volver a intentar pegarle. Pero las piernas no me responden. Estoy demasiado cansada, sin fuerzas.
—No pienso rendirme. Solo necesito recuperarme —le aviso con la respiración entrecortada.
—Lo sé —asegura con una sonrisita—. Tu esencia no desaparece.
La puerta se cierra tras él. No ha dado un portazo, pero he sentido ese golpe igual que si lo fuera. Sus palabras han hecho que resuene tanto en mi interior como en la estancia, y sin necesidad de alzar la voz, porque impone mucho.
Me siento decidida y a la vez rota. Sé que no podré con él, soy realista, pero no pienso acobardarme.
Como he dicho antes, si aquí está el día de mi muerte, bienvenido sea.
Pero que él sea el único que haga sacar mi valentía y mi confianza en mí misma, me rompe.
Llegó a ser muy importante para mí, tanto como para dejar toda mi vida por él.
Y todos estos años me he reprimido, he sido la sumisa que construyeron, he aceptado las reglas.
Y con él siento que puedo dejar salir todo de mí.
Lo malo y lo peor. Sigo sintiendo esa confianza que me hace dejar la careta a un lado y mostrarme tal y como me siento.
Siempre me he caracterizado por ser impulsiva y terca.
Odio que mi corazón siga reconociéndolo.
Porque siempre he sabido que con quien no tienes que fingir, es el adecuado.
Pero él no lo es. NO. Y eso mi jodido cuerpo se niega a aceptarlo.
Este tío me produce tantos sentimientos extremos que siento que me explotará la cabeza.
Me he quedado sola en su casa, en su territorio, con las intenciones descubiertas y mi sumisión tirada en el suelo junto al abrigo.
Ya no hay factor sorpresa.
Solo consecuencias.