PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

VÍBORA

Joder, nunca había sentido tanta rabia junta. Las manos me sudan y siento gotas caer por la espalda. Está a punto de nevar fuera y yo tengo el mismo agobio de temperatura que si estuviera en la selva tropical. El fuego interno que creía muerto arde con más fuerza que nunca.

Han vuelto las ganas de luchar.

De vengarme.

De salir de aquí.

Simplemente, he vuelto.

Porque la rabia y el odio que siento son más grandes que cualquier golpe u obstáculo. Al reconocer quién era, he decidido que no volveré a levantar más el velo. Voy a ir hasta el final, pase lo que pase.

Pero debo ser prudente, porque si abro la boca podría estar muerta por el animal que tengo al lado antes de que pueda siquiera respirar.

Entrecierro los ojos y visualizo a mi objetivo por el espejo retrovisor.

Él me mira de vez en cuando. Me centro en recordar el camino de la carretera.

No sé a dónde me llevará, pero a partir de ahora estaré alerta.

Seguimos todo el camino en silencio. ¿Por qué habrá insistido en llevarme hasta el punto de matar a uno de los suyos?

¿Quiere matarme? ¿Violarme? ¿Probar lo que nunca pudo?

No sé cuál será su motivo, pero no le dejaré llevarlo a cabo.

He despertado de mi letargo y me encuentro lista para derribar a este asqueroso hijo de puta.

Lo odio con toda mi alma. Con razón y sin ella. Con todas mis fuerzas. Maldito ser arrogante y prepotente. Pagarás todas las lágrimas que yo eché. De una forma u otra voy a matarte.

Miro de reojo hacia la pantera, que está tumbada sobre el asiento, descansando con los ojos cerrados.

Pruebo a mover un poco la pierna para ver si está en un sueño profundo.

Al momento me mira con intensidad con esos ojos amarillos que me atraviesan haciendo que vuelva a temblar de miedo.

Este tío es un salvaje llevando a este animal a su lado.

Y con los salvajes no se habla, se actúa.

Ellos no atienden a razones, así que es tontería malgastar saliva.

De todas formas, yo tampoco querría. Lo único que mi alma ansía es venganza, que sufra al menos la mitad de lo que lo he hecho yo.

Pero ¿qué mierda digo? La mitad no, el doble, el triple.

Que llore sangre, que es lo me ha faltado a mí.

Observo el camino por el que vamos, rodeado de árboles y vegetación. Estamos en medio de un bosque. El camino se abre un poco más y veo una cabaña al fondo. ¿Es ahí donde vive? Cómo no, un salvaje. Lo que había pensado.

Nick no para de mirarme por el retrovisor. Al darme cuenta le aparto la vista porque no quiero que vea la rabia que le profeso.

Aparca junto a la cabaña que vi hace unos metros.

Es humilde y parece acogedora. Él se adelanta y me abre la puerta del coche.

Pongo un pie, luego el otro, sobre la tierra, con lentitud.

Estoy descalza, y es lo que menos me importa ahora mismo.

Intento pensar qué hacer, porque lo único que se impone entre todos mis pensamientos es tirarme hacia él y golpearle hasta la saciedad.

Pero sería demasiado fácil derribarme, porque él está entrenado y yo no.

Me yergo delante de él una vez fuera. Mi rostro queda muy cerca del suyo.

Por primera vez planto cara a alguien sin miedo, sin pensar en consecuencias, porque me siento fuerte.

Me siento invencible. Entrecierro los ojos.

Él ladea la cabeza escrutando cada detalle de mi cara.

Dirige sus ojos a mi mejilla, luego a mi boca, y se queda unos segundos analizando cada hendidura; por último, los conduce a mis pupilas.

Las suyas se convierten en un imán. Ese color negro de su mirada es como un pozo sin fondo.

Cuando me mira con ellos siendo tan oscuros, es como si no pudiera ver dónde empiezan sus intenciones ni dónde acaban sus secretos.

Me quedo inmóvil, sosteniéndole la mirada sin pestañear, notando su respiración.

Siento un tirón extraño en el pecho. Los párpados se me relajan, pero mi mirada sigue siendo afilada, directa.

Y le hago una promesa silenciosa: le haré pagar cada herida, cada palabra que me quemó, cada acto que me destruyó.

Porque en este cruce de miradas llevo la calma antes de mi venganza, guardando el fuego que no he desatado todavía.

Él lo nota, lo sé, y por eso no aparta la vista, porque entiende que lo que le estoy prometiendo algún día lo alcanzará.

Te lo juro, Nick.

La pantera pasa por mi lado al salir del vehículo.

Eso me hace ponerme alerta y aparto la vista.

Él se gira sin decir nada y camina con lentitud hacia la casa.

Derrocha seguridad en sí mismo. Y me da rabia, porque tiene presencia y se ve que le ha ido bien, demasiado.

Y yo he vivido en un puto infierno por su maldita culpa. Muy injusto.

Es alto, musculoso, tiene una belleza que no te deja indiferente pero que también te enciende todas las alarmas. Es guapo de cojones, de los que provocan suspiros y problemas. Muchos problemas.

Sus hombros anchos se mueven con una calma peligrosa. Cada paso suyo parece medido. Sabe que lo estoy mirando por la forma en que gira apenas la cabeza hacia mí. Observo una media sonrisa que no llega a ser nada inocente.

Tiene el pelo negro, tan oscuro que casi brilla bajo la luz, cayéndole sobre la frente con un desorden perfecto. El color es tan intenso y profundo que me hace pensar en noches sin estrellas ni nubes.

En definitiva, su apariencia transmite peligro y poder.

Más que la propia pantera.

—¿Te piensas quedar ahí todo el día, viborilla? —pregunta en tono burlesco desde la entrada.

¿Qué me ha dicho? ¿Viborilla?

Mis cejas se levantan de la sorpresa.

Esboza media sonrisa burlona, tiene un atractivo más que evidente.

Joder, presiento que esto será mi purgatorio personal.