CAPÍTULO 11
PANTERA
Me abren la cancela de entrada. He llegado al destino después de haberme castigado mentalmente durante todo el viaje. No está muy lejos de casa, pero lo suficiente para que me haya hecho pensar hasta en lo que menos debería.
Hay hombres armados por todo el exterior. Tengo entendido que de las chicas se encarga Vivaldo, pero al ser la mano derecha de Santoro, debería venir poco porque tiene obligaciones que atender en su clan, así que el que está al cargo es Zeno Rinaldi.
Abro la puerta del coche despacio, como si hasta el aire estuviera esperando a que yo decidiera salir. El pie toca el suelo con un movimiento firme y seguro. No hay prisa. Me incorporo despacio, espalda recta y la barbilla un poco alzada.
Reflejo en mi rostro el orgullo y un alto ego. Hago saber con cada movimiento de que ahora mismo nadie en ese sitio tiene mi presencia o atención. Que yo soy la autoridad, el que gobierna por encima de todos ellos.
Me ajusto la cazadora, un gesto que hago con actitud para demostrar poder.
Mis pasos denotan decisión, y no miro a nadie directamente, porque ¿para qué?
No son nada para mí. Me siento muy por encima de todos, es así, es un hecho.
Es la verdad. Trabajan para mí, y puedo hacer con ellos lo que quiera.
No saludo al entrar, todos bajan la cabeza cuando paso por su lado. Escucho a alguien hablar por walkie.
“Pantera está aquí”.
Sí. Estoy aquí.
Inflo el pecho lleno de aun más orgullo.
Mi vista se va a la chica que hay atada a un árbol del jardín delantero.
Está desnuda y llena de moratones color amarillento que puedo observar desde aquí.
Así las tratan los desgraciados estos. ¿Qué harían si fueran sus mujeres e hijas quienes estuvieran en ese estado?
¿También las tratarían así? Creo que es una pregunta estúpida. Se contesta sola.
Al entrar noto el hedor a alcohol, cigarrillos y sudor.
Algunas chicas aparecen semidesnudas corriendo hacia el final del pasillo.
Frunzo el ceño, pero al darme cuenta de mi gesto, vuelvo a tener el rostro impasible.
No puedo evitar sentir desdén por un lugar así.
Joder. Y tampoco quiero que se me note lo que opino de todo. El secreto es poder.
Mis pisadas resuenan con cada paso sobre la piedra. Tampoco adecentaron este lugar en su momento. Con lo fácil que hubiera sido ponerle un suelo de madera y un poco de calefacción. O al menos cortinas. No me quiero ni imaginar dónde dormirán o comerán. Esto es un puto zulo.
—¡Pantera! —me llama Zeno desde el final del pasillo. Casi he llegado. Echo los hombros hacia atrás y me preparo para imponer mis palabras. A estos desgraciados hay que hablarles con contundencia o te comen—. No has avisado de que venías. —Se coloca frente a mí cortándome el paso.
—No tengo por qué hacerlo. —Me cruzo de brazos, levanto una ceja.
Lo miro aburrido ya de escucharlo, y eso que acabo de llegar. Me da pereza tratar con gilipollas así.
—Vivaldo se acaba de ir y deberías… —me explica muy serio, pero le interrumpo.
—Debería ¿qué? ¿Avisar? —Me acerco a su rostro—. Después de media vida en la organización, ¿todavía no tienes claro cuál es mi lugar en ella? —mi tono es de advertencia.
—Te recuerdo que cada uno tiene su trabajo, y estar aquí no es el tuyo —me encara muy de cerca—. ¿Te recuerdo la última vez que pisaste este suelo? Eras un crío que temblaba al ver a su noviecita llorar.
Esbozo media sonrisa. Me lleva bastantes años, pero me importa una mierda. Ladeo la cabeza aguantando las ganas de partirle la cabeza ahora mismo. En realidad no pasaría nada si lo hago, ¿no?
Lo agarro de la nuca en un movimiento veloz y le pego la cara a la pared mientras con una mano le inmovilizo las muñecas detrás de la espalda.
Intenta luchar, pero mis venas se hacen más visibles de la rabia que me recorre el cuerpo, y en ese estado la fuerza que tengo es descomunal.
A mí no hace falta mucho para encenderme y ya venía preparado para esto.
—¿Qué es lo que temes, Zeno? —le susurro el en oído—.
¿Que me folle a alguna de tus chicas? ¿Que te quite el puesto en este asqueroso lugar?
¿O solo te enfrentas a mí porque crees que eres superior?
Tengo respuestas para todas ellas, y es la misma.
Te lo resumo: eres basura y acabarás muerto, aunque todavía estoy pensando si con una bala o te rajo el pecho hasta sacarte cada puto órgano.
—Le retiro el rostro unos milímetros para volver a golpearlo contra la dura piedra—.
Soy tu puto jefe, y se hace lo que yo diga, ¿te ha quedado claro?
—le hablo muy de cerca para que sienta el miedo.
Su respiración descontrolada me lo confirma—.
¿Eso que huelo es miedo? —me burlo lleno de orgullo y superioridad—. ¿Quién es ahora el que tiembla?
Creo que ya es suficiente. Lo suelto y me dedica una mirada de rabia mientras se alisa la chaqueta marrón que lleva para recomponerse.
—¿Qué es lo que buscas? —pregunta suavizando el tono.
Asiento a la vez que muestro una sonrisa para aprobar su nueva actitud.
—Así me gusta —pronuncio.
Le doy una palmada en el hombro y avanzo sin responderle.
Me sigue de cerca hasta lo que creo que es un salón muy mal formado porque solo hay un gran sofá, mantas por todos lados, una mesa grande con sillas, otra más pequeña y poco más. Para nada se le puede llamar a esto un lugar cómodo o agradable.
Varias chicas forman una fila horizontal, con la cabeza baja, esperando recibir órdenes. Todas están en ropa interior. ¿Aquí no se utiliza ropa? Qué denigrante.
Observo despacio los rostros de ellas. Siento una mezcla entre miedo y preocupación.
El nudo de mi pecho se desata al no encontrarme con el de la chica que me avasalla en mis pensamientos.
No está. Quisiera alegrarme, pero por una parte siento mucha aflicción.
Yo soy el culpable. Yo he hecho que no tenga futuro y esté muerta.
Carraspeo para volver a la realidad.
Es hora de pasar página. La vida sigue. Ya tendré tiempo de lamentarlo, pero este no es el momento ni el lugar. Pienso en quién elegir, y creo que lo tengo bastante claro.
—Me llevo a la que hay fuera —contesto.
Me giro para mirarlo a la cara. Zeno frunce el entrecejo, supongo que pensando en quién me refiero. Me llevaré a la chica que está amarrada fuera. Si puedo quitarla de este lugar aunque sea un par de horas, lo haré.
—¿Axa? —pregunta señalando al pasillo para indicarme el exterior.
—No sé cómo se llama ni quiero saberlo. Solo me hace falta unas horas. La traeré de vuelta cuando termine su trabajo —le indico—. La esperaré en el coche.
Camino deprisa hacia la salida. No tengo nada más que hablar aquí. Mi paciencia con los idiotas estos se ha acabado.
—Estará lista en dos minutos —escucho a mi espalda la voz de Zeno.
Paso por la puerta principal hacia afuera, giro la cabeza hacia la tal Axa, que la están desatando ya. Me monto en el coche y cierro la puerta mientras espero.
Algunos guardias me miran de reojo. Aprieto con fuerza el volante para no hacer ninguna estupidez y parecer sereno.
Este lugar es un puto infierno. ¿Cómo ha podido el Don dejar que pasara esto?
¿Por la lealtad de Santoro? Eso es una puta mierda de excusa.
Como no vemos lo que sucede aquí a diario, no nos parece tan mala la idea, pero que estas chicas vivan aquí es… es estar muerto en vida.
Los segundos se me hacen eternos. Escucho gruñir a mi pantera en el asiento de atrás, ya desesperada de estar encerrada.
Al poco, veo salir a Zeno con la chica a su lado.
Lleva un abrigo encima y unos tacones altos.
¿Cómo va a limpiar así? Bueno, yo le daré ropa en casa.
No gastaré un segundo más de mi tiempo con los primitivos estos.
Justo cuando están llegando al coche, otro guardia sale con otra chica. Irán a ponerla en el lugar de la otra. Vamos, que he querido salvar a una de ellas, pero otra ocupa su puesto al momento. Siento que mi acción ha sido en vano.
Enfoco la vista al ver ese pelo castaño que tanto aparece en mis pesadillas. Lo reconozco muy bien. Echo el torso hacia adelante y pestañeo para comprobar que es real y no un simple reflejo.
Pero no, es ella. Es muy real.
Maia.
Sigue viva.
Y la están atando, desnuda y visiblemente golpeada.
Mierda.
La reacción de mi cuerpo se adelanta a mi cabeza.
Siento una sacudida sutil en el pecho, mi corazón palpita y las pulsaciones van subiendo de forma brusca.
Noto el calor cubriendo todo mi ser. Las manos me empiezan a sudar, la espalda también, y hasta el aire parece desaparecer, tanto que me cuesta meterlo en los pulmones.
Estoy en un estado donde todo mi cuerpo es pura alerta, pura tensión, pura urgencia. Parece que estuviera en una cuenta atrás invisible y yo fuera el único que la está oyendo. Por mucho que intento disimular, dentro de mí hay un torbellino que solo pide una cosa: actuar.
La mente se me llena de ruido, pensamientos rápidos, atropellados, como coches pasando a toda velocidad. No puedo apartar ninguno porque todos me dicen lo mismo, “muévete, reacciona, hazlo YA”.
Sería una mala idea, la peor. Un gravísimo error. La peor decisión de mi vida.
Pero la pongo en marcha.
Y me dejo caer en ella sin frenos.