CAPÍTULO 10
VÍBORA
¿Segundos? ¿Minutos? ¿Horas? No sé cuánto tiempo ha pasado con exactitud. Intento abrir la boca y apenas lo logro. No tengo saliva. Eché todas las babas mientras me agredía y cuando hice el ademán de abrir los labios se quedaban pegajosos.
Cuando se aburrió de humillarme, Vivaldo me dejó aquí tirada en el suelo de su habitación.
Me quedé hecha un ovillo y desde entonces no me he movido.
Aquí no duerme. Él tiene su casa. Una vez me dijeron que tenía mujer y un hijo.
¿Cómo es capaz de hacer todo esto teniendo la vida que tiene?
Si a mí Dios me hubiera dado esa oportunidad, sería la más feliz del planeta.
No la desaprovecharía haciendo actos inhumanos.
Espero que la justicia le llegue algún día.
Yo no lo veré, porque no creo que aguante mucho más, pero, joder, es lo único que pido.
Por lo menos concédeme eso, Dios mío, que cada uno obtenga lo que se merece.
No sé cuándo volverá, pero como no me ha dado órdenes, tampoco me atrevo a moverme. No tengo fuerzas para afrontar otro castigo.
Me duele todo el cuerpo, y mi mente está destrozada.
Han hecho que no tenga poder de decisión, que sea solo un cuerpo sin vida.
Por ello, en las violaciones y humillaciones, mi mente se queda bloqueada, y solo pienso y observo lo que me hacen en el momento.
No hay escapatoria. Me han arrancado todo mi ser y me manejan a su antojo.
Qué ilusa fui al principio. Observando las salidas de la casa, trazando un plan de escape, imaginando lo que haría cuando saliese…
Idiota. Eso es lo que soy. Me apiado de las miles de chicas que estarán en mi lugar.
No solo los desgraciados estos trafican con mujeres.
Las mafias así las hay repartidas por todo el globo.
Es una lástima que en el siglo que estamos esto siga existiendo.
Las mujeres lucharon por sus derechos por primera vez en 1791, recuerdo las lecciones del instituto.
Parecía que cada vez era el mundo más justo, más equilibrado entre géneros.
Y este tipo de gente manda todo a la mierda en un segundo.
Todo el trabajo de esas mujeres echado a la basura por hijos de puta como Vivaldo.
Me gustaría llevar por bandera esas ideas y luchar hasta la muerte, pero soy una cobarde, lo reconozco, porque me he rendido.
Dejé que unos tíos me utilizaran. Muchas mujeres en el pasado decidieron morir antes que vivir de rodillas, y yo he mancillado todo su trabajo porque no solo la chupo de rodillas, sino que soy su puta muñeca.
Me doy vergüenza. Ese terrible sentimiento me oprime el pecho.
Intenté quitarme la vida solo una vez, y me descubrieron.
Pero me costó mucho esfuerzo hacerlo. Desde ese día, no he podido intentarlo más.
No puedo. No soy capaz. Es que es muy jodido.
Hay que tener mucho valor. Y yo… yo soy una puta gallina cobarde que solo toca huevos. Literal.
Me concentro en la piedra del suelo, está fría. Y ese frío calma los golpes al entrar en contacto con mi piel.
Respiro, pero el aire parece que pesa. Cada inhalación es lenta, me cuesta convencer al cuerpo de que siga funcionando. Siento que he fallado en la vida. Me arden los ojos, pero a la vez estoy demasiado rota para llorar, tengo un agotamiento emocional que me deja sin lágrimas, no llegan a salir.
Solo dejo pasar el tiempo, intentando recordar cuándo perdí la versión de mí que sí se sentía suficiente, fuerte y válida.
Justo cuando siento que me estoy hundiendo en el silencio y que mi cuerpo se adormila, escucho la puerta abrirse. Al momento, oigo pasos rápidos. Noto su duda al avanzar y desconfianza al entrar, pero no pasa mucho cuando caminan más decididos.
No levanto la cabeza, pero siento la presencia; por su olor y sonidos sé quién es a la perfección.
Reconozco a Axa, como cuando eres adolescente y sabes de sobra quién entra en casa por el sonido de las llaves.
Por un segundo se queda quieta, procesando la escena, y entonces la oigo respirar, un suspiro que mezcla preocupación y cariño.
Se acerca despacio haciendo el mínimo ruido, con mucha cautela. Se agacha a mi lado y dejo de sentir tanto frío para darle paso a su calidez, que me llega de lleno. Su mano me toca el brazo, suave, como si temiera romperme más. En ese gesto, siento todo el cariño que me tiene.
—Vamos, solo aguanta. No estás sola. —Me acaricia una mejilla con los ojos llenos de lágrimas.
Niego con lentitud la cabeza.
Me llama por mi verdadero nombre, en voz bajita, con ese tono que usa cuando sabe que estoy al límite.
“Maia”.
—¿Qué necesitas? —suena muy preocupada.
Muevo como puedo los labios formulando la palabra “agua”. Axa se levanta deprisa con expresión temerosa. No vacila en entrar al baño y llenar el vaso que hay para el enjuague dental con agua que sale del grifo. La escucho tropezar un pie con otro por querer hacerlo lo más rápido posible.
Me incorpora la cabeza, posa el vaso sobre mis labios y lo inclina solo un poco.
Siento el líquido pasar por mi lengua y atravesar la garganta.
Susurro un quejido de dolor al mover un poco el cuerpo.
No tengo ni idea de cómo se me verá físicamente, pero siento como si me hubieran quemado viva, apuñalado y desgarrado a la vez.
—Gracias —consigo murmurar teniendo ya un poco de saliva.
—Vamos a salir de esta. Vivas o muertas, pero saldremos, Maia —anuncia con una triste sonrisa.
—Muerta, prefiero salir muerta. Si tengo que vivir así, muerta, Cara —repito más para mí que para ella.
Mi amiga asiente, con gran pesar me da la razón. En mi cabeza prefiero pensar en ella como Axa para que mi mente no me juegue malas pasadas y en un momento de locura suelte su nombre delante de alguien y eso pueda desatar un castigo.
Deja el vaso a un lado y se inclina para rodearme con sus brazos. Su calor me envuelve haciéndome sentir protegida, como dentro de una burbuja. Con la mejilla apoyada en su pecho, noto sus latidos, que van a un ritmo frenético. Se está jugando la vida al venir a verme y aquí está, fiel a mí.
Siendo sincera, no sé qué haría sin ella.
Gracias a estos mínimos detalles entre nosotras nos damos fuerzas. Nunca podría haber pensado la falta que me podría hacer alguien hasta que viví esta situación. Ella es la que me da la gasolina para seguir rodando. La luz para seguir caminando. Y el aire para seguir respirando.
La puerta se abre como un huracán desbocado. Vivaldo ha vuelto y nos ha atrapado con las manos en la masa.
—Os pillé —suelta con una sonrisa maquiavélica. Camina con pasos seguros directo a Axa. Le da una bofetada sonora y esta cae al suelo agarrándose la mejilla—. Fuera —su voz tan serena hace que vuelvan los escalofríos a mi cuerpo.
Esto no indica nada bueno.
Antes de salir, Axa me echa un breve vistazo de preocupación. Cierro los ojos lentamente como gesto de resignación.
—Voy a tener que atarte para que no te muevas —sonríe enseñando sus dientes amarillentos. No me he movido, pero da igual. Nunca debo contradecirle. Nunca—. Pero antes nos divertiremos ya que aún te queda energía —declara cogiendo el cuchillo.
Por Dios, no…
Más no.
Por favor.
Y súplicas y más súplicas.
Solo eso, súplicas que se quedan suspendidas en el limbo.