PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 9
13%

CAPÍTULO 9

PANTERA

Vuelvo a casa. Mi ubicación solo la conoce el Don.

Nadie más. Por seguridad y por intimidad.

Bagheera reconoce el sonido de la moto y sale de entre los árboles como la pantera que es, a una velocidad increíble.

El motor vibra bajo mis piernas, noto un ronroneo grave que me sube por la espalda.

El camino de tierra se abre delante de mí en una línea polvorienta, con matorrales a los lados y el aire oliendo a naturaleza, a campo y a aventura.

A mi derecha, observo cómo corre a mi lado mi pantera, mi amiga.

Cuando me mira de reojo veo ese destello de complicidad que solo tienen los compañeros de locuras.

Nada ni nadie puede tocarnos. Somos los putos reyes del mundo.

Si quisiéramos, le quitaríamos la corona al Don en un abrir y cerrar de ojos.

Lo mejor es la seguridad que siento. Es raro, ¿no? Voy con un animal capaz de arrancar la cabeza a cualquiera, pero conmigo ni se le pasaría por su mente. Es lealtad pura. Ella me acompaña sin pedir nada, solo disfruta de mí, de mi compañía.

Derrapo en la entrada de casa. Antes de apagar el motor, Bagheera levanta las dos patas delanteras y me atrapa entre las garras. Me lame la chaqueta mientras yo me quito el casco.

—Yo también te he echado de menos —le hablo acariciando su coronilla.

Dejo el casco sobre el manillar y saco la llave del coche de mi bolsillo.

No perderé más el tiempo. Es hora de enfrentarse a los miedos.

¿Cómo puede una niñata hacer que me sienta tan inseguro?

Sacudo la cabeza. Me niego a sentirme culpable.

Yo hice mi trabajo. Sí, siento un poco de pena por ellas, por sus vidas arrebatadas a la fuerza, pero debo ser objetivo.

Hay veces que tienen que sacrificarse unos pocos por el bien común.

Frunzo el entrecejo al escuchar mis pensamientos. Estoy empezando a hablar como mi Don. A ver, no es que sea malo, pero yo siempre he tenido mi propio carácter, mi propia forma de ser. Por muy bueno o malo que sea, es mío y no soy ninguna copia. Soy único.

Le abro la puerta trasera a mi animal. En este viaje sí me acompaña. Bastante tiempo la he dejado ya sola.

Voy conduciendo y, en teoría, todo debería ser sencillo: seguir el camino, respirar, mantener la cabeza fría. Pero no. Porque en cuanto pienso que veré a esa persona, mi mente y cuerpo se tensan.

Esa persona que, en su momento, sintió que yo era su salvación. Lo sé demasiado bien, me lo demostraba a diario.

Se supone que ahora yo no debería sentir nada, que está “superado”, que pasó, que la vida siguió.

Intento mantener la mirada en la carretera, pero por dentro me noto raro, ansioso, angustiado. Sensaciones que no sentía desde hacía mucho. Casi ni recuerdo la última vez de ello.

Me repito mil veces que todo será neutral, que me mantendré firme, templado. Puede ser que esté muerta y no tenga de qué preocuparme.

La mirada de Bagheera me atraviesa por el retrovisor. Es como si supiera lo que estoy pensando, como si intuyera lo que va a pasar. Nunca me había sentido tan inseguro como ahora. Esta sensación es nueva.

Pero quiero y necesito pensar que no estará.

No pudo durar mucho, porque ella tenía bastante carácter, no vale para ese tipo de vida.

No se adaptaría y seguro que le metieron un tiro a la segunda queja.

Ya no debe de existir. Lo mismo esto que siento es su fantasma atormentándome, recordándome las malas decisiones.

Lo último que vi de ella fueron sus ojos suplicando ayuda mientras Vivaldo la humillaba y agredía. Me costó meses quitarme de la cabeza esos iris color miel. En mis días y noches solo veía su reflejo pidiendo ayuda.

Un escalofrío me recorre al volver a recordar aquellos días de tormento.

Me costó mucho superarte, Maia.

Inhalo aire pensando en todo lo que pudo ser y no fue. Ya no hay vuelta atrás.

Solo espero que estés descansando en paz y que algún día de la eternidad me perdones.