PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

VÍBORA

El salón está lleno de susurros y algunas risas en voz bajita, lo mínimo para que no nos riñan por montar escándalo.

Al escuchar pasos cercanos, todas enmudecemos.

El miedo se instala en la habitación y mis músculos se tensan.

Ahora viene la peor parte: tiran a cuatro chicas al suelo delante de nosotras, como si fueran sacos de basura, como si no tuvieran valor y no fueran seres humanos.

Una cae de lado y ni siquiera se incorpora.

Otra intenta hacerlo, pero le fallan los brazos y vuelve a desplomarse con un gemido ahogado.

La espalda se me pone recta al momento y vuelvo a levantar el velo entre la realidad y la locura. Dejo que me invada mi lado más oscuro. Un fallo me podría costar la vida.

—Querida, te traigo amigas nuevas —sonríe Vivaldo con orgullo levantando las manos como si estuviera vendiendo una casa—. ¿No soy generoso?

—Gracias —respondo sin más desde mi lugar, con el tono neutro.

Aunque, en realidad, de lo que tengo ganas es de arrancarle con unos alicates esa maldita lengua que no para de decir gilipolleces.

—Pero ven, no seas tímida —me indica que vaya hasta él moviendo dos dedos—. Te he echado mucho de menos.

Cada paso hasta él me cuesta un trozo más de alma.

Me pongo a su lado. Me levanta la barbilla y me da un asqueroso beso, dejando sus babas sobre mis labios.

Intenta meter la lengua a la fuerza y, por más que cierro la boca, es en vano.

Al retirarse noto toda su saliva por fuera de la boca, además me sube el olor de ella por la nariz y apesta.

Me entran náuseas, pero me aguanto y dejo de respirar para no hacer lo que tanto quiero. Vomitar.

Aguanta.

—¿Veis, queridas? No es tan difícil portarse bien. Kaa estuvo en vuestro lugar y aprendió pronto la lección. Se convirtió en mi favorita y gracias a ello tiene muchas más facilidades y está muy feliz, ¿verdad? —Me mira al entonar la última pregunta.

Y durante un segundo, de verdad, me quedo mirándolo sin entender si acabo de escuchar eso o si me he vuelto loca del todo.

Abro los ojos con la sorpresa de la barbaridad que ha dicho. ¿Qué puta felicidad? ¿Qué facilidad, hijo de puta?

Vivaldo espera mi respuesta cada vez más impaciente.

Se le borra la sonrisa poco a poco. Frunce el entrecejo y me agarra del antebrazo hincándome los dedos hasta el punto que creo que me lo partirá por la mitad.

Sus uñas me aprietan tanto que dudo que no vaya a quedarme marca.

Observo los rostros de las chicas nuevas: están temblando de miedo y a alguna todavía le sangra la entrepierna.

Están arremolinadas en medio del salón esperando la siguiente barbarie que la vida les tenga preparada.

Tienen una expresión que conozco bien, como si fueran animales enjaulados.

Podría decirle que sí, solo responder a su maldita pregunta y aquí se acabaría la conversación.

O podría asentir, que sería aun más fácil.

Pero en el fondo de mi pecho, hay una parte que me impide engañarlas.

Llámalo moralidad, honestidad o como quieras, pero no puedo mentir.

No a ellas. Y ese velo lucha por caerse, por mostrarme la dura realidad, por volver a darme las fuerzas que necesito.

Vivaldo entrecierra los ojos dejando casi un hilito visible de su iris.

Sé que esto traerá consecuencias, sé lo que significa ese gesto.

O sufriré mucho o será mi fin. Por un momento, la idea no me parece tan horrible.

Quizá sea lo mejor que pueda pasar. De alguien se tienen que deshacer y si con ello consigo que no toquen a mis compañeras y sea yo la señalada, pues que así sea.

Si con mi sacrificio ellas tienen otra oportunidad, lo haré sin dudarlo.

Al fin y al cabo, una de nosotras ya está sentenciada desde que llegaron estas niñas hace una hora.

—¿Querida? No tengo todo el tiempo del mundo —insiste Vivaldo cogiéndome por el cuello.

Me estruja con los dedos al punto de encorvarme de dolor. Se me pega el pelo sucio a la cara y dejo de ver en parte por ello y también por la falta de aire. Pero no tengo miedo, ya no, dejé de tenerlo hace mucho.

—Yo… —no puedo hablar porque su mano no deja que pase nada de aire por mi garganta.

Cada vez se hacen más fuertes las náuseas.

Me suelta el cuello al ver que intento hablar.

Lo único que me produce esa liberación son arcadas.

Inclino el cuerpo hacia un lado y vomito bilis mezclada con un poco de chocolate en sus zapatos de marca.

Mierda, ahí va el único dulce que he probado en dos meses.

El último fue porque me retó a que si lo hacía correrse en menos de dos minutos me recompensaría.

Me dio un bombón de chocolate negro que no estaba ni la mitad de bueno que este.

—Puta asquerosa. —Me da una bofetada con desprecio.

Mi cara se gira del impacto. Una fina línea de sangre me cae por la boca.

Creo que me he mordido el moflete, pero tengo tanto miedo que no siento ni los golpes.

“Maldita estúpida”, me digo. ¿Por qué no he dicho lo que él quería escuchar?

¿Tan difícil era? Estoy decepcionada conmigo misma.

A veces tengo ganas de seguir luchando y, aunque la razón me diga que haga una cosa, acabo haciendo lo contrario porque mi corazón siempre es el que gana.

Nunca he sido ni seré racional, y eso me costará la vida.

Podría haberme ahorrado todo esto con un simple movimiento de cabeza asintiendo.

¿Por qué no has dicho lo que quería oír?

¿Por qué no he cerrado la boca, bajado la cabeza y ya está? ¿Tan difícil era?

Vivaldo coge la pistola del guardia que hay a su lado. Apunta hacia el sofá y escucho el peor sonido del mundo. Un disparo.

Por un momento, siento que me desmayaré del miedo. Porque por mí no siento nada, pero por Axa, mucho. Por favor, que no haya sido mi amiga.

Los gritos de mis compañeras suenan por todo el ambiente. Mi cuerpo tiembla sin control. Esto es una pesadilla. Una de la que nunca despierto.

Por favor.

Ninguna se merece esto, pero saco mi lado egoísta y rezo porque no se lo haya llevado mi amiga.

Él me agarra del pelo aceitoso y envuelve en su mano un mechón.

Tira de mí sin compasión haciéndome caminar detrás de él.

Cojo el mechón por la raíz para evitar que me lo arranque.

Antes de desaparecer del salón, ojeo con rapidez hacia el sofá.

Es el cuerpo de Prie el que tiene un agujero en el pecho y sale sangre a borbotones de él.

Alivio.

Que me alegre de que haya sido ella y no Axa hace que me odie al momento, igual que lo hago con él. ¡Qué coño! Esto no es por bondad ni por justicia. No es un cuento donde todas nos abrazamos y sobrevivimos juntas.

Esto es hambre.

Esto es miedo.

Es supervivencia.

En este tipo de situaciones, no hay lugar para la debilidad ni la empatía. Que sobreviva la más fuerte.

—Maldita desagradecida. Todo lo que he hecho por ti y ¿así me lo pagas? ¿Después de todos estos años todavía sigues resistiéndote? —escupe lleno de furia.

La frase me da ganas de reír. Trastabillo con una piedra que sobresale del suelo. Él no espera a que me levante y sigue tirando de mí, arrastrándome por el suelo. Cada filo de piedra me rompe la piel de la pierna desnuda. La gabardina se abre, deja ver toda la ropa interior y mi cuerpo semidesnudo.

Joder, cómo duele.

Aguanta.

Me mete en su habitación. Me quedo tirada en medio del cuarto encogiéndome, dándome calor a mí misma. ¿Qué va a hacer conmigo? Un escalofrío me recorre el cuerpo.

Si existes, Dios mío, por favor, llévame contigo. Déjame descansar de una vez.

Por favor.

Vivaldo se lía una correa en la mano. Me golpea con ella una y otra vez.

—Aprenderás la lección por las malas. —Levanta la mano y vuelve a arremeter.

Ni el miedo puede tapar ya el dolor. Es como si me estuviera clavando miles de cuchillos. Siento cada latigazo en lo más profundo de mí. Parece que el cuero entra dentro de la piel, calándome hasta los huesos, y al sacarlo se lleva parte de mí.

Sin compasión apunta hacia mi rostro. Me lo cubro con los brazos, pero al recibir el siguiente, muevo la extremidad a la pierna por instinto, dejando parte de mi cara sin escudo, así que el siguiente impacto va ahí con toda su fuerza. Grito por primera vez en años, dejando salir mis emociones.

Ya vale, por favor.

No sigas.

“Te lo mereces. Tenías que haber seguido sus órdenes”, me habla mi conciencia con crueldad, como siempre.

Deja de darme con la correa y por un segundo creo que todo ha acabado.

—Esto solo ha empezado, Kaa. —Me levanta la barbilla para obligarme a mirarlo—. Cuando hayamos terminado, no quedará nada de ti.

Te equivocas, hace mucho que no hay nada en mí.

Me levanta del suelo, no opongo resistencia. Me ata con unas esposas a unas barras que hay en la mitad de la pared. No sé qué harían los monjes aquí, pero esto no tiene pinta de ser nada bueno. O quizá lo pusieron más tarde; quizá fue él para sus putos juegos macabros.

Con un cuchillo rompe mi ropa interior. Mi mente intenta desconectar, pero no puedo hacerlo tan fácil como otras veces. Mierda.

Tengo el torso inclinado hacia delante y las manos atadas. Me abre las piernas dándome una palmada en el trasero. Escucho el sonido de la correa de nuevo.

No.

No.

No.

Se me seca la boca. Me cuesta tragar e incluso respirar. El primer golpe me hace agacharme por instinto. Me da una patada para castigarme.

—Si te mueves, será peor. Tú eliges —susurra en mi oído haciendo que tiemble de miedo.

Un pánico que hacía mucho que no sentía.

Me quedo rígida. Encojo los dedos de los pies y clavo las yemas en el suelo.

No puedo moverme.

Miro al techo esperando ver alguna luz que me diga que es el final.

Golpe.

La tienda de ropa donde más me gustaba comprar era una que estaba en la esquina de la calle G…

Golpe.

Mi amiga tenía un pájaro que se llamaba Pito porque cuando lo compró solo le decía esa palabra porque se creía que así se llamaban los pájaros y resultó ser un loro y…

Golpe.

¿Por qué la hierba que hay en prados y en el bosque siempre está a la misma altura? ¿Cuándo llegan a un tope para de crecer? Porque la de los jardines hay que cortarla cada dos por tres…

Golpe.

“Para ya”, pido a quién me escuche allí arriba.

Golpe.

¿Por qué me ha tocado vivir esto? ¿Qué te hice, Dios mío? Déjame morir. Te lo suplico. Apiádate de mí.

Por favor.

Mis plegarias se cumplen porque dejo de notar la puta correa. Mi vagina arde como nunca. Todos los latigazos han ido dirigidos ahí. Parece que el corazón hubiera bajado hasta allí y estuviera palpitando para señalarme qué parte de mi cuerpo ha sufrido.

Escucho una cremallera bajarse. Mis piernas fallan. Dirijo todas mis fuerzas a los pies para que aguanten. Siento unas manos abrir mi culo. Al separarse la piel, me duele aún más. Me quema de forma tan brutal que aguanto para no desmayarme.

Me penetra. Agarra con las manos mis caderas y me las echa hacia atrás para que mi coño se pegue a su asqueroso vello púbico.

El roce de mi dolorido sexo contra él me hace gritar.

Es una tortura. El daño que me produce cada movimiento de fricción me hace querer llorar, y aunque mi cuerpo lo intenta, no me sale ni una lágrima.

—Puedo hacer contigo lo que me dé la gana, querida, porque eres de mi propiedad. Mía —jadea Vivaldo a mi espalda, tirando de mi pelo hacia atrás para acercar mi cabeza a la suya.

Ojalá algún día acabes conmigo, desgraciado de mierda, porque como no lo hagas, lo haré yo contigo. No sé ni cómo ni cuándo, pero juro que lo haré.

Mi mente cada vez se vuelve más débil a cada segundo que pasa. En ella solo resuenan los golpes. Lo hace una y otra vez hasta que pierdo la consciencia.