CAPÍTULO 7
VÍBORA
Me limpio el semen de la comisura con el dorso de la mano. Vivaldo está en un sillón con las piernas abiertas y la cabeza echada hacia atrás, disfrutando del eco del placer recibido. Me folló hasta que se quiso correr y me hizo tragármelo.
Recuerdo las primeras veces, cuando vomitaba del asco que me daba. Me golpeaban y castigaban hasta la saciedad, así que aprendí a controlar ese impulso, a reprimir mis emociones, a apretar los dientes, apagar mi rostro y a mostrarme fría como el hielo.
Bajo la cabeza esperando a que él dé el maldito visto bueno y deje de disfrutar de su orgasmo. No me muevo ni un centímetro, es como a él le gusta: de rodillas, con la mirada baja y las manos en los muslos, dispuesta a todo. Como si yo no fuera una persona, sin pulso, sin vida.
Alguien abre la puerta. Una ráfaga de aire frío entra en la habitación y me produce escalofríos al estar desnuda.
—Ha llegado la nueva mercancía —reclama Zeno desde la entrada.
“Mercancía”. Qué palabra tan pequeña para arruinar una vida entera.
No importa que me vea desnuda. Algunas veces, cuando no está Vivaldo por aquí, él también me folla.
Soy su puto juguete sexual.
Un objeto.
Un agujero caliente.
Zeno se marcha y cierra la puerta.
—Buena chica. Cada vez te superas más, querida —afirma Vivaldo con una sonrisa de satisfacción.
Casi me dan ganas de reírme. Pero me gustaría más arrancarle la lengua a mordiscos. Sin embargo, mi mente divaga: una magdalena llena de crema de cacao, un bocado de ese dulce delicioso. Me muero por un poco de chocolate.
Mi mente viaja cuando estoy haciendo este tipo de cosas, imaginándose lo que más desea. No nos dejan comer comida basura porque tenemos que tener el cuerpo perfecto, así que eso se define en que pasamos hambre. Y mucha.
Él se levanta y se guarda su asquerosa polla en los pantalones del traje de chaqueta gris que lleva. Me acaricia la barbilla y me hace levantarla para mirarlo.
—Te prometo que aunque me folle ahora a esas crías, mi corazón solo es tuyo, querida —declara muy cerca de mi rostro.
Mi mirada perdida se enfoca en él, pero solo veo un muro gigante de ladrillo. No siento nada. Ni asco ni tristeza ni rabia. Nada. Y quizá eso es lo peor, que estoy muerta en vida.
Me suelta con desdén al ver que no le contesto. Abre la puerta con rabia y al salir pega un portazo. Pestañeo al notar que ya estoy sola.
Al fin.
Me levanto acariciándome las rodillas. Las tengo rojas de la fricción con el suelo.
Aunque hayan intentado decorar este monasterio, las paredes y suelos siguen siendo de piedra, y la calefacción es inexistente.
Claro, no van a gastar dinero en una casa de putas.
Es comprensible. Somos objetos, no seres humanos.
Me amarro la gabardina antes de salir. En el pasillo escucho lamentos de niñas y voces de tíos diciéndoles guarradas.
Tengo que irme de aquí pronto, a ellos no les gusta que escuchemos nada cuando entran chicas nuevas.
Se nos prohíbe caminar por los pasillos y tenemos que estar en el ala más alejada de la entrada, que es el salón. Así que camino deprisa hasta allí.
Pobres de esas niñas. Han sido engañadas, como hicieron con nosotras.
En el momento en que sus pies pisaron Italia, se les acabó la vida que tenían.
El pecho se me aprieta de pensarlo. Yo pasé por ahí y sé lo que es que siendo virgen te violen, te quiten tu identidad y te conviertan en una marioneta, sé lo que es que te quiten la inocencia con agresiones.
Será mejor que aprendan pronto la lección; cuanto antes lo acepten, antes dejarán de recibir golpes.
Paso por el arco que da al salón. Mis compañeras están sentadas en el sofá, tapadas con mantas mientras cuchichean en voz baja.
Me siento al lado de Axa, que me abraza y me pone por encima un trozo de la manta.
Observo a Haley que ya está aquí. Mi petición ha servido, lo sabía.
Vivaldo mandó desatarla al ofrecerle yo mi culo.
“Gracias”, me dice Haley sin sonido pronunciando la palabra con la boca.
Le guiño un ojo.
Obvio la parte de mi mente que me recuerda lo que me ha costado conseguirlo.
—Sabéis qué significa esto, ¿no? —susurra Axa.
—Que alguna de nosotras estará muerta dentro de poco —contesta Prie.
—O vendidas —interfiere Haley.
Todas nos quedamos pensativas. Somos las más antiguas. Esto va por orden, y hace ocho años que yo estuve en ese cuarto. Ahora soy la veterana. Prie, Axa, Haley, Ruby y alguna más son las que llegaron conmigo. Las demás nos miran con preocupación. Nos hemos convertidos en sus hermanas mayores.
—Tranquilas, no pasará nada —intento ser positiva.
Mi relación con Vivaldo tiene que servir de algo. Haré que nos dejen aquí a todas. No pueden separarnos, y haré todo lo que esté en mi mano.
—También nos toca lidiar con las nuevas —interviene Cami.
Recuerdo que, cuando me trajeron, hubo chicas a las que les cogí mucho cariño porque me trataban como si fueran mi hermana mayor.
Un día desaparecieron, pero fueron ellas las que me enseñaron a hablar y entender italiano con fluidez, me formaron en materia sexual y gracias a ellas sigo viva. Ahora nos toca hacerlo con las nuevas.
Fue Tany la que me enseñó el truco de poner la lengua en el paladar para meterte la polla hasta el fondo y que no te entren náuseas.
La echo de menos. La quise mucho. Ahí aprendí que no tenía que encariñarme con nadie, porque en cualquier momento pueden desparecer de tu vida.
Para no sentirme más así, cerré mi corazón, aunque siento que Axa ha hecho que mi armadura se resquebraje un poco.
No sé qué haría si no estuviera ella. Quizá sea porque es española como yo o por todo lo que hemos pasado juntas.
No sé, pero solo de pensar en su falta, duele.
—¿Quieres? —murmura Axa a mi lado enseñándome un bombón de chocolate abriendo un poco la manta en su muslo.
Abro los ojos, sorprendida. Lo habrá robado de la cocina.
Si la mujer que viene a cocinar se diera cuenta, se lo diría a Vivaldo y a cambio recibiríamos una paliza de muerte: trae estos bombones para dárselos a los hombres, que son los que se encargan de darnos uno como recompensa si llevamos a cabo sus órdenes de forma satisfactoria, pero solo de manera muy esporádica.
Quizá sea por estos gestos el cariño que le he cogido a Axa. Se preocupa por mí. La raja de mi coraza avanza un poco más haciéndose más grande.
—Solo la mitad —le indico en voz baja para que ella también coma.
Me sonríe. Asiente. Le quita el envoltorio con mucho cuidado de no hacer ruido.
Las chicas siguen hablando de las consecuencias de la entrada de nuevas compañeras.
Nos echamos la manta por la cabeza y Axa muerde la mitad del bombón.
Me lo da y me lo meto en la boca de una vez.
Masticamos con lentitud saboreando este alimento inventado por dioses.
En cuanto toca la lengua, el chocolate empieza a ablandarse.
Me llega el aroma calentito del cacao, profundo y dulce, que se me mete por la nariz mientras lo muerdo.
La cobertura se derrite lentamente, pegándose al paladar.
Seguido, noto la crema de avellana, que me obliga a cerrar los ojos un segundo porque está demasiado buena.
Estos son los únicos momentos que puedo disfrutar con total libertad.
Joder, qué rico. Y qué puta hambre tengo.
Axa me indica que tengo restos en los labios y me los quito antes de destaparme.
A los segundos seguimos escuchando los miedos de nuestras compañeras haciendo como si no hubiese pasado nada.
Axa me mira y casi me dan ganas de sonreír.
Acabamos de hacer una travesura. Hemos cometido un delito, la mayor trastada del planeta: comernos un bombón.
En los ojos brillantes de mi amiga veo su diversión.
Estas pequeñas aventuras son las que me hacen seguir cuerda. Gracias a Axa, a ella.
Hace que mi mundo tenga un rayito de luz —poco, pero lo suficiente para que siga respirando— y de esperanza.