CAPÍTULO 6
PANTERA
Cuando se abre la puerta del ascensor, me encuentro a cuatro hombres en posición recta al lado de la entrada.
Solo hay un pequeño vestíbulo de unos cinco metros de ancho con dos macetas a cada lado.
Uno de esos tíos tira de la manilla dejándome ver la casa del Don.
Les hago un gesto de saludo con la cabeza antes de pasar y la puerta se cierra tras de mí.
—Toma asiento, Vito —me indica mi jefe, que está ya sentado en su sofá con una pierna cruzada sobre la otra.
—Gracias, Don. —Me bajo la cremallera de la cazadora para más comodidad.
El espacio es enorme, diáfano, con ventanales que ocupan casi toda la pared y que te sacan una sonrisa sin querer porque ves la ciudad en todo su esplendor. El dueño de todo.
En mitad del salón, un sofá descomunal en forma de U, tapizado en terciopelo gris humo, tan suave que da rabia. En las esquinas del sofá hay cojines dorados. En el centro, una mesa baja de mármol blanco con vetas negras que parece una obra de arte caída del cielo.
Un sentimiento de añoranza me asoma bajo la piel. Aquí he pasado muchos años de mi vida y he sido muy querido. No puedo evitar echar de menos este lugar. Yo vivía con él, en su propia casa, como un hijo más. Pendiente de Bella, de que estuviera protegida y, a veces, siendo su cómplice.
—Me alegro de verte. Estás muy ocupado estos días —me dice en tono neutro mientras me observa con fijación.
No tengo manera de saber qué piensa. Siempre me ha tratado bien, mejor que eso.
Ha sido muy agradable conmigo y se ha portado como un verdadero padre, pero sabe ocultar muy bien los sentimientos y actuar de forma muy profesional.
Nunca se sale de la línea formal y educada.
Tampoco le hace falta alterarse, porque para los trabajos sucios ya me tiene a mí.
Él solo ordena desde su torre de cristal caro sin mancharse las manos.
—Ocupado en todo lo que tú me has ordenado, Don —respondo con respeto quedándome muy serio.
—Solo estaba bromeando, Vito. Cuéntame cómo va todo —contesta mirando hacia la empleada que trae unos vasos de agua—. Gracias, Noccia —le sonríe.
Bromeando dice, pues los músculos del rostro no se le han movido ni un milímetro.
Gepetto bebe del vaso después de darle las gracias a la chica que se lo ha traído. ¿Se la está comiendo con los ojos o es cosa mía? ¿Qué pasa aquí?
Bueno, no es de mi incumbencia.
Carraspeo. Me centro en lo que tengo que decirle.
Le cuento todos los datos que he ido recabando.
El último envío de cocaína ha salido mejor de lo que esperábamos.
Los casinos repartidos por todo el país prosperan adecuadamente.
Hemos incrementado un dos por ciento el porcentaje que le damos a las autoridades para mayor seguridad y lealtad a nosotros. Todo va como la seda.
—¿Y el monasterio? —Noto cómo hace una mueca.
No le gusta la idea de traficar con mujeres. A mí tampoco, la verdad, pero es él quien manda.
—Hoy llega nueva mercancía. Tengo entendido que estas serán más dóciles y no darán tantos problemas —explico con tranquilidad.
Fue él quien me obligó a mentirles a las chicas para secuestrarlas, quien empezó todo esto. Que ahora ponga esa cara de desagrado me enrabia bastante.
—Don, no entiendo por qué seguimos adelante con esa parte del negocio. No da beneficios apenas y es una pérdida de tiempo.
No debería meterme en esos asuntos, y solo por interferir en sus decisiones me pueden meter un tiro entre ceja y ceja.
Gepetto se levanta de un salto. Conozco esa lucha interna.
Se abrocha su chaqueta de diseño con lentitud.
Es un hombre de treinta y ocho años. En la cara tiene ese toque maduro que suma puntos: mandíbula marcada, y una sombra de barba cuidada a la perfección.
Su pelo es una mezcla entre color oscuro y gris, las canas parecen repartidas con estrategia para que quede aún más interesante. Lo lleva un poco hacia atrás, natural.
Tiene un físico trabajado, pero sin obsesión: hombros anchos, espalda recta, esa postura de quien sabe quién es y no necesita demostrarlo. Cada movimiento suyo transmite calma y dominio de la situación. Con solo veinte años consiguió unir a un imperio, y eso no lo hace cualquiera.
—Creo que ya es hora de que sea sincero contigo. Es más, te confiaría mi vida, Vito. Por eso te voy a explicar una cuestión —cuenta mirando hacia los grandes ventanales.
Camina con lentitud hacia ellos y fija la vista en el paisaje. Me levanto y me acerco a él. El Don se mete las manos en los bolsillos, creo que pensando en lo que va a decir, pero no estoy seguro porque, aunque haya hecho ese gesto, su rostro sigue impasible.
—Cuando conseguí unir a los clanes, tuve que hacer muchos sacrificios.
Entre ellos ceder a exigencias que no me gustaban —explica con serenidad—.
Los Santoro siempre han tenido esa fama de degenerados y misóginos.
Me pidieron que, a cambio de su lealtad, yo les proporcionara el negocio del tráfico de mujeres.
Fueron los que más problemas me ocasionaron, pero hay veces que tienes que dejar tus valores morales para alcanzar a un fin.
—Pero tú eres el Don, si quisieras… —me atrevo a contradecirle, pero me interrumpe.
—No, Vito, si yo faltara a mi palabra, todos los clanes se me echarían encima.
Desataríamos una guerra interna en La Camorra.
Y no podemos permitirnos eso, ya estamos en guerra con La Cosa Nostra.
Debemos tener mucho cuidado. Los Santoro opusieron mucha resistencia a mi mandato, pero lo conseguí.
Con mucho esfuerzo, pero pude. No tiraré todo eso por la borda, ¿lo entiendes?
—Me mira con intensidad y yo asiento con la cabeza—.
Yo tampoco lo apruebo. Sé que no es de nuestro agrado, pero estás entrenado para eso, Vito.
Solo sigue haciendo tu trabajo e intenta que eso no te afecte —me aconseja poniéndome una mano sobre el hombro.
Mirar para otro lado es de cobardes. Sé que todo lo que teme es perder todo lo que tiene, pero fue él quien me enseñó que hay que ser valiente. Por eso me da rabia que se comporte así.
Estoy más que seguro de que Bella, su hija, desaprobaría todo esto, pero no pienso decírselo y hacerla partícipe.
El Don me mataría. Bella está estudiando en Londres, labrándose un futuro, fuera de todo este mundo, y no puedo estar más feliz por ello.
Si se enterara de lo que hice, me haría la cruz de por vida.
Ella sabe muy bien a qué se dedica su padre, pero no lo aprueba, por eso se fue.
—¿Por qué yo? ¿Por qué me obligaste a meterme dentro de la trata de personas, Don? —pregunto con evidente enfado.
Baja la cabeza. Está apenado, creo.
Joder, háblame, Gepetto. Dame respuestas. Estoy hasta los cojones de tener que confiar en ti y no recibir la misma confianza a cambio.
Y ¿sabes por qué duele tanto? Porque me importa. Porque le tengo mucho aprecio. Porque me trató como un hijo, y aun así me ha hecho hacer cosas que duelen.
—Sígueme informando —me suelta dirigiéndose a un pasillo a la derecha dando la conversación por acabada.
¿Se va? ¿Y ya está? Está claro que no recibiré más respuestas, de momento. Pero sí que la conseguiré de lo que he visto.
—Don —lo llamo y se frena en seco—. Necesito a una empleada en casa. Bagheera lo llena todo de sangre cuando llegamos de las operaciones y he pensado que podrías prestarme la tuya, aunque sea solo hoy.
Él se gira. Por un segundo veo cómo una vena del cuello se le hace más prominente.
—La mía no. Ve a ese monasterio y coge cualquiera que te sirva para ello —declara con contundencia.
Touché.
He intentado jugársela y ha acabado ganándome en mi propio embuste. Este cabrón sabe mucho. Eso me confirma que algo siente por esa empleada.
Mi corazón me da un vuelco al escuchar “monasterio”.
Joder. Maia.
No, estará muerta.
Tiene que estarlo.