PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

PANTERA

Aparco justo enfrente del edificio más alto de todo Nápoles. Para observarlo por completo casi tengo que echar la cabeza hacia atrás del todo. Aquí vive el Don con todo su ejército de hombres, y donde yo viviría si no me hubiera agenciado de mi Bagheera.

El cristal de la fachada brilla. Me imagino a mi Don haciendo uso de su poder para que lo pulieran como un diamante. Tiene ese brillo frío y caro que te dice “aquí dentro no entra cualquiera”. Las líneas son limpias, modernas, y cada planta tiene un pequeño balcón de vidrio ahumado.

Me cuelgo el casco en el antebrazo y camino con seguridad hacia dentro.

En la entrada, el suelo es de mármol claro, con vetas doradas que parecen ríos de lujo.

Las puertas son paneles de cristal grueso que se deslizan sin hacer ruido.

Dos guardias con traje oscuro están ahí, quietos, pero con una postura rígida y pendientes de absolutamente todo.

Dentro, el aire huele a madera cara y a climatización.

Hay cámaras discretas en las esquinas, casi invisibles, como pequeños ojos atentos a todo lo que pase.

Aquí no hay oportunidad para errores, o eso aparenta.

Saludo a los guardias y seguido se abre el ascensor sin yo tocar ningún interruptor. Saben que estoy aquí desde antes de estacionar la moto. Después de unos minutos, las puertas se abren en la planta 39. Baloo es la primera persona que aparece en mi vista.

—Vito, ¿dónde has dejado a mi chica? —me saluda con un golpe amigable en el brazo.

Le suelto una mirada de advertencia para demostrarle que no es suya, es mía, y me pongo serio por seguirle la broma. A continuación le sonrío para terminar con el falso enfrentamiento. Es el único, aparte del Don y de su hija, al que considero familia.

—A ver si te entra en esa dura cabeza tuya que Bagheera me quiere más a mí que a ti —me dice acariciándose la barba con la mano.

—Sigue soñando —le suelto sonriente alejándome de él.

Baloo es un hombre grandote, de esos que cuando se acercan te dan sombra.

Tiene muchísimo pelo en brazos, pecho, incluso un poco asomando por el cuello de la camiseta; ese rollo de oso total.

Lleva una coleta baja, recoge su pelo oscuro y grueso que parece que ni las tijeras se atreverían a tocar.

La coleta le cae por la espalda como una cuerda fuerte, y cuando se mueve se balancea despacio, marcando el ritmo de sus pasos.

Su cara es amplia, con barba densa que le enmarca la mandíbula.

Los ojos, en cambio, tienen ese brillo suave, casi divertido, pareciera que siempre fuera a soltar un comentario amable o una broma tonta para relajarte.

Cuando se ríe suena a carcajada profunda, como un rugido simpático.

Pero a la vez sé que ahí dentro hay fuerza de sobra.

Esa presencia que podría tornarse peligrosa si quisiera.

—¿Te veo luego? —se despide.

Asiento con la cabeza. Siempre he sido un chico de pocas palabras. Los que me conocen saben que prefiero los hechos antes que las conversaciones. Demuestro más con acciones por ti que diciéndote todo lo que me importas.

Paso por la sala que está llena de ordenadores y dejo el casco sobre una de las mesas.

En esta planta es desde donde se dirige todo, organizado y estructurado como si fuéramos una sala de operaciones militares.

Para ser más exactos, en este edificio viven ochenta y tres hombres con sus respectivas familias.

Hay viviendas repartidas por las plantas inferiores y trabajan para el Don sea la hora que sea.

Tiene más hombres repartidos por todo el país, pero los que viven aquí son los de su confianza plena.

Si él los necesita, tienen que estar disponibles.

Somos una gran familia, esas son las palabras del Don.

Yo pienso que se ha volcado tanto para hacer florecer el negocio y en nosotros porque no tiene una verdadera familia y se apoyó en esto para salir adelante.

Las malas lenguas dicen que tuvo una mujer que fue su perdición, algo hizo o pasó que desapareció, y el Don se volvió más frío y despiadado.

Yo no caeré en ese error. Las mujeres solo sirven para pasar el rato. La mayoría de los problemas los causan ellas. Son un verdadero estorbo. Aunque…

Sacudo la cabeza para apartar esa duda. No puedo distraerme con un asunto así. Ella no debería estar en mis pensamientos.

—Lazzaro, ¿qué tenemos? —pregunto acercándome a la pantalla del ordenador para revisar las imágenes grabadas por nuestros hombres.

Veo a unas chicas saliendo de una furgoneta, ninguna tendrá más de dieciséis años.

Traficamos con droga, esa es la mayor ganancia del negocio, pero algunos capos de la familia tienen gustos peculiares y son unos obsesionados de las menores.

Esa parte no nos da beneficio porque la utilizan para su bienestar, aunque si a veces algún socio quiere hacer uso de nuestras chicas, se las ofrecemos y nos llevamos un buen porcentaje.

De toda esta parte se encarga el clan de Lamberto Santoro, que es quien hace los negocios pertinentes con ellas, siempre con el visto bueno del Don.

¿Quién se encarga de hacerle llegar al Don toda esta información?

Yo. Su mano derecha y su ejecutor. Luego hay otros clanes que se encargan de diferentes negocios, casinos, extorsión, tráfico de armas.

—La nueva remesa llegará hoy —me explica dándome papeles—. Según Vivaldo, las chicas tienen mejor pinta que las anteriores.

La mayoría de los finales de esas chicas es una grandísima pena. Cuando se cansan de ellas, las desechan. Las más mayores y utilizadas, las tiran al río con un agujero en la cabeza; si tienen jugo que sacar aún, las venden al mejor postor.

Yo en eso no entro, solo necesito saber los números, los beneficios y saber lo que se hace en cada momento.

Les doy total libertad a cambio de saber hasta qué perfume llevan.

Hasta el día de hoy están cumpliendo, aunque no me confiaré porque en cualquier momento pueden intentar jugárnosla, como Rony.

Al fin y al cabo, todos son mafiosos: buscan más poder y dinero.

Ojeo los papeles; Irina, trece años, ucraniana. Samantha, catorce años, americana. Rebeca, dieciséis años, española…

—Las españolas son las mejores, lo tengo comprobado. Tienen carácter y follan como ninguna —me cuenta Lazzaro como si fuéramos colegas.

Lo cojo del cuello y le aplasto la cara contra la superficie del escritorio. Su mandíbula se tuerce, pero no hace nada por revolverse porque sabe que sería peor.

—Espero no escuchar más esas palabras de tu boca.

Respeto. Estás hablando conmigo, Lazzaro, no con un amigo.

Podría reventarte la cabeza ahora mismo y no pasaría nada.

Te llevaría a mi casa y te cortaría en trocitos para poner tu asquerosa piel encima de mi barbacoa —lo amenazo en voz baja, muy cerca del oído.

Todos los demás se han quedado muy quietos observándonos. Aparto la mano de su cuello y él dedica unos segundos a coger aire.

No me gusta que me hablen con este tono, no soy uno de ellos.

Por suerte o desgracia, soy su jefe, y es obvio que se lo dejaré lo más claro posible para que sepan cuál es su lugar.

Así siempre te aseguras de que coman de tus pies.

Al único al que le doy un poco más de cuerda es Baloo, y es inevitable porque ha sido mi compañero, amigo y hermano desde la infancia.

Pegados el uno al otro siempre. Haciendo travesuras y recibiendo castigos a la par. Pero nadie más.

Espero que haya cogido “la indirecta”, porque no habrá una segunda vez.

Le tiro los papeles a la cara. Chocan contra él y se esparcen por el suelo.

Levanto las cejas y cruzo los brazos esperando su respuesta.

Lazzaro se agacha a recoger todos los documentos.

Espero hasta ver el último ordenado en la mesa.

Y entonces es cuando me voy. Vuelvo por el mismo camino hacia el ascensor.

Ahora subiré arriba, a la casa del Don, y le informaré de cómo va todo.

Él solo tiene contacto conmigo. Soy su puente entre su organización y él. Aprieto el botón hasta la planta 45.

“Maia”.

Ese puto nombre que se repite en mi mente cada vez que me hablan de una remesa nueva.

Ha sido la única chica que me importó. Estuve a punto de echarlo todo a perder porque me enamoré de ella.

Cogí el móvil en el aeropuerto para llamarla y decirle que se diera la vuelta, que todo era una trampa, pero me pilló Vivaldo.

Yo nunca estaba presente cuando las violaban y las recibían, pero ese día, como castigo, me obligó a quedarme y verlo todo.

Ella me importaba de verdad, y sentí mucha culpa y rabia.

Ese día me llevaron a ver a mi Don y él me dio otra oportunidad.

Me explicó todo lo que podía conseguir a su lado y todo lo que él había hecho en el pasado por mí.

Con dieciocho, tenía el mundo a mis pies. Mi Don me despejaba el camino.

Me dediqué a formarme en el negocio y a entrenarme físicamente.

Salía a correr con mi pantera y ella ha sido la única que ha vivido mi cambio de cerca.

Me obligué a olvidarme de ella. Es más, no sé que pasaría con Maia.

Si la mataron, si sigue allí o si la vendieron.

Tampoco quiero saberlo. Porque aunque me sigan atormentando su nombre y su rostro, yo no tengo corazón.

Me lo arranqué y lo quemé.

Así que no hay forma de recuperarlo.

Mi alma está vacía.