PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

PANTERA

Me lavo la cara en el lavabo que aún tiene manchas de sangre de la noche anterior. El suelo de madera también tiene huellas de ese mismo líquido repartidas por toda la casa. Bagheera se paseó sin reparo, pareciendo que no acababa de hacer la matanza de la semana y manchándolo todo.

Tengo que reunirme con Gepetto Genovese, mi Don.

Le informaré de todo lo sucedido anoche, aunque debe de imaginárselo: fue él quien me envió allí, y sabe cómo actúo.

Cuando me ordena ese tipo de encuentros es porque quiere que se resuelvan a mi manera, con muertes y torturas.

Soy su mano ejecutora. El único al que no le tiembla el pulso por muy degradante que sea el acto que haya que cometer. Además soy en quien más confía.

Yo haría lo que me ordene sin dudarlo, fue quien me crió.

Aparte de profesarle lealtad, es familia, es como un padre para mí; y su hija, como si fuera mi hermana.

Me dijo que me encontró con tres años en una de las casas a las que fueron sus hombres a reclamar el pago.

Por lo que tengo entendido, mi padre era un desgraciado que consumía coca y tal era la adicción que llegó a deber mucho dinero porque no la vendía, se la quedaba.

Y mi madre, otra estúpida que estaba metida en la misma mierda junto a él.

Mi Don me contó que me tenían en mal estado, desnutrido y lleno de moratones, que yo les importaba una mierda.

Él los mató y me salvó, y yo se lo agradeceré toda la vida.

Me gusta ser parte de La Camorra, la mafia italiana.

Y más ahora que mi Don ha conseguido reunir a todos los clanes.

Es el jefe supremo. Cada clan le debe lealtad y devoción a él.

Yo no pertenezco a ninguno, solo a él. Es el único que puede darme órdenes y es a quien seguiré hasta el día de su muerte.

Bagheera levanta la cabeza y me mira desde el suelo del salón.

Está tumbada esperando mis indicaciones.

Le abro la puerta de madera y le silbo para que salga.

Cuando tengo que irme de casa, siempre la dejo suelta por el bosque para que cace y se limpie en el lago que hay cercano. Está conmigo desde hace muchos años.

Al principio me destinaron a ser el chavalillo que engatusaba a las chicas y era el anzuelo para secuestrarlas. Luego me entrenaron con dureza para saber manejar armas y defenderme. Era muy rebelde.

Me colé en un zoo con Baloo, que es mi mano derecha y con el que tengo más relación en la organización. Somos muy cercanos. Ese día se me había antojado una pantera y robamos un cachorro que había nacido hacía poco.

Esbozo media sonrisa al recordar la cara descompuesta de mi Don. Antes vivía con él y me dijo que allí no tendría un animal así, que nos comería a todos.

Así fue como me mudé a esta cabaña de madera, apartada de la civilización, en mitad del bosque.

Nápoles está solo a media hora, y aquí Bagheera tiene mucho terreno para comer, correr y ser el animal que le corresponde, no metido en una jaula, sin vivir ni poder dejar salir su instinto primitivo a su son.

De vez en cuando me trae las presas a la puerta y, mientras ella se come parte del animal, yo corto lomos y los echo a la barbacoa.

Me he acostumbrado a estar solos, ella y yo, y no me arrepentiré nunca de tenerla conmigo y haberla robado aquel día.

Cierro la puerta de casa y me dirijo a mi moto.

Todos mis vehículos son de color negro, mi animal también y toda mi ropa y pelo.

Negro como la muerte. No es solo un color, es una sensación, una forma de vida, una declaración de intenciones.

Me gusta porque me da control. Es misterioso, oscuro y refleja mi alma podrida.

Inclino la cabeza, pensando. La gente dice que es triste, dramático, pero para mí no. Para mí es como un refugio. Me lo pongo y siento que nada me puede atravesar.

Me encojo de hombros. Supongo que me gusta porque en el negro puedo desaparecer o destacar, según cómo me sienta ese día. Y eso es poder.

Acaricio la cabeza de mi chica. Ella la ladea y me deja tocarla.

Arranca a correr de golpe, sin aviso, y me centro en ese silencio inicial.

No suena a pisadas fuertes ni a caos, es sorprendente.

Llego a escuchar apenas un sonido suave de la hierba rozándole la piel.

Cuando acelera, el cuerpo entero se le estira como un muelle.

La columna parece volverse líquida, ondulándose a cada movimiento que me deja hipnotizado.

Cada músculo, cada fibra, trabaja a la vez.

Es un cazador elegante, imponente. Por momentos parece que no corre, sino que flota, que el aire la sostiene.

Y lo más bestia es que hay una sensación de peligro precioso en el ambiente. Sé que podría ser su presa si quisiera. Y aun así, no puedo dejar de mirarla. Me atrapa por completo.

Es un instante muy corto, porque cuando alcanza la verdadera velocidad, simplemente desaparece. Parece que el paisaje se la ha tragado.

Sonrío con orgullo mientras deslizo hacia arriba la cremallera de mi cazadora de cuero. Me pongo el casco y hago rugir el motor. Me gusta todo lo que tenga que ver con lo salvaje porque yo soy caos, oscuridad y peligro.