PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

VÍBORA

Es mi superpoder. Siempre he escuchado por ahí que cuando vives una situación traumática, tu mente lo aparta, lo entierra y con el paso de los años no lo recuerdas.

Yo he conseguido ser consciente de lo que hago, pero a la vez es como si no estuviera aquí y lo viviera todo a través de una pantalla.

No sé si me explico. Ni siento ni padezco.

Aparto lo que quiero y dejo que mi alrededor me envuelva y me guíe.

Es como si lo viviera siendo espectadora y lo viera desde fuera, sin sentir ni padecer.

Cierro los ojos e inhalo el aire de mi alrededor.

Tengo que llegar a mi habitación antes de que Vivaldo me encuentre.

Sé que estará furioso, se habrá llevado toda la noche esperándome.

Su capo me ha tenido horas y horas allí para él.

Lo bueno del gordo seboso es que se corre rápido.

En realidad, todos los tíos son así. No he encontrado a ninguno que dure más de diez minutos.

Zeno, otro de los hombres de Vivaldo, creo que tiene el pódium, pero solo por poco.

En fin, mucho traje, mucha pose, mucha mirada de macho alfa, mucho creerse dioses del sexo y luego no aguantan ni una mierda. Es un punto a favor, la verdad. Son pequeñas victorias en esta vida de mierda.

Cuando Lamberto terminó de follarme, me obligó a dormir a su lado porque decía que quería volver a usarme cuando se despertara. Esta mañana no se le levantaba, para mi desgracia, y he tenido que chupársela hasta que conseguí que se corriera.

La rutina de mi vida.

Estos años he practicado bastante y, si le añades algunos consejitos de mis compañeras, diría que me he convertido en una profesional. A estas alturas, me atrevería a decir que no hay polla que aguante más de tres minutos en mi boca si decido que quiero acabar rápido.

Un talento precioso para poner en el currículum.

Supongo que su mujer se habrá ido de viaje como hace siempre, sus hijos son mayores y viven en sus propias casas con sus esposas y familia.

El coche aparca en la puerta del monasterio. Tiro de la manilla con rapidez deseando salir, necesito bajar, me urge entrar para meterme cocaína antes de que aparezca…

Mierda.

—¿Dónde cojones has estado toda la puta noche? —vocifera Vivaldo muy enfadado alzando las manos—. ¿No sabe las reglas? —Se refiere a Santoro.

Bajo la cabeza en señal de sumisión. Problemas no.

Por favor.

—¿Estás contenta? ¿Te parece bien lo que ha hecho? ¿Te lo has pasado bien? —interpone una pregunta sobre otra hablando muy rápido y nervioso a la vez que me coge de la barbilla y me la alza para que lo mire.

Está nervioso, alterado. Poseído por esos celos enfermizos que tiene cuando alguien que no es él me toca.

—Te prefiero a ti —susurro con miedo.

Eso es lo que quiere que sienta, y se lo muestro con docilidad.

—No te escucho bien, querida —insiste con una sonrisa sabiendo muy bien lo que le he dicho.

Necesita volver a escucharlo para sentir que tiene el control sobre mí. Necesita mis palabras como si fueran una prueba de que me posee. De que, aunque me usen otros, sigo siendo suya. De que su obsesión no es ridícula si yo lo aliento a ello.

—Estaba deseando volver contigo —repito en tono más alto y claro.

Sus ojos brillan. Ya está. Ha vuelto a quedar claro que él tiene el poder, mi control, mi vida.

—Así me gusta. —Me coge de la cintura y me atrae hacia él. Va a besarme, pero se frena a media distancia—. Lávate los dientes, no quiero comerme la polla de mi capo —me ordena poniéndose bien su chaqueta de diseño.

Y yo, por dentro, casi suspiro de alivio. Gracias a Dios. Y gracias al mismísimo infierno. Ese pequeño detalle me acaba de regalar unos minutos para encerrarme en mi habitación y meterme cocaína antes de tener que volver a ser su muñeca favorita.

Camino en dirección a mi habitación. Recibo una palmada en el trasero de parte de Vivaldo.

Es un hombre que siempre va con su traje planchado a la perfección, camisa y zapatos que brillan en exceso, parece que los hubiera pulido con ansiedad.

El nudo de la corbata siempre está un pelín demasiado apretado, quiere demostrar una sensación de control que no tiene.

Pero sus ojos no pueden tapar la verdad: miradas rápidas, nerviosas, vigilando a todo el mundo hasta la obsesión.

Su inseguridad estropea hasta la maldad.

Es un hombre cobarde haciendo trampas porque sabe que, si jugara limpio, perdería siempre.

Quiere aparentar ser un tigre, pero se asusta hasta de su propio reflejo.

Antes de entrar observo a Haley encadenada a un lado del jardín, desnuda y con varios moratones visibles.

Mi pecho se encoge de dolor. Ayer estaba bien, se reía conmigo junto a la chimenea, con una manta en las piernas.

Teníamos el pelo hecho un desastre, parecía que estábamos pasando el tiempo como dos amigas en una casa y no en una tumba con calefacción.

¿Qué coño ha pasado esta noche para que me la encuentre así?

No creo que haya intentado escapar, ya sabemos todas lo que hay. No puede ser que haya sido tan inconsciente de volver a intentarlo.

Entro deprisa y noto un silencio sepulcral.

No hay ninguna compañera a la vista y eso quiere decir que ha ocurrido algún suceso horrible en mi ausencia.

Cuando a alguna nos castigan de esa forma, las demás solemos meternos en nuestras habitaciones para no estar visibles.

Creemos que al no estar a la vista, ellos se olvidarán de nosotras y no pagarán su enfado golpeándonos o violándonos.

El aire huele a una mezcla rara, ambientador de flores, perfume caro, y un poco a lejía.

El pasillo es largo y estrecho, con arcos restaurados que ahora tienen focos cálidos apuntando hacia arriba.

La luz rebota en la piedra vieja y la hace parecer casi dorada.

Al fondo hay un salón enorme. Es una antigua sala capitular, pero ahora tiene sofás modernos, una alfombra mullida y una chimenea encendida, que es donde mis compañeras y yo pasamos juntas y en familia el poco tiempo que podemos.

Antes de entrar en mi habitación, que está en el pasillo de la derecha, llamo a la puerta de al lado. Espero unos segundos y sale Axa con el rostro adormilado.

—Perdona por haberte despertado. Acabo de ver a Haley, ¿qué ha pasado? —estoy preocupada.

Hace meses que no vemos a nadie encadenada ahí fuera. Meses. Todas aprendimos la lección. Todas bajamos la cabeza lo suficiente como para seguir enteras. Sabemos lo que hay, por eso me extraña.

Axa me mira apenada. Es una chica bajita.

El pelo rojo lo lleva suelto casi siempre, con mechones que le caen a los lados del rostro y brillan cuando les da cualquier rayo de luz.

Es un rojo que tiene un encanto propio, como un destello de fuego.

Su cara es redonda y sus ojos grandes destacan más precisamente porque su poca estatura, pero su mirada tiene carácter.

Tiene esa expresión entre curiosa y picarona que hace que parezca más joven de lo que es, aunque aquí dentro todas envejecemos más rápido.

—Vivaldo la llamó para follar —dice al fin bajando la cabeza—, pero está tan obsesionado contigo que empezó a gritar que se la comía muy mal y que su coño no era el tuyo. Le pegó y la castigó como ya has visto —explica mi compañera mirando a otro lado.

Las palabras me atraviesan como un puñal.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Todo es mi maldita culpa.

—Joder, tía, lo siento —susurro, apenas me sale la voz.

La culpa me sube por el pecho aprisionándolo hasta que duele. La han castigado por mi culpa. Por su maldita obsesión conmigo. Por ser su favorita. Por esa posición de privilegio podrido que me da ventajas y, al mismo tiempo, las sentencia a las demás.

Axa me abraza al momento con ternura.

—Tú no tienes culpa, Kaa. —murmura contra mi cuello—. Nosotras solo intentamos sobrevivir.

Lo sé, pero eso no quita que me sienta como la culpable de todo.

—Aun así, siento mucha —me desahogo en su hombro, pero sin derramar una sola lágrima. Derramé tantas en el pasado que creo que no me quedan más.

—No la tienes, no puedes hacer nada. —Me besa la mejilla.

Levanto la cabeza con firmeza. Puede que no pueda arreglar el mundo, ni salvarnos, ni romper estas paredes a cabezazos. Pero algo sí puedo hacer.

—Sí puedo —mis palabras salen decididas de mi boca.

Axa me mira interrogante, con el ceño fruncido, pero no le explico nada. Me separo de ella y me meto en mi habitación. Cierro la puerta, me apoyo en ella y dedico unos segundos a respirar, seguido.

Me recojo el pelo en un moño y me cepillo los dientes a conciencia, queriendo borrar todo rastro de ese desgraciado. Aprieto mis pechos, que se habían separado en el sujetador, y me suelto el pelo castaño dejándolo al aire libre, porque así es como le gusta.

Lo he aprendido todos estos años. Sé cómo actuar para conseguir lo que quiero. Sé provocarlo. Sé darle lo necesario para tenerlo contento. Soy su favorita. Y eso es una condena, pero también me aprovecho de ello para mi beneficio.

Inhalo una raya de droga que me revitaliza en segundos. Aparece esa niebla en la mente que tanto me protege de la locura. Ya me queda poca, tengo que pedirle más a Zeno. Él me la pasa a cambio de que le ponga mi culo solo para él a escondidas de Vivaldo.

Todo aquí funciona así. Todo tiene un precio.

Me calzo los tacones más altos que tengo y saco a relucir mi actitud más provocativa. Justo antes de cerrar la puerta a mi espalda, enderezo los hombros y programo la mente en automático.

Voy a remediarlo. Me lo follaré como a él le gusta para que se le quite el enfado y deje en paz a Haley.

Haré que se sienta especial y lo convenceré para que la deje en paz, porque a mí no se puede resistir.

Porque me desea demasiado como para negarse.

Y porque si mi cuerpo es la única moneda que tengo, al menos voy a gastarla donde sirva para algo.

Eso es lo único que tengo claro.