PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

VÍBORA

Me calzo unas botas altas de cuero y deslizo la tela hasta la rodilla.

Me miro en el espejo alzando el trasero y subo la barbilla con orgullo.

Se me da muy bien fingir. No me ha quedado otra que aprenderlo a la fuerza.

Me he puesto lencería de encaje rojo. El sujetador hace efecto push up y junta mis pechos haciéndolos ver más grandes.

La parte de abajo tapa hasta la mitad de los glúteos.

Al ser de ese tipo, las prendas dejan entrever toda la piel de debajo sin dejar nada a la imaginación, justo como les encanta a los cerdos estos.

Solo quieren un trozo de carne que cumpla sus fantasías. Eso somos todas aquí. Objetos.

Me llevo la mano al vientre. Acabo de ponerme la inyección anticonceptiva mensual hace apenas un rato.

No quisiera quedarme embarazada de uno de estos hijos de puta, pero eso no me salva de las enfermedades sexuales que he cogido muchas veces.

Da igual cuánto te laves porque nunca te vueles a sentir limpia del todo.

He cogido tantas mierdas aquí dentro que ya ni me sorprendo. En fin, qué más da.

A estas alturas ya he aprendido a aceptar todo lo que me rodea sin volverme loca. O quizá es que ya lo estoy.

Esbozo una sonrisa irónica al ver que he conseguido un espejo por mi buen comportamiento. Aún me cuesta creerlo. No todas tienen acceso a este tipo de cosas. Tienes que ganártelas. Todo se consigue a cambio de o tu cuerpo o tu dignidad, o a veces ambas.

Ellos ya han comprobado que pueden confiar en mí, que sé cuando callarme, que no doy problemas y que soy la sumisa perfecta.

Soy su puta más complaciente y dócil. Por eso me dan beneficios.

Este regalo me costó muy caro. Hace una semana me dejaron destrozada entre tres hombres, los tres turnándose encima de mí, invadiendo cada rincón de mi cuerpo.

Mientras, yo parecía un simple objeto puesto ahí para soportar todas sus vejaciones.

Vivaldo estaba entre ellos, claro, ¿cómo no iba a estar?

Siempre está metido en todo lo que me humilla o me hace daño.

Parece que disfruta con mi dolor y mi sufrimiento.

Y es que lo hace en realidad. Recuerdo el olor, el peso de sus cuerpos, el roce, los golpes, sus manos sujetándome mientras yo me obligaba a mirar hacia un punto fijo y salir de allí con la mente, como hago siempre para no romperme del todo.

Saco una bolsita del cajón de mi mesita de noche.

Esparzo los polvos blancos por la madera vieja de la superficie y hago una raya con un trozo de cartón que hay a un lado.

¿Para qué voy a molestarme en esconderlo?

Si lo utilizo a cada instante, es parte de mi rutina, como pintarme los labios o dejar que me usen.

Aspiro el polvo y dejo que me inunde hasta el fondo del alma.

Esto hace que me sienta mejor, que no piense en las barbaridades a las que tengo que someterme a diario.

Mi tensión se relaja; ya apenas puedo pensar porque mi mente se ha vuelto más lenta.

Las imágenes que pasan por mi cabeza se vuelven borrosas, y todo lo que está sucediendo desde hace años, se vuelve más soportable y sin importancia.

Mi droga, mi salvavidas.

—Kaa, es la hora —escucho la voz a través de la puerta.

Se me borra la sonrisa. Ese es mi nombre ahora.

Me lo puso Vivaldo. Nos despojaron hace años de nuestros pasaportes, identidades y todo lo que éramos.

Ahora somos las que ellos quieran y actuamos como nos dicen, de su propiedad.

Hace ya tanto que nos despojaron de nuestra antigua vida que a veces me cuesta recordar quién era antes.

Es mejor que no los haga esperar.

Cojo la gabardina negra a juego con las botas y me la pongo.

Rodeo la cuerda en mi cintura. Antes de salir observo por última vez de mi reflejo.

La cola alta despeja mi rostro del cabello.

Los párpados brillan con la sombra de purpurina.

Mis pómulos llenos de colorete rosado, para parecer dulce como a ellos les gusta, y mis labios adornados con labial rojo.

Estoy deseable y parezco cara. Una imagen perfecta y sexy en un alma podrida y rota.

Camino fuera del edificio escoltada por cuatro hombres.

Es hora de trabajar. El sonido de mis tacones resuena en medio de la noche.

Cada pisada hace eco en las paredes de este antiguo monasterio convertido en un infierno.

A veces, todavía pienso en lo irreal que parece: donde antes había rezos, silencio y fe, ahora hay gritos, cuerpos comprados y secretos.

En realidad, ni sé dónde estoy. No muy lejos de Nápoles.

Nos dejan libertad, la suficiente para que creas que tienes una pizca de control, aunque no sea así ni por asomo.

Uno de ellos me abre la puerta trasera del vehículo. Antes de inclinarme para entrar, la voz de Vivaldo me frena en seco.

—¿Te ibas sin despedirte? —Camina a paso ligero hasta mí.

Su voz me recorre la espalda tensando todo mi cuerpo.

No contesto. Me coge de la barbilla con dos dedos y me alza la cabeza para que llegue a sus labios.

Su contacto me produce el mismo rechazo de siempre, me da náuseas y rabia, mucha rabia, pero me lo trago todo.

Dejo pasar su lengua en mi boca, profanando por milésima vez todo dentro de mí.

Aguanto las arcadas y la repulsión que siento hacia él.

Lo dejo seguir ensuciándome toda la boca, como siempre.

Cuando se cansa, o cree que es suficiente, me deja ir.

—Te esperaré. No me gusta que estés fuera sola y desprotegida —anuncia para mi pesar.

Esa falsa preocupación me da ganas de escupirle en la cara.

Mierda. Eso significa que esta noche también me tocará chupársela.

Otra maldita vez.

Cierra la puerta del coche desde fuera cuando me acomodo en el interior.

Aquí solo estamos el conductor y yo, pero hay otro vehículo que me sigue de cerca, por protección, dicen.

Dirán mejor para que no me escape. Soy un puto maniquí metida en esta caja de metal.

Vista al frente y mente cerrada. Así estoy la mayor parte de mi día.

Ellos solo quieren una cara bonita y un cuerpo de infarto, sin corazón y sin vida propia.

Apoyo la cabeza en el respaldo, observo las calles de la ciudad.

Mis clientes son los capos de los clanes que hay repartidos por toda Italia, pero a la mayoría ni los conozco porque a Vivaldo no le gusta que otros me toquen sin su presencia.

Él tiene que controlar que yo no disfrute con nadie, solo con él.

Así que cuando me obliga a chupársela a otro con su beneplácito, tengo que fingir que no me gusta.

Si no, las consecuencias serían golpes que mi piel ya no creo que sea capaz de aguantar.

Casi todos estos hombres tienen familia, mujer e hijos, pero necesitan putas porque son fáciles de dominar en la cama y ellos quieren sentir el poder de pegarle a las mujeres y manejarlas a su antojo, cosa que con sus esposas no hacen porque la mayoría de matrimonios son de conveniencia.

Ellas suelen ser de otro clan y tienen que protegerlas o se formaría una guerra.

Malditos bastardos insatisfechos.

Me he resignado a mi nueva forma de vivir.

Intenté muchas veces quitarme la vida, pero nunca llegó el final soñado.

Estaban muy pendientes de mí, de todas en general, porque más de una chica también probó suerte, así que no llegábamos muy lejos, y las consecuencias eran lo peor.

Me violaban una y otra vez mientras pedía perdón, me golpeaban y humillaban dejándome atada y desnuda en el jardín delantero toda la noche.

Cuando venían hombres de la mafia a reunirse con ellos, me veían y se reían de mí.

Todavía recuerdo el barro pegado a la piel, la sangre seca entre las piernas y el frío haciendo que mi cuerpo se pusiera al límite.

La parte buena es que los visitantes no me hacían nada porque daba asco.

Mi aspecto era una auténtica barbaridad.

Un día comprendí que hasta que llegara la hora de mi muerte lo más inteligente era portarme bien y seguir sus órdenes para tener una vida lo más tranquila posible dentro de la mafia. Porque una vez que entras, ya no se puede salir vivo.

Solo en un ataúd.

Y solo cuando ellos lo permitan.

La ciudad me envuelve con su caos encantador, los edificios antiguos, algunos con fachadas desconchadas y balcones rebosantes de ropa colgada, crean un mosaico de colores cálidos y desordenados.

Abro la ventanilla. Dejo entrar el aire frío invernal para que me despeje la mente.

El rugido del motor se mezcla con el bullicio de la ciudad, cláxones insistentes, vendedores ambulantes anunciando sus productos, motocicletas zigzagueando entre los coches y el murmullo constante de la vida napolitana.

Los aromas flotan por las calles, el inconfundible olor a mar desde el puerto cercano y alguna pizca de humo de las trattorias.

El BMW aparca justo delante de una casa enorme en un barrio de gente adinerada.

La fachada blanca impoluta apoyada sobre dos columnas de mármol.

La puerta principal es tan grande como la de entrada a cualquier estadio.

No es la primera vez que vengo aquí. Por desgracia sé muy bien quién requiere mis servicios: Lamberto Santoro, mi dueño.

Tengo su nombre grabado en el pecho para la eternidad, igual que el de su mano derecha, Vivaldo Longo.

Lo normal sería que yo follara con más tíos como hacen mis compañeras, los que quieran pagar por nosotras.

Pero yo no. Vivaldo se obsesionó conmigo y me esconde de los demás hombres.

Solo me ofrece a Lamberto y lo hace disgustado.

No le queda otra porque es su capo. Si fuera por él, me tendría encadenada a su cama para siempre.

Me aliso la gabardina y me bajo del coche con lentitud. Noto el cambio de temperatura. En el coche tenía la calefacción encendida y me sentía más cómoda. Ahora mis dientes castañean y de mi boca sale vaho.

Subo los cuatro escalones de la entrada principal.

Ante mí aparece mi cliente abriendo la puerta.

Un hombre de unos sesenta años, con el cuerpo ancho y pesado, tanto que juraría que cuando se sienta en alguna silla, sobresale su piel por los lados.

La barriga le cuelga un poco sobre el cinturón, marcando años de sobremesas largas y cero ganas de ponerse a dieta.

La piel del rostro es áspera, con pliegues profundos en la frente y al lado de la boca.

Tiene una nariz grande, demasiado enorme para su cara, y unas orejas que parecen haberse rendido a la gravedad hace tiempo.

El pelo, es escaso y mal repartido, se ha empeñado en crecer solo en los lados de su cabeza, dejando la coronilla brillante como un farol.

Suspiro con disimulo. Guardo las náuseas que me produce en un rincón del pecho, donde no puedan salir.

Le doy al interruptor invisible que me desconecta por dentro y me deja funcionando en automático.

El que me ayuda a arrodillarme cuando hace falta, a fingir, a obedecer, a moverme como esperan, a dejar que me use sin que me rompa más de lo que ya estoy.

El que hace que me trague su polla hasta el fondo sin un mínimo de sentimiento.

—Ya está aquí mi chica favorita, y bellísima como siempre —me saluda Lamberto.

No muevo ni un solo músculo de la cara porque yo ya no sonrío ni por educación. Eso murió.

Avanzo dentro de la casa y justo cuando escucho el clic de la cerradura de la puerta, mi mente deja de funcionar.

Todo mi cuerpo sigue en movimiento.

Pero yo ya he dejado de existir.