PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

PANTERA

¿Qué es lo que quiere todo el mundo? Dinero.

Más. Siempre más. Billetes suficientes como para creerse dioses, como para pensar que pueden tocar lo que es mío, engañarme, intentar hacerse con un pedazo de mi negocio y salir andando como si nada.

¿Qué es lo que quiero yo? Nada. Ya lo tengo todo.

Y cuando lo tienes todo, ya solo te queda decidir quién sigue respirando. Tengo poder, dinero y hombres dispuestos a matar con una sola orden. Ya hay ciudades enteras susurrando mi nombre como si invocaran al diablo.

Los ojos amarillos de mi Bagheera brillan en la oscuridad con intensidad.

Acecha a sus presas esperando una simple orden para conseguir su comida de hoy.

Un monstruo lleno de paciencia, esperando mi señal; un animal salvaje que solo me obedece a mí.

Todos los hombres que tengo enfrente están temblando de miedo, rezando en silencio y empapados de sudor.

Eso es lo único que produzco en la gente: terror.

Me encanta ese momento exacto en el que saben que ya no hay negociación, que están perdidos. Si suena mi nombre cerca de ti, date por muerto. Aunque tengo que reconocer que el mote impuesto es por el animal que siempre llevo cerca, mi pantera.

Me llena de placer y excitación este momento, lleno de súplicas.

—Pantera… por favor… ha sido un malentendido —se excusa uno de ellos levantando las manos en alto.

Sonrío de forma siniestra. Conmigo no valen las excusas. Aquí no hay rendición. Es simple.

Dejo escapar un gruñido. Es un aviso. Ellos retroceden dando un paso atrás.

Saben que si alguno intenta hacerse el valiente y meter la mano en la espalda para sacar la pistola, no llegará ni a rozar el metal.

Detrás de mí, mis hombres los encañonan con las Glocks apuntando firmes, sin pestañear, esperando la orden, igual que Bagheera.

—Creo que ya somos bastante antiguos en este mundillo para saber a qué estáis jugando —me burlo paseándome por la sala—.

La traición se paga con la muerte. —Fijo la mirada en el cabecilla de ellos, que tiembla con más intensidad.

Aspiro el aire con exageración de forma muy actuada—.

Huelo a miedo, ¿verdad, Rony? Siempre el mismo olor antes de morir.

Me acerco hasta invadir su espacio, hasta que no puede mirar a otro lado, hasta que noto cómo sus pupilas se dilatan y su respiración se rompe contra mi cara. Está tan rígido que parece una estatua a punto de caer al suelo.

Y me encanta.

Disfruto con todo esto, y mucho. Yo sí que temblaría si pudiera, pero de la emoción y la excitación de saber que llevaré a cabo otra muerte más, de que escucharé alaridos y sufrimiento, y que me mancharé las manos de sangre. Se me escapa media sonrisa solo de pensarlo.

—Pensaba que… No volverá a pasar —titubea Rony frenando el castañeo de sus dientes.

Mi sonrisa se hace más amplia.

—Claro que no volverá a pasar. Sé que aprenderás la lección —sentencio muy cerca de su rostro.

Me giro y camino despacio hacia la puerta. Noto cómo todos los presentes me siguen con la mirada. Le doy forma a mis labios para producir el sonido que tanto placer me produce.

Silbo.

El sonido corta la sala como una sentencia.

Mi pantera se lanza a por ellos con la boca abierta.

Es letal, fiera y muy rápida. De entre sus dientes cae saliva, supongo que porque está pensando en el manjar que tiene delante.

Un primer alarido invade la habitación. Me cruzo de brazos y observo a Bagheera, espero a que termine, porque esto también es arte.

Uno de los traidores, en medio del caos, intenta sacar la pistola al ver cómo mi animal está devorando a todos sin compasión, supongo que cree que puede hacer algo al respecto.

Antes de que él pueda siquiera sacar el arma de su espalda, le apunto con la mía y la bala entra en el centro de su frente dejando un profundo agujero.

Ha cometido un maravilloso error. Su cuerpo se desploma como un saco en el suelo.

Cualquiera que pretenda disparar a mi animal es hombre muerto. Aunque ya lo era, solo que su destino ha llegado antes de lo esperado. Nadie, y repito, nadie, puede apuntar a mi bestia y seguir vivo.

Mi pantera me mira y me gruñe molesta porque le he quitado la presa, disfruta arrancando gargantas.

Es muy testaruda, y eso que le he salvado la vida.

Tiene mal carácter, pero yo la entiendo mejor que a la mayoría de los humanos.

La salvé de su jaula. Supongo que por eso me tolera cuando interfiero en su momento de cazar.

O quizá me reconoce como lo único peor que ella.

Cuando ella está deleitándose con uno de ellos, ya despedazado, y veo que todos están muertos, todos menos Rony, me acerco a él.

—Hoy es tu día de suerte —me burlo de él dándole golpecitos en el hombro.

Mi burla le atraviesa más que cualquier golpe. Sus músculos se tensan con la rabia dándole un poco de fuerza y confianza.

Silbo a mi animal. Esta vez de forma diferente; ella sabe que la llamo para que venga a mi lado.

Pero Rony no lo sabe, y su temblor se hace más prominente con cada paso de ella.

Un líquido desciende por su entrepierna.

Se ha meado encima el muy crío. Que espectáculo tan lamentable.

Sus ojos van de ella a mí y de mí a ella, desorbitados, incapaces de decidir qué monstruo le da más miedo.

Mi vista se dirige a las gotas de humillación que le resbalan por el rostro.

Disfruto unos segundos alimentándome de su incertidumbre, de su miedo.

La tensión se nota en el ambiente. Me giro finalmente y camino hacia la salida mientras acaricio la cabeza de Bagheera.

Rony creía que podría coger parte del cargamento de cocaína y que no nos daríamos cuenta. ¿Ves? Todo por dinero. Por ganar un poco más. Patético.

Yo soy una leyenda. Si yo apretara el gatillo y le volara la cabeza a este imbécil, nadie sabría lo que ha pasado aquí hoy.

Pero al dejarlo vivo, él correrá la voz y volverá a sonar mi nombre por ahí, de boca en boca, y eso es lo que hace que me sigan temiendo y que me respeten. Por eso siempre dejo a uno vivo.

Las historias que cuentan son todas ciertas, y no las construyen los cadáveres, sino los vivos, los testigos.

Hoy Rony es el afortunado, y estoy seguro de que no volverá a jugárnosla.

He visto en sus ojos el terror, justo lo necesario para poner en práctica la lealtad, la cual no nace del cariño.

Ni de la amistad. Ni de la gratitud. Toda esa mierda es frágil. Se rompe. Se vende. Se traiciona.

Pero el miedo se clava.

Cuando la mente entiende que está al borde del abismo, deja de creer en el amor, en los juramentos, en los vínculos. Solo piensa en una cosa: sobrevivir. Y ahí es donde yo entro. Ahí es donde todos me pertenecen.

Sé como funcionan las mentes de las personas, y me aprovecho de ello. Sé donde presionar, sé qué romper. Domino el miedo.

¿Soy un monstruo? Bueno, muchos lo pensarán. Casi todos, en realidad. Pero la mayoría te dirían que no porque no tendrían cojones a hablar mal de mí en voz alta. Y eso es una puta maravilla.

Yo soy el mal que rezan para no encontrarse.

Yo soy todo lo que no debería existir. Pero aquí estoy, acechando, esperando, sonriendo entre la sangre.

Soy una pantera.