PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1)
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CAPÍTULO 0
Dicen que si respiras dentro de una bolsa cuando estás nerviosa, debido a la concentración de dióxido de carbono, deberías tranquilizarte porque a los pulmones les faltaría oxígeno.
Pero ahora dudo de su certeza. ¿También es válida esa teoría cuando tienes la adrenalina por las nubes y ves la muerte de cerca? Diría que no.
Siento que me explota el pecho de lo acelerado que lo tengo. Mi aliento choca contra el plástico pegado a mi boca, todo lo siento y lo veo negro. El aire vuelve a mi cuerpo con rapidez, sin dilación. El agobio se vuelve insoportable; estoy paralizada, en shock.
Voy a morir.
Del mismo miedo, tengo las extremidades entumecidas.
Apenas puedo girar la muñeca. Están apretadas, rodeadas por cuerdas.
Sé que no tengo escapatoria, por eso creo que mi cerebro ha bloqueado mi cuerpo.
Es una respuesta involuntaria. No me salen lágrimas, no pueden salir porque es como si ya no controlara mis músculos.
Parece que lo veo todo desde fuera de mí.
Soy tan imbécil que he acabado aquí. Conocí a un chico por redes sociales.
He estado hablando con él durante seis meses.
Era mi salvavidas. Me refugié tanto en él que olvidé toda la maldad que habita en el mundo.
Jugamos a enamorarnos y creí haber conseguido el premio, pero me equivoqué.
Era la jodida primera vez que me enamoraba de alguien.
A mis dieciséis años, nunca había estado con un chico.
Él me escuchaba, me comprendía y me apoyaba, o eso creía.
Maldita sea.
Nos tirábamos horas hablando por videollamada. Me había contado toda su vida y pensé que lo sabía todo de él. “Qué imbécil”, me maldigo de nuevo.
El vehículo frena de forma brusca cortándome todo pensamiento.
Esa acción hace que mi pecho se acelere más.
Es el final. Por el movimiento, el rostro se me pega a lo que pienso que es la parte de atrás de una furgoneta.
Durante el trayecto, he estado escuchando voces hablando en otro idioma que no es el mío, italiano para ser más exactos.
Ha sido llegar al aeropuerto de Nápoles y perderlo todo. Toda mi vida, todo poder de decisión, toda mi libertad. Vine aquí porque había quedado con Nick, el chico que decía que cuidaría de mí y que estaba enamorado hasta las trancas.
Y una mierda.
El puto desgraciado me ha engañado y me ha hecho venir hasta aquí para secuestrarme.
Salí del edificio con la maleta a cuestas y me saludó desde una esquina apartada del gentío.
Corrí feliz hasta él, pero antes de llegar, alguien me atrapó y me puso una bolsa de plástico en la cabeza.
Me tiraron a lo que creo que es una furgoneta y me ataron pies y manos.
El desgraciado tiene que estar orgulloso de su hazaña.
Alguien tira de mí hacia fuera del vehículo. Me destapan el rostro y al fin puedo inhalar para ingerir el oxígeno que tanto necesitaba. Me ciega la luz solar, mis pupilas ya se habían acostumbrado a la oscuridad, así que entrecierro los ojos. Me desatan los tobillos mientras recupero la visión.
Ya entendí que gritar no serviría de nada cuando no pararon de darme golpes ahí dentro.
Giro la cabeza hacia atrás para ver la furgoneta que me ha traído.
Mi vista se enfoca y cuento cuatro tipos armados a mi alrededor.
Apartado de todos, el chico que me hizo creer en el amor.
Tiene la cabeza baja, con el pelo negro cayéndole un poco sobre la frente; también me fijo en la mirada intensa que tanto me gustaba.
No me mira de frente, sino de reojo; me está evitando.
Por fin se decide a levantar la vista y cruzarme la mirada.
Parece arrepentido, pero no me vale esa actitud, ya no.
Uno de los hombres me empuja para que camine con rapidez.
Con el corazón latiéndome acelerado y la vista un poco nublada, observo lo que está a mi alrededor antes de entrar por la puerta, por si hubiera alguna escapatoria.
Es un monasterio, o eso es lo que aparenta.
Lo forman grandes paredes de ladrillos rugosos con una campana en lo alto.
Las puertas por las que entro son de madera maciza.
Mis pies caminan por inercia porque sigo sintiendo un pánico aterrador.
Solo los latidos de mi corazón suenan una y otra vez en mi mente.
¿Qué harán conmigo? Si es pedir dinero, estoy acabada. Mi madre no tiene ni un céntimo en la cuenta, bastante trabajo le cuesta llegar a fin de mes. No trabaja por la depresión que tiene desde que murió mi padre y se conforma con una simple ayuda del gobierno.
Abren una puerta y me empujan dentro con tanta fuerza que caigo al suelo de bruces.
Suenan sollozos desconsolados a mi alrededor, lo que aumenta la tensión.
Levanto la cabeza y veo a seis chicas, algunas menores que yo, otras de mi edad, arrodilladas, en fila paralela y con las muñecas sujetas como yo.
Uno de los tipos me agarra del cuello y me tira sin esfuerzo junto a la que está al final de la fila.
Me pongo en la misma posición que ellas porque lo último que quiero es llamar la atención.
Desde que me pusieron aquel plástico en la cabeza, todo está sucediendo alrededor como si yo no fuera parte de ello. Mi mente se disoció y estoy en un shock bastante grande.
Algunas chicas me miran con lágrimas. En su rostro veo la confusión al ver mi actitud tan serena, pero es que de verdad pienso que esto es una pesadilla.
En cualquier momento, me despertaré en mi minúscula habitación.
La alarma del móvil sonará y me obligaré a vestirme para enfrentarme a la jornada escolar y a los lamentos de mi madre. Esto no puede estar pasando.
Un hombre se pasea frente a nosotras mientras pronuncia unas frases en su idioma.
Yo no entiendo nada. Solo sigo con mis ojos su movimiento de lado a lado.
Sus pantalones de pinza se contonean con cada paso que da.
No me atrevo a mirarlo a los ojos, puede tomarlo como un desafío y no quiero malentendidos, así que bajo la cabeza.
—Mi nombre es Vivaldo Longo —menciona para mi sorpresa ahora en mi idioma, en español—. Ahora sois propiedad de La Camorra. Vuestro dueño es el capo Lamberto Santoro. Pertenecéis a esta familia y vais a vivir por y para ella.
Observo de reojo cómo muchas chicas prestan atención a sus palabras. ¿Serán españolas? A continuación, el mismo hombre habla en inglés. ¿Cuántos idiomas sabrá? ¿Y de dónde serán todas estas chicas? ¿Habrán sido engañadas como yo?
El chico que me manipuló entra en la habitación y se posiciona al lado de otro de los hombres que está armado. Me fijo bien en mi alrededor y todos tienen armas. Me produce un escalofrío.
¿En qué mierda me he metido? ¿Qué es La Camorra?
—Nick —susurra en voz muy baja la chica que está a mi lado.
El chico gira la cabeza con desdén al escucharla.
Ahora veo que no soy la única que ha sido engañada por el hijo de puta ese.
El hombre que estaba hablando se acerca a ella.
Le grita muy cerca del rostro. No puedo entender nada porque no hablo su idioma.
Parece que está muy enfadado. Vivaldo mira a otro de ellos y parece que le hace una pregunta.
Consigo escuchar el nombre de “Cara”. Creo que le está dando datos sobre ella.
—Cara, eres española, ¿verdad? —se dirige Vivaldo a ella de nuevo en mi idioma.
La chica asiente, temerosa—. ¿Tienes alguna duda de lo que he explicado?
Puede ser que me hayas interrumpido porque no hayas entendido alguna regla —su forma de expresarse, mucho más tranquila y calmada, me hace sentir más peligro que nunca.
—¿Qué… qué es la… La Camorra? —balbucea Cara.
Vivaldo levanta la comisura de su boca junto a un movimiento de altivez con la barbilla.
—Sois las elegidas. Habéis entrado en la mafia italiana, queridas. Seréis nuestras protegidas a cambio de algún que otro pequeño favor —anuncia con orgullo.
¿Qué favor? ¡¿Qué coño?!
Durante unos segundos el silencio se instala en la sala.
Nadie llora, habla o respira. Creo que estamos todas igual de confundidas.
Al ver nuestras caras de incógnita, Vivaldo se carcajea como si acabaran de contarle un chiste muy gracioso.
Disfruta con nuestro miedo, con nuestra incertidumbre.
No quiero ni pensar en lo que habrá hecho este hombre en su pasado.
—Creo que cuanto antes resolvamos vuestras dudas, mejor. Os aseguro que cuando acabe el día, tendréis muy claro cuál es vuestro papel en nuestra familia —expone Vivaldo en español.
Nos mira a todas una por una. Señala con el dedo hacia mí.
Le hace una pregunta a otro hombre en su idioma y escucho mi nombre, Maia.
Bajo la cabeza rezando por que se olvide de mí.
Ojalá pudiera desaparecer de la faz de la tierra.
El pulso se me acelera, el corazón amaga con salirse del pecho.
¿Qué pasará ahora? ¿Me van a pegar? ¿Seré su esclava?
Joder, creo que me voy a desmayar.
—Maia, eres muy afortunada. Serás la primera —vocifera Vivaldo muy contento. Parece que estuviera contando una buena noticia.
Dos hombres vienen a mi lado para agarrarme cada uno de un brazo.
—No. ¡No! —bramo presa del pánico.
Mis piernas tiemblan y fallan al caminar. Los hombres que me agarraban tienen que cogerme en brazos porque mis músculos han decidido dejar de funcionar. Grito dejando salir todo el aire de los pulmones. Siento terror. De reojo veo que las chicas vuelven a llorar.
Me tumban en una mesa en la que no había reparado hasta ahora.
Está en una esquina de la habitación. Uno de los tíos me agarra las muñecas con los brazos por encima de la cabeza.
Otro se pone entre mis piernas. Consigo que al fin me hagan caso mis extremidades inferiores y me revuelvo intentando escapar de aquí.
No soy tonta, me van a violar. Y nunca he tenido sexo.
Esto me dolerá y no hay forma de escapar.
Siento que me quedo sin respiración. Mi cuerpo tiembla de forma brusca.
De repente, recibo un puñetazo en toda la mandíbula que me deja un poco desorientada.
Uno de ellos aprovecha esos instantes para desnudarme, rompiéndome la ropa.
No me da tiempo a asimilar lo que me está pasando cuando Vivaldo se saca su asquerosa polla de los pantalones.
Unas manos tiran de mis muslos hacia afuera dejándome vulnerable y expuesta por completo.
Mis ojos se llenan de lágrimas. La garganta se me desgarra de los gritos que pego. No hay salida. Es el fin. ¿Por qué me ha pasado esto a mí? ¿Qué mal he hecho en la vida como para que me toque vivir esta aberración? Me siento humillada, vejada. Solo quiero morir y dejar de sentir.
—Por favor, no… —sollozo entre alaridos.
Mis suplicas no valen nada. Vivaldo esboza una sonrisa siniestra al momento de introducirme su pene.
Joder, cómo duele.
Giro la cabeza, cierro los ojos con fuerza y frunzo los labios.
Quizá si no lo veo, duela menos. Pero no, con cada embestida siento como si me rompiera por dentro en mil pedazos.
Mi cuerpo se paraliza, intento no pensar en lo que me está sucediendo.
Mi mente se queda en blanco y pienso en los planes que tenía con mis amigas para este verano.
Queríamos ir de campamento, como en las miles de películas que hemos visto.
Quería dormir en la naturaleza bajo la luz de las estrellas.
Quería vivir mil aventuras con ellas. Quería ser feliz.
Vivaldo coge mis pechos para apretarlos fuerte y me saca de mis pensamientos. Las chicas lloran viendo la atrocidad que me están haciendo. Sus lamentos se meten tan profundo dentro de mí que duele aún más.
Esta es mi primera vez y espero que sea la última, porque no creo que pueda seguir viviendo después de esto.
Mi pecho se aprieta tanto que me llega a doler más incluso que las embestidas.
Ese era otro de los puntos de mi lista: hacer el amor con algún chico, como cualquier adolescente.
Pero si es esto lo que se siente, no quiero hacerlo más.
No quiero sufrir. La fricción de nuestros sexos me produce náuseas.
La bilis me sube hacia la garganta. Sin poder evitarlo, vomito hacia adelante.
Las gotas salen disparadas hacia mi violador, pero él es más rápido y se separa de mí antes de mancharse siquiera.
—No te preocupes, querida, es normal lo que estás sintiendo. Ya te acostumbrarás —se ríe el idiota.
Aflojan los hombres el agarre de mi cuerpo hasta que me dejan suelta. Giro el cuerpo hacia un lado, me encojo hasta tocar el pecho con las rodillas y me cubro todo lo posible.
Nadie va a salvarme, y esa verdad duele más que cualquier golpe físico, porque he perdido toda esperanza.
Le dejé una nota a mi madre despidiéndome de ella porque quería vivir mi vida, una vida con Nick, y no le dejé pistas. Pensaba que cualquier lugar sería mejor que quedarme con ella, escuchando todo el día sus lamentos. ¿Esta es la vida por la que he apostado todo? Las náuseas vuelven.
Estoy sola. Hace un par de horas creía que comenzaría una historia con el amor de mi vida, que tendría en un futuro una familia y sería feliz. “¿Qué has hecho?”, me reprocho.
Mi cuerpo tiembla tanto del esfuerzo como del impacto que ha recibido. Me duele toda la vagina, incluso me arde el interior de los muslos. Me siento rota por completo.
Mis ojos se cruzan con los de Nick. Él baja la cabeza y sale por la puerta de la habitación sin mirar atrás. “Espero que me maten, porque si no es así, algún día lo haré yo contigo, desgraciado”.
Prometido.
Siento cómo se derrama líquido caliente por mi entrepierna. No me hace falta mirar para saber que es el semen entremezclado con mi sangre.
—Bien, a ver quién de vosotras será la siguiente —escucho a Vivaldo en la lejanía—. Vamos, queridas, no seáis tímidas. Esto es solo el principio. La que mejor se porte tendrá recompensas y un puesto mejor en la familia.
Su voz es apenas audible para mí. Yo he dejado de existir. Tenía la esperanza de que me mataran al acabar, pero no lo harán.
¿El principio? Para mí ya ha acabado mi vida. Porque yo ya no siento nada. Ni tristeza. Ni enfado. Ni siquiera temor. Solo un enorme vacío existencial.
Esto que ha pasado estará dentro de mi alma toda la vida, y no quiero vivir con ello. Ni puedo ni quiero. No estoy preparada. Quiero morir. Quiero dejar de sufrir. No vale la pena seguir viviendo.
Pero aquí da igual lo que yo quiera o piense, porque vuelven a tirar de mí para llevarme a otro lugar.
De aquí no saldré nunca, no se acabará, porque es la mafia.
Hasta que ellos quieran deshacerse de mí.
O yo pueda con ellos.