Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 61
99%

Capítulo 61

M e estalla la cabeza. Pestañeo varias veces para recuperar el sentido y los ojos se me adaptan a la oscuridad de… ¿la bodega? Estoy en la bodega de un… avión. ¿Qué hago en un avión?

Trato de frotarme la cara, pero tengo las manos unidas por las muñecas. Noto el cuerpo pesado y las extremidades débiles. Además, me siento somnolienta.

Lucho contra la sensación de desorientación y dirijo los ojos hacia la cabina de mandos. Veo una nuca. Pelo rubio salpicado de canas. Kallister.

No tengo ni idea de cuánto tiempo he estado inconsciente, pero sigue siendo de noche al otro lado del parabrisas.

Me ha drogado. Sin más preámbulos, abro una vía hasta la mente de Saint y…

No ocurre nada.

No puedo abrir una vía. La telepatía no funciona. ¿Por qué no funciona?

—Sé que estás despierta, Wren. —La diversión en su voz flota desde la cabina de mandos.

Intento incorporarme y una punzada de dolor se me clava en las sienes.

—¿Qué me has hecho? ¿Por qué no puedo usar los poderes?

No responde.

—¿Qué es esto? —Noto la voz ronca, por lo que carraspeo—. ¿Adónde me llevas?

Me dedica una única mirada fría y calculadora. No me puedo creer que alguna vez haya pensado que se parecía a Jim. Mi tío nunca me miraría así.

—¿Qué coño es esto?

Kallister suelta una carcajada.

—Siempre tan exigente. Igual que tu madre.

—No me parezco a mi madre y no estoy de humor para jueguecitos.

—La paciencia es una virtud. No tardaremos en llegar.

A la mierda la paciencia. Si la telepatía no funciona, la incitación seguro que sí. Utiliza una frecuencia diferente. Inspiro hondo y trato de aprovechar el polvo dorado de mi mente…, pero en mi mente no hay polvo dorado. ¿Qué cojones está pasando?

Mientras comienzo a sentirme cada vez más alerta, advierto que Kallister lleva puesto un equipo de combate, con armadura y una pistola en la cadera.

Me esfuerzo por pensar más allá de la neblina que me confunde la mente.

La droga sigue haciendo efecto, pero la adrenalina en mis venas la está diluyendo poco a poco, reem­plazando el aletargamiento por la necesidad inminente y apremiante de salir de aquí.

—Sé que estás enfadada conmigo —empieza a decir.

—No me jodas, Kallister. —Hay que tener huevos—. Olvida lo de que me has drogado y atado… ¡Acabas de asesinar a una mujer!

—No, he cumplido una sentencia. Igual que han hecho muchos ejecutores antes que yo.

—Esas víctimas solían pasar por un juicio.

—Ahora la ley soy yo —dice—. Y, aunque sé que no estás de acuerdo, creo que disolver la Autoridad era lo mejor para todos los Modos que luchan en la Revolución.

Se merecen tener un líder que vele por sus intereses.

Una visión que los guíe. —Kallister niega con la cabeza, molesto—.

Adrienne estaba imponiéndoles una perspectiva que no deseaban. Ojalá lo acabes entendiendo.

—Puede —digo con la voz rezumando veneno—, pero matarla no era la solución, puto pirado.

Suspira.

—Podemos seguir insultándonos, si quieres. Pero no es eso para lo que te he…

—¿Drogado? —le propongo con amargura.

—… traído aquí a hablar a solas —concluye—. Lejos de los ojos fisgones de la Daga. Me gustaría que tratáramos de entendernos.

No logro reprimir una carcajada áspera.

—¿Quieres que te entienda? Bueno, sé que intentaste crear una especie de vínculo entre los dos al fingir que tenías buena relación con Jim. Una relación que nunca existió. He oído la manera en la que has hablado de él en el Templo esta mañana. Lo odiabas.

—¿Odiarlo? No, es una palabra demasiado fuerte.

Era mi hermano gemelo. Odiarlo sería como odiarme a mí mismo.

Sí me decepcionó. A veces, incluso me dio asco.

Pero nunca lo odié. A tu madre, sin embargo…

Puedo decir que a Marina sí la odiaba. Le dije a Julian que causaría su desgracia, que destruiría todo lo que la rodeaba.

Pero no me escuchó. La eligió antes que a su propia sangre, que a la red, y eso nunca se lo perdoné.

—Tenías celos de Marina —lo acuso—. De la relación que tenían.

Me sorprende cuando no lo niega.

—Sí, a veces me producía celos. —Vuelve a centrar los ojos en el cielo oscuro.

—¿Adónde vamos? —pregunto al notar cómo la frustración me invade.

No responde, lo que solo me provoca una nueva descarga de ira.

Kallister se parece más a Travis Redden de lo que cree.

Ambos están motivados tan solo por sus propios intereses.

No sé por qué no lo he visto hasta ahora.

Ha usado a Hawkins para corromper a los Primarios en los distritos, no me jodas.

Si ha aceptado destruirles la mente a unos niños, ¿qué más estará dispuesto a hacer?

Lo único que sé es que, incluso dejando de lado que me ha pinchado un puto tranquilizante, no hay forma de que vuelva a confiar en él de nuevo.

Inhalo con lentitud para calmarme.

—Devuélveme a la Daga, Kallister. Por favor.

Se gira, estudiándome con los ojos marrones, esos que se parecen tanto a los del tío Jim y a la vez son tan diferentes.

Pienso en todas esas tardes que pasamos en su apartamento.

Yo en el sofá y Kallister en el sillón, compartiendo el mismo espacio en silencio mientras devoraba el archivo de mi madre.

Un archivo que me ofreció por voluntad propia, como si me estuviera haciendo un favor.

Ahora sospecho que solo trataba de mantenerme cerca.

—Hemos llegado —anuncia.

Con un fuerte zumbido, la aeronave comienza a descender a toda prisa. Aquí no tengo ventanas y no se ve mucho más que oscuridad a través del parabrisas. Paseo la mirada por la bodega en busca de algo que pueda usar como arma, cualquier cosa con la que escapar. Nada.

El avión aterriza con un suave golpe seco.

La vibración del motor se acalla y todo se queda en silencio.

Kallister se baja de la cabina y se dirige a la puerta de la bodega para abrirla.

Tira de mí con fuerza. Me resisto, pero aún me siento torpe debido a la droga.

Mi cuerpo tarda un segundo en recordar cómo permanecer en pie.

Para entonces, ya me está apuntando con la pistola en el centro del pecho.

Huelo la sal. Las rocas húmedas. Una ráfaga de viento frío me golpea la cara.

—¿Estamos en la cordillera Valterra? —pregunto, confusa.

—Me pareció apropiado.

Sigo sin poder usar la telepatía y la frustración me constriñe la garganta.

—¿Por qué no me funcionan los poderes?

Kallister introduce la mano bajo la armadura y saca una cadena plateada de la que pende un largo colgante blanco, tallado como un témpano. Daguita blanca. ¡Joder!

Mientras siga a mi lado, no podré usar mis habilidades de Modo.

En la montaña, no pude usar la telepatía hasta que Hawkins y yo estuvimos bastante lejos de la cueva.

Miro a nuestro alrededor e inspiro de forma irregular.

Los inhóspitos acantilados se extienden por todas partes, con sus paredes escarpadas cubiertas de daguita azul, pero parece que la blanca es más poderosa porque, aunque se supone que debería reforzar nuestros dones, ahora mismo no me está sirviendo para nada.

Kallister me empuja hacia delante y me tambaleo. Noto las piernas demasiado débiles. Ese tranquilizante me ha afectado a lo grande.

—Sigue andando. —Hace un gesto con el cañón de la pistola—. Para. Con eso es suficiente.

—Sabes que Gray te va a matar por esto, ¿verdad?

—No, no lo hará. Al final siempre entra en razón.

—No, sobre esto no. No si se refiere a mí.

—Por eso es hora de que cada uno se vaya por su lado —dice Kallister con un ápice de arrepentimiento en la voz—. Esperaba que pudiéramos colaborar juntos. Te he dado esa oportunidad esta noche.

—¿Qué oportunidad? Me has drogado.

—Antes. Quería ver qué hacías después de escucharnos en la cueva.

Se me corta la respiración.

—¿Sabías que estaba ahí?

Suelta una carcajada.

—Sabía todo lo que iba a ocurrir, Wren.

—No lo entiendo.

—Lo vi todo. Vi que me seguías a la cueva.

Que te enfrentabas a Hawkins. Que presenciabas la muerte de Adrienne.

Lo que no sabía es lo que harías a continuación.

Si ibas a aceptar el des­tino de Adrienne y las misiones de corrupción como pasos necesarios en nuestro futuro.

O si ibas a convencer a Gray de que se volviera en mi contra. Has elegido lo segundo.

Lo contemplo, esforzándome por asimilar lo que está diciendo hasta que el cerebro, que sigue adormilado por la droga, por fin hace la conexión. Es un premonitorio. Cuando habla sobre ver cosas, se refiere a una visión.

—Tuviste una visión sobre lo de esta noche —digo con lentitud—. Sabías que estaría ahí fuera, escuchándoos a Hawkins y a ti. ¿Sabías lo que ocurriría después? —El corazón se me acelera—. ¿Viste cómo Hawkins incitaba a Mako hasta matarlo?

Kallister permanece impasible, como si la muerte de mi amigo no fuera importante.

—Sí, así es.

—¿Viste cómo un aullador le rebanaba la garganta a Hawkins? ¿Lo viste todo y aun así dejaste que ocurriera?

—También vi que Hawkins sobreviviría. No iba a pasar nada.

—¿No iba a pasar nada? —repito, enfadada—. ¡Mako ha muerto!

Kallister se encoge de hombros y hace un gesto desdeñoso que me provoca una nueva chispa de rabia.

—Aunque hubiera intervenido, nada nos asegura que pudiera haberlo evitado. Las visiones son complejas. A veces, las palabras y los momentos están grabados en piedra. Da igual lo que hagas; esos acontecimientos se desarrollan justo como los has visto.

—Pero a veces puedes alterarlos —digo, porque sé que alguien, al tomar una decisión distinta, ha cambiado la visión de un premonitorio—. Podrías haber intentado cambiarlo.

—La muerte de Mako era otro paso necesario —comenta, aunque ahora parece arrepentido—. Era un chaval majo. Pero se puso en medio.

Aprieto los puños.

—Entonces, ¿qué? ¿Me has traído aquí para matarme?

—Sí, pero, si sirve de algo, no lo voy a disfrutar.

Se me escapa una carcajada de incredulidad.

—Has agitado el avispero demasiado, Wren.

Tienes demasiada influencia sobre Gray, incluso sobre Saint.

Y, aunque no puedo demostrarlo, mi instinto me dice que tuviste algo que ver con la deserción de Evlynne.

—Centra los ojos en los míos—. Tengo planes para el Continente y, por desgracia, creo que vas a ser un estorbo.

El pulso me zumba en los oídos. Miro otra vez a mi alrededor, incapaz de luchar contra el pánico creciente.

El paisaje es yermo y árido, compuesto solo del cielo oscuro sobre nuestras cabezas y el agua del mismo tono a nuestros pies.

Toda la cordillera alberga la historia sanguinolenta de los Modos a los que mató mi madre.

Moriré aquí, rodeada de los fantasmas del pasado.

Centro los ojos en la pistola antes de desviarlos de nuevo a la cara de Kallister. Veo cómo acerca el dedo al gatillo.

—Lo siento mucho, de verdad —farfulla.

Trago saliva con dificultad.

Asimilo la realidad de la situación justo cuando el sonido distante de la hélice de un helicóptero interrumpe el silencio. Ambos nos quedamos paralizados. Kallister desvía la atención al cielo, pero sigue apuntándome con la pistola. Firme.

El ruido se vuelve más fuerte, reverberando entre los acantilados, y entonces lo veo. El corazón se me acelera.

—Tenemos que irnos —le digo—. Es un avión del Comando.

Duda. Las luces del helicóptero inundan el acantilado, cegándonos durante unos segundos. Pero no necesito más. Corro hacia él y le golpeo en el pecho con el hombro. Se tambalea hacia atrás, pero no suelta el arma. Al contrario: dispara.

La explosión de la bala es ensordecedora y un dolor abrasador me recorre el brazo, haciendo que retroceda por la conmoción.

Nunca me habían disparado. Duele. La sangre brota de la herida, recorriéndome el brazo antes de caer en el terreno oscuro.

Aprieto los dientes, intentando permanecer en pie, pero el dolor es ensordecedor.

Otro disparo cruza el aire. Durante un segundo aterrador, me preparo para que el mundo entero desaparezca mientras muero por un tiro en la cabeza, pero me doy cuenta de que Kallister está disparando al helicóptero, que cada vez está más cerca.

Prueba varias veces. Las balas rebotan contra el metal, provocando un ruido sordo, pero no logran evitar que el helicóptero siga descendiendo.

Con una maldición entre dientes, Kallister se gira hacia mí, pero yo ya me estoy lanzando de nuevo contra él. Chocamos. El aire se me escapa de los pulmones y siento una nueva oleada de agonía en el brazo. Pierdo el equilibrio y Kallister aprovecha su ventaja. Me devuelve el golpe.

Trato de no caerme por el acantilado, pero fracaso.

Grito cuando el terreno desaparece bajo mis pies.

Permanezco en el aire, ingrávida durante unos segundos aterradores antes de que la gravedad ejerza su efecto sobre mí.

Con el viento aullándome en los oídos, una descarga de adrenalina me pone en marcha.

Me aferro con los dedos a la roca, sujetándome al borde del acantilado, y el cuerpo entero se me convulsiona cuando choco con la cornisa.

El brazo protesta por el dolor mientras permanezco aquí colgada, sujeta con todas mis fuerzas a un pedazo sobresaliente de daguita azul.

El pulso me palpita con violencia en los oídos. La sangre me recorre el brazo. Cuando oigo el inquietante zumbido de una aeronave al pasar junto a mí, advierto que Kallister está huyendo. Cobarde.

Giro la cabeza para seguir la trayectoria de la nave por el cielo nocturno antes de que desaparezca en el horizonte neblinoso. Estoy jadeando, esforzándome por aguantar.

«No mires abajo».

Me arden los músculos, suplicándome alivio. Me aferro a la roca con toda mi fuerza de voluntad mientras la mente se me acelera.

Entonces, lo oigo. Pisadas. El terror se cuela en mi interior cuando una sombra se yergue sobre mí. Un momento después, aparecen unos dedos.

—Dame la mano.

Me quedo paralizada. No puede ser.

—Dame la mano, palomita.

El corazón se me sube a la garganta.

Es Cross.