Capítulo 60
¿ A medianoche? Echo la manta hacia atrás y me pongo en pie a duras penas, perpleja por el mensaje de Kallister.
—¿Tiene autorización para hacer algo así? —le pregunto a Gray, en shock —. No puede ejecutar a alguien porque le salga de los huevos, ¿verdad?
—Ahora es el líder supremo de la Revolución —contesta con voz monótona—. Puede hacer lo que le plazca.
Me dirijo a toda prisa al armario para sacar un puñado de prendas. Siento que Gray me observa mientras me enfundo los vaqueros oscuros. Me cierro el botón y me estiro a por una camiseta de manga larga para ponérmela encima del top blanco.
—Aún tenemos tiempo —dice—. Tendrá que escoger el método de ejecución y se le permite elegir a un testigo. Kal no entrará sin más en la celda y le volará los sesos. Para eso están los protocolos.
—¿De verdad crees que Kallister va a seguir el protocolo después de todo lo que ha hecho? Porque yo no. Necesitamos encontrarlo. —Se me tensa tanto la mandíbula que apenas logro escupir las palabras—. No podemos dejar que la mate.
—No lo hará —me asegura.
Nos dirigimos a la puerta, pero lo cojo del brazo antes de que la abra.
—Espera, necesito contarte lo que te estaba diciendo cuando hemos recibido la alerta. He descubierto esta noche que Kallister ha estado usando a Hawkins para corromper mentes en los distritos.
Gray se queda paralizado.
—¿Qué? ¿Cómo es posible? Hawkins es un incitador.
—Tiene ambas habilidades. Créeme, a mí me sorprende tanto como a ti, pero sospecho que por eso a Kallister no le preocupa ejecutar a Adrienne. No la necesita para corromper. Ya no le es de utilidad.
—Joder.
—No creo que debamos decirle que lo sabemos.
Aún hay tiempo antes de que Hawkins salga de la cámara de regeneración.
Cuando se despierte, estoy segura de que lo primero que hará será contárselo a Kallister, pero ahora mismo podemos aprovechar la ventaja que tenemos.
Finjamos que no sabemos que es un tirano enfermo con ansias de poder y…
Me detengo al notar que Adrienne ejerce presión en mi mente.
—Adrienne se está vinculando conmigo —anuncio.
Wren , me dice por telepatía, ¿puedes venir a la prisión? Kallister ha aprobado mi petición de tener una visita.
Estoy con Gray. Llegaremos en unos…
Solo tú .
Mordiéndome el labio, miro a Gray.
—Me permiten visitarla. Solo a mí.
Piensa durante un segundo y luego asiente con brusquedad.
—Joder, vale, divide y vencerás. Asegúrate de que Ade se encuentra bien. Buscaré a Kallister y trataré de hacerlo entrar en razón.
Nos separamos en el pasillo para encaminarnos en direcciones opuestas. Me siento tentada a pasar por la armería para coger un arma, pero supongo que las celdas estarán vigiladas y de ninguna manera Kallister me va a dejar pasar con una pistola. Temerá que intente liberar a Adrienne.
De camino a la planta de Operaciones, trato de contactar con él por telepatía, pero me ignora. Supongo que está demasiado ocupado sentenciando a muerte a Modos inocentes.
Cuando llego a la prisión, me sorprende encontrar la zona sin vigilancia.
Aunque me da mala espina, avanzo con cautela hasta la primera celda, donde veo a Adrienne, sentada sola.
Lleva unas mallas negras, una camiseta de licra y unas botas de combate y, si no fuera por lo pálidas y demacradas que tiene las facciones, pensaría que es la carcelera, en lugar de la prisionera.
—¿Por qué no hay un guardia ahí fuera? —Me acerco con cuidado a la celda.
Adrienne deja escapar una carcajada apagada.
—A Kal le preocupa que lo corrompa.
Crispo los dedos sobre los barrotes, estudiándola preocupada.
—¿Estás bien? No te habrá hecho daño, ¿no?
—Todo bien. —Se acerca a mí—. Gracias por venir.
—Sin problemas. —Arrugo la frente, inquieta al percibir su calma—. Te ha sentenciado a muerte. Lo sabes, ¿verdad?
Asiente.
—Vale, bien, Gray se ha ido a buscarlo para intentar que entre en razón. —Siento una descarga de rabia—. No vamos a dejar que te mate…
—Sí —me interrumpe—, vais a hacerlo.
Titubeo.
—¿Qué?
—Vais a dejar que me mate.
Encogiéndose de hombros, Adrienne se aleja de los barrotes y se acerca a la pequeña mesa de metal anclada al suelo. Observo perpleja cómo coge una jarra de estaño llena de agua y se sirve un vaso.
—¿Lo dices en serio? —pregunto—. ¿Por qué íbamos a hacer algo así?
—Porque es lo que quiero —replica.
No encuentro las palabras. La contemplo, tratando de entender lo que veo en su rostro. No es derrota, que es lo que se esperaría de alguien que sin duda se ha rendido, sino que… creo que es paz.
—¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Quieres ser una mártir o alguna gilipollez así? ¿Vas a morir por tus ideales para que la gente pueda resurgir de tus cenizas y tomar el mando de la causa?
Ante esto, se echa a reír.
—¡Qué va! ¿Tengo cara de mártir?
La confusión se funde con la desesperanza en mi garganta.
—Entonces, ¿por qué dices eso?
—Porque es lo que siento. Estoy cansada, Darlington. —Se lleva el vaso a los labios y le da un pequeño sorbo—. Estoy agotada, harta de mí misma, joder.
—Adrienne…
—No —me interrumpe—. Sé que crees que estoy intentando que sientas pena por mí, pero no es así. La razón por la que no me voy a resistir a la sentencia de muerte es porque no quiero seguir luchando.
—¿Vas a abandonar a la Revolución? ¿A todo el Continente?
Se bebe el agua sin dejar de observarme desde el otro extremo de la celda. Su lenguaje corporal es imposible de descifrar.
—Cuando rebobiné la mente de mi mentor y le arruiné la vida, también me la destruí a mí misma. —Una nota ausente se filtra en su voz. Ha centrado los ojos en los míos, pero mantiene la mirada perdida. En su mente, está viendo algo que ocurrió hace mucho tiempo.
—Tenías doce años —le recuerdo con un susurro—. No sabías qué le ocurriría a… ¿Cómo se llamaba? ¿Khem?
Asiente, distante, y deja el vaso en la mesa.
—Lo destrocé y, desde ese día, he intentado enmendarlo. Entendí que tendría que corromper a otras mentes en el proceso para alcanzar la paz, pero me dije que podría vivir con esas víctimas a mis espaldas. Ahora ya no estoy tan segura.
Adrienne se gira hacia la puerta de la celda, donde sigo agarrando los barrotes con fuerza. Me cubre las manos con las suyas. Las tiene frías al tacto.
—Llevo décadas luchando, Wren. Es hora de que pare y otra persona ocupe mi puesto.
Niego con la cabeza.
—¿Te refieres a mí? Nadie va a escucharme. Te quieren a ti.
Suelta una carcajada, aunque se torna débil, casi un jadeo.
—Si decides dar un paso al frente y ofrecer una solución que no requiera la muerte de la mitad del Continente, creo que harás un buen trabajo. Pero nadie te está pidiendo que lideres la causa.
Me inclino un poco más hacia ella, implorándole con los ojos.
—No puedes dejar que te mate.
—Ya lo ha hecho.
Jadea de nuevo y ahí es cuando lo huelo, en su aliento. Ese hedor empalagoso. Raíz de corazón.
Desvío la mirada hacia la jarra de agua en la mesa. Hacia la taza medio vacía. No era agua. Joder, no era agua.
—¡¿Qué has hecho?! —pregunto, horrorizada.
Su respiración se vuelve superficial.
—No pasa nada. Es lo que he elegido. Quería que tú estuvieras aquí. Para Gray sería demasiado duro.
La bilis me recorre la garganta y sufro una arcada. Me ha hecho llamar para ser su testigo, ¡joder!
Le aprieto las manos, tratando de calentárselas, mientras me vinculo desesperada a Tana, quien contesta enseguida.
¿Dónde está Brion? , le pregunto, tratando de que el pánico no me asfixie. Envíale a la prisión. Adrienne necesita sanación.
Creo que está en el valle haciendo algunas revisiones médicas…
Interrumpo el vínculo. ¡Joder! Ahora que Fiona ha muerto, Brion es el único sanador con el que contamos. Ante mí, Adrienne empieza a mecerse.
—Por favor —le suplico—. Intenta vomitar.
Pero ambas sabemos que no servirá de nada. El mínimo rastro de raíz de corazón causa estragos en el cuerpo.
—No pasa nada —repite antes de dirigirse despacio hacia el estrecho catre.
Cuando tropieza, grito, desesperada por entrar en la celda y ayudarla, pero recupera el equilibrio y se deja caer con cautela en la cama.
Nunca me he sentido más indefensa que ahora, mientras la veo luchar por recuperar el aliento. No obstante, a pesar de los jadeos, la respiración sibilante y la tensión de su cuerpo, sigue con los ojos cerrados. Entonces, oigo su voz en mi mente.
Cuídate, Darlington .
Un segundo después, su firma energética se disuelve y se queda inmóvil.
Mi compostura se astilla en mil pedazos.
Contemplo el cuerpo de Adrienne, atónita.
Se suponía que teníamos hasta medianoche para encontrar una solución, para salvarla.
Kallister ni siquiera nos ha dado esa oportunidad, maldita sea.
Con manos temblorosas, saco el intercomunicador del bolsillo y contacto con Gray.
—¿Lo has encontrado? —pregunto con un graznido cuando oigo su voz.
—No. ¿Sigues con Adrienne?
—Está muerta.
—¿Qué quieres decir con que está muerta?
—Está muerta —repito, y se me quiebran las palabras—. Eligió la raíz de corazón como método y a mí como testigo. —Me tambaleo, luchando contra una nueva oleada de náuseas—. Joder, Gray, está muerta.
Al otro lado de la línea se produce el silencio, seguido de un gemido suave y angustiado.
—Voy a buscarte —digo—. Creo que tenemos que salir de la Daga.
Corto la llamada y le doy la espalda al cuerpo sin vida de Adrienne justo a tiempo para captar movimiento en un extremo del pasillo.
Oigo un siseo en el aire una milésima de segundo antes de que una aguja se me clave en el cuello.
El líquido me inunda las venas, provocándome una descarga de adrenalina.
—¿Qué…? —La pregunta me muere en los labios mientras unos puntos negros me invaden la visión y la lengua se me entumece en la boca.
Las celdas se balancean y las paredes se ondulan a mi alrededor.
Unas pisadas hacen eco en el extremo del pasillo, un sonido amortiguado, como si estuviera bajo el agua. Sea quien sea quien me ha pinchado el tranquilizante se está acercando de nuevo a mí.
Luego, todo desaparece.