Capítulo 62
P or primera vez desde hace meses, el corazón me vuelve a latir. No ha dejado de mirarme desde que tiré de ella y pisó tierra firme de nuevo.
Pero no pasa nada. Porque yo tampoco puedo dejar de mirarla.
Está aquí.
Está viva.
Nunca la he visto tan guapa.
Mientras sigue con los ojos de color miel fijos en los míos, una avalancha de emociones se filtra en cada grieta y recoveco de mi pecho. Basta un segundo para que todo vuelva a sobrepasarme. El amor que me inspira. El dolor de haberla perdido. La agonía de llorar por ella.
—Estás viva —digo, y la incredulidad me quiebra la voz.
Junta las cejas al fruncir el ceño.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Una carcajada se me escapa de la garganta. ¿Por qué no iba a estarlo? Me cago en todo. No tiene ni idea.
Su presencia me atrae como un campo gravitatorio. Camino hacia ella antes incluso de percatarme y la rodeo con los brazos. Sin embargo, no hay tiempo de disfrutar del momento, de la sensación de su cuerpo contra el mío.
La cojo por los hombros con delicadeza.
—Tenemos que irnos.
Frunce de nuevo el ceño.
—No lo entiendo. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo…?
—Tenemos que irnos —repito—. He robado este helicóptero de la base. No lo he registrado, así que lo rastrearán en unos minutos.
A favor de Wren, diré que no se opone. Aunque se tambalea suavemente, me permite que la arrastre hasta la nave.
—Cross, ¿qué está pasando? ¿Por qué creías que estaba muerta?
—Luego te lo cuento —digo—. Ahora, súbete.
El viento que surge del agua y de la hélice que sigue girando le azota el pelo marrón mientras la ayudo a entrar en la cabina de mando. Solo cuando me instalo en el asiento del piloto advierto que está herida. Tiene los dedos crispados sobre el brazo cubierto de sangre.
—Un disparo —musita cuando me pilla mirándola, y una rabia pura me hierve en las entrañas.
No tengo tiempo para centrarme en eso. Asesinaré más tarde a quien sea que se lo ha hecho. Acelero con fuerza y el helicóptero sale despedido hacia delante. Segundos más tarde, abandonamos el acantilado y cruzamos el cielo abierto. El alivio me inunda el pecho.
Wren está pálida, con los ojos muy abiertos.
Pero sigue viva.
¡Viva!
—¿Adónde vamos? —pregunta con un hilo de voz difícil de oír sobre el motor y la hélice.
Hago una pausa mientras repaso todas las opciones.
No esperaba encontrarme en esta situación cuando me he ido a la cama esta noche, cuando ese impulso me ha sacado del sueño profundo y básicamente me ha empujado a dirigirme al hangar, subirme a este helicóptero, encender el motor y volar a la cordillera Valterra, ni más ni menos.
No tenía ningún plan entonces, solo una sensación inquietante y confusa en el pecho, y no tengo ningún plan ahora.
—A Fin de la Tierra —decido al final—. Hay un viejo aeródromo en la parte norte de la isla donde podemos aterrizar.
Mientras ascendemos por el aire, no puedo dejar de desviar los ojos hacia el asiento del copiloto.
—¿Por qué me miras, Lobo?
—Pensaba que estabas muerta —contesto con voz ronca.
—Eso has dicho. —Arruga la frente—. Pero ¿por qué?
—Ya no… podía hablar contigo.
—No lo entiendo.
—Me contaste lo de las firmas energéticas de la telepatía. Que, cuando alguien muere, la energía desaparece. —Se me constriñe el corazón, contrayéndose hasta que duele—. Ya no te sentía en mi cabeza. Llevo meses sin sentirte.
Se le corta la respiración.
—No lo entiendo. Yo sí seguía notando tu energía.
Estiro el brazo para cogerla de la mano. Necesito tocarla. Asegurarme de que es real. Lo es. Joder, es real. Tiene la mano cálida, temblorosa.
Entrelazo los dedos con los suyos y una oleada de emoción me debilita. Tras inhalar con lentitud, dejo que la calidez de su presencia me empape, despejándome la mente en mitad del caos. Me da miedo que, si le suelto la mano, si desvío la mirada, desaparezca de nuevo.
—Margarita… —empiezo a decir.
Se activa una alarma.
Centro los ojos en el salpicadero mientras una sirena aguda y ensordecedora reverbera por la cabina de mando.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—¡¡¡Nos estamos quedando sin combustible!!! —grito, elevando la voz sobre las alarmas, al mismo tiempo que paso las manos por los controles, frenético—. Tiene una fuga por una bala en el depósito. Lo más probable es que llevemos todo este rato perdiendo combustible.
Su cara se torna más pálida aún.
—Joder.
—No llegaremos a Fin de la Tierra. Mierda, ni siquiera podemos volver.
El motor tose y Wren y yo intercambiamos una mirada.
Las alarmas parecen volverse más estrepitosas, aunque su volumen no es lo que ha cambiado, sino el nivel de adrenalina en mis venas.
El helicóptero empieza a descender como un animal herido desesperado por encontrar alivio.
Noto la pérdida de energía, la vibración en el aire a medida que la hélice se ralentiza.
—Agárrate —digo, sombrío, mientras nos ladeamos con brusquedad, inclinándonos de forma peligrosa.
El horizonte adopta una perspectiva imposible y el agua a lo lejos parece acercarse cada vez más rápido. Nos caemos.
El pulso se me acelera, pero esta vez no es por el miedo, sino por la acción. Tras soltar la columna de control, tiro de Wren y la estrecho contra mí mientras el helicóptero sigue cayendo, desplomándose hacia el océano.
—¡Agárrate! —le grito al oído, desgarrándome la garganta.
La hélice se ralentiza incluso más y su zumbido se acalla con un gemido fantasmagórico. La oscura expansión del océano se acerca cada vez más, lista para engullirnos.
Abrazo con más fuerza a Wren y me tenso, preparándome para el impacto. El tiempo parece ralentizarse, el mundo empequeñecerse y el océano atraernos. Entonces, caemos al agua.
De nuevo, se produce el caos. El sonido nauseabundo del impacto, el crujido del metal, la corriente fría e implacable de agua al inundar la cabina de mando…
Me presiono contra el asiento y se me tensa el brazo en torno a su cuerpo cuando el helicóptero da vueltas por el agua y la hélice golpea las olas.
En todo momento, me aferro a Wren. No la voy a dejar ir nunca más, ni aunque el mundo a nuestro alrededor se suma en la oscuridad.