Capítulo 59
L a respiración se me ha convertido en bruscos jadeos. Me contemplo la mano, sorprendida porque no haya conseguido atrapar a Mako. Noto las emociones en la garganta. El horror, el pánico y una sensación de pérdida que no he sentido desde que murió el tío Jim. Un dolor devastador.
Gateo hasta el borde para echar un vistazo, pero solo veo sombras y rocas. Hay un ovillo oscuro más abajo que quizá sea Mako, pero es imposible saberlo en la oscuridad. El recuerdo de su mirada perdida antes de saltar me cruza la mente.
—¡Mako! —grito—. Mako, ¡contéstame!
El silencio es ensordecedor.
Clavo las uñas en el risco rocoso mientras sigo oteando la oscuridad. ¿Dónde está?
—¡Mako!
—Levántate —escupe Hawkins detrás de mí.
Reprimo las lágrimas y absorbo el aire con varias bocanadas irregulares. Me tiemblan tanto las piernas que me cuesta levantarme. Me derrumbo durante un segundo, dado que el peso de la pérdida me impide incorporarme.
Oigo sus pisadas. El instinto de supervivencia se me suele activar en este momento. Debería estar atacándolo, pero la conmoción me mantiene anclada al suelo. Mako… maldita sea… Mako.
¿No podría haberlo salvado? ¿Por qué no me he movido más rápido? ¿Por qué una maldita pistola me ha impedido salvar a mi amigo? La culpa me desgarra como un depredador devorando un cadáver.
—Puto cabronazo —susurro, inclinando la cabeza hacia Hawkins. Está ahora a unos dos metros de distancia.
En sus ojos relampaguea el arrepentimiento.
—Si sirve de algo, no me caía mal. Cuando me deshice de Zoe, al menos sentí que se lo merecía. Esa zorra me puso los cuernos.
La ira sisea en mi interior. Hawkins levanta el arma y me preparo, lista para recibir un disparo. No tengo esperanzas. Se acabó.
Veo cómo baja el dedo hasta el gatillo, a un nanosegundo de apretarlo. Entonces, advierto movimiento, una mancha blanca. Más rápida que la bala en el cañón de Hawkins, irrumpe desde los arbustos a nuestras espaldas con un gruñido que reverbera en la noche.
Hawkins dispara, pero sé que falla porque la bala me silba cerca del oído. A duras penas, me pongo de pie para tratar de entender lo que está ocurriendo, pestañeo mientras la mancha toma forma y asimilo lo que estoy viendo.
Es un aullador. Mi aullador.
El lobo blanco choca con Hawkins y lo hace caer. La pistola se le escapa de las manos y acaba tirada, inútil, en el suelo. Capto un ápice de una penetrante mirada amarilla que brilla por la sed de sangre antes de que Príncipe hunda los colmillos en la garganta de Hawkins.
La marca de pelaje rojo en torno a su ojo parece sangre seca, un tono más oscuro que la que brota del cuello de Hawkins. El cuerpo esbelto del lobo se mueve de un lado a otro mientras ataca al que iba a ser mi asesino.
Me quedo ahí, paralizada. No le pido que pare. Solo observo, con la respiración acelerada, cómo los gritos de Hawkins se convierten en un borboteo. Al final, me obligo a desviar la mirada. Con manos temblorosas, cojo la pistola, aunque ya no la necesito.
En el silencio ensordecedor que se produce a continuación, Príncipe suelta la garganta sangrienta de Hawkins y da un paso atrás. Tiene el hocico manchado de rojo. Cuando me mira, juraría que busca aprobación.
Asiento ligeramente.
—Gracias, chico.
Se acerca a mí para rozarme la mano con la cabeza. Estiro los dedos temblorosos para pasarlos por su suave pelaje. Con un pequeño gemido, empuja el hocico contra mi palma antes de desaparecer entre las sombras.
Aún temblorosa, saco a duras penas el intercomunicador del bolsillo trasero. Quiero contactar con Gray, pero no puedo olvidar su mirada de asco cuando descubrió la verdad sobre mí. Por eso, opto por Saint. «Ven al acantilado. Ahora mismo. Solo».
Aparece más rápido de lo que esperaba, pero frena de golpe al encontrarme de pie sobre el cuerpo de Hawkins.
—¿Qué cojones? —exclama. Sí, yo también me siento así—. ¿Qué ha pasado?
Las palabras se me derraman de entre los labios como un torrente, incontrolables.
Le cuento toda la historia, desde que he escuchado la confabulación de Kallister para corromper inocentes hasta que un aullador ha salido de la nada y ha atacado a Hawkins, pasando por cómo he observado, horrorizada, que este incitaba a Mako.
—¿Esto es cosa de un aullador? —Tiene los ojos fijos en las heridas del otro hombre.
—Sí.
—¿Y a ti no te atacó?
Niego con la cabeza.
—No, es una especie de… eh… amigo, supongo.
—¿Te has hecho amiga de un aullador? —No sé si le hace gracia o está perplejo.
—Es una larga historia.
Vuelve a centrar los ojos en el cuerpo inmóvil de Hawkins. El olor a sangre flota por el ambiente, inundándome las fosas nasales. Saint se acerca al borde del acantilado.
—Mierda —lo oigo maldecir. Esas dos sílabas rebosan dolor. Todos queríamos a Mako. Cuando se gira hacia mí, dice con voz baja, entrelazada con preocupación—: ¿Seguro que estás bien?
—Sí. ¿Qué hacemos? —Apenas puedo contener el pánico—. ¿Deberíamos esconder el cuerpo? ¿Deberíamos volver a la Daga y enfrentarnos a Kallister por lo que he oído?
Lo piensa durante un segundo. Luego, contesta:
—No.
—¿No qué?
—A todo. —Saint otea el bosque que nos rodea y se le hunde la mejilla como si se la estuviera mordiendo por dentro—.
No podemos enfrentarnos a Kallister hasta que no hablemos con Gray y entendamos cuál es la mejor manera de abordarlo.
Y no podemos esconder el cuerpo. Kallister no tardará en saber que Hawkins ha muerto. Si no lo ha hecho ya.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo?
—La energía telepática —me recuerda—. Desaparece cuando mueres. En cuanto intente contactar con Hawkins, comprenderá que ya no está.
Mierda. Es verdad.
—¿Cuál es la solución, entonces?
—No hacer nada. —Asiente varias veces, como si se estuviera convenciendo de que es un buen plan. Hace un gesto hacia Hawkins—. Al fin y al cabo, no solo lo parece, sino que es el ataque de un animal.
—¿Y Mako?
—Mako cayó mientras Hawkins y él trataban de defenderse del aullador. Lo único que tenemos que hacer es irnos de la escena, dejar que otra persona encuentre los cuerpos y saque sus propias conclusiones. Ha sido el ataque trágico de un lobo. Nadie se lo cuestionará.
Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que brota la sangre.
—No podemos dejar ahí abajo a Mako toda la noche.
—Darlington…
—No podemos.
Saint inspira antes de exhalar con lentitud.
—Muy bien, seré yo quien encuentre los cuerpos. Se lo comunicaré a la caseta de seguridad y pediré refuerzos.
Me hinco los dientes aún con más fuerza en el labio.
—Las cámaras habrán grabado cómo salí de la Daga. Me pillarán si las revisan.
—Yo me ocupo de las cámaras.
—¿Y de los guardias de la cabina?
—También.
—¿Cómo? —El pánico crece en mi interior—. Los guardias seguro que me han visto.
—No pasará nada, lo prometo. Plantaré algunas semillas. Les haré entender que no te vieron a ti en las cámaras, solo una sombra.
¿Qué diablos quiere decir con plantar semillas? Esta situación con las cámaras es un puto problema real y actúa como…
Cuando lo comprendo, suelto un grito ahogado.
Hay. Que. Joderse.
—Eres un persuasor —lo acuso.
Me dedica un guiño. Me siento perpleja. Recuerdo que Kallister me contó que algunos Modos tenían el poder de introducir ideas en la mente de otras personas, pero nunca pensé que Saint poseyera una habilidad manipulativa.
—¿Alguna vez la has usado contra mí? —pregunto.
Saint se encoge de hombros.
—¡Y una mierda! —protesto—. Es imposible que hayas sido capaz de hacerme creer que algo no era idea mía.
Suelta una carcajada.
—¿Sueles alejarte sin más de las peleas?
—¿Qué estás…?
Me detengo. ¡Qué cabrón! La noche de la hoguera, cuando «decidí» marcharme mientras cada célula de mi cuerpo me estaba pidiendo que les diera una paliza a Neema y Evlynne, ¿fue Saint quien plantó esa idea en mi mente?
¡Puto capullo! Aun así, este capullo está a punto de salvarme el culo, así que supongo que le perdono la transgresión.
—¿Podemos seguir con lo nuestro? —pregunta, cortés.
Mientras una oleada de gratitud me recorre el cuerpo, doy un paso al frente y lo estrecho contra mí para darle un rápido abrazo, muerta de miedo.
—Gracias.
Con un asentimiento, Saint se aleja de mí y me empuja hacia la Daga.
—Yo me encargo. Ahora vuelve a tu apartamento. Actúa como si no hubiera ocurrido nada.
Miro una última vez el cuerpo de Hawkins. Luego, me giro sobre los talones y me marcho a toda prisa.
La Daga se ha convertido en un caos. O, al menos, imagino que así es.
Yo estoy encerrada en mi cuarto como me ha ordenado Saint, rezando para que haya sido capaz de cumplir todo lo que ha dicho que haría: borrar las cámaras, persuadir a los guardias; lo que sea necesario para que no me relacionen con lo que les ha ocurrido a Mako y a Hawkins.
No hasta que averigüe cómo abordar la situación con Kallister.
Sé que la noticia del ataque no ha tardado en extenderse porque me han saltado varias notificaciones en el intercomunicador. Dos mensajes de Tana, contándome lo ocurrido. Y uno de Gray, lo que me sorprende. Suponía que nunca me volvería a hablar.
Tana dice que es un ataque animal. «Quizá de un lobo», según sus palabras.
Cuando me siento en el borde de la cama y repaso mentalmente todo lo que ha ocurrido esta noche, me arden los ojos por las lágrimas contenidas. Debería haber intentado con más ahínco salvar a Mako. ¿Por qué no lo he salvado? ¿Qué más daba si Hawkins me disparaba?
Debería haberme enfrentado a esa bala. Tal vez, si lo hubiera hecho, Mako seguiría con vida.
Al final, a pesar de las órdenes de Saint, no logro permanecer en mi habitación ni un segundo más. Salgo a trompicones de mi apartamento y me dirijo a la sala común más cercana. Necesito una copa. Al parecer, no soy la única.
La estancia está a rebosar de personas reunidas en torno a las mesas o aovilladas en los sofás o los sillones. El ambiente es lúgubre. Melancólico.