Capítulo 58
L a sangre se me congela en las venas. ¿Por qué se han reunido Kallister y Hawkins en secreto en esta cueva? ¿Y qué no le va a gustar a Gray?
—Gray se unirá a nuestras filas en cuanto entienda que esta es el arma más poderosa que tenemos y la manera más rápida de acabar con esta estúpida guerra.
Hawkins suelta una carcajada apagada.
—No digas tonterías, Kal. No va a dejar que corrompa a gran escala.
Me trago el grito ahogado antes de que se me escape. ¿Hawkins es un corruptor?
—De todas maneras, aún no lo podemos hacer a gran escala. Habrá tiempo de convencer a Gray de que nos dé su apoyo mientras perfeccionas el proceso.
—Entonces, encuéntrame mejores objetivos. Necesito mentes más fuertes si queremos tener cierto impacto —responde Hawkins, aburrido—. Los niños son demasiado débiles.
—Sin la Autoridad echándonos el aliento en la nuca, tendrás acceso a todos los Primarios que desees.
Hostia puta. Es real. Están hablando de corromper mentes. Mentes inocentes. Niños.
Cross tenía razón.
Desdeñé su inquietud, creyendo que eran paranoias suyas. Le dije que Adrienne nunca haría algo así. Y yo también tenía razón: Adrienne nunca haría algo así. Pero al parecer, Kallister sí.
De repente, se me revuelve el estómago y debo tragarme la oleada de náuseas. Si Hawkins puede incitar y corromper, es uno de los Modos más poderosos del Continente. Quizá el que más.
Pienso en todas esas veces en las que los vi practicar en el Templo. O hablar en el comedor. Pensaba que Kallister había acogido a Hawkins bajo su ala porque sentía lástima por él. Mientras tanto, han estado conspirando y confabulando juntos todo este tiempo.
—… mantén un perfil bajo hasta que me ocupe de la situación con Adrienne. —La voz de Kallister se cuela en mis pensamientos—. Nada de vuelos en solitario a los distritos hasta que se resuelva.
El suave golpeteo de pisadas se acerca a la entrada y Kallister sale de la cueva.
El corazón se me instala en la garganta, pero no me ve.
Observo su silueta mientras se aleja. Espero que Hawkins haga lo mismo, pero, cuando emerge, no se dirige al camino, sino que se mueve en dirección contraria, subiendo por el risco.
¿Adónde demonios va?
Con el pulso acelerado, espero unos segundos antes de alejarme de la pared. Mantengo la distancia, moviéndome como un fantasma, mientras asciendo por la estrecha senda que recorre el acantilado.
El camino se vuelve más escarpado y las rocas más dentadas, pero utilizo las irregularidades del terreno para seguir a Hawkins sin que me pille desprevenida.
La ira me arde en las entrañas mientras asimilo lo que he oído.
Están usando la corrupción contra niños.
Planean usarla contra todos los Primarios que encuentren.
Cuando Hawkins se detiene en lo alto para encenderse un cigarro, aprovecho la oportunidad y me acerco a él desde atrás para pillarlo desprevenido. No llevo ningún arma, pero él tampoco, y estoy bastante segura de que puedo darle una buena paliza a un capullo larguirucho como Hawkins.
Y, si todo lo demás falla, incitarlo.
—¿Eres un corruptor? —pregunto.
Se gira con lentitud y la diversión latente en las facciones.
—¿No te enseñaron tus padres que cotillear no es de buena educación?
Mis padres fueron los dos unos traidores. No creo que les preocupara mucho el protocolo.
—¿No vas a negarlo? —replico con frialdad.
Con aspecto relajado, Hawkins se enciende un cigarro y le da una calada.
—¿Por qué? Ya lo has oído todo.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando con Kallister? —Niego con la cabeza en gesto de desaprobación, dejando ver que estoy asqueada por lo que he escuchado hace un momento.
Me siento estúpida por haber creído que a Hawkins le gustaban los aviones para dar una vuelta, salir de la base y «despejarse» cuando, durante todo este tiempo, ha estado yendo a los distritos a experimentar con Primarios.
Y ahí estaba yo, cabreada porque la Compañía estuviera haciendo pruebas con nosotros cuando la Revolución estaba haciendo lo mismo con ellos.
—Kallister se cansó de tener que depender de Adrienne para sus necesidades de corrupción —comenta Hawkins con una carcajada.
No lo imito.
—Adrienne no quiere corromper mentes inocentes.
—¿No? Entonces, ¿qué es la mujer del general? ¿Acaso no era inocente?
Titubeo.
—Vinessa Redden fue un efecto colateral.
Me mira con desprecio.
—Adrienne la corrompió para intentar debilitar al general. No tiene principios morales tras los que ampararse. Lo que yo hago no es distinto. Una o mil mentes, ¿cuál es la diferencia si son inocentes?
—¿Mil? —No puede ser tan poderoso, ¿no?
—Es a lo que aspiro —dice—. Seguiré practicando.
—No puedo creer que Kallister permita algo así.
Suelta otra carcajada.
—Kallister entiende quiénes son esas personas, lo que necesita el nuevo sistema mundial.
—¿Que la mayoría muera?
—Nos quedaremos con algunos —dice con un brillo en los ojos—, con cuerpos que trabajen en las minas y saquen la basura.
Kallister es capaz de ver todo el panorama, sabe lo que hay que hacer para ganar.
Adrienne era demasiado débil para liderar y, si además lo es a la hora de usar sus dones, el problema es suyo.
Ya te lo he dicho: tenemos estos poderes para usarlos.
La ira me arde en las venas. Tengo cien preguntas más, pero Hawkins no me permite que las diga en voz alta. Levanta la mano, como si fuera a lanzar el cigarrillo, pero se lleva la otra a la cintura del pantalón y saca un arma.
Joder. ¡Joder!
La irritación me tensa las entrañas.
—¿Qué vas a hacer? ¿Dispararme? ¿En serio?
—Creo que Kallister estaría de acuerdo en que deshacernos de ti neutralizaría la amenaza.
—Nunca aprobaría mi muerte —replico—. Baja el arma.
—Bueno —se encoge de hombros—, entonces, me disculparé después.
Me apunta con el arma y me quedo paralizada.
No puedo sacar el intercomunicador del bolsillo para pedir ayuda, pero por suerte tengo otros medios de comunicación.
Dado que Gray no es telépata, abro a toda prisa una vía hacia la mente de Saint, pero no responde.
Lo intento con Tana, pero no está disponible.
No sé con quién más probar. Adrienne está en una celda.
Poppy y Luisa, en el valle. Evlynne es una traidora. ¡Mako!
El alivio me inunda el cuerpo cuando acepta la conexión.
Ve ahora mismo a la cueva de daguita blanca , le grito mentalmente.
¿Por qué? ¿Qué pasa?
¡Ya!
Sin embargo, no puedo confiar en que Mako vaya a salvarme. Quién sabe cuándo llegará o si lo hará antes de que Hawkins decida presionar el puto gatillo. Ya estoy aprovechando el oro, permitiendo que me fluya por el cuerpo. Una vez más, me alegro de que mis venas no me traicionen.
Abro una vía hasta la mente de Hawkins, como solía hacer cuando me permitía practicar con él. Sin embargo, esta vez encuentro resistencia. Y no la clase de resistencia que me ofrecía Gray durante las sesiones de incitación.
Es un ataque. La agonía explota tras mis ojos, pero intento dar voz a la orden.
—Baja el arma y guárdala.
Sus carcajadas flotan entre los dos.
—¿Quieres parar? Solo vas a conseguir tener migraña.
—Baja el arma.
Oleadas de dolor me palpitan en la cabeza, haciendo que sea difícil que me concentre. Joder. No se puede incitar a Hawkins a menos que se tenga una formación considerable. En cuanto dejo de intentarlo, una oleada de alivio me inunda y el dolor en la cabeza desaparece.
—Si te hace sentir mejor —dice Hawkins—, no quiero matarte. En cierto sentido, me caes bien, Darlington.
—Entonces, no lo hagas —suelto.
Lo piensa, ladeando la cabeza como un perro que escucha a su dueño. Al final, suelta un suspiro.
—No, no puedo dejar que vayas por ahí diciéndole a la gente que soy un corruptor. Soy una persona muy reservada, por si no te habías dado cuenta.
Inspiro hondo, calculando la distancia entre los dos. Si me lanzo hacia él y lo placo, tendrá oportunidad de disparar al menos una vez. Y me está apuntando al pecho. Es listo. Cuanto más grande sea el objetivo, más posibilidades tendrá de acertar.
Tenso los músculos mientras me preparo para ponerme en acción. No puedo moverme lo bastante rápido, pero no me voy a quedar aquí para que juegue al tiro al blanco. Me sostiene la mirada. Sabe lo que estoy planeando. No es tonto. Acerca el dedo al gatillo. Cojo aire.
Unas pisadas retumban por el camino y los dos nos quedamos paralizados.
—Wrenny, ¿qué pasa…? —Mako se detiene y pasea los ojos, llenos de confusión, de Hawkins a mí.
Está a tres metros de distancia, demasiado lejos para desarmar a Hawkins. Pero, si unimos fuerzas, tal vez podamos acercarnos lo suficiente. Mako da un paso lento, deliberado, pero Hawkins desvía el arma hacia él.
—¡No te muevas, Mako! —grita—. Quédate donde estás.
El aludido pestañea mientras trata de entender el porqué del enfrentamiento entre Hawkins y yo.
—Hawkins, tío. Baja el arma.
—Lo siento, tío, no puedo hacerlo. —Hawkins suelta otra carcajada fría—. Darlington ha metido las narices donde no la llaman y ahora tengo que ocuparme de ella, por desgracia.
Doy un paso al frente y la pistola vuelve a centrarse en mí, permitiendo que Mako acabe con la distancia entre ellos, lanzándose hacia Hawkins. Está a unos dos metros de él cuando el capullo larguirucho se gira con expresión sombría.
—Para.
Mako se detiene. El horror me traspasa cuando advierto lo que está ocurriendo. Hawkins está aprovechando el oro. Incluso bajo la ropa, veo cómo le brilla el cuerpo.
Pero quizá sea bueno. Si está centrado en incitar a Mako, eso me da vía libre para incitarlo yo a él. Es imposible que controle al otro chico y me repela a mí a la vez…
El dolor estalla tras mis ojos cuando vuelve a apartarme. ¿Cómo cojones lo hace? El miedo se arrastra por mi columna vertebral. ¿Cómo puede un Modo ser tan poderoso?
—Te he dicho que pares, Wren. —Hawkins sigue apuntándome con el arma y con la mirada. Le ha dado totalmente la espalda a Mako cuando dice, aburrido—: No muevas ni un músculo.
La desesperación me constriñe la garganta.
Contemplo a Mako, quién permanece ahí, boquiabierto.
Todo el cuerpo se le ha quedado paralizado en el sitio.
Tiene cada músculo de la cara contorsionado por la tensión.
Parece una marioneta de cuyos hilos estén tirando, y Hawkins es quien los está controlando.
—Eres… un puto… capullo. —Mako sabe lo que le está ocurriendo, por qué el cuerpo se le ha tornado rígido y por qué tiene las botas pegadas al suelo—.
Deja… de… incitarme. —El esfuerzo con el que se resiste a la incitación es evidente.
No mueve la cara, pero el pecho le sube y le baja al respirar con dificultad—. Voy a matarte, cabronazo.
Hawkins chasquea la lengua y suelta un suspiro, como si se arrepintiera.
—Sí… Creo que podrías, Mako. Joder. Tú tampoco me caías demasiado mal.
El arrepentimiento en su tono me provoca otro escalofrío.
—Necesito que camines hacia Darlington —le dice Hawkins al chico, que sigue inmóvil.
El cuerpo de Mako se mece mientras intenta desobedecer.
—Vamos —lo anima Hawkins.
En la frente se le ha formado un ceño fruncido. La mente le trabaja a toda velocidad, como demuestra el brillo plateado bajo las mangas que le repta también por el cuello.
—Camina —ordena, y el otro hombre empieza a moverse—. Muy bien, un pie detrás de otro.
A Mako le vibran los tendones del cuello. Está resistiéndose con todas sus fuerzas, pero no es rival para el poder de Hawkins. Mientras la preocupación me traspasa, me preparo para saltar, pero sigue apuntándome con la pistola, sin titubear.
—Déjalo, Darlington. Mako, sigue andando.
El pánico me invade al darme cuenta de que está obligando a Mako a pasar a mi lado, no a acercarse a mí. Intento cogerlo por la manga, pero se me escapa entre los dedos.
—Mako, para —le suplico.
Trato de aprovechar mi propio oro, pero no logro entrar en lacabeza de Mako. Hawkins tiene un control total sobre él. Este se echa a reír.
—No funciona así, Wren. Ya lo sabes. Ahora es mío.
Nunca me he sentido tan indefensa como cuando veo cómo Mako pasa de largo y se aproxima al borde del acantilado.
—¡Para! —exclamo, fulminando con la mirada a Hawkins, quien me ignora.
—Mako —repite—, de verdad, me caías bien, chaval, pero tienes que saltar. Ya.
—¡Mako! —grito—. ¡Ni se te ocurra!
Me da la espalda y veo que el esfuerzo hace que se le convulsionen los hombros. Gira la cabeza hacia mí, con lentitud, dado que apenas puede moverse, y se me rompe el corazón al ver su expresión ausente.
—Salta —insiste Hawkins.
El pánico me empuja a abrir mucho los ojos cuando Mako arrastra las botas hasta el borde del acantilado.
Ay, joder. ¡Qué puta mierda! Dejaré que Hawkins me dispare.
Me abalanzo hacia Mako con el corazón palpitándome en los oídos.
—¡Salta! —ordena Hawkins.
—¡No! —chillo.
Me lanzo hacia mi amigo, tratando de cogerlo, de tirar de él, de salvarlo. La esperanza explota en mi interior cuando logro rozar la parte posterior de la camiseta. Noto la tela contra las yemas de los dedos, pero no soy lo bastante rápida.
Grito cuando Mako se deja caer por el borde del acantilado.