Capítulo 57
L a pregunta de Kallister flota por el aire como una bomba derelojería. Tic, tic, tic.
¿Por qué ha dicho eso? ¿Por qué cojones ha dicho eso?
Mientras se me constriñe el pecho, centro la mirada en la de Kallister, notando cómo se me revuelve el estómago. Lleva manteniéndolo en secreto meses, ¿y ahora lo está usando contra mí para salirse con la suya?
Se encoge de hombros, cansado.
—Por mucho que me duela, he pensado que era hora de que lo supiera, ¿no?
«Que te follen», estoy a punto de escupir. Esto no le «duele». Ahora lo entiendo. Ha estado esperando este momento. Ha guardado el secreto para poder usarlo cuando le resultara más beneficioso.
—Wren… —Gray me está contemplando con la mente funcionando a toda velocidad—. ¿De qué está hablando?
—Es… —respondo con un hilo de voz apenas audible en la cueva. Me froto la mejilla, deseando enterrar la cara entre las manos.
Cuanto más tiempo permanezco en silencio, más frustrado se siente Gray. Al final, se gira hacia Kallister, quien está encantado de darle todos los detalles.
—Los padres de Wren fueron los traidores de la sección Estaño.
Primero veo la confusión en la expresión de Gray. Luego, el cambio lento y agonizante, la manera en la que la ira se filtra en su rostro, seguido de una descarga de traición.
—¿Cómo es posible? —pregunta.
—Seguro que Wren te puede dar el contexto, pero no nació llamándose Wren, ¿verdad? —Kallister me dedica una mirada expectante y siento ganas de llorar—. ¿No era Stella?
Gray tensa la mandíbula.
—¿Te llamas Stella?
—Stella Hess —digo. La vergüenza me contorsiona el estómago como el veneno—. Pero no lo supe hasta hace poco.
Su silencio me resulta asfixiante. Quiero que diga algo, pero desvía la mirada de mí para centrarla en Kallister.
—Los traidores de la sección Estaño —repite Gray.
—Jakob Hess y Marina Serrano —confirma Kallister—.
Mi hermano, Julian, el estúpido y patético de mi hermano…
—Me estremezco ante el asco que rezuma su voz—.
Se dejó guiar por lo que le dictaba la polla.
—Niega con la cabeza, desaprobatorio—.
Le dije que Marina nos iba a vender, pero Julian no me creyó.
Era un puto arrogante. Pensaba que sabía más que nadie.
La eligió a ella. Por encima de su propia sangre.
Lo arriesgó todo, no solo su vida y la mía, sino también las de todos los Modos del Continente.
—Votaste para rescatarlo —protesto con un hilo de voz.
Kallister suelta una áspera carcajada y casi siento el odio que emana de él.
—Nadie iba a autorizar un rescate así. Sabía que no se llevaría a cabo.
—Entonces, ¿por qué votaste a favor?
—Por si acaso sobrevivía. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar a un Ash a tu lado.
—Se gira hacia Gray—. Marina Serrano planeó el bombardeo de la cordillera Valterra.
Jake y ella, los dos. Julian también participó porque ignoró mis advertencias.
Porque pensaba que era mucho más listo que yo. Porque la quería.
Me da un vuelco el corazón.
—Miles de personas —enfatiza, dirigiéndose a Gray—. Tus padres. Tus hermanas. Muertos. Sin vida. Quemados hasta convertirse en cenizas. Con los huesos bajo el agua.
—No soy como mis padres —digo entre dientes.
Capto un ápice de la tormenta que se está gestando en las pupilas de Gray. Sabía que este momento llegaría, pero esperaba que no fuera así. Le imploro con los ojos antes de hablar:
—Siento no habértelo dicho. No quería que me miraras de manera distinta. No soy responsable de los pecados de mis padres. Pero te robaron la vida y no quería que supieras que procedo de personas que harían algo así.
Las palabras se me escapan, frenéticas, en un intento desesperado por explicar algo que nunca tendrá sentido en realidad.
Porque sigo sin encontrárselo. Aún no sé por qué mi madre traicionó a los suyos.
Lo de mi padre, vale, puedo llegar a entenderlo.
No era un Modo. No sabía lo que eso significaba.
Pero ella sí lo sabía. Y aun así lo hizo.
Estiro la mano para tocarle el brazo a Gray, pero da un paso atrás, un gesto que siento como una bofetada en la cara.
Mientras tanto, Kallister sigue contemplándome con esos ojos llenos de falsa ternura.
—No lo hago para ser cruel, Wren —comienza a decir.
Y una mierda. Hasta ahora, no me había fijado en lo mucho que disfruta haciendo sufrir a los demás. Porque es evidente que es mentira. Se está deleitando.
—Pero Gray necesita tener todos los detalles para tomar una decisión informada en la votación.
—¡Esto no tiene nada que ver con que Adrienne se quede o no en la Autoridad!
—le reprocho—. Se lo has contado porque estaba a punto de hacer lo correcto y ahora estás haciéndole dudar sobre mi motivación.
—Me tiembla la voz al girarme hacia Gray—.
Pero no hay ningún motivo velado. Creo de verdad que no debemos culpar a Adrienne por lo ocurrido en el búnker.
Me contempla y se le mueve la nuez cuando traga saliva.
—Cuando te llevé a la cordillera, cuando te lo conté todo sobre mi familia… sobre mi pasado… —«sobre mi tío»—, ¿sabías que tu madre era la razón por la que mis padres murieron?
El corazón se me torna frío y pesado como una roca que se hundiera hasta el fondo del océano.
—Sí.
—Y no abriste el puto pico.
—Lo siento.
Deja escapar una carcajada áspera sin rastro de humor.
—¿Nos dejas solos?
—¿Q…? ¿Qué? —tartamudeo.
—He dicho que te vayas.
La última vez que vi a Gray tan enfadado, lo acababa de incitar sin su permiso.
Apenas podía mirarme, pero, incluso entonces, sabía que era una rabia propulsada por el miedo y la preocupación al haber estado a punto de perder la vida.
¿Ahora mismo? No me mira porque no quiere tener nada que ver conmigo.
—Vete —repite con la voz convertida en hielo y todas las células de su cuerpo transmiten el mismo mensaje: «Sal cagando leches de aquí»—. Tengo que hablar con Kallister sobre la votación.
Mientras un sollozo se me bloquea en la garganta, me doy media vuelta y salgo del Templo.
Por la tarde, busco a Saint en la sala común. Hace horas que me fui del Templo y no tengo ni idea de dónde está Gray. Empiezo a preocuparme.
—¿Has visto a Gray? —pregunto sin preámbulos.
—Sí. Me ha dado una paliza de la hostia en el gimnasio hace una hora. —Me enseña las manos para mostrarme los nudillos, que tiene rojos y llenos de cortes.
Me muerdo el labio. Dubitativa.
—¿Te lo ha contado?
De repente, lo siento. Saint está ejerciendo presión en mi subconsciente. Es la primera vez que trata de que nos vinculemos por telepatía.
¿Lo de que todos los Modificados del mundo odian a tus padres? , dice, y veo el brillo en las venas a través de sus brazos desnudos. ¿A eso te refieres?
Sí, eso . Le sostengo la mirada. ¿Ahora tú también piensas que soy mala persona?
Es una pregunta estúpida, Darlington. Si fuéramos responsables por las gilipolleces que han hecho nuestros padres, la mitad no estaríamos aquí, yo incluido .
Arqueo una ceja, pero no da más explicaciones.
—¿Qué vas a votar? —digo en voz alta—. ¿Pedirás que se disuelva la Autoridad y Kallister tome el control?
Ladea la cabeza, pensativo.
—No lo sé. Supongo que no.
El alivio me revolotea en el estómago.
—¿Puedes convencer a Gray para que haga lo mismo?
—No creo que pueda convencerlo de nada si no está por la labor.
Antes de que pueda añadir nada más, Saint recibe una notificación en el intercomunicador y comprueba la pantalla.
—Hora de votar —dice con brusquedad.
Mierda. ¿Ya?
Cuando nota que lo sigo hasta la puerta, mira hacia atrás, centrando sus ojos verdes en mí, divertido.
—Tú no eres líder de misión.
—No, pero quiero hablar con Gray antes de que entréis.
—No sé lo receptivo que estará ahora mismo.
—Debo intentarlo —digo, levantando la barbilla.
En la planta de Operaciones, me sobresalto al encontrarme con una figura familiar que gira la esquina en un extremo del pasillo. Mako. El alivio me recorre el cuerpo. Lleva las ropas de la misión, manchadas de barro y hollín, pero parece ileso mientras avanza por la galería.
—Ey —digo, corriendo hacia él—. ¿Cuándo has llegado?
Me rodea con los brazos enormes para estrecharme en un cálido abrazo.
—Ahora mismo. Henley ha ido a buscarme.
—Me alegra que estés a salvo. ¿Qué tal en la Hondonada?
Mako me dedica una sonrisa.
—Bueno, supongo que debería mostrarme sombrío y triste por todas las putadas que nos hicieron anoche, pero… Hostia puta, Wrenny, las mujeres de allí… —Suelta un silbido y no logro reprimir una carcajada.
—¿Qué tal está Xavier? ¿Lo viste?
—Ah, sí. Reed y él habían atrapado entre los dos a una chica preciosa y…
—No quiero saber los detalles —nos interrumpe Saint, poniendo los ojos en blanco. Reanuda la marcha de nuevo.
Toco a Mako en el brazo antes de empezar a retroceder.
—Yo también me tengo que ir, pero nos pondremos al día más tarde, ¿vale?
Me apresuro tras Saint y llego a la sala de guerra justo a tiempo para ver entrar a un grupo, agentes con los que nunca he trabajado o a los que solo he visto en el campo de tiro.
La única persona a la que reconozco es a Raven Persimmons, con su pelo rosa, quien le dedica un gesto con la cabeza a Saint antes de desaparecer dentro de la sala.
Todavía no veo a Gray.
—Lo esperaré aquí fuera —le digo a Saint.
El pasillo se vacía, dejándome sola y ansiosa. Estoy a punto de perder los nervios cuando oigo sus pisadas. Me giro y lo encuentro caminando hacia mí con zancadas largas y firmes. El pelo rubio le brilla bajo la luz sobre nuestras cabezas.
Su expresión se dulcifica al verme. Solo un segundo. Luego, se convierte en piedra de nuevo.
—No deberías estar aquí —farfulla.
—Sé que estás enfadado porque lo haya mantenido en secreto —suelto—. Pero, por favor, no dejes que eso te nuble el juicio ahora mismo.
La desazón le relampaguea en los ojos.
—Que me creas incapaz de tomar decisiones…