Capítulo 56
P oppy se pasa toda la noche dando vueltas y, como resultado, no pego ojo. Pero, aunque se hubiera quedado inmóvil como una piedra, no creo que la situación hubiera cambiado. Estoy demasiado tensa para dormir.
Por la mañana, me conecto a la tableta e intento entender qué es la orden cinco, pero no hay ningún archivo en línea en la red de la Revolución llamado Reglas y regulaciones . Aun así, debe haber normas, dado que Kallister invocó una anoche.
En el comedor a la hora de desayunar, le pregunto a Gray quién participa en la votación que mencionó Adrienne. Se lleva el café a los labios antes de responder:
—Solo los miembros de la Autoridad y los líderes de misión.
Paseo los ojos hasta Saint, el otro líder de misión de nuestra mesa.
—Entonces, ¿tú también votarás?
Saint asiente.
—Y, si todos votan a favor de que el consejo se disuelva, luego, ¿qué pasa? —Miro a mi alrededor—. ¿Hay elecciones? ¿La gente anuncia su candidatura para dirigir la base?
Karra me dedica una expresión de fastidio.
—No lo pillas. La orden cinco no tiene que ver con las elecciones. Si se acepta, Kallister se convertirá en el nuevo líder. Conseguirá el control total.
Una arruga me cruza la frente.
—¿Por qué Kallister?
—Porque ha sido él el que ha convocado la orden —me explica Gray—. Es su manera de asegurarles a todos que cree que es la persona más adecuada para liderarnos.
—¿Alguien puede desafiarlo?
—No.
—¿Y si la orden no se acepta?
—En ese caso, se votaría la creación de un nuevo consejo.
—Este sistema es un puto lío —digo—. ¿Ha ocurrido algo así alguna vez?
Henley se une a la conversación.
—Antes de la Autoridad actual, hubo un tiempo en el que solo teníamos un líder. Pero creo que eso fue hace… ¿diez?, ¿quince años?
Gray asiente.
—Desde que estoy aquí, jamás se ha invocado la orden cinco. Pero nunca una misión se ha ido tanto a la mierda. La Zarzamora es una gran pérdida. Al menos KC y Declan destruyeron las salas de inteligencia antes de que la sección Plata irrumpiera en ellas.
—Lo volamos todo por los putos aires —confirma Karra.
—Así que, sí, tenemos protocolos por si hay una brecha en la seguridad. Pero la Zarzamora era una sede valiosa.
Saint me dedica una expresión reticente.
—Kallister tiene razón al estar tan enfadado. Ha sido un golpe duro.
—¿Qué vais a votar? —Paseo los ojos entre los dos líderes de misión.
Ninguno de los hombres responde, lo que hace que frunza el ceño.
—No estaréis pensando de verdad en disolver la Autoridad y darle todo el poder a Kallister, ¿no?
—¿Qué Autoridad? —musita Karra—. Fiona está muerta. Ypronto Teriq lo estará también.
Gray no está de acuerdo con esa afirmación lúgubre.
—Debe de haber algún motivo para que lo hayan cogido prisionero. Deben de considerarlo útil.
—¿Cuándo es la votación? —pregunto.
—Esta noche —responde.
—¿Y qué le pasará a Adrienne?
—¿Por una cagada tan grande? Se la echará del puesto de liderazgo, con independencia del resultado de la votación. Quizá incluso pase un tiempo en una celda.
—No se lo merece —protesto.
Nadie contesta y, por un segundo, me pregunto si pensarán de verdad que es la culpable. Y ¿por qué? ¿Porque la idea de paz que tiene ella es diferente a la que tienen ellos?
Después del desayuno, hablo a solas con Gray.
—No puedes votar para que Kallister tome el mando —digo, incapaz de aplacar mi inquietud.
—Aún no sé lo que voy a hacer.
—Sabes que tengo razón. La Revolución necesita el equilibrio que le procura la Autoridad. Podemos tratar de recuperar a Teriq. Reemplazar a Fiona. Pero un liderazgo grupal es esencial. No podemos dejar que una sola persona tome todas las decisiones. Ni siquiera Kallister.
—Tal vez. —Veo que está cediendo un poco.
—¿Por qué no hablamos con él? ¿Y si tratamos de convencerle de que no fue culpa de Adrienne que todo se fuera a la mierda? Evlynne fue la que reveló la ubicación del búnker.
Cuando Gray duda, lo cojo de la mano.
—Por favor, hablemos con Kallister. Quizá haya cambiado de idea después de consultarlo con la almohada.
Aunque no parece convencido, Gray se encoge de hombros.
—Muy bien —dice, pero creo que es solo para que me quede tranquila—. Supongo que no perdemos nada por intentarlo.
Cuando me vinculo con Kallister, dice que está en el Templo, así que Gray y yo bajamos hasta allí. Está hablando con Hawkins, pero el incitador desaparece con el ceño fruncido en cuanto nos ve. Debo decir que no echo de menos practicar con él. Siempre se comporta como un capullo arisco.
Dado el brillo azul de la daguita y los símbolos religiosos antiguos que nos rodean, casi parece apropiado que nos reunamos aquí. Es como si estuviéramos ofreciendo una especie de sacrificio a cambio de salvar el puesto de Adrienne en la Autoridad.
—Mira, Adrienne la cagó —comienzo a decir, directa al grano.
—Hizo mucho más que eso —replica Kallister—. Puso en peligro a cientos de personas y hemos perdido una instalación militar muy valiosa. Fiona está muerta por su culpa. Y han convertido a Teriq en prisionero.
—Sí, pero ella no participó en la ofensiva que provocó todo eso. Nadie podría haber predicho que Evlynne le revelaría la ubicación del búnker a la Compañía.
—Si es lo que ocurrió en realidad… —replica Kallister, arqueando una ceja, dubitativo.
—Lo es. —Dudo, pero, tras retrasar la noticia toda la noche, decido que ha llegado el momento de revelar el secreto de Evlynne—. Cuando nos vinculamos, Evlynne no solo se disculpó. Me contó que Fisher es hijo de Travis Redden.
Nos envuelve un silencio sepulcral.
—Hay que joderse —dice Gray, incrédulo—. ¿Por qué no nos lo contaste anoche?
—Aún seguía asimilándolo. Y, antes de que preguntéis, no me dio más detalles —miento, guardándome lo de la marca de sangre del niño.
Por el momento, al menos—. Pero Evlynne nos traicionó, Kallister.
¿Por qué si no iba a abandonarnos y robar ese avión?
¿Por qué si no iba a desaparecer Fisher del valle?
¿Por qué iba a estar vacía su casa? Sé que quieres culpar de todo a Adrienne, pero ninguno esperaba que Evlynne actuara así.
En cuanto a Adrienne, tiene ciertas ideas sobre cómo debe ser el mundo y, sí, quizá sean más idealistas que las tuyas…
—Creo que las palabras correctas son «ingenuas» e «imposibles» —me interrumpe—. En el Continente nunca habrá paz. Ni siquiera la había antes de la Última Guerra. Los humanos no están hechos para la paz.
Gray frunce los labios.
—Entonces, ¿qué? ¿El mundo está condenado? ¿Deberíamos asesinar a todos los del otro bando y acabar con esta situación?
Kallister parece molesto.
—Claro que no. Solo digo que lo de trabajar con el enemigo no va a pasar. Debemos derrotarlo y colaborar con las personas que queden.
—¿Y si no quieren colaborar contigo?
—Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente.
Se produce una larga pausa antes de que hable Gray con un tono calmado y persuasivo.
—Aún tienes tiempo para revocar la orden cinco.
Kallister ladea la cabeza.
—¿Es lo que quieres que haga? ¿O es cosa de esta?
—Esta tiene un nombre —suelto, tensa—. Y sí, creo que acabar con toda la estructura de liderazgo ahora mismo no es buena idea. La gente está enfadada y asustada.
—Por eso necesitan que un único líder fuerte tome el control. Pero no puede ser Adrienne. Después de lo que ha hecho, no es una opción adecuada para que siga al frente.
—Estoy de acuerdo con Wren. Creo que deberíamos mostrar piedad con Adrienne —protesta Gray—. ¿Qué tal si esperamos un tiempo antes de convocar una votación que reorganizará todo nuestro modo de vida?
—¿Estás seguro? —El tono de Kallister me pone alerta porque desprende un toque de cortesía que roza la condescendencia—. ¿De verdad quieres aceptar consejos de la mujer cuyos padres mataron a tu familia?