Capítulo 55
Y yo que pensaba que ya había sufrido bastantes sorpresas por esta noche.
¿Q…? ¿Qué? , tartamudeo. Durante un momento, todo mi mundo parece deshilacharse. Nada tiene sentido en mi propia mente. ¿Travis Redden es el padre de tu hijo?
Sí.
—¿Wren? —pregunta Poppy, insegura.
—Dame un segundo —contesto con más brusquedad de la que pretendía.
Me sigue dando vueltas la cabeza. ¿Travis era el «venas de pis» del que me habló Evlynne en la cornisa aquel día?
¿Cómo pudo pasar algo así? , pregunto.
Después de que la red me reclutara en la escuela secundaria , dice con un tono apagado, se suponía que debía infiltrarme en el Comando y formarme como piloto.
Travis era uno de mis instructores. Ya te dije lo que ocurrió: me emborraché una noche y nos acostamos.
Cuando descubrí que estaba embarazada, la Revolución me sacó de la ciudad y me reubicó en la Daga .
¿Estás loca? ¿Mantuviste a Fisher en secreto por una razón lógica y ahora vas corriendo a contárselo a Travis? ¿Confías en él?
Sé que no lo entenderás , dice Evlynne con calma. No puedes hacerlo, no hasta que tengas un hijo por el que harías todo lo que esté en tu poder para protegerlo. La Autoridad lo matará si descubre lo que puede hacer.
¿Qué puede hacer? Noto una punzada de pavor al darme cuenta de que me ha ocultado más de lo que pensaba.
No responde.
¿Qué puede hacer Fisher, Evlynne? , insisto. Ante su silencio prolongado, me trago la frustración. Sea lo que sea, nadie en la Autoridad votaría para matar a un niño. Gray nunca lo permitiría. Pero ¿Travis? Ya sabemos de lo que es capaz.
Me prometió que lo protegería.
¿De verdad crees que Travis Redden, el general, no va a utilizar a Fisher, quizá incluso matarlo, igual que haría la Autoridad? Porque se te va la cabeza si piensas algo así.
No estuviste ahí, Wren. Vi su cara cuando le enseñé un holograma digital de su hijo. Debo confiar en que cumplirá su palabra.
Inspiro hondo, sorprendida porque alguien tan sensato y capaz como Evlynne pueda ser tan ingenuo.
¿Qué pasa con la causa? , digo en un último esfuerzo desesperado por hacerle entrar en razón.
Lo único que has hecho desde que te he conocido ha sido hablar de que los Modos debemos recuperar el lugar que nos corresponde en la sociedad.
Llamas a los Primarios «venas de pis». ¿Y ahora vas a trabajar con ellos?
Nada es más importante, ¿no es lo que decías siempre?
Me equivoqué , replica. Hay algo más importante: mi hijo.
¿Dónde está Fisher ahora? Por favor, no me digas que vas a volver a la Daga a por él . El miedo me constriñe la garganta. ¿Vas a guiar al Comando hasta la montaña?
No, ya lo tengo conmigo. Lo subí al avión con nosotros cuando nos marchamos de la Daga .
El petate negro. Por eso lo trataba con tanto cuidado. Fisher debía estar ahí dentro en todo momento.
Nunca pondría en peligro la Daga , insiste Evlynne. Eso se lo he dejado claro. Le dije que este era el único trato en el que estaba dispuesta a participar.
¿Y debo creerte después de lo que les has hecho a los civiles de la Zarzamora?
Lo hice por mi hijo y lo volvería a hacer. Pero nunca destruiría todo aquello por lo que hemos trabajado con tanto ahínco. La Daga estará a salvo, lo prometo.
Suelto el aire con un jadeo. No logro asimilar lo que estoy escuchando.
Por favor, no sigas por ese camino , le suplico. Aún estás a tiempo de hacer lo correcto.
Demasiado tarde, Darlington. Mi hijo es lo primero. Cuídate. Y cuida a Gray.
Después desaparece. Me siento… atónita. Miro a mi alrededor, a la pasarela vacía, mientras la promesa de una vía de escape se me cuela entre los dedos, igual que ha ocurrido con todo lo demás esta noche.
Fiona. Declan. Evlynne.
Es un desastre total.
Me froto las sienes antes de ponerme en contacto con Adrienne.
Evlynne se ha ido , le informo. Necesitamos pedir otro transporte.
Empieza a hacer preguntas, pero corto el vínculo porque mi cerebro ahora mismo no soporta más actividad. Inspiro hondo y vuelvo junto a Poppy, la chica que acaba de matar a un hombre sin ni siquiera tocarle.
Es demasiado. Una puta locura.
Necesito que salgamos de aquí.
Lo demás puede esperar.
Un ambiente lúgubre reina en el viaje de vuelta a la Daga. Gray nos recibe en el hangar e informa a Adrienne de que Kallister la espera en la sala de guerra. Asiente, resignada, y se dirige a la cámara de descompresión.
Gray me estrecha entre sus brazos con fuerza, apremiante. Luego, me suelta para abrazar también a Karra.
—¿Estás bien, KC?
—Sí, gracias. —Sin mediar palabra, Karra sale del hangar. Creo que está en shock . No ha pronunciado ni una sola palabra desde que Henley ha venido a buscarnos al aeródromo.
—¿Tú estás bien? —pregunta Gray, acariciándome el pelo antes de colocármelo detrás de las orejas.
—Todo lo posible, teniendo en cuenta lo ocurrido. —Le rozo la mejilla y le doy un rápido beso en los labios antes de hacerle un gesto a una conmocionada Poppy—. Esta noche dormiré en mi apartamento. Se quedará conmigo.
Asiente, desviando los ojos hacia la adolescente.
—Mi madre ha muerto —dice con voz monótona.
A Gray se le suaviza la expresión.
—Lo sé. Echaremos de menos a Fiona.
Cuando a la joven empieza a temblarle el labio inferior, Gray la estrecha entre sus brazos.
Le acaricia la espalda y advierto que Poppy se relaja ligeramente.
Como el chico lleva manga corta, veo que la plata le recorre las venas, lo que me informa de que la está calmando.
Me alegro. Necesitará sentirse entumecida durante un tiempo.
Si no, el dolor y la pena la consumirán.
Gray me dedica una mirada lúgubre.
—Lo más probable es que me pase toda la noche en la sala de guerra, gestionando la contienda.
—¿Kallister está enfadado?
—Más que eso. No va a dejar que Ade salga impune.
Quiero defender a Adrienne. No tenía ni idea de que Evlynne decidiría traicionarnos, pero, si no hubiera insistido en empezar las negociaciones de paz con la Compañía, ni siquiera habríamos ido a la base de la Zarzamora.
Me llevo a Poppy a mi apartamento. Ambas apestamos a humo, pero dice que no quiere darse una ducha. Se deja caer en el pequeño sofá que traje de vuelta cuando Xavier se marchó.
—Puedes hacer las preguntas que quieras —comenta sin mirarme. Tiene los ojos apagados fijos en la pared.
Me dejo caer a su lado.
—¿Qué has hecho esta noche? —digo con dulzura—. No lo estabas corrompiendo, sino…
—Provocándolo —susurra.
Ya ni siquiera me sorprende. Cada vez que creo que conozco todas las habilidades, me topo con una nueva.
—¿Qué es eso?
—La provocación es… —Deja escapar un gruñido de amargura entre dientes—. Es lo que parece: provocar dolor y a veces la muerte. —Suelta una carcajada sin rastro de humor.
—¿Alguien más sabe que cuentas con esa habilidad? —le pregunto con cautela.
—No, solo lo sabía mi madre.
Estoy molesta, pero espero que Poppy no se dé cuenta. Fiona sabía que su hija poseía un poder peligroso y no se lo contó a su propio consejo, ¿pero le pareció adecuado informar a toda la base de que yo podía incitar?
—Y, antes de que me lo preguntes —dice Poppy, frenando mi indignación—, tengo la marca de sangre en el interior de la mejilla.
De nuevo, debo reconocer que es una suerte de la hostia. Como Valeria, Poppy no podría desear un lugar mejor para que le apareciera la marca de sangre.
Entonces, algo me pasa por la mente, las palabras de Fiona y la manera en la que me miraba cada vez que me atrevía a hablar con su hija. No estaba intentando alejar a Poppy de mí porque fuese una incitadora, sino que trataba de alejarme a mí de Poppy porque es una provocadora.
—¿Por eso tu madre te mandaba siempre a practicar en el Templo? Decía que quería que fortalecieras tu escudo, pero era para controlar la provocación, ¿no?
—No, quería que la suprimiera.
Frunzo el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Ya puedo controlarla. Al menos, la mayor parte del tiempo. Si las emociones se vuelven demasiado intensas, a veces ocurre de manera espontánea.
—No sé nada sobre la provocación —admito—. A Theo el cuerpo se le… Parecía que le dolía.
—Puedo manipular las terminaciones nerviosas —dice Poppy—. Y, cuando empieza a sufrir convulsiones, paso al corazón. Lo… detengo. No sé cómo lo hago en realidad. ¿Cómo incitas? ¿Cómo nos anestesia Grayson las emociones? No puedo explicarlo.
Tiene razón. No siempre sabemos cómo funcionan nuestras habilidades.
—¿Alguna vez tu madre te dejó practicar con ella? —No me imagino a Fiona permitiendo que Poppy provocara a cualquier incauto.
—Sí, pero no necesité demasiada práctica. Si estoy tranquila, puedo activarlo y desactivarlo con facilidad.
—¿Cuánto tardas en aprovechar el oro?
Con una ceja arqueada, me mira. Un segundo después, noto dolor en el pecho. Me llevo una mano a la clavícula, frotándome ahí donde me escuece.
—¿Has sido tú?
Asiente.
Hostia puta. Ahora sé por qué Fiona se esforzaba tanto en alejar a Poppy de la gente.
—No te preocupes. No te voy a parar el corazón por accidente —dice la chica—. No suele ocurrir con humanos. Tenemos el corazón demasiado grande.
«Con humanos».
Las implicaciones flotan por el aire.
—¿Y con animales? —susurro.
Ante esto, Poppy se muestra alicaída.
—La mínima descarga puede matarlos. Cuando te dije que Scarlett no me dejaba tocar los pájaros, mentí; nunca ha puesto una regla así. No los toco porque no quiero hacerles daño, como me pasó con Didi.
La tristeza me oprime el corazón. Por eso ya no va al aviario. Debió de matar por accidente a la urraca. Joder. Me froto la frente. Estoy muy cansada, pero sé que no pegaré ojo en toda la noche.
—¿Ha ocurrido con algún otro animal? —pregunto.
Asiente.
—Teníamos un perro… —se interrumpe.
Es lo único que necesita decir y la lástima que me inspira es aún mayor. Sé lo que se siente al tener habilidades que se activan de forma espontánea, pero no puedo ni imaginarme lo que es matar a alguien con un roce.
Se le inundan los ojos de lágrimas.