Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 54 #2
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Capítulo 54 #2

Entonces, dispara un cartucho entero de balas contra los soldados que intentan avanzar por el extremo alejado del pasillo. Empiezo a verlos con mayor claridad. Uniformes de color azul medianoche. Y el acero negro brillante de sus armas.

Mientras Mako nos cubre, tiro de Poppy para ponerla en pie y la lanzo hacia las escaleras.

—Vete.

—No voy a abandonar a mi madre —dice, cabezota.

—Me ocuparé de ella. Tú vete, Poppy.

Cuando está a medio camino, me apresuro a ayudar a Mako, quien sigue disparando a las figuras del final del pasillo.

Ha logrado contenerlos, pero se han puesto de nuevo en marcha, moviéndose en formación.

Disparo y uno de los soldados de la sección Plata colapsa.

Igual que mi corazón durante un segundo en el que se me ocurre una idea.

«¿Y si Cross está aquí?».

No, no puede ser. Cross es el capitán de la sección Plata. Nunca estaría en este pasillo ni pondría una bota en el terreno. Como mucho, estará moviendo los hilos desde algún lugar de la superficie.

Los demás soldados siguen adelante y Mako derriba a uno, luego a otro.

—¡¡¡Fiona!!! —grito hacia el pasillo en el que la he visto esconderse, pero, si contesta, no la oigo a causa de las balas.

Se están acercando, pero nuestra precisión es perfecta.

Mako y yo nos cubrimos el uno al otro y los soldados caen como moscas.

La determinación me inunda el cuerpo mientras disparo al enemigo.

Necesito llegar hasta Fiona, maldita sea.

Parece que pasa una eternidad antes de que Mako se deshaga del último hombre y el pasillo se quede en silencio. Un silencio mortal, inquietante.

El humo y la pólvora me inundan las fosas nasales.

Respiro con dificultad. Mantengo el fusil en alto mientras me dirijo hacia el lugar por el que he visto desaparecer a Fiona.

Al girar la esquina, el corazón se me sube a la garganta.

Está medio sentada, medio tumbada contra la pared, aovillada sobre el costado.

Es difícil saberlo entre el humo del pasillo, pero me parece que ha perdido el color de la cara.

Veo la mancha roja que se le extiende por la parte izquierda del cuerpo y me lanzo hacia ella.

—Fiona —digo, nerviosa—. ¿Dónde te han alcanzado?

Le presiono el costado, tratando de frenar la hemorragia, pero no tengo ni idea de dónde procede y pronto tengo los dedos resbaladizos por la sangre. Apenas respira cuando dice con un hilo de voz:

—Demasiado… tarde…

—Para. Nunca es demasiado tarde. Vamos a salir de aquí.

Mientras la sangre se me filtra entre los dedos, comienzan a volvérsele vidriosos los ojos.

—Un disparo… en el estómago —resopla—. Y… en el pulmón…

El pánico me bloquea la garganta. Mierda.

—El pulmón… lleno de sangre.

Me trago el miedo.

—¿Puedes intentar sanarte?

Niega con la cabeza, pero está tan débil que es casi imperceptible.

—No funciona así.

Mako gira la esquina a trompicones y se detiene cuando ve a Fiona.

—Ay, mierda.

Lo miro.

—Tienes que irte. Lleva a todos al aeródromo.

—Pero…

—Por favor, Mako, hay personas asustadas ahí arriba. Llévatelas y pon a Poppy a salvo. Yo me ocuparé de Fiona.

Un segundo después, asiente y se apresura a salir. Me giro hacia la sanadora, intentando contener la sangre que se le filtra por el abdomen. Pero, aunque pudiera controlar la hemorragia del estómago, no puedo hacer nada con el pulmón.

Se está ahogando con su propia sangre.

—Wren —grazna. Débil, irregular—. Necesito decirlo…

—Para de hablar. Solo aguanta. Deja que frene la hemorragia.

—… decir lo… siento.

—No tienes nada sobre lo que disculparte —le digo—. Por favor, deja de hablar. Lo estás empeorando.

Fiona abre los labios y levanta la mano, que se le convulsiona con violencia, mientras trata de cogerme de los dedos cubiertos de sangre.

—No quería… que te juntaras con Poppy… —Se le debilita la respiración cada vez más—. Que te hicieras amiga de ella.

Aplico presión sobre el costado, pero la sangre sigue brotando como el agua de un grifo.

—Necesito que dejes de hablar —suelto, incapaz de procesar lo que me está diciendo—. Por favor.

—Intentaba protegerla —gruñe Fiona.

Una nueva oleada de disparos se produce a lo lejos. Parecen estar a cierta distancia, como si procedieran de la trampilla principal, pero eso no significa que tengamos todo el tiempo del mundo.

Como era de esperar, la voz de Mako surge de mi auricular un segundo después.

—Darlington, tienes que salir de ahí.

Lo ignoro y me centro en Fiona, que sigue esforzándose por hablar.

—Haría… lo que fuera… para protegerla. —Ahora tiene la mirada totalmente vidriosa y, aunque intenta centrarla en mí, sé que está perdiendo la batalla—. ¿La protegerás… por mí?

Un nudo se me forma en la garganta.

—Darlington —dice Mako de nuevo—. Tengo toda una furgoneta llena de civiles que necesito poner a salvo.

Me toco el auricular.

—Id sin mí.

—Wrenny…

—Vete. Encontraré la manera de llegar hasta vosotros.

—Hay dos motos en el garaje —me informa—. Te veo en la base.

—Ten cuidado —le pido.

Interrumpo la señal y advierto que Fiona sigue esforzándose por hablar.

—Prométemelo —me suplica—. Prométeme que… protegerás a Poppy. No… dejes… que se la lleven.

—No lo haré —le aseguro—. Te prometo que cuidaré de Poppy.

Oigo disparos en la distancia y estudio el pasillo en busca de movimiento.

—Tienes que… irte —me dice Fiona. Parpadea como si tratara con desesperación de mantener los ojos abiertos.

Cuando por fin los cierra, sé que ha muerto. Durante un segundo, me quedo ahí, aún aferrada a su abdomen sanguinolento. Luego, con lentitud, reduzco la presión y dejo caer las manos. Me levanto sobre las piernas temblorosas.

Subo a toda prisa por la escalera y emerjo a través de la trampilla un segundo después, tomando grandes bocanadas de aire fresco.

Es agradable no respirar el humo, pero aún sigo en peligro.

Advierto los vehículos del Comando en la distancia.

Cuando contacto con Mako, me dice que aún no los sigue nadie.

Teriq había ordenado que las furgonetas se dirigieran al aeródromo del distrito E, pero no tengo ni idea de cuál es el plan más allá de eso.

Solo rezo para que puedan salir de este distrito antes de que alguien los vea en la carretera.

Corro hacia el pequeño garaje que está escondido en las sombras.

Parece un cobertizo abandonado, no hay nada excepto madera podrida y basura, pero Mako ha dicho que ahí encontraría dos motos.

Estoy casi encima de una de ellas cuando una figura emerge desde detrás de un conjunto abandonado de cajas de suministros.

Pongo el fusil en alto.

—Soy yo —anuncia Poppy.

Bajo el arma.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, incapaz de contener la ira. Se suponía que debía subirse a la furgoneta con Mako, maldita sea.

—Te dije que no me iría sin mi madre. —Centra los ojos en algún punto sobre mi hombro—. ¿Dónde está?

—Poppy —digo mientras el arrepentimiento me inunda el pecho.

—¿Dónde está?

—Ha recibido un disparo mortal en el tiroteo. No ha sobrevivido.

Se le desmorona la expresión.

—¿La has dejado ahí?

—Ha muerto antes de que saliera.

—Necesito llegar hasta ella.

Poppy trata de pasar a mi lado, pero la intercepto, cogiéndola del brazo.

—Tenemos que irnos. Ya.

—No, debo llegar hasta ella.

—Si vuelves, morirás. ¿Es lo que quieres? Porque tengo claro que no es lo que desearía tu madre. Me ha pedido que te saque de aquí y es lo que pretendo hacer. Por favor, no me obligues a dejarte inconsciente y lanzarte a la parte trasera de la moto.

Le tiembla el cuerpo con fuerza y las lágrimas le caen por las mejillas, pero después respira hondo y me sigue. Estoy levantando una de las motos cuando los oigo. Varios motores.

—Viene alguien —dice, nerviosa.

—Lo sé, tenemos que ponernos en marcha.

Pero los vehículos que se acercan son motos bala.

Apenas he arrancado la mía cuando el Comando nos alcanza.

Al instante, empujo a Poppy tras las cajas de suministro y disparo a los soldados.

Una de las figuras cae de la moto, que derrapa sobre el suelo y se desploma de lado.

El otro soldado salta de la segunda moto antes de que la bala le alcance en el pecho y esta golpea en el ma­nillar.

Otra silba cerca de mi oído cuando el soldado dispara mientras rueda por el suelo.

Este tipo no tiene miedo y el estómago se me constriñe de repente, porque ese movimiento era muy típico de Cross.

¿Y si…? No, este hombre es más bajo que Cross, advierto aliviada.

Se pone en pie, apuntándome con el arma.

Yo también dirijo la mía hacia él mientras calculo qué posibilidades tengo de disparar varias veces.

—No te muevas.

Identifico la voz. No es Cross, pero sé de quién se trata.

Cuando se quita el casco, de inmediato lo reconozco. Un soldado de la Élite Plateada. Theo. Estaba ahí durante el programa, actuando como uno de los falsos captores durante el ejercicio llamado «Resistencia a un interrogatorio».

Y ahora estamos aquí, dando vueltas el uno en torno al otro en la oscuridad, apuntándonos con el arma.

—¿Darlington?

—Hola, Theo.

No trabajamos juntos en ninguna operación, pero me caía bien. Cross dijo que era un buen tipo. No quiero matarlo. Pero en el Comando no hay buenos tipos. ¿No he aprendido ya la lección? Roe y Travis están asesinando a civiles y quién sabe cuántos Modos habrán muerto en la emboscada de esta noche.

Tenso el dedo sobre el gatillo.

—Voy a matarte, Theo, así que, por favor, súbete a la moto y lárgate.

Da un pequeño paso.

—Lo digo en serio. Muévete y te disparo.

Desvío la mirada hacia donde Poppy está escondida tras las cajas de suministros. Ella me la devuelve, con los ojos como platos.

—Hay una alerta roja con tu nombre —dice—. La orden es que te dispare en el acto.

—Ambos sabemos que tengo mejor puntería que tú.

Los segundos avanzan. Uno. Dos. Tres.