Capítulo 53
G ray pasa a verme cuando estamos metiendo el material en el avión. Se me acerca desde atrás, me rodea la cintura con los brazos y me da un beso en la coronilla.
—Ten cuidado esta noche, ¿vale?
Sonrío.
—Estás muy cariñoso, a pesar de lo mucho que deseas atarme a un poste para evitar que vaya.
—Quiero atarte por otras razones —me susurra al oído antes de mordisquearme la oreja—, pero nunca para evitar que participes en una operación. Eres demasiado valiosa sobre el terreno como para relegar tus habilidades a la Daga.
Me giro para mirarle. Me calienta el corazón que reconozca que tengo talento, que esté dispuesto a dejarme marchar, aunque su instinto le esté gritando que me proteja.
—Esta noche va a hacer el tiempo perfecto —dice—. El cielo se está cubriendo con nubes de tormenta. Así os será más fácil permanecer ocultos.
Asiento, metiendo la pistola en la funda de la cadera. Cerca, Karra comprueba su equipo. Nunca hemos trabajado juntas en una misión, pero si Gray y los demás confían en ella, supongo que yo también.
Los iris de Gray siguen fijos en mí con esa mirada traviesa y verde que siempre me hace sentir más ligera. Ni siquiera necesita utilizar su don para tranquilizarme. Sus ojos lo hacen por él.
Estiro la mano y delineo esa mandíbula tan afilada con las yemas de los dedos, así que curva los labios. Con las manos en mi cintura, tira de mí para estrecharme.
—Lo digo en serio. Ve con cuidado —dice con voz ronca.
—Lo haré —le prometo, echando la cabeza hacia atrás mientras baja la boca hasta la mía.
Es un beso fugaz, rápido y suave, pero noto las emociones que emanan de él. Sobre todo, la preocupación. Lo pillo: no hay que dar nada por sentado en esta vida. Puedo pasarme el día prometiéndole que tendré cuidado, pero eso no significa que vaya a estar a salvo.
Lo vuelvo a besar, con mayor intensidad esta vez.
Únicamente cuando nuestras lenguas se rozan oigo que alguien se aclara la garganta y recuerdo que no estamos solos.
Mierda. Karra se acerca con la mochila y la lanza a la bodega de carga.
Nos recorre con la mirada antes de sujetarla con las correas.
Mantiene una expresión ilegible, pero no la culparía si estuviera enfadada.
Nadie quiere ver a un ex alardeando de una nueva relación en su cara.
Gray se despide de nosotras y se marcha. Cuando ha desaparecido, me giro hacia Karra, arrepentida.
—Lo siento. No lo había pensado.
Se encoge de hombros. Cuando se da media vuelta para alejarse, la agarro de la manga.
—Lo digo en serio. Ha sido muy insensible por mi parte. Perdóname.
—Me da igual que lo beses. —El dolor le nubla la mirada—. Lo que me jode es no haber acertado.
—¿Con qué?
—Te dije que era incapaz de desarrollar sentimientos profundos. —Oigo la amargura en su voz—. Incapaz de querer de verdad a alguien. Supongo que me equivoqué.
Se me constriñe el corazón.
—Karra…
—No, no pasa nada. Da igual. Vámonos.
Se sube a la parte trasera del híbrido y la sigo justo cuando Evlynne cruza el hangar con un petate negro.
—Ven, deja que te ayude —digo, estirándome hacia ella, pero me rechaza.
—Puedo sola.
Deja la enorme bolsa en la bodega de carga y la ata al suelo, asegurándose de que no va a moverse. Parece inquieta.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto.
Niega con la cabeza.
—No me gusta. Me parece una trampa.
Aun así, a pesar de esas palabras, diez minutos más tarde guía el avión lejos de la montaña.
La base de la Zarzamora está en el distrito H, ubicada en una zona industrial en ruinas, rodeada de bosques.
Según Adrienne, el búnker nuclear se construyó en la era pasada y se reforzó en algún momento de los últimos cincuenta años.
Estaba diseñado para soportar una guerra nuclear, literalmente, y así lo hizo.
Enterrado en el suelo, el búnker tiene capacidad para quinientas personas, pero me cuenta que solo unas doscientas viven ahora mismo allí.
Entramos en las instalaciones por la trampilla principal.
Al bajar las escaleras, nos encontramos una enorme puerta doble de hierro al final de un largo pasillo.
El túnel está sumido en el silencio y nuestras pisadas retumban sobre el cemento cuando nos acercamos a la entrada.
Adrienne introduce un código y la puerta se abre.
Lo primero que vemos al otro lado es a Declan.
—Bienvenida a la Zarzamora —dice cuando me ve entre el grupo—. Primera vez, ¿no?
Asiento.
Adrienne le cuenta a toda prisa los detalles.
—La reunión es a medianoche, pero no tenemos aún las coordenadas.
Declan pone los ojos en blanco.
—Alguien está paranoico.
—Así es. Parece que el general no confía en nosotros —dice con una sonrisa irónica—. La ubicación se enviará a través de un canal encriptado dos horas antes de la reunión.
Ya hemos hablado de este tema y no me gusta oírlo por segunda ver. Entiendo el razonamiento de Travis para no enviar todavía las coordenadas, ya que no podemos tenderle una trampa si no sabemos dónde nos reuniremos con él, pero eso significa que quizá seamos nosotros los que acabemos atrapados.
Desvío los ojos hacia Adrienne.
—¿Tengo tiempo para dar una vuelta por aquí? Me muero por ver cómo es la base.
—Claro, pero ten encendido el intercomunicador.
—Yo te guío —se ofrece Declan.
Mientras los demás se dirigen a lo que parecen zonas comunes con mesas y máquinas de café, sigo a Declan por un pasillo protagonizado por el zumbido de los fluorescentes sobre nuestras cabezas.
La primera parada es en los barracones, que son más funcionales que cómodos, aprovechando el espacio con literas en lugar de con camas individuales.
Declan me cuenta que hay un ala con dormitorios privados para los líderes de la base, incluido él.
Tienen suficiente comida almacenada para sobrevivir años, así como tanques de agua y circuitos de purificación, además de un pequeño sistema hidropónico que les permite cultivar productos frescos en el propio búnker.
Me muestra varias salas de ocio y un pequeño gimnasio.
En realidad, no hay ninguna razón real para que nadie abandone la base a no ser que les guste el sol.
Aun así, la falta de luz natural también se solventa, según me explica Declan, a través de las vitaminas y los suplementos que toman todos los de la Zarzamora.
Me siento como si hubiéramos recorrido un kilómetro y medio cuando digo:
—¿Deberíamos volver a la sala de reuniones?
—No hay nada sobre lo que hablar. No tenemos muchas opciones hasta que no nos manden la ubicación.
—Cierto.
—¿Quieres ver el ala de enfermería? —Hace un gesto hacia el final del pasillo—. Fiona está ahí, con su hija.
—¿Poppy? —exclamo, sorprendida—. ¿Qué está haciendo aquí?
Me pregunto cómo diablos habrá convencido a su madre de que la deje venir. Según lo último que me dijo, Fiona prefería encadenarla a la montaña antes que permitirle salir de la Daga.
—No lo sé, pero han llegado juntas.
Abre una puerta y al instante me rodea el fuerte olor a antiséptico.
El ala clínica es una sala enorme llena de catres individuales separados por cortinas de color azul claro y las paredes están cubiertas de equipos médicos.
Solo están ocupadas algunas camas, aunque ninguno de los pacientes parece tener una lesión grave.
Fiona está de pie cerca de un catre en la parte trasera de la estancia, hablando con un hombre mayor de unos ochenta años que está tumbado boca abajo.
—¡Wren!
Miro hacia atrás y me encuentro con Poppy. Su trenza rubia se balancea sobre sus hombros mientras se acerca.
Arqueo una ceja.
—¿Has conseguido un pase libre?
Se muerde el labio, cohibida.
—Puede que, ya sabes, haya sufrido una rabieta.
Reprimo una carcajada.
—¿En serio?
—Sí. Estoy harta de estar encerrada en la montaña a todas horas.
—No te culpo. Hay un número limitado de rondas de póker a las que puedes jugar antes de pegarte un tiro.
—Exacto.
Siento que nos están observando y, al girarme, Fiona tiene los ojos fijos en Poppy y en mí.
En ellos advierto cautela. Le dedico una suave sonrisa y la saludo con la mano, pero, aunque me devuelve el gesto con un movimiento de cabeza, mantiene los labios tensos, con una expresión que solo desprende una desaprobación tácita.
—No le caigo nada bien, ¿eh? —comento, intentando no sonreír.
Poppy se encoge de hombros.
—Cree que eres una mala influencia.
Suelto una risita. ¿Por qué soy una mala influencia?
Lo único que he hecho ha sido salvar a su hija de una parálisis a causa de las campanillas violetas y de que se la comiera una aulladora.
No me malinterpretes, entiendo que Fiona esté a la defensiva; Poppy es su única hija y los distritos no son seguros para los Modos.
Tampoco culpo a Poppy por estar desesperada de salir de los cuatro muros que Fiona ha erigido en torno a ella.
—¿Preparada para volver? —me dice Declan.
Advierto la decepción de Poppy.
—¿No puedes quedarte? —pregunta.
Por mucho que desee liberarla de las sombras de una sobreprotectora Fiona, estoy en una misión y no puedo socializar.
—Lo siento —respondo—. Estamos aquí por un asunto oficial.
—Muy bien. Bueno, si puedes, ven a buscarme más tarde.
—Lo haré —le prometo.
Declan y yo volvemos sobre nuestros pasos por los pasillos laberínticos que componen la base de la Zarzamora. Unos minutos después, entramos en una de las salas de reunión, donde todos están sentados con aspecto aburrido.
—¿Tenemos las coordenadas ya? —le pregunto a Adrienne.
—No —dice, tensa.
—Está jugando con nosotros. —En los ojos de Teriq relampaguea la irritación—. Kallister tenía razón.
La pose de Adrienne se torna rígida.
—Aún es pronto. Tiene tiempo suficiente. —Pero debe estar preocupada porque comprueba su intercomunicador—. Evlynne, ¿me recibes?
—Estoy aquí —responde la chica.
—¿Algo raro por tu zona?
—Negativo. El radar sigue despejado. No hay actividad. Hasta donde yo sé, tampoco hay movimiento alguno.
—Quizá sea una trampa —dice Teriq, negando con la cabeza.
Declan pasea los ojos hasta Adrienne.
—¿Deberíamos abortar misión?
—No, sigamos preparados por el momento. —Hace una pausa—. Pero, si no sabemos nada de ellos durante los próximos treinta minutos, cancel…
Apenas ha terminado la frase cuando una explosión sacude el búnker.