Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 52
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Capítulo 52

D urante el mes siguiente, establecemos una rutina en la que pasamos mucho tiempo en la cama.

Pero también mucho fuera de ella. Hacemos viajes con el avión.

Visitamos a nuestros amigos en el valle.

Hacemos competiciones de tiro con Mako y combates de boxeo con Saint y Henley.

Por primera vez, mi vida parece… normal.

No debo esconderme en el rancho. Ni preocuparme porque una unidad del Comando aparezca para hacer una inspección y descubra que soy una Modo. Ya no me aterra acabar dirigiéndome a la plataforma de ejecución.

No he olvidado que estuvieron a punto de acabar con mi vida, pero cuanto más tiempo pasa, menos paranoica me siento.

No sé quién echó raíz de corazón en mi bebida, pero, fuera quien fuese, parece haberse retirado a las sombras.

Mientras no intenten volver a matarme, supongo que puedo relajarme.

Más o menos. Sin duda, nunca aceptaré una copa de otra persona que no sea mi novio.

La vida en la Daga se ha vuelto más tranquila de lo normal.

Tana y Luisa son pareja oficialmente y estoy bastante segura de que Karra se está acostando con Henley.

Evlynne ahora es más maja conmigo, supongo que porque le preocupa que, si se comporta como una hija de puta, quizá le cuente a todos lo de la marca de sangre de su hijo.

La última vez que le pregunté sobre el tema, admitió que había decidido no revelarlo.

Quizá lo más prometedor haya sido que Fiona ha aflojado un poco su puño de acero, de ahí que Poppy y yo ahora pasemos más tiempo juntas, paseando por los senderos y recogiendo flores.

Sin embargo, ya nunca quiere visitar el aviario.

Estoy descubriendo que tiene un alma sensible, quizá una personalidad no muy adecuada para un refugio con pájaros heridos que mueren a menudo.

Aun así, disfruto de su compañía. Estoy convencida de que, durante el paseo de ayer, vimos a mi lobo en la distancia, pero Poppy no me cree. Mujer de poca fe…

Esta noche, es tarde y estoy en la cama con Gray, admirando lo guapo que está; sin camiseta, con unos calzoncillos negros que se le ajustan a los muslos firmes y marcan su impresionante polla, con la luz de la lámpara en la mesilla de noche dibujándole un halo dorado alrededor de la cara que le enfatiza las facciones cinceladas.

Llevo el pelo recogido en una coleta y no deja de toquetearla, haciéndola girar como si fuera un gato jugando con un ratón. Sonrío, pero, cuando levanto la cabeza para bromear con él, advierto que está distraído, con la mirada perdida.

—¿Estás bien? —musito.

Gray sale de repente de su burbuja. Se frota la cara con aspecto cansado.

—Sí, perdona, la reunión de esta noche ha sido un coñazo.

Asiento. La Autoridad se ha pasado más de dos horas en la sala de guerra y sé que la batalla constante entre Kallister y Adrienne está pasándoles factura a los demás.

—Hoy Kallister la ha llamado ingenua. No dejan de lanzarse pullas.

—¿Estás de acuerdo con él? ¿Crees que es una ingenua?

—Y yo qué coño sé, cielo.

El corazón me da un vuelco al oír el apodo. Me suele llamar «cielo» o «vaquera», dos motes que consiguen que me derrita.

—Ade siempre ha sido una idealista, pero últimamente no deja de insistir con lo de la paz. Cree que podemos compartir el Continente, que hay una manera de que ambos bandos vivan juntos.

Pienso en Lyddie y Roe, en lo mucho que odian a las personas como yo, en su idea de que somos defectuosos, un error, y no estoy segura de cuántas posibilidades hay de que la visión de Adrienne llegue a buen término.

—Mientras tanto, Kallister insiste en que no podemos confiar en la Compañía, en que, con independencia de lo que prometa, en cuanto bajemos la guardia, se volverá contra nosotros.

Arqueo las cejas.

—Espera, ¿nos están haciendo promesas?

—Sí y no. No han contactado con nosotros desde hace bastante, pero la última vez que Adrienne se reunió con Travis dijo que estaba dispuesto a negociar los términos de la paz.

—¿Qué piensan Teriq y Fiona de todo esto?

—Teriq está de parte de Kallister. Y Fiona no ha asistido a la reunión. Se ha ido a la Zarzamora a ayudar a su sanador con las revisiones médicas.

Cierto. Recuerdo que Poppy mencionó que su madre se iba de la base. La adolescente se estaba quejando porque quería acompañarla y, por supuesto, Fiona se había negado.

—¿Sigues creyendo que es mala idea? —insisto.

—¿Y tú?

Ausente, le recorro el pecho desnudo con los dedos.

—No conozco a Travis demasiado bien, pero sí…, mi instinto me dice que no confíe en él. Que nos ayudara a acabar con su padre no me convence para regalarle mi confianza. Más bien lo contrario. Si estás dispuesto a traicionar a los de tu propia sangre, traicionarás a cualquiera. —Dudo—. Pero…

—Pero ¿qué?

—¿Cuál es la alternativa? ¿Seguir luchando contra la Compañía? ¿Por qué no intentar al menos llegar a un acuerdo, encontrar una manera de dejar de matarnos?

—Claro, como si fuera tan fácil —dice con una carcajada—. Ambos bandos deben querer la paz para que las muertes cesen.

—Pero ¿no es eso lo que está intentando hacer Adrienne, convencer al otro bando para que lo desee también? —Me muerdo el labio inferior—. Una parte de mí espera que tenga razón, que haya una manera de colaborar.

Gray no parece convencido.

—No sé si será posible, vaquera. Y me preocupa lo que ocurrirá si seguimos haciendo pactos con el enemigo, sobre todo sin consultar a los nuestros.

Hay algunos en la Revolución a los que no les entusiasmará trabajar con Travis Redden.

Por eso la misión de corrupción fue extraoficial.

Si se enteraran todos los residentes de la Daga, me parece que el enfado sería generalizado.

Algunos creerían que fue una traición aliarnos con Travis.

Y tal vez tomarían medidas drásticas para asegurarse de que no vuelve a ocurrir.

Me tenso.

—¿En plan, un golpe de Estado contra la Autoridad? ¿Una guerra civil?

—Puede.

—¿Y si muchos están de acuerdo? ¿No optaríais por lo que desea la mayoría?

—Sí, pero eso supondría confiar en que Travis actúa de buena fe y no lo tengo tan claro.

El problema es que no sé cuál es su objetivo —dice Gray, con el ceño fruncido—.

Y la primera regla de la guerra es conocer a tu enemigo.

Merrick Redden era fácil de entender. Quería orden.

Estaba dispuesto a trabajar con Modos leales, siempre y cuando siguieran las reglas y supieran cuál era su lugar.

Travis aún no nos ha revelado sus motivos.

Se deshizo de supadre. ¿por qué? ¿Porque quiere aflojar las riendas de la ley marcial? ¿O porque quiere crear algo aún peor?

—No lo sé.

—Exacto.

Me muerdo el labio con más fuerza.

—Pero, incluso aunque sus motivos no sean del todo los correctos ahora mismo, tal vez pueda cambiar de opinión.

—Las personas no cambian solo porque tú desees que lo hagan.

—Si les hacemos entrar en razón…

—Lo que quizá sea lógico para ti puede parecerle ilógico a otra persona.

Le dedico una sonrisa.

—Deja de contradecirme.

—Deja de simplificarlo todo en exceso.

—No digo que sea sencillo, pero al menos deberíamos intentarlo, ¿no? Si no, ¿por qué nos molestamos siquiera?

Arquea una ceja.

—Entonces, ¿apoyas a Adrienne?

—No… No lo sé.

—¿Y qué pasa con los Modos que no quieran hacer las paces con la Compañía? —me desafía—. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los obligamos a aceptar la tregua en contra de su voluntad? ¿Los encerramos? ¿Los exiliamos?

—Si les damos opciones, creo que elegirán la correcta.

—A veces no hay ninguna buena. A veces todas son una mierda.

—Esta es la peor charla que he tenido después de un polvo —le informo, lo que le provoca una carcajada.

Un segundo más tarde, se gira hacia mí y comienza a besarme el cuello, rozándome la caja torácica con los dedos.

—Tienes razón. Hablemos de algo más interesante.

—¿Como qué?

Me acaricia el pecho y un estremecimiento me recorre el cuerpo cuando me roza el pezón con la yema del pulgar. Al instante noto una oleada de deseo entre las piernas.

—Como lo bien que sabes —dice, y me rodea el pezón con los labios. Tira de él con suavidad antes de humedecérmelo con un ligero beso que me provoca un gemido—. No tienes ni idea de lo guapa que estás ahora mismo.

—Estoy igual que siempre.

—Exacto.

Cuando su lengua persigue la mía dentro de mi boca, el cuerpo entero me vibra.

Una oleada ardiente de necesidad me tensa el bajo vientre.

Pronto, me estoy quitando la camiseta y él se está encargando de mi ropa interior, bajándomela por las piernas.

Sin preliminares. Me tumba boca arriba y se quita el calzoncillo, revelando su culo desnudo, que tiene más prieto que nunca.

Se coge la polla y la guía hasta mi abertura. Estoy preparada para él, por lo que le doy la bienvenida. Me penetra con fuerza y me hace sentir tan bien que gimo lo bastante alto como para dibujarle una sonrisa en los labios.

—Calla —dice, burlón—. Vas a despertar a todo el mundo.

—Estas paredes son de acero. Puedo hacer todo el ruido que quiera.

—Mmm, bien visto. —Con lentitud, sale de mí antes de volver a penetrarme, llenándome por completo—. Grita para mí, cariño.

Salgo al encuentro de cada embestida. Me encanta. El sexo. Él. Escondo los dedos en su pelo para acercar su boca a la mía y me besa mientras mueve las caderas, avivando el fuego que arde entre los dos.

—Necesito que te corras ya —me susurra al oído.

—¿Estás cerca? —musito.

—Ni te imaginas. —Suelta una maldición antes de ralentizar el ritmo. De hecho, se queda quieto por completo.

—Si quieres que termine, vas a tener que seguir moviéndote —lo provoco.

—Si no quieres que termine, voy a tener que quedarme tranquilito un segundo.

La risa me borbotea en la garganta.

—Tócate —dice con brusquedad—. Hasta que casi estés.

Me acerco dos dedos al clítoris. Me acaricio con delicadeza, disfrutando de la manera en la que se hincha el pecho de Gray con cada aliento contenido. Permanece quieto, devorándome con la mirada.

—¿Te gusta?

—Mmm. —Se me escapa un suave gemido.

Sigue dentro de mí, sin moverse, y se me acelera la respiración al sentir su grosor, su latido contra las entrañas. Se me contraen los músculos internos a su alrededor y un brillo aprobatorio le cruza los ojos.

—Vamos —musita, animándome—. Ya está. Joder, cómo aprietas. Con qué fuerza.

Maldita sea, así solo consigue que vuelva a contraerme, así que deja escapar un gruñido.

—Para —me regaña.

—No puedo. Es involuntario.

Sigo acariciándome, dibujándome pequeños círculos, hasta que el placer me sobreviene y suelto un grito ronco que Gray atrapa con un beso. Entonces, empieza a moverse de nuevo, saltando al abismo conmigo.

Gray ha vuelto a la sala de guerra antes de que haya abierto siquiera los ojos a la mañana siguiente.

Lo más probable es que esté escuchando de nuevo cómo se pelean Adrienne y Kallister.

No sé de qué lado estaría yo si formara parte de ese consejo.

Entiendo el deseo de Adrienne de crear una vía hacia la paz, pero Kallister también tiene razón.

Travis ha demostrado que está dispuesto a sacrificar a cualquiera por sus ansias de poder, incluido a su propio padre.

¿Por qué deberíamos creer ni una palabra de lo que diga?

No obstante, algo se está gestando. Mantengo los sentidos alerta cuando convocan a todos los agentes en el comedor antes de que se sirva el desayuno, pero la Autoridad tarda treinta minutos en llegar.

Al menos, tres de ellos. Sé que Fiona está en la base de la Zarzamora, pero la ausencia de Kallister me informa de todo lo que tengo que saber.

Como era de esperar, Adrienne da un paso al frente para empezar a hablar:

—Acabamos de votar. Vamos a empezar a negociar la paz con la Compañía —le anuncia a la sala.

Murmullos de asombro y voces enfadadas sobrevuelan la multitud.

—Y una mierda —dice alguien, y otros concuerdan.

—Ya hemos tomado la decisión —comenta Adrienne con un tono que no admite discusión—.

Y, antes de adelantar acontecimientos, debéis saber que todavía no hay ningún acuerdo.

Ni lo habrá sin una votación en la que participe toda la Daga, lo prometemos.

Solo estamos abiertos a abrir los canales de comunicación necesarios para debatir la posibilidad de pactar.

Hace una pausa y siento que se está preparando para la respuesta a sus siguientes palabras.

—Hemos autorizado una pequeña misión de negociación. —Hace un gesto hacia el hombre con el rostro impasible que hay a su lado—. Teriq será el líder. Los dos nos reuniremos con Travis Redden esta noche.

Con eso se gana otra ronda de gritos ahogados y rumores.

—¿El general Redden está de acuerdo? —pregunta Evlynne con las facciones crispadas en un ceño fruncido.

Adrienne asiente.

—Así es, sí. Pero aún debemos determinar las condiciones para la reunión.

—Necesitamos transporte. —Teriq mira a Evlynne—. Yo te elegiría a ti, pero, si prefieres quedarte fuera en esta ocasión, lo entenderé.

—No, lo haré —replica, tensa.

Teriq asiente con brusquedad.

—Bien. Declan se unirá a nosotros en la Zarzamora. Y necesitamos a cuatro más.

Me sorprende que Karra se presente voluntaria hasta que recuerdo que Gray me contó que se le daban bien las operaciones de reconocimiento.

—Me gustaría contar con nuestros mejores francotiradores. ¿Orin? —dice Teriq. Tras el asentimiento del hombre fornido, nuestro líder de misión pasea la mirada hacia Mako y hacia mí, uno al lado del otro—. ¿Os apuntáis los dos?

Cuando ambos asentimos, no paso por alto el ceño fruncido que me dedica Gray. Dado que dos miembros de la Autoridad van a estar sobre el terreno, no tiene otra opción que permanecer en la Daga. Es evidente por la tensión en su rostro que no le hace gracia que me haya presentado voluntaria.

Pero de ninguna manera me voy a quedar al margen en esta ocasión.