Capítulo 51 #2
Capta la indirecta. Esta vez no se resiste.
Bajo el rocío cálido, le enjabono el pecho, disfrutando de la sensación de sus músculos definidos bajo las yemas de los dedos.
La espuma se le desliza entre los pectorales, sobre los abdominales y la parte inferior.
Cuando interrumpo el camino del agua con la mano, descubro que está duro, preparado.
Lo acaricio con suavidad antes de sonreírle y empezar a enjabonarme.
—Calientapollas —me acusa.
Nos lavamos, provocando con las manos el cuerpo del otro. Cuando me acaricia el pecho y me pellizca el pezón, suelto un gemido amortiguado por el sonido del agua al caer. Intercambiamos posiciones para que pueda enjabonarme el pelo. No deja de mirarme. Con ojos tiernos. Y todo lo demás, duro.
—Eres preciosa —dice.
—Tú más —respondo.
—Ambos somos muy atractivos, sí —concuerda, y suelto una carcajada porque siempre me hace reír.
Cierro los párpados para aclararme el jabón y, cuando los abro, sigue ante mí.
Pero ahora sosteniéndose la erección con la mano.
Me guiña un ojo antes de acariciarse una vez más, dar un paso al frente y atrapar mis labios con los suyos.
Permanecemos ahí de pie un rato, besándonos, mientras la mampara de la ducha se cubre de vapor.
Baja las manos para cogerme de los glúteos y presionarme la dureza contra el vientre.
Le dejo un reguero de besos por el pecho antes de ponerme de rodillas. Gime cuando lo envuelvo con los labios y le humedezco la punta con la lengua. El calor de la ducha tiene un efecto embriagador y neblinoso que me empuja a gemir, lujuriosa, en torno a su polla.
Me decepciona cuando se aparta de mí y suelta:
—Necesitamos una cama.
Me coge en brazos, desnudo y salpicando gotas de agua, hasta el dormitorio y me echo a reír cuando me lanza al colchón. Me explora el cuerpo con la boca, cosquilleándome la piel mientras baja por mi estómago con los labios hasta colarse entre mis muslos.
—Ábrete, cariño —susurra.
Obedezco y noto su boca entre las piernas, provocadora, guiando mi placer.
Me devora como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Con lentitud, seductor, acercándome al abismo con cada caricia de la lengua.
Es aún más emocionante porque sé que no se va a acabar aquí.
Solo me está preparando para aquello que llevamos retrasando demasiado tiempo, pero ya no hay ningún obstáculo autoimpuesto. Ya no se contiene. Ni yo tampoco.
Cuando empiezo a mecer las caderas contra su cara, suelta una carcajada y aparta la boca, provocándome un grito de frustración.
—Estoy muy cerca —me quejo.
—Bien —responde. Entonces, dibuja un sendero con la lengua hasta mi vientre y me besa el pezón antes de esconder la cara en mi cuello.
Jadeante, se cuela dentro de mí y suelto un grito ahogado cuando noto su presión. Lo hace con una lentitud insoportable. Centímetro a centímetro. Alargando la anticipación hasta que, por fin, con un movimiento brusco de las caderas, me penetra hasta el fondo.
—Hostia puta —gruñe.
Sonrío al ver la tensión en sus facciones.
—¿Todo bien, as?
—¿Por qué hemos esperado tanto?
—Eso me gustaría saber a mí. Yo estaba dispuesta desde hace una eternidad.
—Es verdad. He sido un idiota. Ha sido un error terrible por mi parte. Debería haberme colado dentro de ti desde el momento en el que llegaste.
Mis carcajadas se apagan cuando vuelve a mover las caderas para penetrarme de nuevo. La sensación es tan buena que pierdo la cabeza. Solo puedo centrarme en el lugar por el que estamos unidos. Le araño la espalda con las uñas mientras me folla, moviendo las caderas cada vez más rápido.
Justo cuando el placer se está remolinando una vez más en mis entrañas, deja escapar una maldición y tira de mí, colocándose boca arriba, para que me siente a horcajadas sobre él.
—Voy a correrme si continuamos así —musita—. No tengo control. Necesito que sigas provocándome un tiempo.
Lo miro, disfrutando de la agonía en su expresión.
—¿Qué te hace pensar que yo sí tengo control? ¿Acaso no me conoces?
Suelta una carcajada ahogada. Aun así, me esfuerzo al máximo. Si quiere que esto dure, estoy decidida a cumplir sus deseos. Le paso las manos por el pecho, rodeándole los pezones con las yemas mientras muevo las caderas una vez con lentitud, provocándole.
—¿Bien?
—Perfecto —musita.
Nunca lo he visto tan atractivo. Con esos párpados caídos entre los que me mira. Con el labio inferior atrapado entre los dientes. Con la lujuria que le chisporrotea en la expresión y, detrás de ella, algo más profundo, algo que suele asustarme, pero que esta noche aumenta mi placer.
Me doy cuenta de que no lo estoy usando. No es que creyera que así era, pero una diminuta parte de mi ser temía que solo estuviera con él para demostrarme algo. Pero nunca he anhelado a nadie de la manera en la que lo deseo ahora mismo.
Sigo moviendo las caderas, inclinándome hacia delante para presionar los labios contra los suyos. Cuando saca la lengua para probar la mía, ambos soltamos un gemido desesperado y necesitado.
Levanto la cabeza, abriendo la boca para hablar, pero las palabras se me quedan atrapadas en el interior, perdidas tras la descarga repentina de emoción.
—Me alegra que estés vivo —susurro al final.
—¿Mmm?
—Me alegra que no murieras en esa explosión. —Trago saliva con dificultad—. Me alegra que estés aquí.
—Yo también me alegro de estar aquí. —Me sonríe—. Ahora, sigue montándome.
—Has perdido una gran oportunidad.
—¿De qué?
—Me has pedido que te monte, pero no me has llamado «vaquera».
—Perdóname, estoy demasiado centrado en la sensación de mi polla en tu estrecho…
Se interrumpe de golpe cuando bajo por él con brusquedad y empiezo a moverme.
Posa las manos en mi cadera, mirándome sin apartar los ojos, y no tarda en arquearse contra mí para salir al encuentro de mi ritmo ahora errático.
Cambio de posición para rozar el nudo hinchado de nervios entre mis piernas contra su pelvis y, de inmediato, un cosquilleo liberador me recorre todo el cuerpo.
—No creo que pueda seguir provocándote. —Se me escapa un gemido que le provoca una sonrisa.
—No pasa nada. Déjate llevar. Yo me encargo.
Crispa los dedos contra mi piel y nos estamos besando cuando el orgasmo me atraviesa. Con un gruñido contra mi boca, el suyo no tarda en seguirlo, al mismo tiempo que levanta las caderas.
El corazón me late a toda prisa y trato de recuperar el aliento al colapsar contra su pecho. Me acaricia la espalda, a la vez que oigo el latido de su corazón. Y advierto que me alegro de no haberlo hecho antes.
La espera ha merecido la pena.