Capítulo 51
E s lo último que esperaba que dijera. Lo último que esperaba ver porque la imagen ante nosotros no se parece en nada a las fotografías digitales de la cordillera Valterra con las que me he topado.
Arrugo la frente.
—Pensaba que sería un cráter.
—En algún punto de ahí abajo hay un cráter. Un terremoto acabó con otra gran parte del acantilado hace años.
Claro. Recuerdo leer sobre el tema en los extractos del archivo de mi madre.
Los bombardeos provocaron un terremoto que destruyó lo que quedaba de la cordillera.
Una comunidad entera arrasada. El mar se tragó todo el pueblo.
Bueno, casi todo. Observo el agua oscura, los restos dispersos que oculta debajo.
—Supongo que lo mejor es que ese cráter esté bajo el agua ahora —musita—. Cuando era más joven y pasaba con el avión sobre esta zona, aún se veían todos los huesos.
Me estremezco.
—¿Ya habías estado aquí?
—Este era mi hogar.
Se me escapa un grito ahogado.
—¿Eres de la cordillera Valterra?
Gray asiente.
—Nací y crecí aquí.
—Sobreviviste al ataque —digo, despacio—. ¿Como Luisa y su familia?
—Sus padres fueron quienes me sacaron de allí —admite Gray. Ahora tiene mucho más sentido lo bien que se lleva con Beatriz y Seth, por qué lo tratan como un hijo.
—¿Toda tu familia estaba aquí? —Al pensarlo, se me contrae el corazón.
—Mi madre y mi padre. Y mis dos hermanas mayores. —El dolor le traspasa la expresión—. Mi padre murió en el primer ataque aéreo. Mi madre y mis hermanas en el terrestre.
De repente, siento náuseas. Todo esto es culpa de mi madre. Es la razón por la que se llevó a cabo el bombardeo. Por la que una comunidad entera está bajo el agua y por la que estoy aquí de pie con el hombre con cuya familia acabaron.
La destrucción que causó Marina Serrano es incalculable.
Siento ganas de llorar. Estoy a punto de abrir la boca y confesar la verdad, pero me la trago en el último segundo porque me aterroriza que Gray me pueda mirar diferente.
Kallister me aseguró que yo no debía expiar los pecados de mis padres, pero siento que así es.
—Lo lamento mucho, Gray. —Se me quiebra la voz. Espero que lo atribuya a la conmoción, no a la culpa abrasadora que me retuerce las entrañas y me abrasa la garganta—. ¿Por qué nunca me lo habías contado?
—Porque forma parte del pasado. No me gusta pensar en eso.
No, ya me he dado cuenta de que no le gusta pensar en nada que le haga daño. Seguro que se aplacaría sus propias emociones si pudiera.
—Entonces, ¿por qué me lo estás contando ahora?
Deja escapar un ruido ahogado.
—¿Qué?
—No quiero nombrar a ese cabrón ahora mismo.
Arrugo la frente.
—¿De quién…? —Me interrumpo y frunzo aún más el ceño—. ¿Te refieres a Cross?
—Durante todo este tiempo —empieza a decir Gray—, he estado ahí, muriéndome de celos porque el capitán te estuviera poniendo las manos encima. He deseado matarlo por haberte robado parte del corazón.
Reprimo una sonrisa cuando advierto el gruñido áspero que se le filtra en la voz.
—La cuestión es que no puedo esperar que me regales un ápice de tu ser si no te doy algo a cambio. Por eso, he decidido rectificar —continúa—. Te he traído aquí para mostrarte una parte de mí que no he permitido que vea ninguna otra persona.
Estoy a punto de detenerlo porque me aterra que, si se entera de quiénes son mis padres, se arrepienta de haberlo compartido conmigo. Pero, al mismo tiempo, deseo apoyarle. Lleva reprimiendo sus emociones durante demasiado tiempo. Se merece liberarlas.
—Me preguntaste por qué no me hablo con ella, con mi tía. —Se le tensan los hombros.
—¿Qué te hizo? —susurro.
—No tiene que ver con lo que hizo, sino más bien con lo que no hizo. Durante el tiempo que viví con ellos se quedó ahí, sin actuar, permitiendo que mi tío me diera palizas. Casi a diario.
—Joder.
Niega con la cabeza y la traición le ilumina los ojos. Parece tan herido, tan incrédulo, porque alguien pueda hacer algo así. Lo pillo. Grayson Blake es la clase de persona que se colocaría entre un abusador y su víctima. No sería un espectador silencioso.
—Después de que mataran a mis padres y mis hermanas —hace un gesto hacia el cementerio bajo el agua—, solo me quedaban mis tíos.
La red nos envió al valle, donde nos asentamos.
No los conocía demasiado bien. —Suelta un bufido—.
Ahora desearía no haberlos conocido nunca.
Mi tío, Taylor, era un borracho. Nunca lo vi sin una botella de lo que fuera en la mano.
Por lo general, grange . Le daba igual que fuera un crío.
Creo que lo prefería, así no podía enfrentarme a él.
El corazón me da un vuelco.
—¿Pegaba también a Jenni?
—Antes de que llegara yo, ella era su saco de boxeo. Pero me convertí en su nuevo juguete favorito. Me daba tales palizas que perdía la consciencia. —La voz de Gray se ha tornado desprovista de emoción.
Lo cojo de la mano y se la aprieto con fuerza.
—¿Por qué no intervino nadie más?
Deja escapar una carcajada grave y amarga.
—Porque después me curaba.
—¿Era un sanador?
—Sí, Taylor trabajaba en la base con Fiona. Me dejaba al borde de la muerte y, después, me curaba para que nadie supiera lo que hacía.
Trago saliva. Saber que alguien puede ser tan cruel me revuelve el estómago.
—¿No intentaste contarlo?
—Solo una vez. Me rompió el brazo, pero estaba demasiado borracho como para curármelo como debía, por lo que fui a la escuela al día siguiente y la profesora notó que me dolía.
Me envió a la clínica del valle, pero Taylor, ese alma caritativa —dice Gray, sarcástico—, estaba en los distritos, sanando a la gente.
Fiona vino desde la Daga y me curó el brazo.
—Le tiembla la voz—. Cuando me preguntó qué había pasado, mentí y dije que me había caído.
—¿Por qué?
—Me daba vergüenza. No quería que supieran lo débil que era. —Pestañea rápido, con los ojos llenos de lágrimas—. Ese hombre era un capullo sádico. Siempre se aseguraba de que entendiese quién estaba al mando. Si lo desobedecía o le respondía, me mostraba con los puños quién era el jefe.
No quiero atosigarlo, pero no puedo contenerme. Le rodeo el cuello con los brazos y lo estrecho con fuerza.
—Lo siento, as.
Gray respira hondo y noto el estremecimiento que le recorre el pecho.
—Jenni se quedaba ahí, no hacía nada. Solo miraba.
—Le tiembla la voz por la ira, un incendio descontrolado tras el dolor—.
Yo lloraba y le suplicaba que me ayudara, pero no hacía nada.
A veces, si lloraba demasiado fuerte, salía de la habitación.
Nunca decía nada. Nunca vino en mi defensa.
Nunca lo apartó de mí. Limpiaba la sangre y fingía que no había ocurrido.
Era un crío sin padres y ella se dedicaba a mirar. No me jodas.
Las palabras, amortiguadas contra mi pelo, hacen que se convulsione, por lo que lo abrazo con más fuerza.
—Luego, cuando el capullo murió, de repente ella trató de convertirse en una especie de figura materna.
Quería hacerme la cena y me preguntaba por mi vida.
Esa imbécil no se merece un lugar en mi mundo.
—Se aparta y veo el contorno rojizo que ahora le rodea los ojos, el pulso que se le ha instalado en la base de la garganta—. Es demasiado tarde.
—Eso parece —concuerdo con un susurro.
Aprieta la mandíbula.
—¿No vas a intentar convencerme de que la perdone?
—No, solo deberías hacerlo si te apetece. Pero se suponía que debía quererte y protegerte, y no hizo ninguna de las dos cosas. Por eso, quizá el castigo que se merezca sea no seguir teniéndote en su vida.
—¿Lo piensas de verdad?
—Me parece que el perdón está sobrevalorado y solo deberías hacerlo por ti, no por la otra persona.
—No creo que pueda —admite—. Algunas cosas son imperdonables.
Siento náuseas pensando en las palizas que le daban hasta hacerlo puré cada noche antes de que su abusador lo sanara y volviera a hacerlo al día siguiente. En ese ciclo de abuso y sanación. Mi corazón llora por el crío que fue y el hombre en el que se ha transformado.
—No puedo ni imaginarme lo que debe ser pasar por algo así. Pero no tienes que llevar este peso tú solo. —Le rozo la parte inferior de los ojos con las yemas y noto la humedad que se acumula allí—. Estoy aquí para lo que necesites.
—No me gusta dar pena —dice con brusquedad.
—Esto no es pena, sino empatía. Y una ira que te cagas. Ojalá pudiera asesinar a tu tío y, a decir verdad, a tu tía también.
—No puedo perdonarla —repite, y no sé si está hablando conmigo o consigo mismo.
—No tienes que hacerlo. O quizá algún día decidas lo contrario. Sea como sea, es decisión tuya. Te falló, pero eso es culpa suya. Debes elegir qué camino tomar por tu cuenta y no tienes por qué llevar sobre los hombros la carga de su fracaso. Eso es culpa suya —insisto.
Permanecemos allí unos instantes, en silencio.
Gray se ha quitado su coraza traviesa y engreída de siempre, la que, según estoy viendo, encierra una vida entera de dolor.
Perdió a su familia cuando era un niño. A toda su familia.
Perdí a mis padres con cinco años, pero al menos contaba con el tío Jim, quien murió protegiéndome.
Los tutores de Gray hicieron lo contrario.
Su tío era un monstruo al que su tía defendía.
—Bueno, quería mostrarte… cómo soy, supongo. —Se encoge de hombros—. Todo mi ser.
Parece incómodo y triste, aunque nunca me he sentido tan atraída por él. Me gustan la fuerza y la resistencia, y no creo que haya conocido a un hombre más fuerte y resistente en mi vida.
—Me alegra que lo hayas hecho —susurro. Me encantaría poder hacer lo mismo a cambio.
No hablamos demasiado en el camino de vuelta a la Daga.
—¿A tu apartamento? —es lo único que digo porque sigo teniendo una cama individual y la suya es más grande y cómoda. De ninguna manera voy a permitir que duerma solo esta noche.
—Necesito una ducha —dice.
—Y yo. —Arqueo una ceja.