Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 50
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Capítulo 50

–¿ T ravis os ayudó a acabar con su padre? —repito. La mente me da vueltas. Por un momento, creo que no lo he entendido bien.

—Sí —responde Kallister.

—¿Por qué? ¿Por qué quería Travis hacerle algo así a su padre?

Suelta una carcajada irónica.

—Supongo que porque Merrick no estaba actuando como él quería.

—¿Cómo es posible? —Sigo luchando contra la conmoción—. ¿Quién contactó con quién?

—Travis pidió hablar con nosotros.

Pestañeo, sorprendida. ¿Travis puso toda la maquinaria en marcha? ¿Lo sabe Cross?

Quiero preguntárselo a Kallister, pero no puedo revelarle lo íntima que es (o era, al menos) mi relación con el capitán de la sección Plata.

Sin embargo, no creo que Cross estuviera al tanto de todo esto.

Nunca habría permitido que su hermano le friera el cerebro a su padre.

Quizá tuviera una relación complicada con el antiguo general, quizá incluso lo odiara en cierto sentido, pero destruir el cerebro de un hombre es…

una monstruosidad. Y Cross no es un monstruo.

—Nos envió un mensaje a través de uno de los Modos leales al régimen —continúa Kallister—. Dijo que teníamos intereses comunes. Que ambos queríamos a su padre fuera de combate. Y, bueno, ya sabes, el enemigo de tu enemigo es tu amigo.

—Imagino que la Autoridad lo voto. Algo de esta magnitud debió ser unánime, ¿no?

—Lo fue. Los cinco aprobamos el plan de eliminar a Merrik a través de los poderes de corrupción de Adrienne. Travis nos lo facilitó al proveernos acceso a la base del Comando.

Una sensación nauseabunda me sube por la garganta.

—Y se quedó ahí, viendo cómo destruía la mente de su padre. Está enfermo. —Sabía que Travis era calculador y ambicioso, pero tienes que ser un psicópata para hacerle algo así a tu propio padre. Aunque no lo quieras.

—Aprobó el bombardeo del hangar también. Fue una de nuestras condiciones. Debía sacrificar una parte de su flota para que el acuerdo nos resultara beneficioso.

—Entonces, eliminasteis a su padre… ¿Y ahora qué? ¿Seguís trabajando juntos como viejos amigos mientras continúa matando a los Modos de los distritos?

—Claro que no. —Kallister se muestra tranquilo, como si hablara con un niño. Me saca de quicio—. El Aniversario fue solo un paso. El primero para alcanzar un posible acuerdo de paz.

Me sorprende su optimismo.

—¿De verdad creíais que la Compañía se sentaría a la mesa para hablar de paz?

—Creíamos que Travis estaría más dispuesto a hacerlo que su padre, quien nunca habría dicho siquiera la palabra «paz» en voz alta. Bajo el mandato de Merrick Redden, los Modos se pasaban la vida siendo esclavos o ciudadanos de segunda clase, o se les asesinaba.

—Travis está haciendo lo mismo —señalo.

—Lo que se evitaría con un acuerdo de paz.

Niego con la cabeza.

—Creo que se está riendo de vosotros.

Kallister me sorprende cuando concuerda conmigo.

—Yo también. Pero Adrienne piensa que puede convencerlo. Ya han trabajado juntos en una ocasión y espera llegar a un acuerdo con él.

—Pero tú no crees que vaya a pasar, ¿no?

—Me parece que soy más realista que Adrienne.

Me muerdo el labio y paseo los ojos por las gemas que emiten un brillo blanco tras su cabeza.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Porque mi hermano confiaba en ti y me gustaría hacer lo mismo. —Inclina la cabeza—. Espero haberme ganado también tu confianza.

Asiento, ausente, aún asimilando todo lo que ha dicho. No veo nada positivo en trabajar con Travis. Mi instinto me dice que se quitó de en medio a su padre para poder estar al mando, no para firmar un acuerdo de paz con los Modos. Persigue sus propios objetivos.

—Solo la Autoridad lo sabe —comenta Kallister con la advertencia latente en la voz—. Por el momento, necesito que mantengas en secreto esta información.

—No diré nada.

—Gracias.

No obstante, más tarde, cuando me reúno con Gray en el hangar como habíamos planeado, es el primer tema que saco. No considero que esté rompiendo la promesa que le he hecho a Kallister, ya que ha dicho que la Autoridad lo sabe.

—Adrienne está colaborando con Travis Redden —digo al subir al helicóptero.

Tras soltar una maldición en voz baja, Gray desactiva un interruptor para apagar los intercomunicadores.

—¿Qué te hace pensar eso? —Me dedica una mirada de inquietud.

No pretendo traicionar a Kallister, por lo que le cuento solo una parte de la verdad.

—Lo vi anoche en la estación de ferrocarril con Adrienne. Estaba intentando ocultarse, pero pasó junto a la ventana.

—¿Se lo has contado a alguien?

—No, y no lo voy a hacer. —Dudo—. ¿Es lo que habéis estado debatiendo todo el día? ¿La misión que ha propuesto Adrienne tiene relación con eso? Porque, sea lo que sea, no sé si confiaría en Travis.

—Estoy de acuerdo —farfulla—, pero cumplió su parte del acuerdo en el Aniversario. Nos dio acceso a su padre y sacrificó una parte de la base.

—No lo hizo por nosotros, sino por él mismo.

—Sí, pero solo porque tuviera motivos personales no significa que no pueda beneficiarnos.

—Quizá.

—Pospongamos el tema —dice, volviendo a activar el canal de radio—. Necesito el intercomunicador.

Mensaje recibido. Se acabó lo de hablar de Travis.

Como siempre, volamos a ciegas por la oscuridad, fiándonos de sus herramientas para llegar allí.

Sea donde sea «allí». Cuando aterrizamos, no estoy del todo segura de dónde nos encontramos.

Hasta que abre la puerta del helicóptero y lo oigo.

El océano. Advierto entonces que estamos en un acantilado.

Lo único que veo es un terreno oscuro y montañoso.

Con cuidado, supero las rocas hasta llegar al borde del precipicio.

Las olas chocan contra los peñascos irregulares, regando el aire con un rocío de agua salada.

Cuando un brillo azul a mis pies capta mi atención, me agacho y descubro estalagmitas retorcidas de color azul oscuro que sobresalen del lateral del acantilado.

Daguita. La daguita azul recorre todas las rocas.

Me incorporo y contemplo de nuevo el agua.

Es distinta a la de Tierra Fe. Ese mar estaba en calma, mientras que este parece picado, como una masa rugiente de agua negra que se agita con violencia.

Es difícil ver nada más, pero me sobresalto al percibir una silueta en la superficie gracias a los haces de la luna que se reflejan en las rocas.

Se asemeja a un trozo de pared de piedra y la esquina de un…

¿techo de metal? Ojalá fuera de día para entender con exactitud lo que sobresale del oleaje espumoso.

—¿Dónde estamos? —le pregunto a Gray.

Se acerca a mí y la brisa que surge del agua le despeina el pelo rubio.

—¿Ves eso? —Se mete las manos en los bolsillos antes de inclinar la cabeza hacia los acantilados, hacia el agua revuelta—. Era la cordillera Valterra.