Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

L a conmoción me acompaña hasta la Daga. Adrienne advierte que estoy distraída, pero espero que crea que se debe a mi reencuentro con Xavier. Sea como sea, no me presiona para que hable.

Un millón de preguntas me cruza la mente. ¿Por qué se ha reunido con Travis Redden? ¿Está colaborando con el enemigo o viceversa? ¿Quién más lo sabe? ¿Qué cojones está pasando?

No sé a quién preguntárselo. ¿Lo sabrá Gray? ¿La Autoridad? ¿Soy la única que no está al tanto? Por si Gray no lo sabe, no quiero soltárselo de repente. Es una información demasiado delicada para revelarla sin pensarlo primero.

Justo en ese momento, me envía un mensaje, pero no estoy preparada para hablar con él, por lo que no respondo.

Tampoco me apetece irme directamente a mi apartamento y, aunque estamos en mitad de la noche, me encamino hacia la cornisa, desde donde contemplo las copas oscuras de los árboles y el cielo estrellado.

No sé cuánto tiempo paso aquí sentada antes de oír el sonido de succión de la puerta de la cámara de descompresión al abrirse.

—¿Wren? —Es Gray, por supuesto.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —Espero que no perciba el tono apagado de mi voz.

—Como no mirabas el intercomunicador, he comprobado las cámaras. —Se dirige hacia mí—. ¿Qué pasa?

—Nada.

—Gilipolleces. —Permanece de pie a mi lado, contemplándome—. ¿Qué haces aquí fuera? Adrienne dice que la operación ha salido de maravilla.

—Sí, creo que así es.

Si la reunión con el general del Continente puede considerarse una maravilla.

—Entonces, ¿qué ha ocurrido?

—Nada —insisto—. Es una tontería personal.

Ante estas palabras, suelta una carcajada de incredulidad.

—Más razones aún para contármela. Lo que hay entre nosotros no podría ser más personal.

No se equivoca, pero…

—Wren —dice, frustrado.

—Créeme, no quieres que te hable sobre este tema.

—¿Y si eso lo decido yo? Estás disgustada. Quiero saber por qué.

Inclino la cabeza para sostenerle la mirada.

—Cross se ha tirado a otra chica.

Se queda paralizado. Algo le cruza la expresión. Oscuro y triste.

—¿Ves? —Suelto un suspiro, girando la cara hacia los árboles de nuevo—. Te lo he dicho. No eres quien para oírme hablar de esto.

Gray se queda en silencio durante un tiempo, pero no se mueve. Cuando habla, lo hace con voz ahogada:

—Lo querías.

Tardo mucho tiempo en contestar:

—Sí.

—Pensaba que solo era sexo. Como entraba y salía de tu cuarto mientras estábamos en la Élite Plateada… Un polvo ocasional.

Niego despacio con la cabeza.

—No, era más profundo.

Suelta un bufido.

—Claro, Cross Redden es muy profundo.

—No siempre es un capullo despiadado. —No quiero hablar de Cross, pero especialmente Gray debería saber que la personalidad de alguien no tiene por qué coincidir con lo que se ve a simple vista—.

Llegué a conocerlo bien. —«Llevo conociéndolo desde siempre», pienso—. Incluso me presentó a su madre.

Gray entorna los ojos.

—¿Conociste a Vinessa Redden?

—Sí. —Trago saliva—. Era más que una relación física.

Otro breve silencio nos envuelve.

—Tienes razón —dice al final—. No soy la persona adecuada para hablar de este tema.

Asiento ligeramente.

—No, es verdad.

—Nos vemos por la mañana.

Una parte de mí sabe que debería seguirlo, asegurarle que ahora estoy con él y que Cross no significa nada para mí.

Pero no voy a mentirle. De todas maneras, tampoco podría explicarle lo que siento porque pensaba que había pasado página.

Me encanta estar con Gray. En serio. Creo que me viene bien.

Pero la imagen de Cross con esa mujer se me ha grabado en el cerebro y cada vez que lo pienso siento que el corazón se me desgarra en jirones irregulares.

Las lágrimas se me escapan antes de que pueda alejarlas.

—¿Cariño?

Me sobresalto cuando Tana cruza la cámara de descompresión. Abre mucho los ojos al ver mi expresión. De forma discreta, me seco las lágrimas.

—¿Qué haces aquí fuera?

—Gray acaba de llamar a mi puerta. Me ha dicho que me necesitabas.

Esas palabras solo hacen que llore con más fuerza. Joder. Incluso mientras lucha contra sus propios celos y con las inseguridades que sea que le ha provocado verme disgustada por otro hombre, sigo importándole lo suficiente como para enviarme a una amiga que me consuele.

—Guau —dice Tana—. Estás llorando.

La miro a través de la cortina de lágrimas.

—¿Y?

—Nunca te había visto llorar, ni siquiera cuando éramos niñas.

Tiene razón. Siempre se me ha dado bien ocultar mis sentimientos. Pero estos duelen demasiado como para reprimirlos.

Tana se sienta a mi lado y me rodea los hombros con el brazo. Me acerco a ella y apoyo la cabeza en su pecho.

—He visto a Jasper Reed y a Xavier antes de la misión de esta noche. Me han dicho que Cross ha pasado página. —Me trago el dolor—. Ha estado con otras mujeres.

—¿Cómo lo saben?

—Jasper puede proyectar el pasado.

Contiene el aliento.

—¿Eso se puede hacer?

—Al parecer, sí. Me ha mostrado un recuerdo. Me lo ha reproducido en la cabeza como si fuera la escena de una película. Se encontraba en un burdel en Santuario y entró en una habitación donde Cross estaba en la cama con otra mujer. Lo he visto.

—Ay, cariño, lo siento.

El pecho se me contrae cuando otra oleada de emoción amenaza con elevarse sobre mí y derramarse.

—He pasado página. No debería importarme que él también lo haya hecho.

—Claro que sí. Solo porque se haya acabado no quiere decir que ahora te dé igual.

—No es justo para Gray que me encuentre tan mal.

—Supongo que no —concuerda.

—Gracias.

Tana suelta una carcajada.

—El nuevo novio nunca quiere hablar del anterior, pero tienes derecho a sentirte dolida y a pasar el luto.

Joder, sí que parece que esté de luto. Le di a Cross una gran parte de mi ser. Le mostré la marca de sangre que llevaba ocultando toda la vida. Me abrí ante él y, después, rechacé su propuesta de huir juntos. No puede molestarme. Tengo que olvidarme de lo nuestro de una vez por todas.

Inspiro hondo, temblorosa, y me seco las lágrimas.

—Gracias, Tan.

—Lo que necesites.

Creo que nuestra amistad vuelve a ser la de antes. Ya no noto el resentimiento y la rabia que solían emanar de su alma. Me parece que ella también se encuentra mejor y, como resultado, estamos unidas de nuevo.

Me alegra que esté aquí. Ahora que el tío Jim se ha ido y he perdido a Lobo, es mi amiga más antigua. El único vínculo con mi vida pasada y un ancla que me impide ir a la deriva por completo en este maldito mundo.

Gray se salta el desayuno. Tampoco lo veo en la comida. Les pregunto al respecto a Saint y Henley, quienes me cuentan que la Autoridad lleva en la sala de guerra todo el día. ¿Será por la reunión secreta de Adrienne?

Se vio con Travis Redden.

La Autoridad debe saberlo.

¿No?

Me resulta casi imposible concentrarme en la clase que imparto por la tarde, y me planteo que quizá no debería manejar un arma.

Al final, le digo a Zak que no me encuentro bien y me manda a mi apartamento, pidiéndome que descanse.

Vuelvo a mi habitación y hago todo lo posible para no seguir dándole vueltas a lo que me mostró Jasper anoche.

Esta mañana he estado a punto de contactar con Cross. La necesidad era tan fuerte que podía saborearla. Pero me he resistido. Si se está acostando con otra persona, es evidente que ya no le intereso, lo que significa que no puedo seguir detrás de él.

Solo hay un hombre al que tengo ganas de ver ahora mismo y ese es Gray. Necesito mirarlo a los ojos y asegurarme de que todo va bien, de que no está enfadado ni me guarda resentimiento tras haberse enterado de que lo mío con Cross era más serio de lo que pensaba.

Pero no encuentro a Gray por ninguna parte.

Mis niveles de impaciencia están por las nubes cuando recibo un mensaje suyo.

«Quiero llevarte a un sitio esta noche. ¿Puedes estar lista antes del crepúsculo?».

Contemplo la pantalla. ¿Es lo único que va a decir? Me pilló anoche llorando por otro hombre y ¿hoy quiere llevarme a algún sitio? Aun así, respondo a toda prisa.

«Por supuesto».

«Reúnete conmigo en el hangar».

Acabamos viéndonos antes del anochecer porque se junta con nosotros en el comedor a la hora de cenar.

Se pasa una mano por el pelo y se deja caer en una silla, agotado.

Al acercarse a mí, nuestras manos se rozan sobre la mesa, apenas una caricia, pero su tacto me provoca una descarga eléctrica.

Agradezco el contacto al darme cuenta de lo preocupada que estaba ante la idea de haberlo molestado.

No quiero hacerle daño. Nunca. Deseo que sea feliz.

—¿Va todo bien? —pregunta Henley, divertido.

Gray suelta un gruñido.

—La sala de guerra está haciendo honor a su nombre.

Evlynne deja escapar una carcajada.

—¿Y eso?

—Adrienne y Kallister no paran de debatir.

—¿Sobre qué? —pregunto antes de fruncir los labios.

—Adrienne nos ha propuesto una misión. Una arriesgada —admite Gray.

Me tenso. No puede ser una coincidencia. Se reunió anoche con Travis, el líder del Continente, y ¿ahora sugiere una misión de alto riesgo que hace que Kallister, la persona más sensata que conozco, no deje de negarse?

—¿Qué misión? —insisto.

—Ya sabes que no puedo contar nada. Pero Kallister no está de acuerdo y necesitamos un voto unánime en ciertas situaciones. Creo que esta es una de ellas.

Ahora me siento aún más intrigada, pero Gray no profundiza en el tema. Come algo rápido y se marcha con Henley y Evlynne a una reunión solo para pilotos.

Me quedo en el comedor, tomándome un café y preguntándome qué hacer a continuación. Al final, abro una vía y contacto con Kallister.

¿Podemos hablar?

Claro. ¿En mi apartamento?

No . Hago una pausa. En la cueva de daguita blanca, en el risco .

Ya veo . De inmediato, capta las implicaciones. La daguita blanca nos garantiza un encuentro confidencial. Llegaré en quince minutos .

Me despido de los demás y salgo de la Daga por la cámara de descompresión.

Troto hasta el peñasco mientras me pregunto cómo abordar el tema, hasta dónde compartir.

No quiero que Adrienne se enfade conmigo por hablar de más, sobre todo si el resto de la Autoridad está al tanto de su reunión secreta con el general.

Pero no logro olvidarme de lo que vi en la estación de ferrocarril y no creo que se vaya a mostrar del todo sincera conmigo si me dirijo a ella directamente.

Estoy llegando a la cueva cuando, de repente, oigo un crujido a mis espaldas. Me doy media vuelta, no sé si esperando ver a Kallister o a mi viejo amigo, el aullador, pero no encuentro a ninguno. El bosque permanece en silencio y el camino, vacío.

—Si estás ahí fuera, Príncipe, espero que te vaya bien —les musito a los árboles y juro que noto unos ojos fijos en mí.

Sin embargo, no veo nada entre la maleza. Si está ahí, ha mejorado sus habilidades de rastreo. Y no sé si me está siguiendo o protegiendo, pero sea lo que sea permanece bien escondido esta vez, lo que me provoca una sonrisa.

Cruzo el extraño agujero en la pared hasta que me encuentro rodeada por las relucientes paredes blancas. La daguita titila como una explosión de estrellas a mi alrededor. Supongo que el hijo de Evlynne también consideraría que esto es mágico.

Al pensar en Fisher, el estómago se me constriñe por la frustración porque, cada vez que le pregunto a su madre por él, esta me da largas. Supongo que aún no ha revelado las habilidades del niño, porque no he oído ningún rumor sobre el tema en la base.

Por otro lado, es cierto que a la Autoridad le gusta guardárselo todo.

Quizá sí que sepan lo de la marca de sangre de Fisher.

Que el chico aún siga en el valle al menos me informa de que, si Evlynne sí que les ha hablado de sus habilidades, no planean formarlo de inmediato.

Con suerte, le darán algún tiempo hasta que crezca.

Oigo el eco de pisadas. Una sombra se extiende por el suelo y se proyecta en la pared de la cueva antes de que aparezca Kallister.

—¿Ha pasado algo? —dice a modo de saludo.

—Puede. No sé si debería siquiera estar aquí, pero no tengo claro con quién hablar de esto.

Todos tienen secretos, y la Autoridad sabe algunas cosas, pero no todas, y el personal sabe detalles, pero no todos…

—Me doy cuenta de que estoy balbuceando, por lo que me obligo a detenerme—.

Quiero preguntárselo a Adrienne, pero me preocupa que no me diga la verdad.

Entorna los ojos.

—¿Sobre qué, Wren?

—Anoche… La misión. Yo era la francotiradora.

Dudo, apenas un segundo, antes de decidir que no merece la pena. Ya le he pedido que venga. Será mejor que llegue hasta el final.

—¿Sabías que se estaba reuniendo con Travis Redden?

—Sí. —La respuesta de Kallister es inmediata. Indiferente.

Soy incapaz de ocultar ni mi incredulidad ni mi aversión.

—¿La Revolución está trabajando con la Compañía?

—No exactamente. Solo hemos trabajado con él en una ocasión, en el pasado.

—¿Para hacer qué? —pregunto, pero sé la respuesta antes de que Kallister pronuncie en voz alta una verdad alarmante:

—Travis colaboró con nosotros para acabar con su padre.