Capítulo 47
M e despierto con un brusco jadeo. La cabeza me estalla de dolor cuando una deslumbrante luz blanca se me clava en la pupila y el pánico me acelera el pulso. Tardo un momento en darme cuenta de que estoy en una cama de hospital. ¿Cómo he llegado aquí?
Lo último que recuerdo es estar celebrando el cumpleaños de Mako. Bailar con Gray. Y luego…, nada.
Trato de sentarme, pero noto el cuerpo demasiado pesado y el cerebro aún desorientado.
—Hola —dice una voz conocida—. No te muevas. Deja que te ayude.
La mente sigue dándome vueltas en busca de respuestas hasta que, con lentitud, la maraña de su interior empieza a desenrollarse y aparecen recuerdos más claros. La presión en el pecho. El latido acelerado a una velocidad imposible y aterradora. La oleada de vértigo y…
—Se te paró el corazón.
Mi visión comienza a volverse nítida y veo los ojos verdes, llenos de preocupación, de Gray, que me observa mientras me coge del brazo para evitar que me incorpore.
—Se te paró el puto corazón, Wren. —La angustia le agrava la voz. Nunca lo he visto tan pálido.
—¿Cómo…? —Trato de desprenderme de la neblina—. ¿Cómo he llegado aquí?
—Te llevé en brazos después de que Fiona te reanimara. Tuvimos suerte de que siguiera allí. Por lo general, se va pronto de las fiestas. —Me coge de la mano—. Te hemos hecho varias pruebas y un electro. Deberías tener el corazón como nuevo.
—Pero ¿se detuvo?
—Durante cuatro minutos —responde Gray, y se le quiebra la voz. Noto las emociones que surgen de él—. Estuviste muerta durante cuatro minutos, en plan… se acabó. No estábamos seguros de que Fiona fuera a poder arreglarlo.
Mierda. Pestañeo varias veces, tratando de entenderlo.
—Me sentía mareada, me dolía el pecho y… es lo único que recuerdo.
—Antes de perder la consciencia, dijiste «raíz de corazón». Pensaba que quizá estabas delirando, pero… —Me dedica una mirada lúgubre—. ¿Crees que te envenenaron?
El corazón se me acelera de nuevo. No me puedo creer que el corazón se me haya parado. Que haya muerto de verdad.
—¿Me habéis hecho un análisis toxicológico?
—No, solo cardiovascular.
—¿Podemos hacer uno ahora? Sin que nadie lo sepa.
Una llamarada de rabia le cruza los ojos.
—¿De verdad crees que alguien ha intentado matarte?
—No lo sé, pero deberíamos tratar de descubrirlo.
—Ahora vuelvo.
Desaparece durante unos minutos antes de regresar con una pequeña caja negra y una tableta. Abre el maletín y extrae una prueba desechable.
—Dame la mano —farfulla.
Se la tiendo y me la limpia con una toallita desinfectante.
Luego, me pincha la yema del dedo índice con la aguja del kit y deja que varias gotas de sangre llenen el portaobjetos de plástico.
Un momento después, lo desliza en la ranura correspondiente.
Oigo el suave zumbido de la máquina mientras estudia la muestra y veo cómo, al mismo tiempo, Gray desbloquea la tableta y comienza a introducir algunos números.
—¿Qué haces? —le pregunto.
—Todas las pruebas se registran en el sistema, pero voy a invalidar esta para que nadie sepa que hemos llevado a cabo un análisis.
—¿Nadie puede ver que lo has hecho?
—Solo la Autoridad si se molestan en comprobarlo, pero no sabrán por qué.
El aparato emite otro sonido. La luz azul en la pantalla se torna verde y titila a mayor velocidad, indicando que se están transmitiendo los resultados. No tardan mucho tiempo en aparecer en la pantalla de Gray. Se dirige directamente a la sección de toxicología.
Su expresión confirma lo que ya sabía.
—Raíz de corazón. Sin embargo, un rastro menor del que imaginaba.
Niego con la cabeza.
—No se necesita mucha para hacer daño. La mínima cantidad puede afectarte al corazón, aunque solo te produzca palpitaciones. Basta un poco para detenerlo por completo.
—Sí, lo sé. Tenemos viales de raíz de corazón en la enfermería.
Entorno los ojos.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Es un método de ejecución —admite—. Los peores crímenes se castigan con la muerte, pero permitimos que el prisionero elija la técnica. Algunos prefieren una copa de raíz de corazón a una bala en la cabeza.
—Entonces, podría proceder de aquí, ¿no? —Paseo la mirada por la sala, como si esperara que alguien fuera a aparecer de la nada en cualquier momento.
—Sí, pero no es muy probable. Todas las medicinas se registran y se guardan de forma segura. Sería difícil que alguien lo sacara sin que lo detectáramos. —Hace una pausa y veo cómo la rabia se le filtra en los ojos—. ¿Quién te habrá hecho algo así?
Inhalo despacio.
—No lo sé, pero tengo algunos enemigos.
—Decir «enemigos» es pasarse.
—Karra…
—¿Crees que ha podido ser KC? —pregunta, incrédulo.
—No, lo he dicho por decir. Has preguntado quién lo habrá hecho y Karra es una posibilidad. Igual que Evlynne.
—Ev nunca haría nada parecido. Ni Karra.
—Bueno, alguien ha tenido que ser.
Pasa el dedo por la pantalla mientras una arruga le cruza la frente.
—¿Qué haces?
—Borrar los resultados y cancelar las pruebas.
Cuando ha terminado, se sienta a mi lado, se inclina hacia delante y presiona los labios contra los míos para darme un beso firme. Apoyo la frente en la suya durante unos segundos, repasando todas las implicaciones. Alguien me ha envenenado esta noche. Alguien ha hecho que se me parara el corazón.
—Noté que el grange sabía raro —musito—. Estaba demasiado dulce. Pero no le di más vueltas.
Entorna los ojos.
—¿Quién te lo sirvió?
—Nadie, me llené la botella yo misma, pero se la di a Luisa cuando nos pusimos a bailar.
—Lu nunca haría algo así. ¿Fue ella la que te la devolvió?
—No me acuerdo. —Me devano los sesos, tratando de recordar quién me tendió la botella cuando Gray y yo volvimos al grupo. De repente, se me ocurre una idea—: ¿Y si bebí de la botella de otra persona?
Contiene el aliento.
—Bien visto. No sabemos siquiera si tú eras el objetivo.
—¿Deberíamos contárselo al resto de la Autoridad?
—No, creo que debería quedar entre nosotros.
—Estoy de acuerdo. Propongo que nos mantengamos atentos. Quizá podamos usar esta información contra el culpable. Dejar una o dos pistas. Ver si lo intenta de nuevo.
Suspira.
—¿Estás proponiéndote como cebo?
—Si es necesario, sí. —Me encojo de hombros—. Por el momento, no aceptaré ninguna bebida a menos que me la haya servido yo misma.
Gray me delinea el contorno de la mandíbula con los dedos.
—No va a volver a ocurrir —dice con un tono tan letal como su expresión—. Si algún cabrón vuelve a intentarlo, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.
Antes de que pueda responder, la voz de Fiona flota hasta nosotros desde el umbral.
—Wren —dice—. Bien. Estás despierta.
Me sorprende descubrir una preocupación genuina en su rostro cuando se acerca con zancadas rápidas.
—¿Cómo te sientes? —pregunta.
—Muy bien. He oído que me has resucitado. Gracias.
Pasea la mirada hasta el kit de pruebas antes de fruncir el ceño.
—¿Habéis hecho un análisis toxicológico?
—Así es, sí —responde Gray, despreocupado—.
Solo queríamos asegurarnos de que no era un intento de asesinato, ya que Wren no tenía factores de riesgo para sufrir un infarto.
Sin embargo, los análisis han salido limpios.
Sea lo que sea lo que le ha ocurrido esta noche, ya no lo tiene en el flujo sanguíneo.
He borrado los resultados por si alguien estaba intentando hacerle daño.
No quiero que sepan que estamos haciéndonos preguntas.
—En la sangre no se ha visto nada… —Fiona parece inquieta. Cuando Gray y yo asentimos, centra los ojos en mí—. ¿No sufrías ningún trastorno cardiovascular previo?
—No, pero eso no significa que no me haya fallado el corazón esta noche por alguna razón. Quizá me he cansado mucho bailando o he tomado demasiados estimulantes. —La mentira se me escapa de forma natural y advierto el rápido brillo en los ojos de Gray. Le está gustando.
—¿Tomaste estimulantes? —pregunta Fiona con aspereza.
—Sí —insisto, porque ya ha habido casos de personas que han muerto por una sobredosis—. No suelo consumir, así que quizá mi cuerpo no ha podido tolerarlos.
—Es una posibilidad —dice—. Sí, quizá sea eso. —Chasquea la lengua—. Os digo lo que le digo a todo el mundo: no os acerquéis a esas sustancias venenosas.
Reprimo una carcajada.
Sí, sin duda debo alejarme de todas las sustancias venenosas.