Capítulo 46
R ecuerdo el momento en el que me apareció la marca de sangre, lo mucho que aterrorizó al tío Jim.
Lo rápido que se puso en acción al darse cuenta de que la única manera de protegerme era deshacerse de ella por todos los medios posibles.
Porque supo, de inmediato, que significaba peligro. Para mí. Para otros.
Evlynne también lo sabe. Advierto un ápice de pura desesperación flotando en sus ojos y el corazón se me constriñe por ella. Me siento a su lado, meciendo los pies sobre la cornisa.
—Cuando el Comando me interrogó, Jayde Valence solo logró penetrar en mi escudo porque yo se lo permití. Pero Fisher lo hizo sin que me diera cuenta. Tu hijo tiene mucho poder.
—Lo sé.
—Imagino que tiene otras habilidades.
—Telepatía y proyección. Espero que solo sean tres y no tengamos que enfrentarnos a un poder manipulativo.
—Pestañea más rápido, como si intentara no llorar de nuevo—.
Solo quiero protegerlo, ¿sabes? —Las lágrimas se aferran a sus pestañas y, cuando parpadea una vez más, un par de ellas se liberan—. No quiero revelarlo.
Eso es lo que teme. La revelación ante la Autoridad. Y la marca de sangre de Fisher. El informe no sería tan sencillo como: «Oye, mi hijo es telépata. Añadidlo a su archivo», sino: «Oye, mi hijo quizá sea peligroso».
—Empezarán a formarlo enseguida y, si presenta alguna habilidad manipulativa o de sanación, querrán usarlo.
—Niega, enfadada, con la cabeza—. No puedo permitir que lo usen, Darlington.
Me he pasado los últimos seis años haciendo todo lo posible para darle una vida normal.
Kallister y Adrienne quieren que vivamos los dos en la base porque soy piloto y debería estar más disponible, pero por nada del mundo permitiría que mi hijo acabara encerrado en este fuerte.
Necesita estar rodeado de otros críos de su edad.
Luché por conseguir la cabaña del valle.
Me da igual si tengo que volar hasta aquí cada vez que despunta el alba.
Me importa una mierda, siempre y cuando él esté a salvo y feliz.
—¿Y si no lo revelas?
Titubea un segundo, contemplándome con desconfianza.
—No me digas que no se te ha pasado por la cabeza. No tienes que contarlo todo si no quieres.
No menciono mi propia omisión, que no le he dicho a nadie que puedo oír a Cross hablando con otras personas. Sí, hace tiempo que no ocurre, pero sin duda es algo que la Autoridad querría saber.
—Será difícil de esconder —contesta con lentitud—.
Beatriz o Jenni lo ayudan a prepararse para irse a la cama algunas noches si formo parte de una misión.
¿Y si se va a nadar al riachuelo con los demás niños?
No puede llevar zapatos y calcetines durante el resto de su vida.
Alguien acabará viéndole la marca. No puedo escondérsela para siempre.
—Yo fui capaz de ocultar la mía. Hasta el año pasado, al menos. Mi marca de sangre apareció cuando tenía siete años. Jim, Julian Ash, me la quemó.
Frunce el ceño.
—¿Cómo?
—Me vertió encima una olla de agua hirviendo. A veces aún huelo la piel quemada. Como un aroma fantasma.
Evlynne esboza una mueca.
—Vaya, ¡qué cruel!
—A él le pareció que merecía la pena para mantenerme a salvo.
Tras esto, suelta una carcajada seca.
—¿Estás sugiriendo que le queme el pie a mi hijo?
—No, pero creo que, dado el lugar en el que está la marca de sangre, será difícil ocultarla. Solo digo que sé hasta dónde llegaría un padre para proteger a su hijo, sobre todo si tiene una marca así.
Aunque no sé si eso incluye a mis verdaderos padres. Aún elijo creer que mi madre me estaba protegiendo al entregarme a Jim, pero, después de leer casi todo el archivo, no me acerco lo más mínimo a saber quién era en realidad Marina Serrano.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunto a Evlynne—. Si no puedes esconder la marca de sangre, ¿podrías…? —reflexiono—, ¿podrías esconderlo a él?
—¿Qué quieres decir?
—No intento fisgonear, pero… ¿el otro progenitor está en la ecuación? ¿Puedes mandarlo a vivir con su padre?
—Ni siquiera sabe que Fisher existe. Nunca le conté que estaba embarazada.
—¿Por qué?
Su voz se tiñe de amargura.
—Porque era un puto Primario y no tenía ni idea de que yo era una Modo. Ya bastante malo es que me acostara con uno de esos venas de pis, no iba a criar también un niño con uno. Si él hubiera querido, claro, y si la Compañía me hubiera dejado quedarme con el bebé. Demasiadas condiciones.
—¿Cómo te quedaste embarazada? ¿Qué hay de las inyecciones? —A todas las ciudadanas del Continente nos ponen una cada año. Nadie puede tener familia a menos que la Compañía apruebe la solicitud.
Evlynne suelta una carcajada áspera.
—Esas inyecciones tienen un 99,99% de eficacia y yo soy la excepción que confirma la regla gracias a una sola noche de borrachera y sexo. Una puta fantasía.
La empatía me contrae el pecho.
—Quizá no estaría mal contactar con el padre y decirle que tiene un hijo. A veces la perspectiva de la otra persona cambia cuando ve a su hijo, ¿no? O, al menos, eso espero.
No es muy buen discurso, pero aparte de animarla a quemarle la marca, no sé cómo va a ocultarle todo esto a la Autoridad.
—No sé… Por suerte, no ha manifestado nada peligroso de momento. —Duda, tratando de sostenerme la mirada—. Mira, Darlington, sé que no somos amigas, pero, si pudiera pedirte que me guardaras el secreto…
—Claro —digo enseguida—. No diré nada.
—Ni siquiera a Gray. Sé que te lo estás tirando.
—Eso no significa que se lo cuente todo. —Mantengo un tono desenfadado, pero la miro con firmeza—. No diré ni una palabra. Con esto no estaría poniéndome en peligro, sino que estaría arriesgando la vida de un niño, y nunca os haría algo así a Fisher y a ti. Lo prometo.
El alivio le titila en los ojos.
—Gracias. —Hace una pausa—. Perdona por dejarte tirada en la montaña ese día.
—Da igual, fue un ejercicio muy instructivo. Además, me hice amiga de un aullador. No pasa nada.
Evlynne suelta una risita.
—Si me lo hubieras hecho tú a mí, te habría rebanado el pescuezo mientras dormías.
—La vieja Wren quizá lo hubiera hecho también —confieso.
—¿En serio?
—Reconozco mis propios errores —admito—. No siempre pienso antes de actuar. Me dejo llevar por las emociones. Pero estoy intentando controlarme. —Me encojo de hombros, avergonzada—. Estaré madurando, supongo.
—Lo de madurar está bien —dice y, por primera vez desde que nos conocemos, me dedica una sonrisa genuina.
Una semana después sigo sin tener noticias sobre lo que ha decidido hacer Evlynne con Fisher.
No interactuamos mucho después de la conversación en la cornisa, y asumo que es porque ella no tiene ninguna intención de repetirla.
No tiene pinta de ser del tipo de personas a las que les guste mostrar su vulnerabilidad.
Esta noche es el cumpleaños de Mako, que, por casualidad, coincide con una noche de luna roja, así que intuyo que habrá una hoguera en la montaña. Pero dejamos que Mako crea que el entusiasmo que inunda el aire se debe a él; se lo merece.
La última vez que vi una luna roja estaba con el tío Jim.
No le gustaban las tradiciones, pero todos los años nos sentábamos en el porche frontal para verla mientras él le daba sorbos a un whisky y no decía ni una palabra.
Cuando cumplí once años, le pregunté si pensaba que la luna roja era símbolo de buena suerte y, dado que a Jim nunca se le pasó por la cabeza la idea de mentir a los niños para hacerles felices, solo dijo: «No creo en la suerte, pajarito.
En la vida hay cosas buenas y malas. La suerte no tiene nada que ver».
Gray y yo nos acercamos a la hoguera después del anochecer.
Llevo el fusil colgado al hombro, aunque espero no tener que usarlo, sobre todo contra mi amigo el aullador.
No he visto a Príncipe desde la noche que pasamos juntos, pero me gusta imaginarme que sigue vivo, deambulando por los altos riscos y aullando con sus amigos.
Mientras atravesamos el estrecho sendero, no paro de reprimir las ganas de mirar al cielo.
La luna es una esfera carmesí reluciente que desprende su brillo rojizo por la montaña.
Esta noche parece enorme, como si se encontrara justo sobre nuestras cabezas.
Como si pudiera estirar los dedos y tocarla si quisiera.
A mi lado, Gray se está quejando sobre una pieza que le falta para el avión que está arreglando, una reliquia de la era pasada que no logra que vuele por mucho que lo intente.
—¿No podría buscarla Jasper? —digo, sonriendo ante su tristeza.
—No —gruñe, molesto—. Porque todas las fábricas de los Continentes Perdidos están bajo el agua y ahí es donde se producía.
—Lo siento, as.
Llegamos a la fiesta, donde ya han avivado el fuego y la música retumba desde los altavoces.
Mako, quien es evidente que ya está hasta el culo de grange , se viene arriba al vernos, por lo que me estrecha contra sí y a punto está de tirarme con la fuerza de su abrazo; no es consciente de lo grande que es.
Me reúno con Tana y Luisa cerca del fuego. Están hablando con Evlynne y Karra y me alegra percibir, aunque no suela ocurrir, que ninguna de las dos me guarda rencor, ni siquiera la ex de Gray.
Teriq y Fiona también están aquí esta noche, pero no veo a Adrienne ni a Kallister. Teriq me recibe con una sonrisa cuando pasan a nuestro lado, pero Fiona solo me dedica un gesto con la cabeza. Tan estirada como siempre.
La asistente más sorprendente es Poppy, quien está preciosa con un vestido suelto de lino y sandalias, y está hablando cerca de nosotros con Raven Persimmons, mientras su madre no deja de lanzarles miradas de preocupación con el ceño fruncido.
Me asombra que Fiona le haya permitido dejar su cuarto y experimentar auténticas interacciones humanas.
Dado que no me gustan las escenas sentimentales, espero a que Mako se quede solo de nuevo, mientras se rellena la botella en el barril de grange , para acercarme a él.
—Oye, te he traído algo. —Le dedico un guiño cómplice, dado que sé que lo que más le gusta en esta vida es el melodrama y las sorpresas.
De inmediato, se olvida del alcohol y deja la botella sobre el barril.
—¿Un regalo de cumpleaños?
—Cierra los ojos —le pido.
Obedece. Pero luego abre uno.
—Cierra los ojos —repito.
Con un bufido de impaciencia, aprieta los párpados. Meto la mano en la bolsa de tela y saco un paquete envuelto con papel de plata. Es grande, casi tanto como una tableta.
—Mantén los ojos cerrados y extiende la mano.
—¿Me vas a poner una serpiente en ella? Porque gritaré como una niña y no quiero hacer algo así el día de mi cumpleaños.
—Te prometo que no es una serpiente.
Estira el brazo con la palma hacia arriba, donde poso el regalo antes de decir:
—Feliz cumpleaños. Ya puedes mirar.
Mako se mira la mano, al principio con el ceño fruncido. Cuando abre el papel de plata y ve lo que contiene, sí que chilla como una niña, atrayendo varias miradas de extrañeza.
—¿Es lo que creo que es? —Me contempla, perplejo.
—Sí.
—¿Cómo? —pregunta—. ¿Te lo ha conseguido Reed?
—No, he sido yo. Solita. Mientras me mantenían presa, ni más ni menos. —Esbozo una sonrisa—. A veces me sorprendo a mí misma.
Mako sigue contemplando la tableta de chocolate dorado que tiene en la mano. Por una vez, está sin palabras.
—Me hice amiga de una de mis carceleras en Tierra Fe la semana pasada —le explico—. Le pedí que irrumpiera por mí en su almacén de granos de sol.
—Te quiero —declara Mako—. Estoy enamorado de ti. Quiero casarme y llevar dentro a tus hijos. O que tú lleves a los míos. Solo creo que deberíamos tener hijos y casarnos.
Lo contemplo.
—No —digo—, pero feliz cumpleaños.
Con un grito de éxtasis, me levanta entre sus enormes brazos y me hace girar. Mientras lucho por mi vida, Gray se acerca a nosotros, sonriendo por el espectáculo.
—Entiendo que se la has dado.
—Sí —confirmo cuando Mako por fin me deja en el suelo—. Y ha gritado como una niña.
—Lo suele hacer —concuerda Gray.
—Me da igual que os riais de mí. —Mako parte una onza del chocolate, se la mete en la boca y gime como si estuviera experimentando el mejor orgasmo de su vida.
Con lentitud, deja que la sustancia dorada se le derrita en la lengua antes de pasear los ojos de Gray a mí.
Entonces, la firmeza le endurece la expresión—.
Esto no absuelve a la persona que me privó de esta maravilla el año pasado.
—Claro que no —dice Gray.
—No descansaré hasta llevar a Raven Persimmons ante la justicia.
—No esperaba menos, hermano.
Me paso el resto de la noche con Gray, robándole besos y caricias y riéndome por sus chistes tontos.
Tira de mí para invitarme a bailar, aunque creo que en realidad lo que quiere es tenerme cerca.
Pero no me importa lo más mínimo. Le paso la botella de grange a Luisa y dejo que Gray me envuelva en sus brazos.
—Esta noche eres pura gasolina —musita antes de enterrar la cara en mi cuello. Me estremezco cuando noto su boca sobre lapiel, mordisqueándomela y provocándome.
—No empieces algo que no puedas terminar ahora mismo —le aviso, aunque ninguno parece tener prisa de terminar nada cuando nos quedamos a solas.
Aún no nos hemos acostado, y esperar tanto no es habitual para ninguno de los dos. Ambos solemos meternos en los líos de cabeza y lidiar con las consecuencias después.
Cuando volvemos con el grupo, alguien me devuelve la botella de grange .
Estoy ardiendo por culpa del baile y la hoguera, así que me bebo lo que queda.
Enseguida esbozo una mueca por el extraño regusto que me deja.
Quien haya hecho este lote, le ha echado demasiada azúcar. Es tan dulce que me duelen los dientes.
Lanzo la botella vacía al fuego y las llamas crepitan, rugiendo bajo el cielo, mientras el cristal se desintegra.
—¿Quieres volver a mi habitación? —me pregunta Gray al oído.
Lo contemplo, sin aliento.
—Me encantaría.
Nos despedimos y nos encaminamos por el sendero, pero, tras dar unos pasos, me doy cuenta de que mi falta de aliento no tiene que ver con el deseo. Me cuesta respirar. El corazón comienza a latirme rápido. Cada vez más. El estómago me da un vuelco y el pánico me inunda las venas.
—Algo va mal —grazno, tambaleándome hacia delante.
Gray trata de estabilizarme.
—¿Qué pasa?
—Voy a… —Ahora estoy mareada. Me empieza a doler el pecho, constriñéndoseme con fuerza. Y aún noto el regusto dulce del grange en la lengua, provocándome náuseas…
La mente vuelve a ese día con el tío Jim en el claro. Ese olor empalagoso. «Te detendrá el corazón y morirás».
—Raíz de corazón —resuello antes de que la oscuridad me envuelva.