Capítulo 45 #2
Noto cómo palpita contra mi lengua. Se le tensa el cuerpo y los músculos se le convulsionan como si tratara de contenerse. Me deja al mando a pesar de que siento cómo, para conseguirlo, está haciendo uso de cada pizca de control dentro de su ser.
Cuando llego de nuevo a la punta, le dibujo un círculo con la lengua y lo miro, provocándole una maldición ahogada.
—No tienes ni idea de lo mucho que me gustas en esta posición.
Noto una oleada de excitación, que ignoro para centrarme en su placer.
No tarda en soltar un gruñido ahogado a modo de advertencia.
Lo acaricio hasta que se libera, al mismo tiempo que disfruto de su expresión con los párpados semicerrados y los dientes hundidos en el labio inferior.
Se deja caer hacia atrás sin aliento y tira de mí.
—Ha sido increíble —musita.
Tiene los pantalones medio bajados y los abdominales pegajosos. Igual que mi mano. Pero no me importa. Me acurruco a su lado, donde me deleito con el latido de su corazón contra mi oído y observo el sube y baja de su pecho mientras recupera el aliento.
—Siento lo que he hecho esta mañana.
Las palabras se me escapan antes de que pueda reprimirlas y me arrepiento al instante cuando noto cómo se tensa. Pero sigo adelante, deseando sacármelas de dentro.
—Mientras venía en el avión, no paraba de darle vueltas, angustiada, y creo que he conseguido encontrarle sentido.
Cada vez que he usado la incitación en el pasado, ha sido por accidente y siempre había pensado que nunca lo haría a propósito.
Robarle la voluntad a alguien es… —Me muerdo el labio—.
Pero, cuando estuve en peligro en el Aniversario de Plata, ni siquiera dudé.
Incité a Jayde para salvarme y me llevo sintiendo como un monstruo desde entonces.
—Wren…
—No, déjame terminar. Me di asco después de usar la incitación con Jayde.
Pero hoy no. He sentido culpa, sí, y mucho remordimiento por haber incumplido la promesa que te hice, pero…
—Me trago el nudo de la garganta—. No me siento como un monstruo porque estaba intentando salvarte la vida.
En mi cabeza, no había otra opción. Siento habértelo hecho, pero a la vez no.
Al menos, una parte de mí no lo lamenta porque me parece que ha sido la primera vez que he usado la incitación para algo bueno, para ayudar a alguien.
Gray se queda callado un segundo. Luego, deja escapar un suspiro.
—Joder, sigo cabreado por lo que me has hecho, pero también odio que hayas creído en algún momento que eres un monstruo, porque no es así. Has actuado como lo has hecho porque querías que Evlynne y yo estuviéramos a salvo. Lo entiendo. Yo habría hecho lo mismo.
—Entonces, ¿no me odias? —susurro contra su hombro.
—No podría.
Me roza la coronilla con los labios. Un beso reconfortante.
—Quédate a pasar la noche —me pide, y respondo aovillándome contra él.
Me despierto a la mañana siguiente en la cama de Gray.
Está estirado boca abajo, con el culo al aire, lo que me provoca una sonrisa.
En algún momento de la noche, ha tirado la manta al suelo, así que me estiro en la oscuridad para recogerla y me hago un ovillo con ella mientras él permanece ahí, tumbado y desnudo, a mi lado.
Con cuidado de no despertarlo, salgo de la cama. Odio tener que ponerme la ropa sucia y aún mojada por la humedad de la selva, pero no me sentiría cómoda saliendo del apartamento de Gray solo con su camiseta. Me visto en silencio antes de enfundarme las botas y dirigirme al salón. Él ni se inmuta.
Salgo al pasillo y cierro con suavidad la puerta. Estoy tan centrada en permanecer en silencio y no despertarlo que no me doy cuenta de que tengo compañía hasta que oigo sus pisadas a mi espalda. Me giro y me quedo paralizada.
Karra está a unos metros de distancia, con los ojos fijos en la puerta de Gray. Entonces, los desvía en mi dirección y su expresión se ensombrece durante una milésima de segundo antes de esbozar una sonrisa sarcástica.
—¿Por qué no me sorprende?
—Karra —empiezo a decir. Luego, me detengo porque no tengo ningún argumento con el que apaciguarla.
Hace un par de semanas que rompieron y ayer fue la primera vez que Gray y yo hicimos algo más que besarnos. Pero sí que nos enrollamos la noche en la que cortó con ella y me siento culpable por eso.
—No pasa nada —dice, desestimando mi preocupación con un gesto de la mano—. No me importa si te lo tiras. Pásalo bien.
No parece ni inquieta ni enfadada, lo que me sorprende.
—Mira, no quiero que haya tensión entre nosotras —digo—. Sé que los dos lleváis mucho tiempo rompiendo y volviendo.
Se encoge de hombros.
—Sí, y lo más probable es que vuelva a ocurrir en algún punto.
Capto el mensaje, alto y claro. «No es tuyo. Lo recuperaré».
—Si quieres calentarle la cama mientras tanto —concluye—, adelante.
—¿Hasta que se harte de mí? —pregunto, irónica.
—No, hasta que te hartes tú de él.
Me quedo perpleja.
—Porque ocurrirá —continúa Karra. Sonríe como si tuviera un secreto que solo supiera ella—. Soy la única que está dispuesta a aceptarlo.
—¿A aceptar el qué?
—A Grayson Blake. Siempre se queda en la superficie. No es capaz de sentir nada genuino, amor ni ninguna gilipollez de esas.
Frunzo el ceño.
—Ya lo descubrirás por ti misma. Lo único que desea es que la relación sea fácil, física. Nunca va más allá. Y si lo hace, aplacará tus emociones para que te sientas tan despreocupada y feliz como antes.
Una arruga se me marca en la frente.
—¿Y tú te conformas con eso? —pregunto.
Se encoge de hombros de nuevo.
—No necesito más.
A decir verdad, no sé si lo dice en serio o no.
—Sin embargo, la mayoría de las mujeres quieren más. —Mientras habla, Karra me sostiene la mirada—. Y me da la impresión de que eres de ese tipo.
—¿Sí? —Me gusta pensar que parezco una tía dura, que no necesito tonterías como emociones o sentimientos empalagosos, pero en el fondo creo que sí. Me pregunto cómo lo sabrá Karra.
—Eres intensa —dice, soltando una carcajada—. Lo escondes, pero tienes sentimientos. Y querrás que él los comparta contigo, pero no lo hará. No muchos pueden gestionar algo así. Por eso, si lo deseas, adelante. Es todo tuyo.
Tras eso, Karra se aleja por el pasillo. Observo cómo se marcha, al mismo tiempo que intento que sus palabras no me afecten.
Tras trabajar a primera hora de la tarde en el campo de tiro, salgo de la Daga y camino hasta el aviario para buscar a Poppy.
Llevo intentando vincularme con ella todo el día, pero me mantiene bloqueada telepáticamente, por lo que decido buscarla en persona.
Pensaba que se pasaba la mayoría de los días aquí, pero, cuando llego, la mujer que lo dirige, Scarlett, me informa de que Poppy no ha vuelto allí desde hace semanas.
—Desde que Didi murió —dice Scarlett.
Se refiere a la urraca autoritaria que Poppy me presentó hace unos meses. Era una de sus favoritas.
—¿Qué pasó? —pregunto, preocupada.
—No estamos seguras. Poppy encontró su cuerpo. Quizá fuera un ataque al corazón. O cualquier otra cosa.
Angustiada, trato de vincularme de nuevo con la adolescente y, esta vez, me lo permite.
¿Dónde estás? , pregunto.
Cogiendo flores en el claro.
¿Quieres compañía?
Si te apetece…
No es una invitación entusiasta, pero me tiene preocupada, así que sigo el sendero zigzagueante hasta el claro donde le gusta coger flores. Por suerte, las letales campanillas violetas ya se han marchitado, pero la cazuta sigue creciendo con fuerza.
Encuentro a Poppy cerca de la hierba alta y señalo el cúmulo de flores silvestres amarillas y rosadas que lleva en la mano.
—¿Son para tu madre?
—Sí.
Sonrío.
—Espero que Fiona aprecie tener una hija como tú. Nunca se me habría ocurrido llevarle flores a mi tío. Se habría reído en mi cara.
—¿Tu tío? ¿El hermano de Kallister?
—Sí. ¿Conociste alguna vez a Julian?
Niega con la cabeza.
—¿Era tan majo como Kallister?
Las palabras «majo» y «Jim» no encajan en la misma frase, así que no puedo evitar soltar una risita.
—No, era un poco capullo. Si no le caías bien, te lo dejaba claro.
—Como mi madre. —Poppy pone los ojos en blanco.
—También era tan sobreprotector como ella.
Cada vez que quería hacer algo que conllevara el mínimo riesgo, echaba por tierra mi idea.
No me dejaba trabajar para la Revolución.
Si pensaba que un chico y yo nos empezábamos a entender, aparecía con el coche y me arrastraba a casa.
Hizo todo lo posible para mantenerme a salvo en el rancho.
Pero ya sabes lo que suele pasar: cuantas más restricciones te ponen, más deseas ser libre.
Poppy adopta una expresión ausente.
—¿Tú también te sentías así? ¿Atrapada?
—Sí, y lo odiaba. Pero… también me enseñó una buena lección.
Me contempla con curiosidad.
—Que es mejor pedir perdón que pedir permiso —digo, guiñándole un ojo.
Una sonrisa le cruza la cara.
—¿Le desobedecías?
—A veces. —Hago una pausa—. A menudo —me corrijo—. Nunca con nada que nos pusiera de verdad en peligro, pero sí, me escapaba con la bici, iba al pueblo y me emborrachaba con mi amiga Tana.
Tana y yo solíamos robar whisky sintético del bar en el que trabajaba su padre.
Cuando volvía al rancho, le hacía ojitos al tío Jim y decía: «Por favor, no te enfades».
Nunca picó el anzuelo. Era imposible manipular a Jim Darlington.
A menos que fueras Marina Serrano, al parecer.
No logro entender cómo mi madre consiguió ganarse su lealtad.
La única explicación que se me ocurre es…
que el amor te empuja a hacer tonterías.
Poppy se tensa de repente y no necesito verle las venas para saber que está hablando con su madre.
—Debo volver —dice, sombría—. Mi madre quiere que vaya al Templo a reforzar mi escudo.
Fiona siempre machaca a Poppy para que no deje de lado la formación.
Me siento mal por la adolescente, pero no puedo negar que practicar funciona.
Cuando he abierto alguna vía hasta su mente, he notado lo fuerte que es su escudo, tanto que nunca he intentado penetrarlo; me parece que sería complicado.
Volvemos a la Daga, pero hace tan buen día que no estoy preparada para encerrarme dentro todavía, por lo que me dirijo a la cornisa con la tableta.
Hace poco he descubierto que la biblioteca digital tiene libros de ficción sobre los que no había oído hablar, incluida una saga fantástica sobre criaturas místicas y monarquías crueles.
Nunca pensé que me interesarían los cuentos, pero estoy totalmente enganchada a esta historia y quiero ver qué ocurre a continuación.
Sin embargo, no tengo oportunidad de leer ni una palabra porque Evlynne se encuentra fuera cuando salgo. Está llorando. En cuanto advierte mi presencia, se seca a toda prisa la cara con la manga para intentar ocultar las lágrimas. Demasiado tarde. Ya las he visto.
—¿Todo bien? —le pregunto.
—Sí —musita.
—¿Seguro? Porque no lo parece. —Titubeante, doy un paso hacia ella—. ¿Es por tu hijo?
Al instante, la expresión se le torna furibunda.
—Lo siento —me disculpo, poniendo las manos en alto a modo de derrota—. Sé que me dijiste que no sacara el tema, pero… —Me encojo de hombros, incómoda—. No lo he mencionado porque quisiera entrometerme, pero el día que os vimos en el valle ocurrió algo con Fisher.
La preocupación le contorsiona las facciones enseguida.
—¿Qué pasó? ¿Qué hizo?
«¿Qué hizo?».
La pregunta habla por sí sola.
—Me leyó la mente. Y puedo asegurarte que nadie lo había conseguido hasta ese momento a menos que yo se lo hubiera permitido. Me formó Julian Ash, así que mi escudo es casi impenetrable. —Hago una pausa—. Fisher solo tiene seis años, ¿no?
Evlynne asiente con los ojos impregnados de tristeza.
—¿Y es ya un lector de mentes tan poderoso?
Al principio pienso que no va a darme ninguna explicación ni a referirse al tema de ninguna manera, pero al final deja escapar un suspiro de inquietud antes de que las palabras salgan disparadas de su boca.
—No creía que tuviera que preocuparme cuando empezó a manifestar sus habilidades. No parecía un gran problema. Sé que, cuando los dones aparecen con tan corta edad, suele significar que los niños serán fuertes…, pero no siempre es así.
Me contempla, como si tratara de convencerme. No se equivoca. Cross tenía la capacidad de usar la telepatía con ocho años, pero sus habilidades no han ido más allá. Por otra parte, yo ya tenía cuatro dones con cinco años, por lo que…
—Supongo que esperaba que no ocurriera —dice—, pero anoche lo estaba bañando y se la vi. En la planta del pie.
Frunzo el ceño, confusa.
—¿Qué le viste?
—La marca de sangre.