Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

C uando llego a la base, Gray no me espera en el hangar.

Debe de estar incluso más enfadado de lo que me imaginaba.

La ansiedad me constriñe las entrañas y me tiemblan los dedos cuando cojo el ascensor hacia el tercer piso.

Lo bueno es que la pierna no me da ningún problema.

La noto incluso mejor que antes. Ahora me duele más la otra de tanto caminar por la selva esta mañana.

Gray me deja entrar en su apartamento sin mediar palabra y nos colocamos en el centro del salón. Tiene los músculos de la mandíbula flexionados con fuerza, como si estuviera rechinando los dientes. Los hombros desprenden tanta tensión que parecen a punto de romperse por la mitad.

—Me incitaste.

Escupe las palabras con un tono grave y acusatorio. Sus ojos encierran tantas emociones que no sé siquiera en cuál centrarme. Traición. Incredulidad. Resentimiento. Pero es el dolor el que se me clava a mayor profundidad.

—Lo siento —musito.

—Me lo prometiste. —Señala el sofá con brusquedad—. Estábamos ahí sentados y me prometiste que nunca me incitarías sin mi consentimiento.

—No tenía otra opción. —Me tiembla la voz—. No sabía que me dejarían ir con tanta facilidad. Pensaba que iban a matarnos.

—¡Me incitaste, joder!

—Lo sé. Lo siento.

Con un gruñido, se pasa las dos manos por el pelo y se gira, dándome la espalda. Está tan cabreado que no puede mirarme siquiera.

—Lo siento —repito. Quiero acercarme y rodearlo con los brazos, pero me da miedo que me aparte.

Por fin se gira y lo que veo en su expresión supera a la rabia y el dolor. Es miedo. Un miedo tan profundo y genuino que me atenaza el estómago.

—Te sacrificaste por mí. No vuelvas a hacer eso en la puta vida.

—Gray…

—No, no me contradigas. Necesito que me mires a los ojos y me digas que nunca antepondrás mi vida a la tuya.

—Tú lo harías conmigo —observo.

—Porque significas más que yo —replica, y noto la fuerza de sus emociones en el sube y baja de su pecho—. Me importa una mierda lo que me pase. Pero a ti… —Se queda callado.

Trago saliva. El silencio se instala entre los dos.

Ambos estamos aquí de pie, jadeando. Cuando abro la boca para hablar, da un paso al frente y me coge de la muñeca para tirar de mí.

Me rodea con los brazos, estrechándome. Apoya la barbilla sobre mi cabeza y siento cómo tiembla cuando suelta un suspiro irregular.

—Prométeme que nunca harás una locura así. Prométemelo. Y hazlo en serio, joder.

Advierto la seriedad en su voz. Entierro la cara en su pecho, donde inhalo el conocido aroma cítrico.

—Lo prometo.

Inclino la cabeza hacia atrás para ver la vulnerabilidad que flota en sus ojos y le acaricio la cara con las manos. Ojalá tuviera la capacidad de tranquilizarlo como hace él con todos los demás. Quiero aplacar sus emociones. Nunca deja que nadie lo vea así.

—Lo prometo —repito antes de ponerme de puntillas y presionar los labios con los suyos. Es un beso delicado. Una promesa que puede sentir—. Nunca volveré a hacerlo.

La tensión estalla y de repente atrapa mi boca con la suya. Mi cuerpo cobra vida y las terminaciones nerviosas se prenden con cada chispa de deseo que noto bajo la piel. Pero estoy cubierta de polvo y suciedad y, cuando cuela los dedos bajo mi camiseta, interrumpo el beso y me echo hacia atrás.

—Necesito una ducha —digo, tímida.

Hace un gesto hacia su baño privado.

—Usa la mía.

Dudo.

—Aquí no tengo ropa.

—Ponte la mía.

Una sonrisa me curva los labios.

—Ya veo que no me ofreces compañía.

—No podría apartar las manos de tu cuerpo. —La intensidad de su mirada me roba el aliento.

Reticente, desvío los ojos y me dirijo al baño, donde paso demasiado tiempo bajo el chorro de la ducha. Sigo tan acalorada por todas las horas que he pasado en esa celda en Tierra Fe que ni siquiera pruebo con el agua tibia; la fría me parece el paraíso.

Al salir de la ducha, me envuelvo con una toalla y saco la cabeza por la puerta de la habitación principal.

—¿Me pasas esa camiseta?

Gray me la lanza y me vuelvo a meter en el baño para secarme y ponérmela. Me hace gracia que el final de la camiseta me llegue a las rodillas. El pelo me huele a su champú. Me gusta.

Cuando vuelvo, Gray pasea los ojos por mí, provocándome lenta y deliberadamente. Comienza por mis pies descalzos antes de deslizarlos por las piernas y centrarse en la marca de mis pezones contra la tela de su camiseta hasta que por fin me sostiene la mirada.

—¿Qué tal la pierna? —farfulla—. Evlynne estaba convencida de que te la habías roto, pero parece que la tienes bien.

—No fue nada. Quizá un esguince —miento, aunque solo por el momento. Tengo intención de hablarle de Valeria y lo que ocurrió en la celda, pero la historia requiere muchas más palabras de las que me gustaría pronunciar ahora mismo. Por eso, solo digo tres—: Lo siento mucho.

—Lo sé.

—Intentaba protegerte.

—Lo sé. —Se acerca a mí—. No necesito tu protección.

Se quita la camiseta y doy la bienvenida a sus músculos, tendones y abdominales. Su pecho desnudo es un deleite para la vista.

—No quiero seguir hablando —balbuceo.

Advierto un fantasma de sonrisa.

—¿Y qué te gustaría hacer entonces?

Lo cojo de la mano y lo arrastro al cuarto. En un abrir y cerrar de ojos, tiene los labios presionados contra los míos. Me levanta en sus brazos y le rodeo la cintura con las piernas mientras camina hacia la cama.

—Se suponía que íbamos a ir despacio —me recuerda, aunque sigue besándome el cuello.

—No pasaremos de los besos —le prometo, aunque nunca he dicho una mentira tan grande.

Quiero hacer mucho más que besarlo. Mi cuerpo entero reacciona a su presencia. Noto el anhelo implacable y abrasador en partes que no sabía que lo deseaban tanto.

Me deja sobre la cama y se apoya en un codo, paseando los labios por los míos mientras me toquetea el dobladillo de la camiseta para levantármela sobre los muslos. No llevo ropa interior y entorna los ojos al darse cuenta.

—Joder —musita.

—¿Qué pasa? —pregunto, inocente.

Mordiéndose el labio, sube aún más la tela hasta revelar el estómago y el pecho.

—Solo lo voy a probar —dice, y me rodea el pezón con la boca, provocándome un jadeo. Cuando lo acaricia con la lengua, me arqueo contra él, necesitada. Pero me suelta con un suave gruñido—. Hemos dicho que solo íbamos a besarnos.

—Ay, venga, as. Hoy me han hecho presa los Terrarios —digo con un mohín exagerado—. Creo que me lo he ganado.

Con una carcajada, ejerce una ligera presión sobre el otro pecho antes de bajar la mano por mi cuerpo hasta situarla entre mis piernas.

Una descarga de deseo hace que me estremezca.

Me estoy mojando. Me acaricia con círculos lentos y deliberados, observando mi rostro mientras balanceo las caderas bajo su roce.

—Eres preciosa —dice con voz ronca.

Es difícil pensar cuando me está tocando así.

Mezo las caderas a mayor velocidad, arqueándome ante los movimientos de sus dedos.

Me introduce uno, seguido de un segundo, y me penetra con ellos mientras me roza con el pulgar el punto anhelante que más atención necesita. Cada vez me está costando más respirar.

—Qué estrecha —susurra, crispando los dedos en mi interior. Me lame la oreja con la lengua—. Y cuánta humedad. —Se adentra aún más en mi interior y gimo.

No quiero ser la única que disfruta. Cuando se inclina para besarme, estiro las manos entre los dos, pero me aparta con suavidad.

—No —dice antes de recorrerme los tendones del cuello con los labios—. Ya estoy rompiendo demasiadas reglas esta noche.

La respiración se me vuelve superficial cuando cuela la lengua en mi boca y adopta un ritmo lento e insoportable con los dedos.

—No pares —musito.

Me estoy frotando contra su mano, al mismo tiempo que me presiona con la palma en el punto exacto.

Jadeo cuando el clímax me sobrepasa sin previo aviso, una oleada de euforia pura y deliciosa que me inunda el cuerpo.

Noto su cosquilleo ente las piernas, en las yemas de los dedos, en la columna vertebral y en la punta de los pies.

Gimo mientras continúa, decidido a extraer cada pizca de placer de mi interior.

Me sonríe satisfecho consigo mismo cuando me aparto porque siento todo demasiado sensible ahí abajo. Saciada, me acerco a él y apoyo la cabeza en su pecho.

Mientras me acaricia, ausente, el hombro, estudio su cuerpo y esbozo una sonrisa al ver la erección obvia que se le presiona contra los pantalones.

—¿Todo bien, as?

—No, claro que no. Por si no lo has notado, estoy duro como una piedra.

Me convulsiono por la risa y entierro la cara en sus pectorales. Entonces, me incorporo sobre el codo.

—¿Permiso para ocuparme de ese tema? —le pregunto, esperanzada.

Me dedica una mirada severa.

—No nos vamos a acostar. Eras tú la que quería ir lento.

—Y ahora te estoy pidiendo que vayamos rápido. —Presiono los labios ante la idea—. ¿Qué tal si llegamos a un acuerdo?

—Te escucho.

Me trago otra carcajada.

—Nada de sexo. Solo… esto.

Antes de que pueda negarse, le recorro el pecho beso a beso, notando bajo los labios cómo le tiemblan los músculos. Estiro los dedos hasta la cinturilla del pantalón, los cuelo por ella y los hago bailar sobre su piel.

Cuando se estremece, lo miro.

—¿Permiso para continuar?

Me satisface ver el deseo tan puro que chisporrotea en sus ojos.

—Sí.

Le bajo los pantalones y su polla se libera, dura y lista para mí.

Con cuidado, paso los dedos por ella antes de rozarle la punta con el pulgar.

Encantada con cada gruñido ronco y cada respiración jadeante que deja escapar, uso la lengua y las manos para acariciársela hasta que me la meto en la boca, a la mayor profundidad po­sible.

—Joder —dice con voz ahogada. Cuela los dedos en mi pelo para formar una coleta y guiarme la cabeza—. Sigue así. Sí. Despacio y profundo, así.