Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

Es una conjetura. A decir verdad, podría haberle picado un mosquito en el cuello justo en el momento en el que he penetrado en su mente. Pero la mirada en sus ojos me dice lo contrario.

—No sé de qué estás hablando —farfulla.

Miente.

—¿Lo sabe? —insisto—. El comandante, quiero decir.

No contesta.

—La cámara está apagada. —Hago un gesto hacia el techo—. ¿Has sido tú?

Un segundo después, asiente con brusquedad.

—Eso significa que no lo sabe —digo despacio—. Has apagado la cámara porque te daba miedo que te lo preguntara y no querías que lo oyera.

No responde.

—¿Hay más Modos en Tierra Fe? —pregunto, al mismo tiempo que mi mente repasa todas las posibilidades—. ¿O eres la única?

Una tenue sonrisa le curva los labios.

—Ambas sabemos que no voy a contestar a esa pregunta.

Con un suave suspiro, se aleja de la puerta y camina hacia mí. Se deja caer de rodillas y se sitúa a mis pies, donde pasea los ojos por la pierna herida.

—Es una fractura grave —dice.

—Lo sé. Ni siquiera entiendo cómo sigo consciente —admito—. El dolor es una locura.

Me estudia como si fuera un rompecabezas. O como si estuviera tratando de tomar una decisión. Me imagino que lo segundo porque, de repente, asiente con brusquedad de nuevo y extiende las manos sobre mi pierna.

—¿Qué…?

La protesta muere en mis labios cuando coloca las palmas sobre los huesos rotos. La pierna se queja por la agonía e intento apartarme, pero ella me hace parar con un «sshhh».

—Se acabará pronto —musita.

Las implicaciones de sus palabras inundan el aire de la celda y contengo el aliento cuando advierto lo que está pasando. La calidez se me filtra en el tobillo y se extiende hacia arriba, una sensación inquietante y familiar. Me está curando.

La contemplo, conmocionada, pero no me mira. Está demasiado absorta por la tarea.

Cuando noto cómo comienzan a palpitarme los huesos, no siento dolor. El calor de su roce me rodea la pierna como un capullo mientras su energía se asienta en mis huesos y los fusiona. El dolor mengua. Los huesos se mueven. Los músculos se estiran y se entrelazan.

Tarda más que cuando Ellis me sanó la muñeca, quizá por lo grave que es la fractura.

Estamos ahí sentadas en un silencio total.

Trabaja con el ceño fruncido y las sienes cubiertas de gotas de sudor, aunque no sé si esto último se debe al esfuerzo o a la humedad que nos obstruye los poros.

No mueve ni un músculo, solo sigue presionando los dedos contra mi pierna hasta que, por fin, el dolor desaparece por completo.

Aparta la mano.

—¿Qué tal?

—Como nueva —digo, agradecida.

—Sobre tu pregunta… —Ladea la cabeza y se encoge de hombros—. No, mi padre no lo sabe.

Esta mujer parece decidida a dejarme sin palabras.

—¿Tu padre? —pregunto por fin—. ¿El comandante Vásquez es tu padre?

—Soy Valeria Vásquez. —Extiende la mano a modo de saludo.

—Y yo, Wren Darlington. —Estoy a punto de agarrarla por la muñeca, pero me sujeta la mano, dándome un apretón firme.

Cuando advierte mi expresión, se echa a reír y dice:

—Mi provincia, mis costumbres. —Y yo también suelto una carcajada.

Abro una vía de nuevo hacia su mente, pero ahora que sé que es una Modo, no intento cruzar su escudo como una mala persona, sino que la invito a usar el vínculo telepático. Me sorprende cuando lo acepta.

Nunca había conocido a una sanadora sin marca de sangre , le digo mentalmente. ¿Cómo se la ocultas a tu padre?

Le brillan los ojos marrones. Entonces, abre la boca. Durante un segundo, creo que me está sacando la lengua, pero después la levanta y suelto un grito ahogado. Tiene la marca de sangre de­bajo.

—Vaya, qué suerte —comento, sorprendida. No eliges dónde te sale la marca. Tengo la mía en el muslo y Jayde Valence, en la mejilla. Pero ¿bajo la lengua? ¡Qué envidia!

—No existe la suerte. Es la voluntad de Dios.

Arqueo una ceja.

—¿Sigues creyendo en Dios después de todo lo que ha dicho tu padre, después de que nos haya llamado demonios crueles?

—Sí —contesta Valeria—. Porque sé que no soy ni cruel ni un demonio.

Sonrío.

—Me parece justo.

—Y sé algo más. Algo que mi padre no quiere aceptar porque es demasiado terco.

—Baja la voz, tornándose seria—. Pronto llegará el momento de elegir un bando, porque tu gente no es la única con algo que perder.

La Compañía nos tiene en su punto de mira desde hace mucho tiempo.

Estuvimos a punto de entrar en guerra con el Continente en una ocasión.

Lo evitamos, pero ahora que no está el general Redden y su hijo ha ocupado su puesto, me temo que esta tregua no durará mucho.

—Creo que tienes razón —comento, sombría—. ¿Hablarías con tu padre? ¿Lo convencerías para que trabajara con nosotros?

—Nadie puede convencerlo de algo si no está por la labor. Así que no, no podré persuadirlo para que elija un bando. Pero…

—Pero ¿qué?

—Quizá pueda conseguir que mire a otro lado.

—¿Qué quieres decir?

—Mi padre no es tonto, solo cabezota. Se negará a unirse a vuestra causa, eso sin duda, pero creo que puedo empujarlo a…

quizá… no mostrarse tan protector con nuestro espacio aéreo y nuestras rutas marítimas.

A lo mejor a veces no es tan malo dejar pasar uno o dos aviones.

—Aprieta los labios como si estuviera reprimiendo una sonrisa—. Pequeñas cosas de ese estilo.

Le devuelvo el gesto.

—Nos sería muy útil.

En lugar de responder, Valeria se pone en pie y se limpia el polvo de los pantalones. Camina hasta el montón de tela que ha dejado junto a la puerta y advierto que no son prendas, sino una venda, que utiliza para cubrirme la pierna. Cuando termina, se levanta y va hacia la puerta.

—Pronto te liberarán. Finge que te sigue doliendo —me pide con la voz firme mientras permanece de pie en el umbral—. Nadie puede enterarse de que te he sanado.

—No diré ni una palabra —le prometo. Antes de que se marche de la celda, digo su nombre—: Valeria.

Me mira y siento que entre las dos se forma una alianza frágil e inesperada.

—¿Puedes hacerme un favor?