Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

– E stás despierta.

La voz es grave, de barítono, y algo áspera. Pertenece al hombre que me está dando la espalda, con los ojos fijos en una pequeña ventana con barrotes de hierro.

Pestañeando, giro la cabeza para examinar lo que me rodea.

Estoy en una celda con las paredes de piedra y el suelo de gravilla.

No sé cómo he llegado hasta aquí. Lo último que recuerdo es desmayarme de dolor.

La pierna sigue palpitándome, pero ahora es un dolor sordo.

Duele tanto que básicamente se me ha entumecido la zona.

Por fin, el hombre se gira hacia mí. Es el comandante Vásquez. Lo reconozco porque lo vi al otro lado de la mira del fusil.

De cerca, es más viejo de lo que pensaba; debe de rondar los cuarenta y muchos años.

Tiene la piel bronceada y curtida, como si se pasara mucho tiempo al sol.

Lleva un uniforme verde oliva, con una camiseta ajustada sobre el torso musculoso y los hombros anchos y, aunque no es alto, sin duda impone.

Trago saliva. Noto la boca muy seca.

No va a armado, pero eso no lo vuelve menos peligroso. Tiene unos brazos enormes, igual que las manos. Podría fracturarme el cuello sin romper a sudar siquiera.

En los ojos del comandante se intuye el ingenio y, cuando los pasea por mi cuerpo, advirtiendo mis nervios destrozados y la pierna rota, se vuelven calculadores. Entonces, me sorprende con una carcajada.

—Nadie va a matarte, niña. No me interesa empezar una guerra con el Continente por una miserable francotiradora. Solo quiero mandar un mensaje.

—¿Qué mensaje? —grazno a causa de la sequedad de la garganta.

—Que no se puede tomar a Tierra Fe a la ligera ni subestimarla. Que podría matar a Adrienne y a todos los suyos si quisiera. Pero, si lo hiciera, gastaría mucha energía que puedo utilizar en otra cosa. —Se encoge de hombros—. Organizaremos la recogida tras hacer sudar a tu líder.

No me relajo, pero me da menos miedo la posibilidad de que me parta el pescuezo.

—Adrienne rompió las reglas. —Parece molesto—. Cuando establecimos las condiciones, esperábamos que la otra parte las cumpliera. Trajo a francotiradores sin autorización a nuestro territorio. No podemos tolerarlo.

—No esperarías que no se protegiera —comento, y rezo para que no me arranque la cabeza.

—Esperaba que siguiera las reglas. Es nuestro territorio y Adrienne y su Revolución no son nada más que una molestia. Si cree que puede manipularnos para que cooperemos…

Vuelvo a defender a Adrienne.

—No os estaba manipulando. Solo quería una oportunidad para exponer su caso.

—No tiene caso.

Estudio la expresión severa en su rostro con una curiosidad genuina.

—¿Lo crees de verdad? ¿Que no hay ninguna manera de que las dos partes puedan trabajar juntas?

El comandante curva los labios con desdén.

—Niña —comienza a decir.

—Me llamo Wren.

—Muy bien, Wren. Las personas del Continente… están todas corrompidas —dice con firmeza, y sé que no se refiere a la clase de corrupción que ejerce Adrienne—. Os corrompéis en cuanto negáis la existencia de lo que os hace humanos.

Arrugo la frente.

—¿A qué te refieres?

Me contempla, casi decepcionado.

—A Dios.

—Ah, ya veo.

—Ya ves, ¿no? ¿Ves que habéis abandonado a Dios, que habéis abandonado los fundamentos de la humanidad, nuestros principios morales, nuestro propósito? ¿Lo ves y, aun así, quieres que hagamos lo mismo que vosotros? Nunca. Nunca nos inclinaremos ante vuestros dioses falsos.

Vaya, la gente de la Daga no se equivocaba. Por ahora solo he conocido a un Terrario y es… intenso.

—Lo pillo —digo con cautela—. De verdad. Pero si no colaboramos, al final el general Redden y la Compañía vendrán a Tierra Fe en busca de vuestros recursos.

—Que lo hagan. Tenemos a Dios de nuestro lado. Y ellos, solo a su avaricia.

—Y bombas.

El comandante Vásquez suelta una carcajada.

—No nos dan miedo sus bombas. Nosotros tenemos las nuestras.

Un golpe brusco retumba desde la puerta de la celda.

—¿Comandante? —dice una voz femenina.

—Pasa —ladra el hombre.

Una mujer joven y delgada, no mucho mayor que yo, entra en la celda.

Tiene el pelo color caramelo recogido en una trenza a un lado y me estudia con cautela a través de sus ojos oscuros.

En la mano lleva una cantimplora. Desvía la mirada hacia el comandante y este asiente, así que la chica me la tiende.

La observo, agradecida.

—Gracias. —El agua fría parece un paraíso cuando me aplaca la sequedad de la garganta.

Impávido ante la presencia de la mujer, Vásquez sigue hablando:

—Las personas del Continente se han deshecho de su humanidad…

—¿Por qué? —lo interrumpo—. ¿Porque no creemos en Dios o porque son Modificados?

—No hablo de los demonios.

La ofensa me molesta.

—No creerás de verdad que los Modificados son demonios, ¿no? —Incapaz de reprimirla, suelto una áspera carcajada.

—Lo son. Los viejos demonios, aquellos que engendraba el propio diablo, estuvieron condenados al infierno en el momento en el que el ángel caído los creó.

Pero los que llamáis Modificados nacieron de un nuevo diablo.

Creemos que pueden salvarse, pero no nos corresponde a nosotros esa responsabilidad.

—No lo entiendo. —Me remuevo y enseguida me arrepiento porque el dolor en la pierna me acerca de forma peligrosa a perder la consciencia. Pestañeo, tratando de concentrarme en su voz.

—No vamos a abrir nuestras mentes a vuestro caos.

Así es como se destruyó el mundo en un primer momento, porque no había orden.

Porque los seres humanos abandonaron la única fuente verdadera de fuerza.

—La voz de Vásquez adopta un tono letal—.

Aquí hay orden y no vamos a arriesgar lo que hemos construido.

Si Adrienne quiere unidad, sabe lo que debe hacer.

Mientras habla, la mujer de pelo oscuro permanece de pie cerca de la ventana, haciendo su mejor imitación de una estatua, al mismo tiempo que observa nuestra interacción. La asimila. Hay algo en ella que me pone de los nervios.

Aprovechando mis habilidades, abro una vía hasta su mente y, quizá sea una coincidencia total, pero de repente se da una palmada en la nuca con una maldición ahogada. El comandante Vásquez le dedica una mirada fulminante.

—Mosquito —dice con una mueca, y se limpia la mano en el uniforme.

La contemplo durante un segundo y luego me alejo de su mente. Vásquez vuelve a centrar los ojos en mí.

—Ha sido un placer hablar contigo, Wren, pero me temo que debo marcharme. Puedes pasar aquí algún tiempo hasta que decidamos contactar con tu líder —dice con una sonrisa que no desprende humor.

Le dedica un gesto con la cabeza a la mujer, quien lo sigue hasta la puerta pero, antes de salir, mira un momento hacia atrás.

La puerta metálica se cierra de golpe y oigo cómo deslizan un cerrojo.

Al parecer, no tienen sistemas electrónicos.

Sé que muchas instalaciones de este continente son viejas, de hace siglos, y me pregunto si el lugar en el que estoy será una antigua mazmorra, algo que se usaba antes incluso de la era pasada.

Pero, aunque el mecanismo de bloqueo es primitivo, la cámara de seguridad en una esquina de la celda sin duda no lo es. Soy muy consciente de esa luz roja parpadeante.

Rodeada por una humedad asfixiante, me siento e intento ignorar el dolor punzante de la pierna.

Le doy pequeños sorbos a la cantimplora que me han dejado, tratando de racionar el agua porque no tengo ni idea de cuánto tiempo me dejarán aquí.

Luego, poso la cantimplora sobre la gravilla y contacto con Adrienne.

Darlington, ¿estás bien?

Más o menos. En una celda. Pero el comandante me ha dicho que no va a matarme .

Qué caballeroso por su parte . Parece divertida.

Dice que quiere hacerte sudar, pero que acabarán soltándome. ¿Puedes tener preparado algún transporte? No sé cuándo se aburrirá este cabrón de jugar con nosotros.

Evlynne estará lista. Enviaría a Gray, pero no creo que tenga la mente despejada ahora mismo.

La culpa me traspasa.

¿Está enfadado?

Creo que llamarlo así sería un eufemismo .

Mierda.

Espero. Y espero. Y espero un poco más.

A juzgar por la posición del sol al otro lado de la ventana, ha pasado una hora desde que el comandante se ha marchado. El dolor me impide concentrarme y hace un calor de muerte. ¿Cómo pueden vivir con tanta humedad?

Apoyo la espalda en la pared de piedra y dejo escapar un suspiro de cansancio cuando paseo los ojos por la celda por centésima vez. Y, por primera vez, advierto que la luz roja de la cámara de la celda ya no parpadea.

Se me tensan todos los músculos. Alguien ha apagado la cámara.

El pánico me invade cuando oigo pisadas al otro lado de la puerta. Me parece demasiado pronto para que se hayan acabado los juegos mentales del comandante, por lo que respiro hondo, esperando que aparezca ese capullo aterrador.

En lugar de eso, veo a la mujer de pelo oscuro. En las manos lleva una pequeña bandeja de metal con un sándwich y un atado de tela bajo el brazo.

—He pensado que quizá tenías hambre —dice.

Entorno los ojos.

—No sabía que el trabajo de carcelera incluía el servicio de cáterin.

La mujer deja la tela cerca de la puerta, se agacha ante mí y me tiende la bandeja. Capto el aroma de la carne asada y el estómago me da un vuelco violento.

—No, lo siento —digo con una mueca—. No puedo comer. El dolor de la pierna me hace sentir náuseas.

Con un asentimiento, se levanta y deja la bandeja en el poyete de la ventana. Allí no me servirá de nada. Incluso aunque tuviera hambre, no podría levantarme sobre la pierna rota. Apenas puedo sentarme. Hace una hora que he dejado de intentar encontrar una postura cómoda.

Está a punto de salir por la puerta cuando digo:

—Lo has sentido.

Gira la cabeza unos milímetros.

—Lo has sentido cuando he intentado leerte la mente —le aclaro.