Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Una camioneta verde oliva sin techo avanza a toda velocidad por una carretera pavimentada antes de cruzar una barrera y seguir en dirección al puerto.

—¿A quién crees que habrán enviado para recibirla? —le pregunto—. No creo que sea al presidente Ramos, ¿no?

—Lo dudo. Los Terrarios son las personas más desconfiadas que vas a conocer. No van a mandar a su líder a la boca del lobo.

—¿Has estado aquí alguna vez?

—En una ocasión. Por una misión, poco después de que llegara a la Daga.

—Se muestra reticente, como si odiara contarme confidencias nada más y nada menos que a mí—.

Era mi segunda vez como líder del aire. Traje a Kallister.

Me aterraba que nos dispararan mientras estábamos en el cielo, pero nos dejaron aterrizar y oyeron la presentación comercial de Kallister.

Estaba tratando de negociar un acuerdo para venderles licor del valle sintético, pero no creen en nada que no sea natural.

Como en la era pasada. La cuestión es que nos enviaron por donde habíamos venido y no había vuelto desde entonces.

La camioneta se detiene. Hago zoom con la mira y veo a un hombre uniformado con una camisa abotonada metida por dentro del pantalón, ambos de color verde. Tiene el pelo denso y negro y las facciones finas. Lo acompañan cuatro soldados armados.

Adrienne y Saint se acercan al grupo, manteniendo entre ellos al menos dos metros y medio de distancia.

—Ese es el comandante Vásquez —me informa Evlynne—. Está al mando de la provincia.

Acerco el dedo al gatillo cuando los grupos se aproximan entre sí. Adrienne y Saint no llevan auriculares, pero, aun así, dos de los soldados avanzan hasta ellos y palpan sus ropas en busca deotros aparatos tecnológicos. Sin embargo, sí que les permiten quedarse con las pistolas.

Cuando los soldados retroceden un paso, el comandante da una zancada al frente y empieza a hablar. Las negociaciones duran siete minutos y medio. Literalmente.

La incredulidad me inunda como la marea cuando la voz de Adrienne se cuela de repente en mi mente.

Se acabó la reunión. Volved a la base.

Le cuento la orden a Evlynne, quien se encoge de hombros y dice:

—Sí, no me sorprende.

¿Cómo es posible? La reunión no ha llegado siquiera a los diez minutos.

No les ha dado tiempo de escucharte , le digo a Adrienne.

No quieren entrar en guerra , contesta, indiferente. El mensaje procedía del propio presidente Ramos y no me apetece azuzar a ese oso con cuernos. Discutir con estos capullos es inútil. Pero había que intentarlo .

Me asombra lo bien que se lo ha tomado. Sí, no teníamos muchas posibilidades y venir aquí era arriesgado, pero ni siquiera han escuchado todo lo que tenía que decir. Se han cerrado en banda sin debatirlo ni hacer una contraoferta. Me parece apresurado.

Estoy a punto de recoger cuando capto un movimiento en la mira. El comandante Vásquez se está acercando a Adrienne de nuevo.

—Espera —le musito a Evlynne.

La expresión del hombre me pone de los nervios.

Sonríe como un coyote blanco con una presa reciente.

Se enciende un cigarrillo mientras camina y expulsa una nube de humo.

Le comenta algo a Adrienne y juraría que le guiña incluso un ojo antes de darle una palmadita en el brazo y volver con sus hombres.

No sé qué le ha dicho, pero la expresión de Adrienne se ha convertido en piedra. Advierto un fogonazo de ira, seguido de una chispa de preocupación. Luego, oigo de nuevo su voz:

Os han pillado. Volved al avión ¡ya!

Se me paraliza el corazón en el pecho. Joder. ¡Joder!

—Saben que estamos aquí —informo a Evlynne—. Vamos.

Se pone en marcha y agarra la mochila mientras yo meto el fusil en la funda y me lo cuelgo al hombro. Ya no tenemos tiempo para ir con sigilo. Corremos entre los árboles, pisando con fuerza la maleza y abriéndonos paso entre los arbustos.

—Gray —dice Evlynne mientras corremos—, prepárate para despegar. Según Adrienne, nos han visto.

Cuando responde, su voz desprende urgencia:

—Sí, un camión se está dirigiendo a mi posición. Está a unos tres kilómetros. Tenéis que volver ya. ¡Corred!

La adrenalina me invade las venas y tomo la delantera, abriéndome paso por la selva, propulsada por un estado de pura tensión.

No oigo ningún camión ni disparos, pero eso no significa que no estemos a punto de caer en una emboscada.

Permanezco agachada mientras corro todo lo rápido que me permiten las piernas.

El peso del fusil a mis espaldas dificulta cada una de mis zancadas, pero me niego a ralentizar el paso.

Ha dicho que estaba a unos tres kilómetros. Ahora a menos. Tenemos, como máximo, cinco minutos antes de que nos alcancen. Por suerte, nos quedan menos de quinientos metros. Lo único que tenemos que hacer es mantener esta velocidad y… El terreno bajo mis pies desaparece.

Durante un segundo, estoy sobre tierra firme y, al siguiente, me siento liviana por esa caída repentina.

Es una trampa y no tengo tiempo de reaccionar o de prepararme.

Golpeo el suelo con la fuerza suficiente para que todo el aire se me escape de los pulmones.

Jadeo, al mismo tiempo que lo asimilo. El dolor. No, una puta agonía.

Miro hacia abajo y veo que la parte inferior de la pierna se me tuerce en un ángulo poco natural. Duele una barbaridad y se menubla la visión. Permanezco ahí tumbada, jadeando, intentando no gemir.

—¡Wren! —La voz de Evlynne parece provenir de metro y medio de altura.

Aprieto los dientes, tratando de ignorar las punzadas abrasadoras y ardientes que me recorren la pierna.

—¡Wren! —grita de nuevo, cruzando la neblina agonizante.

Cuando trato de incorporarme, sufro una oleada de náuseas. El cuerpo se me convulsiona por una nueva descarga de dolor incandescente y punzante.

—No puedo levantarme —digo con un hilo de voz—. Me he hecho daño en la pierna.

—No me jodas. —Con el corazón acelerado, percibo sus palabras amortiguadas cuando habla con Gray por el auricular—. Darlington está herida. Intenta ganar algo de tiempo.

—¿Cómo que herida? —responde él con brusquedad.

Evlynne lo ignora y se acerca al borde de la zanja.

—Cógeme de la mano —me ordena.

Levanto el brazo hacia ella, pero está demasiado lejos. Cuando intento arrastrarme, me duele tanto que el mundo se torna negro en la periferia de mi visión durante unos segundos y me trago la bilis que me recorre la garganta.

—No puedo —digo, reprimiendo gritos de dolor—. No puedo caminar. Mucho menos correr. Vete sin mí.

La conmoción le cruza la expresión.

—¿Qué?

—Vete —repito mientras se me nubla la visión. Apenas puedo respirar sin sentir que estoy a punto de desmayarme—. Déjame aquí.

Duda, como si se lo estuviera planteando, pero niega con la cabeza y vuelve a tratar de sacarme del agujero. Sin embargo, todos los intentos me hacen sentir como si me clavaran una daga irregular que me arañara los huesos rotos.

—¡Wren! —Otra llamarada de pánico me recorre el cuerpo cuando Gray aparece. Al verme en el hoyo, la preocupación le oscurece la mirada—. Joder, vaquera.

Un segundo después, salta a la zanja y trata de auparme.

—Estoy oyendo el camión —dice Evlynne, angustiada—. Gray.

Me rebelo contra el chico, resistiéndome.

—Para —jadeo—. Tenéis que iros. Si me coges en brazos, no podrás volver a saltar ahí arriba.

—No te voy a dejar aquí.

—Los dos —digo con un hilo de voz, paseando la mirada entre ambos—. Tenéis que iros. ¡Ya! Si os quedáis, nos capturarán a los tres. Si os vais, solo me atraparán a mí. ¡Marchaos cagando leches de aquí!

—Te matarán —suelta Gray.

—Aunque consiguieras subirme ahí arriba, no llegaremos a tiempo al avión. Deberíais estar ya en el aire.

—Gray —dice Evlynne, quien por fin parece aceptar mi punto de vista—. Tiene razón. Vámonos.

Gray le dedica una mirada fulminante.

—No la voy a dejar aquí. La sacaré de este hoyo y llegaremos a tiempo.

La desesperación y el miedo batallan en mi interior y, en ese momento, lo veo en sus ojos: no va a abandonarme. Sacrificará a Evlynne, nuestro avión y todo lo que hay en este mundo, incluso a él mismo, por sacarme de esta maldita zanja.

—Grayson —digo, centrando los ojos en los suyos.

—No —replica. No se va a mover.

Un peso me presiona la caja torácica porque estoy atrapada aquí, poniendo en peligro sus vidas, pero no se va a ir y abandonarme sin ninguna posibilidad de sobrevivir.

Inspiro hondo, dolorida, para intentar centrarme.

La formación da sus frutos porque, casi de inmediato, soy capaz de acceder a esas motas doradas.

Cierro los ojos durante un segundo para recopilar toda esa energía.

Comienzo a temblar, de dolor y de culpa por lo que estoy a punto de hacer.

Las sensaciones familiares empiezan a recorrerme el cuerpo y la presión me crece dentro del cráneo.

Me va a odiar por esto. Pero no tengo otra opción. Tienen que dejarme atrás.

Ignorando el dolor palpitante en la pierna y la culpa que me carcome el estómago, obligo a su mente a que me obedezca, al mismo tiempo que articulo la orden en voz alta:

—Vuelve al avión. Ya.

La expresión se le tiñe de conmoción.

—No.

—Vuelve al avión.

Dirijo la orden hacia su cabeza como me ha enseñado Hawkins, diciendo con un hilo de voz las palabras en voz alta. Veo el momento en el que se asienta. Gray se resiste con tanta fuerza que empieza a temblar. La traición, abrasadora, incandescente, le brilla en los ojos.

—Joder, lo prometiste —gruñe.

—Vuelve al avión. —Desvío los ojos a Evlynne durante un segundo—. Puedo llevarlo hasta allí, pero tendrás que pilotarlo tú. No puedo mantener la incitación a tanta distancia.

Asiente, un poco sorprendida. Entonces, echa a correr, dejándonos a Gray y a mí a solas sumidos en esta batalla de voluntades.

—Tienes que dejarme aquí —le ordeno—. Vuelve al avión. Ahora. Déjame aquí.

—No.

—Déjame aquí.

El libre albedrío me parece importante. Igual que a todos. Y ahora mismo se lo estoy arrebatando a Gray. Me siento como un monstruo. Pero, mientras siga con vida, no me importa.

A pesar de la barrera de resistencia que ha levantado, la incitación está funcionando. Lo sé porque poco a poco empieza a retroceder. Me está drenando cada pizca de fuerza que me queda. No obstante, me concentro, aprovechando el oro.

—Para —ruge—. No hagas que…

—Vuelve al avión. Ya.

Me mantengo firme, filtrando en su mente toda mi fuerza de voluntad. La presión en mis sienes aumenta y se me nubla la visión. Su ira se arremolina en mi cerebro, insoportable. Pero está funcionando. Se está alejando.

—Más rápido —le ordeno, y sus zancadas se vuelven más largas.

Desaparece de mi vista.

—Vuelve al avión —digo entre dientes.

Noto que Evlynne intenta vincularse conmigo y me arriesgo, apenas un segundo.

Ya casi ha llegado , me dice por telepatía.

El alivio me invade. Ya no veo a Gray por ninguna parte, pero sé por mi formación con Hawkins que, mientras siga intacta la correa de energía, puedo seguir incitándolo.

—Sube al avión —musito—. Lo siento.

No sé si ha oído lo último. Lo dudo, pero sé que ha llegado al avión porque Evlynne vuelve a ejercer presión en mi mente.

Estamos en el aire . Hace una pausa. Gracias .

No tengo energía para responder. Dejo escapar un resuello irregular mientras la cabeza empieza a darme vueltas.

Corto de forma abrupta la conexión con Gray.

Me derrumbo en el suelo mientras noto cómo la oscuridad se cierne sobre mí.

Me esfuerzo por permanecer consciente, pero estoy demasiado cansada y el dolor es brutal.

Cada vez que inhalo, algo parecido al fuego me inunda los pulmones y me produce una oleada tras otra de náuseas.

Presiono la mejilla contra el barro y permanezco ahí, angustiada. El esfuerzo mental de incitar a Gray me está pasando factura. Estoy demasiado cansada para reaccionar cuando oigo el sonido de puertas al cerrarse y el eco inconfundible de pisadas que se mueven por el frondoso suelo de la selva.

Abro un ojo y miro hacia arriba. Se me acelera el pulso cuando una sombra aparece ante mí, seguida del cañón de un fusil, pero pierdo la consciencia antes de poder ver quién lo sostiene.