Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

M e parece extraño participar en una misión a plena luz del día.

Cada vez que he estado en un avión con Gray, ha sido a altas horas de la noche, rodeados de oscuridad.

Hoy es primera hora de la mañana y vamos en el híbrido.

En la cabina lo acompaña Evlynne. Yo voy en el asiento trasero, dando golpecitos con el pie en el suelo con nerviosismo, aunque Gray me ha asegurado que nadie nos disparará mientras estemos en el aire.

Supongo que somos invisibles, pero me siento demasiado expuesta debido a la luz que se filtra por la ventana.

Aun así, no me voy a quejar porque me hayan elegido para la misión. Es lo que le supliqué.

—¿Cómo sabes que está funcionando? —le pregunto—. El inhibidor de radares, digo.

—Porque el mío tampoco está activado —contesta sin gi­rarse.

Genial. Incluso aunque sea de día, volamos a ciegas.

Evlynne comprueba sus aparatos, recitando números que imagino que se corresponden con la velocidad del aire y la altitud. Están usando una especie de herramienta manual que no se ve afectada por el inhibidor, por lo que solo permanece inactivo el radar.

—Volveremos a encenderlo cuando estemos cerca de la zona de aterrizaje —añade—.

El inhibidor nos mantiene a salvo del sistema de detección de la isla, pero necesitamos el radar para que se cargue el navegador.

No podemos aterrizar en el lugar incorrecto porque nos tendríamos que enfrentar a un pelotón Terrario.

Comienzo a tamborilear con los dedos sobre la rodilla, a un ritmo rápido.

—Pero si activas el radar, ¿no nos verán?

—No de inmediato —dice Evlynne, aburrida.

Nunca muestra demasiado entusiasmo cuando habla conmigo, aunque desde que la vi con Fisher en el valle no se dirige a mí con tanta hostilidad—.

Tardará cinco minutos en aparecer en su sistema de radares.

Mientras lleguemos al suelo en ese periodo de cinco minutos y luego apaguemos el transpondedor del avión, no deberían poder detectarnos.

Me remuevo en el asiento, golpeando de forma rítmica el zapato contra la funda del fusil a mis pies. Evlynne será mi oteadora, lo que no me entusiasma, pero Adrienne es la líder de misión de hoy y fue ella quien nos asignó cada tarea.

—Muy bien, la zona de aterrizaje debería estar tras el siguiente risco —comenta Gray, estudiando el horizonte.

Estamos en la provincia de Dey, en el extremo norte del continente.

Según la investigación que llevé a cabo anoche, este pedazo de tierra es prácticamente selva y montaña.

En esta época del año, el clima es seco, pero al parecer lo lleva siendo mucho tiempo.

Han sufrido un largo periodo de sequía que no se ha acabado hasta hace poco, cuando cayeron las primeras lluvias.

Gray se gira para mirarme.

—¿Estás bien?

—Siempre lo estoy.

Esboza una media sonrisa y se rasca un lado de la mandíbula, atrayendo mi atención hacia el vello que empieza a crecerle.

—¿Te estás dejando barba? —pregunto.

—¿Por qué? ¿Te parece sexi?

—Te da un toque masculino —le digo.

La verdad es que le queda bien, le define la forma de la cara. También me gusta el traje de vuelo. El gris oscuro le acentúa la figura alta y musculosa.

—¿Podéis dejarlo? —nos pide Evlynne, cortés.

—¿El qué? —pregunta Gray mientras admiro la manera en la que manipula los controles con los dedos fuertes. Está en su salsa, exudando confianza.

—El flirteo delante de mí —musita.

—Ha sido una cantidad mínima. No seas mojigata, Ev. —Ajusta el acelerador—. Muy bien. Apágalo.

Se oye un clic y Evlynne dice:

—Inhibidor… fuera. La cuenta atrás para los cinco minutos empieza ya.

Odio las putas cuentas atrás.

Gray comienza el descenso. Es un proceso lento y controlado. Los motores apenas emiten sonido mientras el híbrido baja cada vez más hacia una cúpula de distintos tonos de verde. Sujeto con fuerza las correas del arnés.

—Dos minutos —nos avisa Evlynne—. Date prisa, Gray.

—Ya casi estamos —musita, pendiente de los controles.

Compruebo que llevo el auricular en su sitio. Evlynne y yo podemos hablar de manera telepática, pero Gray necesita el intercomunicador. Antes, Adrienne dijo que nuestro dispositivo de seguridad era una «formalidad», pero a mí me parece bastante serio.

—¿Estáis listas para poneros en marcha? —nos dice.

El avión se inclina de repente y el estómago me da un vuelco.

Crispo aún más los dedos sobre los laterales del asiento, preparándome.

El terreno, una zona llena de hierba seca, se acerca a nosotros a toda velocidad.

La parte inferior del avión roza las copas de los árboles, que arañan el metal como si fueran uñas.

Entonces, Gray nivela el híbrido y, segundos más tarde, lo aterriza con un suave brinco.

Apaga varios interruptores sin perder el tiempo.

—Transpondedor desactivado. Creo que no tendremos problemas.

Evlynne abre la puerta trasera mientras coge la mochila.

—Vamos —me ladra.

Me cuelgo la funda del fusil al hombro y compruebo que llevo bien atados la pistola y los dos cuchillos.

Luego, salto del avión y estudio el entorno.

El aire aquí huele distinto. Un aroma a sal, flores tropicales y tierra me inunda las fosas nasales.

Además, hay mucha humedad. Estoy sudando y no hemos dado ni un paso.

Estudio la pequeña extensión de árboles, que se vuelven más robustos un poco más lejos. Todo es verde. La escena es preciosa.

Gray me detiene antes de irme y me acaricia la mejilla con las yemas.

—Avisad ante la primera señal de problemas —musita.

—Lo haré.

Me siento tentada a besarlo, pero no puedo, dado que Evlynne tiene su mirada asesina fija en nosotros. Noto la firma energética de Adrienne en la cabeza. Es nuestro contacto silencioso, ya que no puede usar un auricular.

Darlington, informa.

Estamos aquí. Nos vamos a poner en posición ahora. ¿Cuánto tiempo os queda para llegar?

Unos veinte minutos.

—Adrienne y su equipo llegarán en veinte minutos —les informo en voz alta.

Gray asiente.

—Mantened los intercomunicadores encendidos.

—¿Vais a seguir comiéndoos con los putos ojos o nos podemos ir ya? —pregunta Evlynne, sarcástica.

La sigo entre las hileras de árboles. Va en cabeza con el fusil en alto, estudiando la zona. Yo llevo la pistola preparada; el fusil de francotirador es demasiado voluminoso para caminar con él por la selva.

Avanzamos entre los árboles. Según los mapas, la selva se acaba en menos de kilómetro y medio con una pared escarpada hacia un terreno más alto.

Esa zona nos procurará el lugar perfecto para vigilar el aeródromo.

Está justo después del puesto fronterizo y, por lo que he oído, pocas veces aceptan visitas.

Recuerdo que Betima nos contó que, a su padre, que era pescador, lo había pillado una tormenta.

Cuando la marina Terraria lo descubrió, ni siquiera les dejaron a él y a sus hombres poner un pie en su territorio.

Se vieron obligados a quedarse en el puerto hasta que la Revolución pudo ir a por ellos.

En la selva hay incluso más humedad y estoy empapada en sudor cuando llegamos al final de la arboleda. Esta humedad opresiva es agobiante. Me siento como si estuviera cubierta por una manta mojada, con la coleta pegada al cuello y la frente cubierta de sudor.

En lugar de Adrienne, ahora es Saint quien se pone en contacto conmigo.

Aterrizaje en cinco minutos .

Tenemos todo el tiempo del mundo para prepararnos. Saco el fusil y sitúo la mira en su lugar. Su precisión es una maravilla. Elaeródromo está a kilómetro y medio de distancia. Fácil. Con un arma así, podría alcanzar a un objetivo incluso si este estuviera a una distancia dos veces mayor.

Mi única preocupación es que aquí no tenemos dónde escondernos.

La pared escarpada nos oculta de cualquiera que mire en nuestra dirección desde ahí abajo, pero si alguien decide dar un paseo entre los árboles a nuestras espaldas, se topará con nosotras nada más salir de la selva.

Esperemos que la negociación termine rápido.

La tensión me constriñe el pecho mientras aguardamos a que aparezca la aeronave de la Revolución.

Por fin, la veo cruzar el cielo despejado.

Es el helicóptero gris y esbelto que nos recogió a Xavier y a mí cuando emergimos de las Tierras Oscuras.

Lo pilota Henley. Saint se encargará de cubrir a Adrienne.

El comandante de Tierra Fe dejó claro que no le permitiría entrar si traía más de un guardaespaldas, de ahí el dispositivo de seguridad de incógnito en esta colina.

—Estamos en nuestros puestos —le dice Evlynne a Gray.

—Cuando aterrice nuestro pájaro, activaré de nuevo el inhibidor, por si tenemos que huir a toda prisa.

Oteo la zona, las sombras de la espesa selva y las olas que acarician los pilares de madera del puerto.

El océano me fascina, supongo que porque crecí en un rancho con hectáreas de tierra, en lugar de agua salada a la vista.

El tío Jim me llevó una vez a ver el océano y me cautivó.

Verlo ahora me roba el aliento igual que la primera vez.

El agua es de un vívido color turquesa en las zonas menos hondas y de un azul grisáceo oscuro en las más profundas.

La costa es impresionante, con acantilados irregulares que se yerguen sobre el mar y con orillas donde terminan las olas con un vaivén eterno casi hipnótico.

Inhalo el aroma a sal y salmuera. Ahora huele a tierra, una mezcla de la brisa salada del océano y el toque terroso de la montaña.

—¿Por qué la isla es tan tranquila? —musito—. Es inquietante.

—No es una isla —responde Evlynne, poniendo los ojos en blanco.

—Lo que sea. Ya sabes a qué me refiero. Hay mucha calma.

El silencio incómodo se dilata. Me pongo alerta en cuanto aterriza el helicóptero. Acerco el ojo al visor. Evlynne pasea los binoculares por el paisaje.

—Tienen compañía.