Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Solo estamos nosotros dos, capitán , dice la primera voz con una carcajada. No tienes que ponerte machito. Sé por experiencia que los tatuajes en la columna duelen una puta barbaridad. Es una zona con muchos huesos y demasiadas terminaciones nerviosas…

He dicho que quiero que me duela, joder.

Si es lo que…

Las voces se acallan, inundándome la mente de un silencio agonizante. Cross se está haciendo otro tatuaje. Al menos, eso es lo que he intuido a raíz de la conversación. El zumbido debía de ser la aguja.

«Haz que duela».

Me aovillo de nuevo bajo las mantas, deseando poder fingir que no lo he oído, volver a sentir la euforia que me había producido la cita con Gray. ¿Por qué se está haciendo Cross un tatuaje precisamente esta noche? ¿Sabe que es…?

Claro que lo sabe. Lobo me deseaba feliz cumpleaños cada año desde que cumplí los seis.

Con un gruñido, cierro los ojos y ahuyento a Cross de mis pensamientos, pero da igual lo mucho que lo intente, aún oigo esa voz grave y letal en mi cabeza: «Haz que duela».

Durante los días siguientes, advierto que la Autoridad se pasa mucho tiempo en la sala de guerra, debatiendo sobre vete tú a saber qué.

Siento una curiosidad de la hostia, pero cada vez que le pregunto a Gray sobre el tema, no entra en detalles.

Tras el tercer día de reuniones, mi curiosidad se ha convertido en una bestia que no puedo domar.

Tengo tantas preguntas que siento que me va a explotar la mente.

Esa noche, mientras Gray me lleva a su cuarto, le tiendo una emboscada.

—¿Qué está pasando? Sé que estáis planeando algo.

Durante un momento, creo que no me va a contestar. Se pasa una mano por el pelo, atrayendo mi atención a la manera exquisita en la que flexiona el bíceps. Me obligo a centrarme, esbozando un mohín ante su silencio.

Con una tenue sonrisa, cede.

—Acabamos de autorizar a través de una votación una misión a Tierra Fe para entregar el mensaje.

Suelto un grito ahogado.

—¿En serio? ¿Cuándo?

—Dentro de tres días. Se lo contaremos a todos por la mañana y formaremos al equipo. Contactamos anoche con su comandante y esta mañana nos han enviado sus condiciones de negociación. —Frunce el ceño—. No me entusiasman.

—¿Por qué?

—Os las contaremos a todos mañana —repite.

—O… —le dedico una sonrisa radiante— puedes contármelas ahora. Mañana me haré la sorprendida.

Con una carcajada, Gray se dirige al sofá y se deja caer en él.

Me siento a su lado y acerco las rodillas al pecho.

—¿Cuáles son las condiciones?

—Solo hablarán con alguien que forme parte de la Autoridad. Es decir, con Adrienne o con Kallister.

—¿Y qué pasa contigo? ¿O con Fiona y Teriq?

—No es nuestro fuerte. Ade está más acostumbrada al trabajo de campo que Kal, por lo que lo más probable es que vaya ella…

—Se frota la frente—. No me gusta esta misión.

Solo puede llevar consigo a un piloto y un guardia, y los Terrarios le quitarán todos los aparatos tecnológicos al llegar, así que no contará con ningún intercomunicador.

Entorno los ojos.

—¿Y qué términos les habéis impuesto vosotros?

—Ninguno. Pueden traer a un ejército de guardias y hacer lo que les dé la puta gana.

—Entonces, ¿Adrienne y un único guardia tendrían que enfrentarse al ejército entero de Terrarios?

—Sí. Por eso, enviaremos a un segundo equipo de seguridad.

—¿Cuántos?

—Un francotirador y un oteador.

—Asígname la misión —le pido enseguida.

—No te voy a enviar allí.

—¿Por qué no? —Inclino la cabeza, desafiante—. Mira, he trabajado con Evlynne, Mako y Orin. Todos se consideran tus mejores francotiradores. Pero tanto tú como yo sabemos que les doy mil vueltas. Soy la mejor de toda la Daga.

—Y la más humilde.

—Obvio. —Esbozo una sonrisa antes de ponerme seria de nuevo—. No hay nadie que pueda cubrir a Adrienne mejor que yo, sobre todo con un fusil de largo alcance. ¿Sabes cuáles serán las coordenadas?

—A aproximadamente dos kilómetros de distancia. —La reticencia le crispa las facciones.

—Me necesitas allí. Sabes que soy la mejor opción.

En lugar de responder, tira de mí para sentarme en su regazo. Me coloco sobre él con una rodilla a cada lado de sus firmes muslos.

—¿Qué estoy haciendo sobre tus piernas, as?

Gray pestañea, convirtiéndose en la inocencia en persona.

—Uy, ¿cómo has llegado hasta aquí?

—Siento que siempre buscas alguna excusa para besarme.

Se inclina apenas unos milímetros e intuyo la sonrisa en su cara cuando susurra:

—Puede.

El corazón me da un vuelco inesperado.

—Eres una causa perdida.

—Te encanta. —Me pasa los dedos por el pelo y acerca mi boca a la suya.

Besarlo es distinto a cuando lo hacía con Cross.

No es mejor ni peor, solo… diferente. A Gray le gusta provocarme.

Sus besos empiezan con lentitud, con ternura, demorándose y arrastrándose.

Con cada presión de sus labios, percibo esa sonrisa traviesa, la picardía, hasta que el deseo se vuelve demasiado intenso para jugar con él y gruñe contra mis labios, robándome el aliento con un puñado de besos apasionados y embriagadores que diluyen el mundo que nos rodea.

Cuando el beso se acaba, ambos estamos jadeantes.

—Deberías irte. —Su voz se ha tornado áspera—. Íbamos a ir despacio, ¿no te acuerdas?

—Me parece que deberíamos reconsiderarlo.

Suelta una carcajada.

—No.

—¿Por favor?

—Wren… —Acerca los labios a mi oído, provocándome un estremecimiento—. Te follaré. —El estremecimiento se convierte en un gemido que se me escapa, involuntario, de la garganta—. Y, cuando lo haga, te quedarás conmigo en la cama durante al menos cuarenta y ocho horas. Pero…

—Sin peros —le suplico.

—Pero esta noche no toca —concluye. Me da una palmadita en el culo antes de echarme de su regazo—. Hora de irse, vaquera. Eres demasiado tentadora.

—¿Beso de buenas noches? —pregunto, inocente.

Entorna los ojos.

—Uno.

Le rodeo el cuello con los brazos y me pongo de puntillas para besarlo. No puedo evitar colar la lengua en su boca, haciéndole gruñir.

—Buenas noches, Wren —dice, severo.

—Buenas noches, Grayson —farfullo.