Capítulo 42
R esulta que tenemos una cita. Y no una cualquiera. Cuando llego al hangar, Gray me ayuda a subirme a un aerodeslizador, uno de los modelos más pequeños, apto solo para dos personas.
—¿Para qué lo necesitamos? —pregunto, curiosa.
—Ya lo verás.
La nave se enciende con un grave zumbido y, al elevarse del suelo con lentitud, noto la suave vibración en las plantas de los pies. Monté en algunos aerodeslizadores cuando estuve en la Élite Plateada, pero esa sensación liviana mientras flotas por el aire como una pluma nunca pasa de moda.
La noche nos envuelve, sumiéndonos en una oscuridad total, pero nuestro destino no debe de estar lejos porque Gray mantiene los focos encendidos para guiarnos, ayudados también por la luna casi llena.
Oteo las siluetas en penumbra de los picos de las montañas.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás —vuelve a provocarme. Con una mano sujeta la columna de control y tiene la otra posada en mi muslo.
Paseo la mirada de sus dedos a su cara antes de entornar los ojos cuando me dedica su característico guiño.
—¿Qué? —pregunta, inocente.
El aerodeslizador es mucho más sutil que un helicóptero o un caza.
Emite un zumbido constante que se vuelve más fuerte cuando presiona el acelerador y el motor ruge, haciéndonos sobrevolar la zona con una ligera descarga de energía.
Los ventiladores de la parte inferior vibran, creando una alfombra de aire que nos ayuda a deslizarnos por el cielo.
No voy a decir que no esté disfrutando de la calidez de su mano en mi muslo, de la manera en la que la mueve para dedicarme pequeñas caricias. Se me acelera la respiración y me doy cuenta de que me estoy poniendo cachonda.
No he estado con nadie desde la noche en la que me reuní con Cross en Paraíso y ese anhelo se aletargó en el momento en el que lo nuestro se acabó en la cantera.
No esperaba sentir deseo sexual de nuevo durante mucho mucho tiempo, pero es como si mi cuerpo estuviera volviendo a la vida.
Mi mente evoca la sensación embriagadora de otro cuerpo presionado contra el mío mientras el corazón se me desboca al recordar los besos apasionados que Gray y yo nos dimos.
Al superar un nuevo risco, un relámpago de radiante luz púrpura se filtra en el aerodeslizador. Estamos sobre la albufera.
—¿Por qué brilla? —exclamo.
—Magia —contesta, un eco de lo que dijo Evlynne el día en que me dejó aquí tirada—. Una noche estaba haciendo prácticas por aquí y vi la albufera brillar en la oscuridad. No podía creerlo. Pero eso no es lo mejor.
—¿Hay algo mejor que esto? —No logro despegar los ojos de esa titilante agua purpúrea.
—Créeme. Esto no es nada.
Tira de una palanca y presiona un par de interruptores en el salpicadero. Con un tenue ruido mecánico, el aerodeslizador… se para. Justo en mitad del cielo, flotando sobre un punto de la albufera.
Se quita el arnés y me hace un gesto para que lo siga. Mientras abro las correas del mío, ya se está dirigiendo a la parte trasera, sorprendiéndome cuando abre una puerta. Una brisa fría se cuela en el aerodeslizador.
—Vamos, vaquera. —Me hace un gesto para que lo siga.
Apenas puedo caminar erguida por la cabina, pero Gray debe agacharse cuando se acerca a la abertura y se deja caer, balanceando las piernas sobre el borde. Me siento a su lado y estira la mano para entrelazar los dedos.
La luna se yergue sobre nosotros, pero las estrellas… parecen estar tan cerca que casi podría tocarlas. Son motas enormes y brillantes de luz repartidas por el cielo oscuro.
Mientras flotamos sobre la albufera reluciente, no puedo negar que la escena es romántica. Mucho.
—Muy buena cita, as.
Se le curvan los labios en una suave sonrisa.
—Me gusta.
—¿Qué?
—Que me llames «as».
—¿Te estás ruborizando?
—No me estoy ruborizando. Vete a la mierda.
—Ay, madre, sí que te estás ruborizando. ¡Qué mono!
Estiro la mano y le toco la mejilla, incapaz de dejar de sonreír. Tiene el rostro caliente. Sin duda, se ha sonrojado.
Nos quedamos en silencio durante mucho tiempo. Advierto que de vez en cuando me echa un vistazo, pero, cada vez que dirijo los ojos hacia él, desvía los suyos.
—Estás raro —comento.
Gray suelta un suspiro.
—Me gustas.
—¿Sí?
Ahora me toca a mí ruborizarme. Me parece muy dulce y puro, como mi primer amor en el distrito Z. Una pizca de vergüenza se cuela en su voz ronca cuando dice:
—Sí, me gustas mucho.
—Para —digo, inclinando la cabeza—. Vas a hacer que me sonroje yo también. Somos demasiado mayores para esto.
Suelta una risita, pero en sus ojos advierto inquietud.
—No me gusta.
—¿Qué?
—Estar pillándome. —Suelta una maldición entre dientes—. Es patético. Soy Grayson Blake. No me enamoro de ninguna mujer. Me las follo a todas. Y hago que se corran.
—Ay, pobre criaturita.
Con una carcajada, me acerco aún más a él y apoyo la cabeza en su hombro. Unas volutas de calidez se liberan por mi interior cuando la idea de que se está pillando de mí me revolotea en el pecho.
Levanto la cabeza para hacerle otra pregunta, pero suelta un gruñido.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras que te besara.
—Quiero que me beses.
Se le escapa un nuevo gemido ahogado.
—Pronto. No quiero perdérmelo.
—¿El qué?
Señala con suavidad la albufera con la cabeza.
—Tú mira ahí. Hazme caso.
Me inclino un poco hacia delante para conseguir una perspectiva mejor del agua. Es estremecedor estar aquí colgando, en el cielo, como si nos mantuviera en nuestro sitio un ancla invisible. El zumbido del aerodeslizador es tan suave que apenas parece que los motores estén encendidos.
Entonces, lo veo. En un primer momento es casi imperceptible. Comienza siendo un fogonazo, un brillo sutil bajo la superficie del agua. Creo que es un juego de luces, pero entonces lo veo de nuevo. Y otra vez.
De repente, el agua cobra vida. Ante mis ojos, abiertos como platos, miles de orbes blancos emergen de la albufera.
Al principio, creo que están volando, como si fueran una especie alienígena que surgiera de las profundidades de la Tierra, pero entonces me doy cuenta de que están saltando, brincando como diminutos fuegos artificiales que explotaran al salir del agua, revoloteando a metro o metro y medio por el aire, creando un efecto en cascada.
Cuando me giro hacia Gray, boquiabierta, sonríe y dice:
—Peces luna. Salen todas las noches. Es su manera de alimentarse.
—¿De qué?
—De insectos. De mosquitos. De lo que sea que haya ahí abajo. Una de nuestras científicas me habló del tema en una ocasión. Me dijo…
—¿Una de vuestras científicas? —lo interrumpo.
—Sí, es una mujer de sesenta y seis años que investiga a las especies animales de la montaña. Está buenísima. —Me guiña un ojo y le doy un puñetazo en el brazo—. Me alegra que sigas con tu racha de celos.
Centro de nuevo la atención en el agua para admirar la deslumbrante demostración de… Bueno, lo llamaré por su nombre: magia. Este puto espectáculo es pura magia.
—La cuestión es que dijo que los peces luna se pasan todo el día en las profundidades. Escondidos entre las rocas o enterrados en la tierra. Esperan a que se ponga el sol y, luego, cuando se están alimentando… —hace un gesto hacia la albufera—, bailan.
Estoy totalmente fascinada por el remolino de luces que cubre el agua. Los pequeños peces dibujan arcos por el aire, dejando a su paso una estela blanca antes de sumergir sus cuerpos bioluminiscentes y volver a saltar de nuevo unos segundos más tarde.
Gray me contempla.
—Increíble, ¿verdad?
Mientras los peces luna siguen brincando, no logro apartar los ojos de ellos.
—A veces…, cuando veo este tipo de cosas…, pienso que tal vez este mundo no es una causa perdida. Que debe haber una razón para que todos estemos aquí. —Cojo aire, inmersa en la escena, en este momento perfecto, suspendida en el tiempo y elespacio.
Me acaricia la palma de la mano.
—Pensé que te gustaría.
Hacía mucho tiempo que no notaba el corazón tan rebosante. Poso los labios en su mejilla.
—Gracias por traerme aquí.
Gira la cara hasta que nuestros labios están a punto de rozarse.
—De nada.
Con nuestras bocas a un pelo de distancia, intento reprimir una sonrisa.
—¿Quieres saber un secreto? —susurro.
—Claro.
—Hoy es mi cumpleaños.
—¿Estás de coña? ¿Por qué no has dicho nada?
Me encojo de hombros.
—Jim y yo no éramos de la clase de personas que celebran los cumpleaños.
Me contempla durante un segundo. Luego, se echa a reír.
—Solo tú, Wren Darlington.
—¿Solo yo qué?
—Puedes hacerme reír y dejarme sin aliento a la vez. Deberías habérmelo dicho. Habría…
—¿Qué? ¿Hecho algo especial? —Señalo el precioso espectáculo a nuestros pies—. Misión cumplida, as.
—Joder —se maravilla—, soy el hombre perfecto hasta cuando no lo intento.
—No adelantes acontecimientos. Es una bonita manera de cumplir veintiuno, pero tampoco es que hayas inventado los peces luna.
—No lo sabes —me provoca antes de tirar de mí para darme un beso.
Me da la impresión de que estoy flotando cuando volvemos a la base.
Ante mi puerta, me da un tierno beso en los labios, solo un roce, no va más allá.
Respeta mi decisión de ir despacio. Me alegra que lo haga porque cinco segundos más y habría tirado de él hacia mi habitación para ceder a esa urgencia imprudente que lleva guiándome toda la vida. Saltar antes de pensar.
Cuando Gray me da las buenas noches, agradezco que al menos uno de los dos mantenga la cabeza despejada. Sigo aún en pleno subidón cuando me cuelo bajo las mantas y me apoyo sobre el costado. Entonces, un zumbido agudo me inunda los oídos, haciendo que me cague viva.
Biiiiiiissssss. Biiiiiisssss. Biiiiissss.
Me incorporo para frotarme las sienes. ¿Qué cojones es eso?
¿Seguro que no quieres el gel anestesiante?
La voz de un hombre que no conozco es aún más inquietante que el zumbido incesante que, por suerte, se detiene.
No pasa nada . Haz que duela .
Se me escapa el oxígeno de los pulmones.
Cross.
Está ocurriendo de nuevo. Está en mi cabeza.