Capítulo 41
L a habitación se inclina sobre su eje.
—¿En serio? —pregunto mientras el corazón me da un vuelco en el pecho. Me contemplo los pies, temerosa de ver su expresión—. ¿Por qué?
—Llevábamos mal un tiempo. Siempre volvemos a los brazos del otro cuando estamos aburridos y, después, se acaba. Estoy cansado de ese bucle. Es hora de pasar página.
—Tiene sentido.
—Eso, y que yo también siento algo por ti.
Me quedo paralizada. Cuando levanto la cabeza, me dedica una sonrisa.
Se acerca a mí y el aire parece volverse denso.
Lleno de vida. Me coge la cara con una mano y me acaricia la mandíbula con el pulgar, provocándome un escalofrío.
Entonces, se inclina hacia mí apenas unos centímetros y noto cómo su aliento me cosquillea los labios, haciendo que una oleada de calor me recorra el cuerpo.
La tensión se aovilla en mi interior, mezclándose con el deseo y quizá una chispa de inquietud. Inspiro hondo y Gray desvía los ojos hacia mi pecho, que se hincha bajo la camiseta.
Se le curvan los labios en una sonrisa casi imperceptible. Sabe el efecto que está teniendo en mí. Él también siente esta corriente de electricidad que nos envuelve, a punto de estallar de forma peligrosa.
—Llevo queriendo besarte desde aquella noche en la base del Comando. —Su voz se torna ronca, anhelante.
Deja que la confesión flote entre los dos. Me humedezco los labios y baja los ojos hasta mi boca. Un relámpago los cruza.
—¿Qué piensas? ¿Debería besarte de nuevo?
No es un desafío, sino una súplica. El corazón se me desboca contra las costillas.
—Creo que deberías hacerlo.
Con una sonrisa, me delinea la mejilla con las yemas antes de deslizarlas hasta mi cuello. Pero no me besa. Sigue observándome. Yo respiro más rápido; me muero de impaciencia.
Lo está disfrutando. La tensión. La provocación. Pasan algunos segundos más. Me muerdo el labio a medida que crece mi frustración.
—Gray, no me jodas. ¡Por favor!
Con una suave carcajada, me rodea la nuca con los dedos y acerca su boca a la mía.
El beso es apasionado, urgente, pero, a la vez, desprende ternura, como si ambos estuviéramos saboreando el momento.
Me recorre la espalda con las manos y respondo atrayéndolo hacia mí hasta que mi ardor está al nivel del suyo.
Aprieto la tela de su camisa entre los puños. Con un sonido ahogado, me pasa los dedos por el pelo e intensifica el beso, deslizando la lengua por mi boca para probar la mía. Se me acelera el corazón. Hacía mucho tiempo que nadie me besaba así. Desde…
Aparto el recuerdo. No quiero pensar en ello. Deseo perderme en este instante, en la calidez de sus labios y la manera en la que baja por mi espalda, posa los dedos en mi cintura y estrecha mi cuerpo contra el suyo. Reprimo un gemido al notar la dureza de su excitación contra el estómago.
—Nunca he deseado tanto a nadie como a ti —musita.
Ambos estamos sin aliento, pero parece que no podemos dejar de besarnos.
Gray me empuja hacia atrás hasta que choco con los hombros contra la pared.
El calor se me acumula bajo el vientre y me provoca una punzada de anhelo entre las piernas.
La camiseta se me ajusta al pecho, marcándome los pezones.
Quiero quitarme la ropa. Y quitarle la suya. Lo quiero a él.
Debo hacer uso de toda mi fuerza de voluntad antes de retirarme.
Últimamente me estoy esforzando por pensar antes de actuar, por deshacerme de la costumbre de seguir mis impulsos y, excepto cuando me rebelé durante el rescate en el Cañón Helado, he logrado controlarme.
A mí, a mis habilidades, a mis emociones.
Por eso, jadeante, con el corazón aún martilleándome en el pecho, la tela de su camiseta entre los puños y las rodillas temblorosas por el deseo, me obligo a alejarme un poco de él.
—Quiero que sigamos —le digo con la voz ronca, impregnada de lujuria—. Te lo prometo.
—¿Pero?
—Pero, si vamos a… hacerlo… —trago saliva—, necesito que vayamos despacio. Muy despacio.
Curva de nuevo los labios.
—Vale.
—Me da miedo que, si vamos demasiado rápido, te… —Me interrumpo, mordiéndome el labio.
—¿Qué? —farfulla.
—Te haga daño.
En sus ojos aparece un brillo sarcástico.
—Es gracioso, porque a mí me preocupa lo mismo.
—¿Sí?
Acaba con la distancia que he intentado crear entre nosotros y entrelaza sus largos dedos con los míos.
—No se me dan bien las relaciones. Puedes preguntárselo a Karra.
—Creo que a mí también se me dan mal —confieso—. Y me parece que, si me meto en la cama contigo, una parte de mí va a sentir que te estoy usando, que eres el clavo que saca otro clavo, y no es lo que quiero.
—No, puedes usarme. Por favor, úsame.
Reprimo una carcajada.
—No.
Me dibuja un círculo con el pulgar en el centro de la palma.
—¿Estás intentando calmarme? —le pregunto.
—No, solo te estoy cogiendo de la mano. —No deja de acariciarme—. Y no tienes que estresarte. Ir despacio me parece perfecto.
Nos sostenemos la mirada y el deseo no tarda en recorrerme, inundándome las entrañas y obligándome a respirar hondo de nuevo.
Una vez más, lo alejo de mí. No me da miedo solo usarlo, sino arrasar con una amistad que significa mucho para mí solo porque mi corazón aún no esté preparado para entrar en otra relación.
—Lo estoy intentando con todas mis fuerzas —admito, odiando el ápice de vulnerabilidad que se cuela en mis palabras—. Lo de ser menos impulsiva.
—Me he dado cuenta.
—Me da la impresión de que estar al cuidado de Jim creó este monstruo en mi interior, esta necesidad de demostrar mi valor y dejar claro que no necesito protección, que puedo meterme de cabeza en los líos y salir victoriosa.
Pero debo empezar a reflexionar sobre mis acciones antes de ponerlas en práctica.
Y no quiero que te conviertas en una distracción ni llenes el hueco que antes ocupaba… otra persona.
Se le tensa ligeramente un músculo en la mandíbula. Sabe de quién estoy hablando. Luego, se relaja y me acaricia la curva de la muñeca.
—No necesitas seguir dándome explicaciones. Lo pillo. Si quieres que nos liemos con la ropa puesta hasta el año que viene, me apunto…
—¿Un año? Yo no me voy a apuntar a algo así —grazno, provocándole una carcajada.
—Lo único que digo es que no estás ofendiéndome ni haciéndome daño por tomarte tu tiempo. Queremos lo mismo. ¿Entendido?
La emoción me crea un nudo en la garganta. No sabía lo mucho que necesitaba oírle decir algo así.
—Entendido.
Me levanto a la mañana siguiente y espero a que la oleada de culpa haga su aparición. Anoche besé a Grayson Blake. Con lengua. Con mucha lengua.
Debería parecerme una traición a Cross, pero… no es así. Al mismo tiempo, el beso tampoco ha acabado con lo que siento por él. Sé que sigo enamorada. Pero entiendo que es el momento de olvidarlo.
Hace meses que me pidió que nos escapáramos juntos y dije que no. Tomé una decisión. Estoy pasando página. Igual que él. Con Ivy, ni más ni menos.
Bueno, en realidad no tengo ninguna prueba de que sea así, excepto una vaga transmisión de Ivy pidiéndole que hablaran sobre su relación. Me gustaría pensar que no estaba dispuesto a olvidarme tan rápido, pero ayer besé a otra persona, así que…
En el comedor, tanto Gray como yo nos sentamos con el grupo de siempre.
Él me guiña un ojo cuando me dejo caer en la silla a su lado.
Le dedico una mirada que significa «para» y me centro en el desayuno: huevos revueltos con beicon de verdad.
Se inclina sobre mí y me roba un poco. Le doy un puñetazo en el brazo.
—Cómete lo que tienes en el plato.
No creo que nuestro comportamiento delate que nos metimos la lengua hasta la campanilla anoche, pero no paso por alto la sonrisa de superioridad que le curva los labios a Henley cuando nos mira. Entonces, Mako también la esboza, girando la cabeza de Gray a mí.
—Os habéis enrollado —nos acusa.
—No, claro que no —miento.
Suelta un grito ahogado como si, en lugar de negarlo, lo acabara de confirmar.
—¿Lo sabe Karra?
De inmediato, pasea los ojos por la estancia. Ni Evlynne ni ella han llegado todavía y, en cierto sentido, espero que ninguna aparezca en el desayuno.
Se cumplen mis deseos. El resto de la comida sigue su curso sin incidentes y me marcho al campo de tiro para trabajar con los recién llegados del campo de trabajos forzados. Después, me reúno con Hawkins en el Templo. Kallister me regañó anoche porque he estado descuidando mi formación.
En lo relacionado con la incitación, Hawkins es una de las pocas personas con las que puedo ser sincera del todo. Lo que es un poco deprimente porque, bueno…, Hawkins da un poco de yuyu.
Hoy me explica las mejores técnicas para mantener activa la correa de energía en distancias más largas. Hasta el momento, solo he intentado incitar a lo lejos en una ocasión, cuando Evlynne se marchó en el helicóptero, y fue un fracaso total.
—¿Hasta dónde has podido mantenerla? —le pregunto a Hawkins.
Reflexiona antes de responder:
—Durante mi formación, incité a Kallister para que se dirigiera al aviario.
¡Vaya! Me quedo boquiabierta.
—Eso está a casi un kilómetro y medio de distancia.
Ahora veo por qué todos lo temen. Es mucho más fuerte que yo.
—¿Sigues practicando con Blake? —pregunta.
—¿Con quién iba a practicar si no? Gray es el único que me lo permite.
—Ya, ojalá tuviéramos más ratas.
—Quizá, si dejaras de llamarlos «ratas», estarían más dispuestos a ayudarte.
Suelta un bufido.
—Nadie quiere un incitador en su cabeza, Darlington. Da igual cómo los llames.
Cuando estoy saliendo del Templo unos minutos después, recibo un mensaje de Gray en el intercomunicador.
«¿Estás ocupada esta noche?».
La pregunta me hace sonreír porque ¿qué planes iba a tener? Tampoco se puede hacer mucho en la Daga. Respondo con:
«Para nada. Soy toda tuya».
Advierto en el último segundo lo insinuante que ha sonado. Por supuesto, me sigue el juego.
«¿Cada parte de tu ser?».
«Bueno, quizá solo mi puño para darte un buen guantazo en la cara».
«Deja de decir guarradas, vaquera. Estoy intentando pilotar un avión».
Me echo a reír antes de escribir otra pregunta:
«¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer esta noche?».