Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

– S iento interrumpirte —dice Kallister, asomando la cabeza por la puerta del despacho—, pero me acaban de convocar en la sala de guerra. —Hace un gesto hacia la tableta en mis manos—. Tendrás que volver otro día.

La decepción se me aovilla en el pecho. Mierda. Estaba llegando a la mejor parte. Por fin he empezado a leer el interrogatorio de mi madre y me arrepiento de no haberlo hecho antes. Es, de lejos, el documento más fascinante de su archivo.

De alguna manera, mis encuentros semanales con Kallister han pasado desapercibidos.

Gray una vez hizo mención del tema y le dije que a Kallister y a mí nos gustaba hablar de Jim.

No es del todo mentira. Sí que hablamos del tío Jim, pero me paso la mayor parte del tiempo leyendo el archivo de mi madre.

Al salir al pasillo, recibo un mensaje de Mako que me provoca una sonrisa.

«¿Te apetece golpear algunos sacos, Wrenny?».

Voy directa al gimnasio, pero, cuando entro, me encuentro a Gray y Saint entrenando juntos.

No esperaba que Gray estuviera aquí; llevo evitándole varios días y ahora…

se me acelera el pulso de repente. No es mi intención, pero centro los ojos en ambos.

Ninguno lleva guantes y los dos van descalzos.

Sus torsos están relucientes de sudor. Gray también tiene el pelo mojado y, al apartárselo de la frente, veo enmarcadas sus preciosas facciones.

—Demasiado lento —se burla mientras esquiva uno de los puñetazos de Saint.

Como siempre, por su rostro baila la travesura. No creo que sea posible que se ponga triste por nada. Cuando le he visto enfadado, siempre le ha durado poco. Su malhumor es como una lluvia torrencial que desaparece antes incluso de mojar el suelo.

Se mece sobre los talones antes de soltar un gancho que Saint logra evitar en el último segundo.

—¿A quién llamas lento? —replica Saint antes de lanzarse hacia delante y darle un puñetazo que hace que Gray suelte un gruñido.

—Bien hecho —dice el piloto mientras se seca la sangre que comienza a caerle por la comisura de los labios.

Ambos se mueven con ligereza. Los observo, admirando su agilidad. Es mucho más cordial que cuando Cross peleaba con Xavier en el cuadrilátero, en la base del Comando, cuando estaban a punto de darse una paliza de muerte antes de echarse a reír como si fuera lo más normal entre amigos.

—Wrenny. —Mako aparece a mi lado.

En ese momento, Saint y Gray terminan de entrenar y se acercan a nosotros. Fijo los ojos en Gray, quien me devuelve la mirada con una mezcla de burla y diversión. Luego, abre el tapón de su botella metálica y le da un largo sorbo.

Mako y yo entrenamos un rato golpeando los sacos de boxeo.

Me propone luchar entre nosotros, pero no me interesa acabar aplastada por una montaña humana, por lo que le aseguro que me parece bien que nos centremos en los sacos.

No se calla en ningún momento; casi siempre dice tonterías, pero también menciona que hay una fiesta en la cueva esta noche.

En la Daga se organizan fiestas a menudo, supongo que porque no tenemos mucho que hacer la mayor parte del tiempo.

Es su manera de desahogarse, como las noches en el cuadrilátero del Comando.

Esa noche, voy con Mako a la fiesta. Cuando nos encontramos, retoma la conversación como si nunca se hubiera acabado. Esta vez, mientras suelta un riachuelo incesante de palabras, apenas lo oigo sobre la música estrepitosa. Mejor. La mayoría de lo que dice no tiene mucho sentido.

Mientras la melodía machacona de un bajo eléctrico retumba entre las paredes de la cueva, me recoloco la parte frontal de mi top escotado y estudio la sala en penumbra.

Estoy aquí esta noche para demostrar que me dan igual las acusaciones que me soltó Gray a la cara el otro día.

No estoy celosa de Karra. Puede enrollarse con quien quiera.

Advertir a Tana bailando entre la multitud me levanta el ánimo. Estoy a dos segundos de acercarme cuando me doy cuenta de que no está sola. Luisa y ella están perdidas en su propio mundo mientras bailan, con los cuerpos fusionados, sosteniéndose la mirada.

Le estoy dando un sorbo a una botella de licor del valle cuando Adrienne me sorprende colocándose a mi lado. En lugar de intentar gritar sobre la música como Mako, utiliza la telepatía.

¿Qué tal va todo, Darlington? Llevamos un tiempo sin hablar .

Me encojo de hombros y doy otro trago.

Todo bien.

¿Te sientes más cómoda en la Daga? Sé que Ford se ha ido, pero pareces haber encontrado tu lugar entre nosotros, ¿no?

Creo que sí. Evlynne ya no me fulmina con la mirada tanto como antes.

¿Ya no te deja tirada en la montaña?

Eso nunca ha pasado .

Adrienne me dedica una mirada. Sabe que le estoy mintiendo. Y Mako sabe que nos estamos comunicando porque a ella sí se le iluminan las venas y ambas lo estamos ignorando.

—¿Por qué las mujeres siempre se olvidan de que estoy aquí? —gime, dramático.

Mientras se aleja con largas zancadas, contemplo a Adrienne.

¿Alguna novedad sobre la búsqueda de aliados? ¿En Tierra Fe?

No he venido aquí a hablar de negocios , responde, desestimando la pregunta, antes de alejarse y perderse entre la marabunta. Mako también ha desaparecido, supongo que a lamerse las heridas porque lo hayamos dejado de lado en la conversación.

Busco a Tana de nuevo y reprimo una sonrisa cuando la localizo con Luisa en las sombras, besándose. Me alegro mucho por ella. Verla tan destrozada ese día en el valle me resultó desgarrador. Solo quiero que sea feliz.

Advierto movimiento en mi visión periférica antes de que Saint se deslice hacia el espacio que hay a mi lado.

Siento sus ojos fijos en mi sien y, cuando me giro, lo saludo con un movimiento de cabeza que me devuelve.

No esperaba mucho más de él. No habla demasiado, lo que forma parte de su encanto.

Las mujeres se mueren por conocerlo en profundidad, pero Saint no quiere que eso pase, así que se muestra esquivo.

No sé qué me empuja a cogerle de la mano; juro que no estoy intentando flirtear. A pesar del gesto de sorpresa que le cruza la expresión, me permite que nos vinculemos telepáticamente cuando ejerzo presión en su mente.

Baila conmigo.

No protesta. Baja las manos a mi cintura, no con demasiado fervor, y acerca su cuerpo al mío. Me muevo a su ritmo, tratando de perderme en la música. Huele a fuego y especias. Nos acercamos cada vez más hasta que casi estoy pegada a él.

Sigue sin hablar. Ni en alto ni a través de la conexión mental. Su aliento me cosquillea el cuello cuando entierra la cara en él y entiendo entonces por qué todas las mujeres de la Daga caen a sus pies. Consigue distraerte con su mera presencia.

El ritmo cambia, volviéndose más lento. Saint cuela un muslo entre mis piernas antes de guiarme hasta la pared de la cueva.

Ya no estamos bailando. Ahora estamos aquí de pie, fusionados el uno con el otro.

Inhalo con fuerza, temblando cuando noto sus labios rozándome el cuello.

No es un beso. Más bien, una caricia. Una provocación.

Desliza las manos hasta mi culo. Una nueva provocación. Levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran. Fijo los ojos en sus labios mientras me debato entre si debo besarlo o no. Sin embargo, una idea me sobreviene, una verdad a la que no puedo resistirme.

«No es a él a quien quiero besar».

Me tiemblan las manos en torno al cuello de Saint. Necesito encontrar a Gray.

—Lo siento —digo, dejando caer los brazos—. Tengo que irme.

No protesta. Solo da un paso atrás y me dedica un fantasma de sonrisa de superioridad, como si supiera con exactitud hacia dónde me dirijo.

Cinco minutos después, estoy en la puerta del apartamento de Gray, paralizada por la indecisión. Levanto la mano; quiero llamar, pero a la vez no. Me siento demasiado expuesta bajo los fluorescentes del pasillo. ¿Qué diablos estoy haciendo?

Se me despeja la mente como si la cruzara un rayo. ¿Qué coño me pasa? Tiene novia. Da igual si no es algo serio o si a Karra le gusta tontear por ahí. Siguen juntos y no tengo derecho a estar aquí.

Será mejor que no lo complique. Me ceñiré a la amistad, que es lo más fácil.

Negando con la cabeza a modo de reprimenda, me giro para marcharme. En ese momento, la puerta se abre de golpe.

Gray abre mucho los ojos al verme.

—Hola.

—Hola —farfullo—. Perdona. No sé por qué…

—Iba a buscarte —me interrumpe con voz ronca.

Titubeo.

—¿En serio?

Sin mediar palabra, retrocede y me sostiene la puerta para que pase. Dudo solo un momento antes de entrar. La cierra a mis espaldas y de repente el aire se vuelve más denso, haciendo que sea difícil respirar.

Asimilo la imagen que tengo delante. Lleva un pantalón ancho, una camiseta blanca y el pelo despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él.

—¿Empiezo yo? —pregunto, incómoda.

Asiente.

—Quería pedirte perdón por la manera en la que le hablé a Karra. Estuvo fuera de lugar. Me he disculpado con ella de nuevo esta mañana.

—Sí, me lo ha contado.

—Pero también te debo una disculpa a ti —digo, mirando a cualquier parte excepto a él. A mis pies. A la pared. A un punto sobre su cabeza—. Me pareciste un engreído al acusarme de celos. —Por fin, le sostengo la mirada—. Pero no te equivocabas. Estaba celosa.

Me mira como si tratara de reprimir una carcajada.

—Sé que no tengo derecho a estarlo. Ha ocurrido sin querer, pero quizá… —Me callo.

—¿Quizá qué?

—Quizá… eh… siento algo por ti.

No dice nada. Y tampoco puedo interpretar su expresión, lo que me pone de los nervios.

—¡No te preocupes! —añado a toda prisa—. Haré lo que pueda para superarlo.

Arquea una ceja.

—Nunca le robaría el novio a otra —continúo—. No planeo hacerlo contigo.

Está intentando con todas sus fuerzas no echarse a reír.

—Me alegro —me responde por fin.

—Te lo prometo. No soy la clase de persona que hace ese tipo de cosas. De hecho, no debería haber dicho nada, pero no quiero que pienses que fui una gilipollas con tu novia sin razón algu…

—No es mi novia.

Dejo de hablar.

—¿Qué?

—He roto con Karra esta noche.