Capítulo 39
C uando era niña, no sabía lo impresionante que era que pudiera leerle la mente al tío Jim.
No ocurría a menudo porque tenía uno de los escudos más fuertes con los que me he encontrado y, la mayoría de las veces en las que conseguía traspasarlo, era porque él estaba distraído y no mantenía protegida la mente con tanto ahínco.
Pero nunca entendí por qué se sentía incómodo; al menos, no hasta que me hice mayor.
Ahora sé que se trataba de una capacidad extraordinaria. La mente de un adulto formado, sobre todo uno con años de experiencia fortaleciendo sus barreras, es un objetivo complicado para cualquiera. Pero ¿para un niño? Sería un prodigio poco común poseer tanto poder.
Como el de Jim, mi escudo es casi impenetrable. Nadie ha sido capaz de leerme la mente sin que una alarma interna me avisara para que reforzara el escudo.
Hasta Fisher.
Durante el viaje de vuelta a la montaña, me pregunto si debería hablar con Evlynne sobre el tema.
¿Sabe que Fisher puede leer mentes? Solo tiene seis años.
Los Modos suelen empezar a manifestar las habilidades a los doce, alrededor de la pubertad.
Si Fisher ya las puede usar, es un indicativo de que será poderoso. Muy poderoso.
Decido consultarlo con la almohada y le envío un mensaje a Gray para averiguar dónde está, pero no recibo respuesta, por lo que me dirijo a la sala de recreativos, donde lo encuentro, sentado en una mesa con Saint, Mako y Karra.
Bueno, Karra no está sentada a la mesa, sino sobre él.
Rodea a Gray como si fuera una tela, con un brazo sobre los hombros y la cara escondida en su cuello.
Los cuatro están jugando al póker. Levantan la mirada cuando me ven acercarme.
—Wrenny —me saluda Mako.
Me he rendido pidiéndole que no me llame así. Hace lo que quiere. La única razón por la que no recibe un puñetazo diario en la cara es porque es adorable y no tiene ni un ápice de malicia enese enorme y dulce cuerpo. Es la persona más pura que he conocido.
Saint me saluda con la cabeza y yo le devuelvo el gesto.
Karra no me dice nada, tan solo me mira, y luego le susurra algo a Gray al oído.
Su novio sonríe y, por alguna razón, eso me saca de quicio.
Quizá porque Tana ha plantado la semilla de que puedo usar al piloto como distracción de mi dolor por la ruptura con Cross y ahora esa idea no deja de rondarme la mente.
Sé que tenemos química. Cuando nos besamos en la base del Comando sin duda saltaron chispas. Pero tiene una novia que, ahora mismo, prácticamente lo está devorando, de forma que aparto los pensamientos inapropiados de la mente.
—¿Quieres participar? —ofrece Mako.
—Claro. —Entonces, advierto que no hay ninguna moneda en la mesa—. ¿Qué apostáis?
—Favores.
Arqueo una ceja.
—¿Cómo funciona?
Mako esboza una sonrisa.
—No hay rondas de apuestas. La inicial es un favor. Si quieres retirarte, fold . Si pierdes, le debes al ganador un favor.
—¿Cualquiera?
—A ver, nadie lo va a cumplir si no se lo impones —dice Saint con una carcajada.
—Entonces, en resumen, el juego entero no sirve para nada, ¿no? —replico.
—Básicamente. —Saint retira una silla vacía con el pie y me hace un gesto para que me siente.
Me dejo caer, uniéndome al juego.
—¿Qué tal el paseo a caballo? —me pregunta al final Gray.
Karra despega los labios de su cuello.
—¿Has ido a cabalgar? Estás haciendo honor a tu mote, vaquera.
Me obligo a dedicarle una sonrisa.
—Tana y yo solíamos montar a caballo por mi rancho a todas horas, así que ha sido un momento bastante nostálgico. Pero muy agradable.
Mako baraja las cartas y reparte cuatro a cada jugador.
Cojo las mías con los dedos crispados al oír cómo Karra se ríe por algo que le ha dicho a Gray al oído.
Recoge sus cartas, pero no se molesta en mirarlas.
Está demasiado ocupada recorriéndole los músculos del brazo desnudo a su novio, lo que hace que Mako suelte un bufido de impaciencia, ya que se supone que le toca empezar.
—¿Puedes dejar de susurrarle cosas al oído a Gray y jugar? —le dice.
—Tengo que susurrárselas porque no puedo contárselas mentalmente —se queja.
—Claro. Pedazo de infecto —se burla Mako—. No sé cómo puede vivir la gente sin telepatía.
—Con mucha paz —comenta Gray, alegre—. En realidad, lo prefiero.
Intento centrarme en las cartas. Tengo un diez, dos nueves y un cuatro.
Saint coloca tres cartas en la mesa. Dos, seis y diez. Quiero el diez, por lo que coloco la que me quiero descartar, el cuatro, a la vez que Gray se deshace de una sota parar robarme la carta.
—Que te jodan —gruño.
—Qué mala perdedora —dice, chasqueando la lengua.
Cojo una nueva carta de la baraja. Un tercer nueve. ¡Chúpate esa, Grayson! En realidad, me ha hecho un favor al llevarse ese diez.
Mientras la ronda progresa, cada vez me molestan más las payasadas de Karra y Gray.
Saint me dedica una mirada de cautela, como si notara la tensión creciente en mi interior.
No dejo de desviar la mirada hacia ellos.
Ahora le toca a Gray, pero está ocupado escuchando lo que sea que le esté susurrando la chica.
—¿Vamos a acabar esta ronda en algún momento? —suelto, más alto de lo que pretendía.
Durante un segundo, se produce un silencio incómodo. Saint arquea una ceja.
—No sabía que tuviéramos tanta prisa —dice Gray.
—Es solo… —Mi frustración sigue creciendo—. Estamos jugando, así que juguemos.
—Vaya, niños, no hagáis esperar a Darlington —bromea Gray antes de lanzar una reina para robarme otro diez. Capullo.
Sitúo en la mesa la siguiente carta con demasiada violencia.
—¿Estás bien? —pregunta Karra, divertida. Mientras tanto, no deja de dibujarle pequeños círculos en el pecho a Gray.
—Maldita sea, ¿nunca paráis? Sois como una de esas parejas que está deseosa de conseguir validación. Necesitáis demostrar cada segundo que pasa lo cachondos que os ponéis el uno al otro.
A mi rabieta le sigue un silencio lleno de perplejidad. Ay, joder. Parece que estoy loca.
Cuando Karra se sonroja, me siento como una gilipollas por lo que he dicho.
—Lo siento —musito, al mismo tiempo que las mejillas también se me inundan de calor—. Al parecer, no estoy de humor para jugar esta noche. —A toda prisa, dejo las cartas en la mesa y echo la silla hacia atrás—. Os dejo, chicos.
«De camino a tu apartamento. Tenemos que hablar».
No me sorprende cuando recibo un mensaje de Gray en el intercomunicador no mucho después de que me dirija a mi cuarto.
Estoy tan tensa que me parece que me voy a romper en cualquier momento.
Odio sentirme tan fuera de control porque, cuando estoy así, hago muchas estupideces.
Cross ya me lo avisó en una ocasión. Me acusó de ser una tormenta de fuego y dijo que arrasaría con todo lo que se interpusiera en mi camino si no aprendía a reprimir mis emociones.
Estas borbotean a un peligroso pelo de distancia de la superficie cuando Gray llama a mi puerta. Dejo que entre, trayendo consigo a la habitación su propia oleada de tensión.
—¿Qué cojones ha sido eso? —pregunta, molesto.
No me hago la tonta.
—Lo siento. Hoy estoy de los nervios.
Una línea fina le tensa las comisuras de la boca.
—De los nervios —repite.
—Sí.
—Mira, me importa una mierda si saltas conmigo, pero no le hables mal a Karra.
—Tienes razón. Lo siento. —Dejo escapar un suspiro, cansada—. No pretendía ofenderla. Me disculparé con ella. Pero… —Me detengo, a punto de meter la pata de nuevo.
—¿Qué? —Entorna los ojos.
—Nada.
—Dilo.
Me encojo de hombros.
—Solo digo que, cuando alguien se pega como una lapa de esa manera, suele querer sobrecompensar algo que ha hecho.
—Sí, bueno, cuando alguien reacciona como tú, suele significar que está celoso. —Advierto la burla en su voz—. ¿Estás celosa, vaquera?
Se me acelera el pulso.
—¡Qué va! —¿Parezco a la defensiva? Me preocupa parecerlo—. Me da igual con quién te líes.
—¿Seguro? Porque, desde mi punto de vista, tengo la impresión de que te ha molestado que te cagas.
—No.
No le estoy mintiendo, ¿verdad? No, no puede ser. No me importa. Es mi amigo y aún no he superado a Cross. Admitir lo contrario sería un desastre demasiado complicado.
—Te equivocas —me obligo a decir.
Se acerca a mí con los ojos verdes fijos en mi rostro. Buscando algo. Estudiándome.
—Mientes —dice con la voz áspera—. No sé si a mí o a ti misma.
No respondo. Me libera de su mirada, negando con la cabeza.
—Buenas noches, Darlington.
Se dirige hacia la puerta, que se cierra con un zumbido, y me quedo a solas, acompañada de todo lo que queda sin resolver entre nosotros. Respiro hondo, tratando de calmar el latido de mi corazón. ¡Joder, joder, joder!