Capítulo 38
S on casi las dos de la mañana cuando me meto en la cama en la Daga, cuando asimilo por fin el caos de las últimas veinticuatro horas y soy capaz de respirar de nuevo.
Ver la cama vacía frente a la mía es más deprimente de lo que esperaba.
En algún momento, he empezado a cogerle cariño a Xavier Ford hasta que ha conseguido que lo adore, con su adicción al sexo y todo.
Me doy media vuelta y me coloco una mano bajo la mejilla mientras trato de dormirme. Pero la mente me va a mil por hora y el corazón me da un vuelco al recordar los labios de Gray tan cerca de los míos.
Sé lo que parece, pero no es por eso por lo que estoy aquí .
La suave voz en mi cabeza me recorre el cuerpo como una corriente eléctrica. No duele, nunca lo hace cuando recibo estas extrañas transmisiones de la nada, pero es una sensación tan desconocida que me provoca ansiedad.
Creo que esa era… ¿Ivy? No dice nada más, por lo que no estoy segura. Pero sí oigo a Cross, alto y claro.
Son las dos de la mañana y has aparecido en mi puerta. ¿Qué iba a pensar si no?
¿Está en su apartamento? ¿A esta hora de la noche?
Solo con imaginármelo, una ira incandescente me nubla la visión, y me doy cuenta de que estoy temblando. Los celos me oprimen el pecho como una boa constrictor.
«Para. Se acabó por tu culpa. Ya no es tuyo».
Es verdad. Cross y yo ya no estamos juntos. No me ha dicho ni mu desde hace meses, lo que es culpa mía, lo acepto. Me pidió que huyéramos y me negué. No es justo que me moleste que le hable quien sea o que tenga una cita en plena noche con su exnovia.
Por favor, Cross . Es Ivy, sin duda. ¿Puedo pasar?
De repente, mi mente se queda en silencio. ¿Por qué no hablan?
«¡Seguid hablando!».
Odio esta nueva habilidad, sea lo que coño sea. Quiero poder controlarla, pero el silencio se alarga hasta que casi estoy gritando de frustración. Justo cuando voy a rendirme y tratar de dormir, las voces me inundan la mente de nuevo.
Lo sé. Créeme, lo sé . Cross parece tan cansado como me siento yo.
¿Qué sabe? Aprieto los dientes, frustrada.
No quería estar en esa plataforma , dice Ivy con un toque de tristeza en la voz. Lo que les hizo a esos Sangre Plateada …
Roe. Se refiere a Roe. Deben estar hablando de las ejecuciones tras el rescate de la mina de sal. Sus voces se desvanecen antes de regresar.
… me da miedo.
Te reasignaré. Si no te sientes segura en su unidad, te cambiaré al equipo de Hadley .
Gracias. Te lo agradezco .
Se produce una pausa larga, muy larga, y por un momento creo que he perdido la conexión. Hasta que Ivy pronuncia las palabras que me provocan otra descarga caliente de celos en el pecho.
¿Alguna vez piensas en nosotros, Cross?
Esta vez, cuando vuelve el silencio y se hace permanente, le doy la bienvenida.
Me despierto por la mañana sintiéndome decaída, así que en el desayuno convenzo a Tana para que venga al valle conmigo y montemos a caballo.
Al principio se resiste, pero, al ver mi expresión, algo en ella la empuja a aceptar.
Nos lleva Luisa, quien va a visitar a sus padres mientras Tana y yo nos dirigimos al establo.
Hoy no vemos a la tía de Gray, Jenni, en el porche, por suerte.
Por alguna razón, esa mujer me pone de los nervios.
Tana y yo hemos reconectado poco a poco en los meses posteriores al rescate, pero esta tarde tenemos la oportunidad de volver a nuestra infancia. Me sobrepasa una oleada de nostalgia cuando ensillamos a los caballos y partimos por el sendero al galope.
—Echo de menos el rancho —comento—. Y todos esos espacios abiertos.
—Y yo a mi padre.
El estómago me da un vuelco al recordar a Griff. El enorme y agradable Griff, con su espesa barba salpicada de gris.
—Has estado estudiando la mina de carbón, ¿verdad?
—le pregunto. A Tana le han asignado el servicio de inteligencia, por lo que se pasa la mayor parte del tiempo en la planta II de la Daga, coordinando a nuestros agentes en los distritos—.
¿Hay alguna posibilidad de que la red rescate a los Modos de allí?
—Lo dudo. Spearhead tiene demasiada seguridad —contesta, sombría—.
Pero hemos estado monitorizando las comunicaciones.
No he podido hablar con él directamente, pero me he vinculado con uno de los Modos que hay allí y le ha pasado algunos mensajes.
Mi padre dice que está bien y que no debo preocuparme.
Por supuesto que sí. Griff nunca querría que su hija se inquietara.
El caballo que estoy montando es una yegua con mucha energía llamada Moteada.
No conoce el significado de la paciencia y lleva intentando echar a correr todo el tiempo, obligándome a tirar de las riendas.
Mientras tanto, la montura de Tana, un dulce potro llamado Corredor, no hace honor a su nombre.
Mientras que su madre está preparada para la velocidad, las pezuñas de la cría repiquetean con lentitud sobre la vía rocosa, marcando un ritmo lento y calmado.
—¿Por qué me ha tocado el perezoso? —suspira Tana cuando de repente el potro se detiene para mordisquear un pedazo de hierba.
La yegua suelta un relincho, infeliz.
—La mía es de Z —musito—. Se muere por empezar a galopar.
Tana azuza a Corredor, ejerciendo presión con los talones de las botas y él acelera el paso, aunque no demasiado.
El camino se vuelve más ancho, por lo que ahora podemos cabalgar una al lado de la otra.
No hablamos durante un tiempo, aunque es un silencio cómodo.
Tana y yo nunca necesitamos llenar el espacio entre las dos con palabras banales, pero me conoce demasiado bien.
De reojo, percibo que me observa hasta que suelta una carcajada cómplice.
—Vamos, escúpelo. Hablemos del tema.
—¿De qué?
—De lo que tengas en la cabeza. —Hace una pausa—. ¿Es sobre él, sobre el capitán?
—Ya te lo dije. Se acabó. —Solo Gray, Xavier y ella saben que tuve una relación con Cross.
—Solo porque no estéis juntos no significa que no sigas pillada.
—La otra noche hice una tontería —admito.
—No me digas. —Curva las comisuras de la boca mientras reprime otra carcajada.
—Casi beso a Gray. Me gustaría poner como excusa que iba puesta de seráficos…
—Perdona, ¿qué?
—Los Fieles se los echan al grange —respondo, irónica—, pero no fue del todo culpa de la raíz. Una parte de mí quería besarlo de verdad.
—¿Y por qué es un problema?
—Porque tiene novia. Y yo tengo… No sé lo que tengo. Supongo que un corazón roto que me he autoinfligido.
Tana suelta un suave silbido, que hace que mi yegua lo considere una señal para avanzar al galope. Lo siguiente que sé es que intenta recorrer el sendero a toda velocidad.
—¡Oye! —exclamo, tirando de las riendas para que Moteada se detenga y ella relincha, desaprobatoria—. Mira, no es culpa mía que a tu hijo le pese el culo.
Espero a que Tana nos alcance, trotando con su potrillo.
—¿Sabes cuál es la mejor cura para un corazón roto? —pregunta, retomando el tema donde lo hemos dejado—. Pasar página.
—No sé si puedo.
—Seguro que sí. No hay pocos hombres atractivos en la Daga —señala—. Incluido el piloto…
—Gray tiene novia —repito.
—Y a él le importa una mierda.
—Sí que le importa Karra —protesto.
—Pero tú le importas más.
Eso hace que me detenga.
—¿Estás sugiriendo que use a Gray o a cualquier persona de la base para olvidarme de Cross? No me parece bien utilizar así ala gente.
—No estarías usando a nadie. Como he dicho, se llama pasar página.
Eso no significa que debas apresurarte a empezar una relación.
Bastaría con que estuvieras dispuesta a que pasara algo con otra persona.
—Duda—. Sé que lo querías, pero no puedes tener una relación con un Primario.
Al final, llegaría el día en el que tendría que elegir entre su gente y tú. Y nunca te elegiría a ti.
Reajusto las riendas, tratando de ignorar lo mucho que me arden los ojos.
—Lo pensaré. Deberíamos volver.
Chasquea la lengua para llamar la atención de su caballo y damos media vuelta hacia el valle.
—¿Y qué pasa contigo? ¿Alguna posible pareja en la base? —No quiero agobiarla, pero no puedo evitar añadir—: Pasas muchas comidas con Luisa…
Tana se encoge de hombros.
—¿Qué ha sido eso? —la provoco.
Al final, me mira, cohibida.
—Anoche la besé.
No logro ocultar mi emoción.
—¿En serio? ¿Y qué tal?
—Bastante bien —admite—. No suelo salir con mujeres como ella. Es callada y odia ser el centro de atención. No es de las típicas que se emborrachan en las fiestas y bailan toda la noche.
—No, pero es buena chica.
—Me da esa impresión, sí. Es más reservada que yo, eso es todo. Su familia ha pasado por mucho. Por favor, no le des demasiada importancia. Me gusta, pero… estas cosas nunca duran.
—¿Habéis hecho algo más que besaros?
Al instante, Tana se tensa.
—Perdona —digo a toda prisa—. No tienes que contármelo.
—No, no es eso. Es solo que… no he estado con nadie desde lo que ocurrió con el soldado.
Anson. Nunca lo llama por su nombre, aunque sepa cuál es. No puedo culparla por intentar mantener las distancias con él en su mente.
—Es difícil intimar después de algo así —susurro.
Tana asiente.
—Lu es paciente.
—Bien, me alegro. Si ocurre, ocurre. Y, si no, no pasa nada.
Volvemos al pequeño establo, donde pasamos la siguiente hora desensillando y peinando a los caballos antes de dejarlos salir al prado.
Las venas de Tana se tiñen de plata cuando se vincula con Luisa.
—He quedado con Lu a las diez en la plataforma de aterrizaje.
Nos estamos encaminando en esa dirección cuando poso los ojos en una imagen sorprendente en el pequeño patio delantero de una cabaña cercana.
Una mujer de pelo oscuro está agachada al lado de un niño y le ayuda a colocarse en la espalda lo que parecen un par de alas de madera. Al acercarnos, me sorprende ver que son Evlynne y Fisher.
El crío ha esbozado una sonrisa radiante y estira los brazos larguiruchos como si fuera a despegar. Evlynne, con una mirada de ternura que nunca había visto en su expresión amarga, endereza las alas antes de acariciarle las mejillas a su hijo. Su tono profesional vuela hasta nosotras.
—¿Preparado para la comprobación, as?
—¡Alas listas! —grita el niño.
—¿Gafas? —pregunta Evlynne.
El crío se coloca unas gafas imaginarias sobre el puente de la nariz.
—¡Gafas puestas!
—¿Altitud?
—Seis mil metros.
Evlynne asiente con brusquedad.
—Despegue autorizado.
Mientras se pone en pie, Fisher corre por la hierba cortada de forma pulcra, agitando los brazos como si fueran hélices. Es probable que sea lo más adorable que haya visto en mi puta vida. Evlynne parece estar de acuerdo porque le brillan los ojos mientras observa cómo su hijo «vuela» por el patio.
El crío se detiene a mitad de camino cuando nos ve a Tana y amí.
—¡Tana! —grita Fisher.
Se acerca corriendo y mi amiga se inclina para darle un abrazo. Me comentó que hizo varios amigos en el valle durante las semanas que vivió con Beatriz y Seth. Supongo que Fisher entra dentro de ese grupo.
Me sorprende cuando el pequeño me reconoce también.
—¿Ha venido Gray contigo? —gime.
Niego con la cabeza.
—No, está en la base.
Cuando Evlynne se acerca, me preparo. Apenas hablamos en la Daga, aunque tampoco lo estoy deseando, dado que me dejó tirada en la montaña. A pesar de la tensión en el aire, nos saluda con una sonrisa reticente.
—Hola, Tana —dice—. Darlington.
—¿Sabéis qué? —nos interrumpe Fisher, dando saltitos que hacen que se le muevan las alas—. Mamá y yo vimos ayer a un aullador.
Me tenso.
—¿Aquí en el pueblo?
—No, estaba bastante lejos —dice Evlynne.
—¡Pero lo vimos! —continúa Fisher—. Estaba en lo alto de una colina mirándonos. Igual que nosotros a él. Lo saludé, pero echó a correr. —Se le ilumina el rostro—. ¿Sabes por qué lo llaman aulladores? Mamá, díselo.
Evlynne le revuelve el pelo. Es evidente que siente pasión por el crío y se le suaviza la mirada cada vez que la centra en él.
—Porque, al vivir en lo alto de las montañas, deben aullar para poder llamarse, ya que están a kilómetros de distancia.
—¿Lo sabíais? —insiste Fisher, paseando los ojos de Tana amí.
—Lo sabía, sí —contesto—. Y el sonido cruza las rocas de las montañas. Así marcan su territorio.
Evlynne me sostiene la mirada y me dedica una expresión tímida que dice «síguele el rollo», así que le respondo con una sonrisa tranquilizadora. Cuando de repente le empiezan a brillar los brazos, vuelve a centrar la atención en el niño.
—Debo entrar corriendo un segundo, cariño. Tu tía Bea va a venir a recoger el molde que nos prestó.
—¡Mamá nos ha hecho una tarta! —exclama Fisher.
¿Evlynne cocina? Mientras la mujer que me resulta totalmente una extraña se apresura hacia la cabaña, Fisher sigue balbuceando acerca de la tarta, los aulladores y los aviones hasta que a Tana le vuelven a brillar las venas de nuevo.
—Luisa nos está esperando —me recuerda.
Le dedico una nueva sonrisa a Fisher.
—Tenemos que irnos, pero seguro que nos veremos pronto.
—¡Esperad! ¿Podéis darle a Grayson una cosa de mi parte?
—Claro.
Antes de que tenga tiempo de pestañear, me estrecha la cintura con los brazos.
—Un abrazo —explica con una sonrisa radiante—. Dale un abrazo de mi parte.
Vale, ha sido muy dulce. Los niños y yo no solemos llevarnos bien. Sin embargo, a Gray se le dan genial.
¿A Cross le gustarán los críos? Nunca lo he visto interaccionar con ninguno. Como Lobo, muchas veces me dijo que no quería tener hijos, pero me da la impresión de que sería un buen padre.
Una descarga de electricidad me cruza la nuca y solo logro ocultar el dolor porque mi tío Jim se pasó años formándome. Ocurre muy rápido. Apenas un segundo de presión en la mente. Luego, desaparece.
El hijo de Evlynne me dedica una mirada llena de curiosidad.
—¿Quién es Cross?
Retrocedo, conmocionada. Este crío acaba de leerme la mente.