Capítulo 37
C ada fibra de mi ser quiere que nuestros labios se rocen. Sería tan fácil dejar que ocurriera. Pero ahora no tengo la mente despejada, por lo que me obligo a colocarle una mano en el pecho, deteniéndolo.
—Tienes novia —le recuerdo.
Durante un segundo, en la expresión de Gray se filtra algo que no logro descifrar. Arrepentimiento, quizá. O confusión. Lo que no hay es ni un ápice de culpa. Deja escapar una carcajada áspera.
—Sí —dice—, tengo novia.
—Sé que soy una persona impulsiva, pero hay algunas líneas que no quiero cruzar.
Incluso mientras digo esas palabras, la atracción magnética entre nosotros sigue presente y nuestros ojos se encuentran de nuevo.
De repente, el terreno bajo nuestros cuerpos tiembla de forma violenta. Un estruendo cruza el bosque y me sobresalto cuando la vibración me recorre las piernas.
—¿Qué cojones? —suelto, aferrándome por instinto al brazo de Gray.
Con un gruñido inquietante y estrepitoso, el terreno vuelve a agitarse. Lo siguen diminutos temblores hasta que por fin se detienen.
—¡¿Ha sido un terremoto?! —exclamo.
Gray suelta una carcajada.
—Sí.
Hostia puta. Parecía una señal del universo. He estado a dos segundos de permitir que un afrodisíaco me empujara a besar a un hombre que tiene pareja y la Tierra me ha detenido. Literalmente.
Jasper, quien está cerca de nosotros, dice:
—No os preocupéis, niños. Ha sido un miniterremoto.
—¿Mini? —le pregunto a Gray—. Parecía que el terreno iba a abrirse y tragarnos vivos.
—No, tiene razón. No ha sido tan malo. Hay una falla residual bajo el distrito E. En esta zona hay temblores todo el tiempo.
En cualquier caso, agradezco la interrupción. Salvada por los temblores de tomar una decisión estúpida e irresponsable. Por suerte, la tensión sexual se ha disipado, aunque los vestigios del deseo siguen revoloteándome bajo el vientre. Culparé a los seráficos.
—Voy a por otra copa —dice Gray, poniéndose en pie—. A poder ser, una que no me produzca una erección.
Lo contemplo mientras se marcha, aún pensando en lo cerca que hemos estado de ese beso.
Una sombra me oscurece la visión periférica. Al mirar, veo que Xavier se está acercando, por lo que me levanto para saludarlo.
—Te he visto —comenta, acusatorio.
—No sé de qué estás hablando —replico con tono despreocupado antes de cambiar de tema y fingir que no he estado a punto de besar a un hombre que no es Cross.
Me paso la noche en la cabaña principal que, según descubro, pertenece a Kitty.
Ha dejado que me instale en la habitación de invitados, donde duermo como un tronco hasta mucho después de que amanezca.
Gray, quien ha ocupado el sofá de la sala de estar, sigue fuera de combate cuando me dirijo a la cocina sin zapatos.
Kitty me dijo anoche que la suya es la única cocina privada de la Hondonada.
Todos los demás utilizan los fuegos comunes del comedor, donde cocinan por turnos para todo el campamento.
La encuentro en la estrecha isla de madera en el centro de la sala, sirviéndose una taza de café.
—¿Quieres una? —me ofrece.
Asiento, agradecida.
—Tu teniente se lo pasó genial.
No logro reprimir una sonrisa. Creo que Xavier descubrió anoche qué quiere ser de mayor: un Fiel.
Desapareció de la fiesta con dos mujeres que Jasper y él habían encandilado mientras elcontrabandista atraía a una tercera.
Al parecer, el campamento es un campo de juegos enorme en el que todos están dispuestos a participar sin reglas ni límites.
Ahora entiendo por qué Jasper encaja tan bien.
No le gustan las reglas, sino el caos. Y Xavier, a pesar de la disciplina estructurada del Comando, está hecho para la acción.
—Jasper pone la mano en el fuego por él —anuncia Kitty.
—¿Qué quieres decir?
—Que si el teniente quisiera quedarse, se lo permitiría.
La contemplo, conmocionada.
—¿Cuándo has hablado con Jasper sobre ese tema?
—Nos hemos conectado esta mañana.
Tardo un segundo en entender que se refiere a telepáticamente. ¿Jasper Reed es un Modo? Y, si usa la telepatía con Kitty, ella, la líder de este campamento de Fe, también lo es.
Kitty parece divertida cuando me sirve el café.
—¿Qué pasa?
—¿Jasper y tú sois Modificados?
Se encoge de hombros, como si dijera: «¿Y?».
—No tenía ni idea —admito.
—No lo escondemos —dice, dedicándome una mirada divertida—. No hay diferencias entre nosotros y cualquiera que no sea Modificado. Aquí todos somos iguales.
—¿En el campamento hay Modos y Primarios? —Por alguna razón, no se me había ocurrido. Pensaba que todos eran Primarios.
—En nuestra opinión, la existencia no es una especie de lucha de sangre, Darlington.
Al general y su Compañía les da miedo nuestra sangre, lo que los lleva a intentar masacrarnos.
En cuanto a Kallister y su Revolución, bueno…
Les gusta decir que luchan por la igualdad, pero no te confundas, se sienten superiores a esos «venas de pis».
Eso no es lo que nos une. A los Fieles no nos importan esas tonterías.
Rechazamos la era nueva. No la queremos. Solo deseamos libertad.
—¿Y es un estilo de vida que podréis sostener en el tiempo? —pregunto.
Por muy atractivo que me resulte y por muy embriagador que sea, también me parece una idea ingenua. La libertad es tan fugaz como el viento que sopla entre los árboles y no deja huellas cuando desaparece. El concepto está bien, pero no estoy segura de que todos se sientan libres de verdad.
—Entiendo por qué piensas algo así —dice Kitty—.
Pero confundes la libertad con anarquía.
La nuestra no es una vida sin reglas. Incluso en la era pasada había normas.
No nos robamos entre nosotros. Ni nos matamos.
Pero somos iguales, con independencia de si nos brillan o no las venas o si puedo usar la mente para hablar con Jasper, pero no con tu teniente. Da igual. Aquí no.
Asimilo sus palabras. Tengo muchas más preguntas, pero la conversación llega a su fin cuando oímos que Gray arrastra los pies por la otra habitación. Se reúne con nosotras un momento después, pasándose la mano por el pelo rubio que tiene revuelto por la noche de descanso.
—Buenos días —dice, y asiente, agradecido, cuando le tiendo un café. Mira a Kitty—. No has cambiado de opinión sobre ayudarnos a reunir a todos los Fieles de los distritos, ¿verdad?
Su sonrisa se torna condescendiente.
—Creo que os dejo la guerra a vosotros, Blake.
Ante eso, se marcha de la cocina con largas zancadas, por lo que nos quedamos a solas.
Gray y yo nos contemplamos mientras el recuerdo de anoche flota entre los dos.
Ahora todas las sensaciones se han atenuado, como la calidez que me inundaba el cuerpo, el zumbido en mis venas, la manera en la que me cosquilleaban los labios por el deseo de saborearlo o me palpitaba la entrepierna.
La raíz de seráfico es de otro mundo, sin duda.
—Siento lo de anoche —dice.
—No pasa nada —contesto.
Y se acabó. Cambia de tema tan rápido que casi me deja estupefacta.
—¿Puedes contactar con la Daga? —pregunta, lo que me recuerda que nos deshicimos de los intercomunicadores en la ciudad y no tiene telepatía.
Me vinculo con Adrienne, quien dice que no pueden arriesgarse a recogernos hasta que caiga la noche y nos pide que nos quedemos en la Hondonada hasta entonces. Por suerte, Kitty acepta acogernos, así que estallo de emoción por poder estudiar la zona bajo la luz del sol.
—Voy a buscar a Xavier y a asegurarme de que nadie lo matara anoche —digo, depositando el café en la encimera.
Pero es Xavier quien viene en nuestro encuentro. Nada más salir al desvencijado porche delantero, lo localizo caminando por el sendero, envuelto en las telas negras que llevaba para la misión de reconocimiento.
—Hola —me saluda, y en cuanto le veo la cara sé lo que va a decir a continuación—. Acabo de hablar con Kitty.
—Te quedas —digo, triste.
Gray aparece en el umbral.
—Y una mierda —dice.
Xavier le dedica una mirada desdeñosa.
—No voy a volver a vuestra montaña.
—No eres tú quien lo tiene que decidir.
—En realidad, sí, hermano.
Tras cuadrar los hombros, Gray da un paso al frente.
—Intenta detenerme —se burla Xavier con los ojos brillantes—. Quizá sepas pilotar un avión mejor que yo, pero no eres un soldado y estoy seguro de que luchar se te da como el culo. Podría romperte el cuello sin despeinarme.
No se equivoca. He visto pelear a Xavier.
—No necesito pedirte permiso —continúa—, pero como cortesía a nuestra amiga en común, es decir, tú, Darlington, me gustaría que me dieras permiso para quedarme.
Se me constriñe el pecho. Es una de las pocas personas de la Daga en quien confío de verdad. Más que eso, se ha convertido en un buen amigo.
—Ese no es mi sitio —me dice, leyéndome la mente como siempre—. Ya lo sabes. —Levanta la muñeca, ahora desnuda—. No me merezco llevar siempre un localizador. Ni un acceso restringido a todo. Ni estar rodeado de personas que me miran como si no pudieran fiarse de mí.
—Me pregunto por qué no pueden hacerlo —comenta Gray.
—Grayson —le advierto.
Me dedica un ceño fruncido.
—¿Cómo sabes que no volverá al Comando en el momento en el que nos marchemos a la Daga?
—Porque ese tampoco es mi sitio —dice Xavier—. Deserté; allí estoy condenado a muerte.
—Cross Redden es amigo tuyo desde la infancia. No va a dejar que mueras.
—¿De verdad crees que Cross tiene ahora mismo algún poder? ¿Con su hermano dirigiendo el cotarro? No me voy a arriesgar. El Comando ya no es mi gente. Y tu Revolución y tú tampoco lo seréis nunca.
—Pero ¿los Fieles sí?
—Quizá. Y si descubro que este tampoco es mi sitio, supongo que me adentraré en el bosque y me volaré los putos sesos.
—Ni se te ocurra —intervengo.
Me sonríe antes de volver a centrarse en Gray.
—Sea como sea, no voy a volver con vosotros. Si quieres pegarme un tiro, hazlo.
Xavier estira los brazos como si dijera: «Adelante».
—Nadie va a disparar a nadie —anuncia una voz conocida. Jasper aparece en el camino con una camisa blanca abierta que deja al descubierto su pecho bronceado y musculoso. Esboza una sonrisa cuando me ve—. Buenos días, Wren.
—Buenos días, Jasper.
Luego, se dirige a Gray.
—Del teniente me encargo yo. Será responsabilidad mía.
—Qué dulce por tu parte, hermano —contesta Xavier, dándole un pequeño puñetazo amistoso en el brazo antes de entornar los ojos para mirar a Gray—. ¿Y? ¿Qué vamos a hacer, Blake? ¿Debo prepararme por si la Autoridad lanza una emboscada contra el campamento para llevarme de vuelta a la montaña?
Gray parece planteárselo. Supongo que ahora mismo desearía ser telépata. O, al menos, tener un auricular con el que poder hablar con la Autoridad. Pero nos desprendimos de todos los aparatos para poder entrar en la Hondonada.
—Podría convencer a Kitty por vosotros —propone Xavier para mejorar la oferta—. Veré si puedo disuadirla para que este campamento se una a tu causa.
Sospecho que nadie logrará que Kitty participe en algo si no lo desea. Pero la oferta de Xavier puede ser la excusa que utilice Gray ante la Autoridad si lo regañan por esta decisión.
—Vale —acepta al final—. Me encargaré de hablar con los demás. Pero si descubro que has vuelto al Comando, te mataré con mis propias manos.
Pasamos el resto del día conociendo todos los entresijos de la Hondonada. Aún nos quedan unas horas antes de que debamos partir. Kitty no autoriza que nadie aterrice en ningún punto cercano al campamento, así que debemos ir hasta el aeródromo a las afueras del distrito E.
Para cenar, nos unimos a los Fieles en un comedor rústico que zumba por el ruido de voces, que inundan el aire junto al olor de la carne a la parrilla y el pan recién horneado.
Algunos niños, con demasiada energía como para permanecer sentados, corren de aquí para allá, zigzagueando entre las largas mesas de madera mientras las madres los regañan, pidiéndoles que paren.
Y, aunque las luces sobre nuestras cabezas titilan de vez en cuando, no atenúan la sensación de calidez y acogimiento que desprende la Hondonada.
Cuando llega el momento, me cuesta mucho despedirme del lugar.
Xavier, Kitty y Jasper nos acompañan a la puerta de transporte, donde nos espera una moto bala. Mientras Jasper le pasa un intercomunicador plateado y delgado a Gray, Xavier me aparta del grupo.
—Tengo que hablar con Darlington —les informa a los demás.
Me arrastra hasta que está seguro de que no pueden oírnos. Sus facciones, por lo general contorsionadas en una mueca sarcástica, se suavizan. Casi como si se arrepintiera.
—Tú también podrías quedarte —comenta, esperanzado.
—¿Por qué? ¿Para poder ver cómo disfrutas de una vida de desenfreno y te acuestas con todo el campamento? Gracias por la oferta, pero paso.
—Oye, daría un buen espectáculo.
Dejo escapar un suspiro largo y dramático.
—Vale, mira. Lo diré solo una vez y no quiero que me lo recuerdes nunca, pero… te voy a echar de menos.
Me sorprende dándome un fuerte abrazo.
Cuando nos separamos, le digo:
—Ten cuidado, ¿vale? No causes muchos problemas. Y no dejes que te coma un oso con cuernos ni nada parecido.
Una sonrisa de superioridad le curva los labios como hace siempre cuando está a punto de soltar un comentario sarcástico, lo que, en el caso de Xavier, es a todas horas.
—No te preocupes, sé adaptarme. Sobreviviré en la selva. Sobre todo, en esta selva, donde tomaré seráficos que me la pongan dura y me dejaré querer por personas maravillosas.
—No sé si necesitaba tanta información.
—Seguro que sí. ¿Cómo si no ibas a vivir de manera indirecta mi vida?
Aprieto los labios para reprimir la oleada repentina de emoción.
—¿Seguro que estarás bien?
—No me jodas, Darlington, ¿se te ha quebrado la voz? No pierdas la dignidad.
—Lo siento. Tienes razón. No quería arruinar el momento con sentimientos de verdad.
Me dedica una sonrisa.
—Sé que será difícil sin tenerme ahí, pero te las arreglarás. La mayor parte del tiempo.
—¿La mayor parte del tiempo? —repito con un bufido.
—Bueno, no puedo prometerte que no te duermas entre lágrimas las primeras noches.
—Por supuesto.
Tras eso, me dedica un vago gesto.
—Adelante. Ve a luchar en esa pequeña guerra tuya, cielo. Yo estaré aquí, peleándome con osos y echando polvos. —Inclina la cabeza y me susurra al oído—: Yo también te echaré de menos.