Capítulo 36 #2
—Créeme, teniente, no sabrás lo que es un buen polvo hasta que pases una noche en un campamento de Fe.
Enciende un interruptor y un brillo cálido inunda la cabaña, revelando un dormitorio individual con una puerta al otro lado, que debe llevar al baño.
Una vieja alacena de madera de cerezo descansa contra un muro, supongo que bloqueada, porque Jasper saca una llave de una pequeña grieta en la pared de madera.
Una llave de verdad que introduce en la cerradura y gira para abrirla.
No recuerdo la última vez que vi un candado para el que se necesitara una llave, en lugar de un escáner.
—Aquí —dice— es donde guardo mierda de la buena.
La alacena contiene un puñado de viales, botellas y varias filas de largos cajones estrechos. Abre uno y saca un conjunto de trapos grises unidos por una cuerda marrón. Mientras lo desenvuelve, un aroma acre y amargo me inunda al instante las fosas nasales.
A Xavier se le ilumina el rostro.
—¿Son seráficos?
El otro hombre sonríe.
—Sabía que te gustaría.
—Vaya que sí. —Xavier gira la cabeza en mi dirección con la súplica en los ojos—. ¿Podemos?
—Tú puedes. Yo odio ese tipo de sustancias.
Jasper esboza una suave sonrisa.
—Una pena porque acabas de ingerir una copa entera.
—¿Qué? ¿Quieres decir…? —Entrando en pánico, observo el vaso casi vacío.
—¿Por qué crees que es de color rosa? —pregunta, divertido.
—¿Por qué no me has avisado? —lo acuso—. ¿Quién droga a la gente sin su permiso?
—¿Quién se queja por haber tomado seráficos? —responde. Parece de verdad perplejo porque no quiera pasearme por ahí cachonda perdida.
Ay, mi madre, acabo de tomarme un afrodisíaco. Sin embargo, no noto los efectos. Quizá no me…
—Empezaréis a notarlo dentro de unos treinta minutos —dice Jasper, apagando la chispa de esperanza—. Tarda un tiempo en entrar en el sistema cuando se toma diluido. Sin embargo, si lo masticas, sube rápido.
Corta un trozo pequeño de una raíz seca y de un intenso color fucsia y se lo mete en la boca. Xavier lo contempla, atónito.
—Eso es mucho, hermano.
—¿Qué? He tenido una noche de mierda. Planeo no salir de la cama hasta mañana al mediodía. —Jasper le guiña un ojo—. Con esto creo que podré seguir despierto un rato más.
Arranca otro trozo y se lo tiende a Xavier, quien se gira hacia mí con expresión esperanzada.
—¿Puedo?
—Ay, madre. Haz lo que te salga del pie —farfullo—. Yo me vuelvo a la fiesta.
A los treinta minutos justo, lo noto. Empieza como un suave deseo.
Como el deseo que siento cuando estoy besando a Cross, cuando me acaricia la boca con la lengua y me recorre el cuerpo con las manos.
Un deseo que se convierte en un latido persistente cuando por fin me toca donde más lo necesito, entre las piernas, acariciándome y provocándome.
«Ignóralo», me ordeno.
La fiesta sigue su curso, aunque ahora más tranquila. Los tambores han dejado de sonar y la melodía de la armónica se ha acallado. Alguien ha cogido la guitarra y está tocando algo más suave, seductor.
Estoy sentada con Gray en una manta. Está apoyado sobre los codos, riéndose de las payasadas de unos adolescentes al otro lado del fuego.
Cerca, Xavier y Jasper son el centro de atención.
Es imposible negar que son magnéticos y atraen miradas sin intentarlo siquiera.
Jasper desprende más sex appeal . Cada vez que se inclina para hablar con alguien, da la impresión de estar compartiendo un secreto solo con esa persona.
Por otro lado, Xavier posee una especie de encanto sarcástico que enfatiza la intensidad con la que te mira a los ojos.
La mujer con la que está flirteando ahora parece estar cayendo en la trampa. Le toca el brazo, paseando las uñas por su bíceps. El gesto evoca un recuerdo familiar y cosquilleante de… la reunión del otro día, cuando Gray le acarició el brazo a Evlynne.
—Déjame adivinar —suelto de repente.
Gray frunce el ceño.
—¿Qué?
—Tu habilidad psíquica.
—Muy bien. Adelante, vaquera.
—Eres un empático —digo, triunfal.
—Ya probaste con eso y te contesté que no.
Suelto un gruñido de frustración. ¡Meses! Llevo meses tratando de averiguar su poder.
—Le hiciste algo a Evlynne en el comedor —insisto—. Sé que saltó contra ti por eso. Dijo que no se iba a calmar. ¿Es lo que haces? ¿Serenar a los demás?
Una sonrisa enigmática se le dibuja en la cara.
—Vamos —me quejo—. Casi lo he adivinado.
Con una carcajada, decide apiadarse de mí.
—Vale, no has acertado por poco. Soy un tranquilizador.
Pestañeo.
—¿Qué diablos es un tranquilizador?
—Siento las emociones de los demás, como los empáticos, pero, además, yo puedo cambiarlas.
—¿Cómo?
—Aplacándolas. Sosegándolas. Si son muy intensas, quizá no logre hacerlas desaparecer, pero sí atenuarlas.
Mientras trato de procesar sus palabras, mi mente vuelve a todas esas veces en las que Gray me vio venirme abajo. Como la noche en la que rompí con Cross. Al abrazarme, sentí que se me entumecía todo el cuerpo y el dolor se aplacaba lo suficiente para dar media vuelta y ahogarlo en licor del valle.
—¿Fue lo que hiciste cuando rompí con Cross?
—Sí.
—¿Y alguna otra vez?
Tras la pregunta, me dedica un asentimiento y un amago de sonrisa.
—A menudo.
Lo fulmino con la mirada.
—¿A menudo?
—Siempre tienes las emociones a flor de piel. Me sorprende que sigas con vida.
—Que te follen —gruño, dándole un puñetazo en el brazo—. No es cierto. —Hago una pausa—. ¿Verdad?
—Un poco sí —musita.
—No sé cómo sentirme al respecto. No sé si debería darte las gracias o perder los nervios. ¿Se lo haces a los demás sin pedir permiso?
—A veces. Si me parece que es buen momento para aplacar su ansiedad, lo hago. No le arrebato los sentimientos a nadie, pero ayudo si puedo.
Pienso en lo fácil que es estar con Gray y de repente me doy cuenta de que quizá su habilidad sea en parte responsable de esa sensación.
Es fácil porque hace que sea así. Como el día en que descubrí que Fiona le había contado a toda la base que podía incitar, la ansiedad que sentí cuando todos me estaban mirando en el comedor.
Gray me apretó la mano y recuerdo que sentí como la presión me desaparecía del pecho.
Por un momento, me distraigo al advertir que Kitty está abandonando la fiesta con un hombre alto de pelo oscuro.
Desvío la mirada hacia Gray.
—¿De verdad no has sido capaz de que Kitty cambie de opinión? —Me ha contado que el discurso que le ha hecho a la líder de los Fieles sobre unir fuerzas no ha dado buenos resultados.
—No, es cabezota. Cuando le he pedido que se lo pregunte a los demás líderes de los Fieles, me ha dicho que no va a perder el tiempo. Los Fieles no tienen interés en luchar contra la Compañía. Les da igual quién gobierne, solo quieren vivir su vida.
—¿Huyendo a todas horas? —señalo—. ¿En las sombras? ¿No preferirían formar parte de una sociedad que les diera la bienvenida y los aceptara?
—No, porque no quieren formar parte de una sociedad en la nueva era.
Quieren esto. —Hace un gesto hacia el desenfreno anuestro alrededor.
Las ascuas titilantes de la hoguera se le reflejan en los ojos verdes, haciendo que en ellos baile un brillo travieso—.
Supongo que no puedo culparlos. Joder, se lo pasan de muerte.
—Con énfasis en el «joder».
Suelta un suave bufido.
Advierto que se remueve sobre la manta. Está inquieto. Nervioso. En cierto momento, de manera discreta se coloca la bragueta, pero sé lo que está haciendo en realidad.
—Sabes lo que lleva tu copa, ¿verdad? —pregunto, divertida.
Arruga la frente.
— Grange .
—No, grange mezclado con seráficos.
Se queda boquiabierto.
—No me jodas.
—Sí. —Suspiro—. Nos lo ha dicho Jasper.
—Bueno, eso lo explica todo —comenta Gray, soltando todo el aire.
No puedo evitar echar un vistazo a su ingle. Sin duda, parece más abultada de lo habitual. Cuando levanto los ojos, nuestras miradas se encuentran. La suya sigue fija en la mía más tiempo del necesario antes de bajar con lentitud hacia mi pecho.
—Mis ojos están aquí arriba —digo.
Esboza una sonrisa de superioridad. Luego, me sorprende dando otro trago. Suelto una carcajada.
—¿Vas a seguir bebiendo?
—Ya estoy metido hasta el fondo en el problema.
Me tiende la copa. Se me detiene el corazón. Y no sé en qué estoy pensando, pero yo también le doy otro sorbo.
Se vuelve a oír música. Esta vez no procede de ningún instrumento, sino de un altavoz exterior que emite una melodía lenta y sensual que me palpita en las venas.
Gray me dedica otra mirada de soslayo. El calor me incendia las mejillas y trato de ignorar el revoloteo en el pecho.
Cuando le devuelvo la copa, nuestros dedos se rozan y la electricidad me recorre la piel.
«Es la raíz», me digo. «Estás cachonda por el afrodisíaco».
—Seguro que desearías que Karra estuviera aquí. —Mantengo los ojos fijos al frente, pero noto que Gray me está observando.
—No —dice con voz ronca—, claro que no.
Intento no leer entre líneas, pero ¿cómo no voy a hacerlo?
—Poppy me contó que Karra te ha engañado muchas veces.
Mierda. No sé de dónde ha salido eso. No parece molestarlo. Vuelve a mirarme y esta vez giro la cabeza hacia él.
—En el pasado, sí.
—¿Y no te importa?
—No, no mucho.
—¿No debería molestarte que la persona con la que tienes una relación se acueste con otro?
—Supongo —dice.
Con sus largos dedos, delinea el borde de la taza. Me gustan sus manos. Son fuertes. Firmes. Me las imagino pilotando una aeronave, maniobrando con la columna de control con confianza. La escena es sexi, muy sexi.
El silencio se alarga entre nosotros. Parece infinito.
Igual que esta noche. El momento entero lo parece.
Me vibra el cuerpo mientras la excitación me recorre por dentro y debo presionar un muslo contra otro.
De ninguna manera puede saber que estoy haciendo algo así, pero veo que él baja la mirada hasta mis piernas antes de pasearla por mi cuerpo, deteniéndose en mi pecho.
—Wren —dice.
—¿Mmm?
El corazón me da un vuelco cuando, de repente, se inclina hacia mí.
Más cerca, cada vez más, hasta que su rostro está a un suspiro del mío.
Me coloca un mechón de pelo tras la oreja, un movimiento calculado que me provoca un estremecimiento.
No sé si son los seráficos o su roce, pero el pulso se me acelera de manera peligrosa.
No logro apartar la mirada de él. El mismo deseo que se arremolina en mi cuerpo le nubla los ojos. Entonces, su boca comienza a moverse con lentitud hacia la mía.