Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

A ntes de que nadie pueda acosarlo a preguntas, una voz ronca flota hasta nosotros desde el porche destartalado de la cabaña principal.

—Mueve el culo y ven, Jas.

Sus pisadas retumban cuando baja las escaleras del porche. Veo a unas seis personas dirigirse hacia nosotros, encabezadas por una mujer alta.

—Esperad aquí —musita Jasper antes de ir al encuentro del grupo.

Observo cómo la mujer y él intercambian un rápido abrazo. Tiene el pelo negro recogido en un montón de diminutas trenzas que revolotean en torno a su nuca desde un moño despeinado. En sus ojos se intuye la desconfianza, aunque se inclina para darle a Jasper un beso en la mejilla.

—¿Estos son los Fieles? —le pregunto a Gray.

—Eso parece.

Sin duda, actúan como si lo fueran, ya que desprenden oleadas de desconfianza mientras la mujer habla entre susurros con Jasper. Sus compañeros nos dedican varias miradas fulminantes antes de que ella se encamine hacia nosotros.

—¿Eres el piloto? —suelta, dirigiéndose a Gray—. ¿Blake?

—Así es.

Lo estudia con ojos perspicaces.

—Acabaste con un hangar entero del Comando.

—Vaya que sí.

A la mujer se le curvan los labios con un amago de sonrisa.

—Bienvenidos a la Hondonada. No suelen gustarnos las visitas, sobre todo de extraños, pero Jas dice que sois de fiar. —Hace un gesto con la cabeza hacia nosotros—. ¿Con quién vienes?

—Wren Darlington y Xavier Ford. Son mis guardaespaldas.

Omite que Xavier es un antiguo soldado del Comando, lo que quizá sea lo más recomendable.

Dejemos que el teniente les toque un poco las narices antes de que descubran su identidad.

Para entonces, se habrán dado cuenta de que no es una amenaza, sino un capullo obsesionado con el sexo que no se calla ni debajo del agua.

—Venid —nos dice Kitty—. Os mostraré la zona.

Sigo haciéndome a la idea de que haya una comunidad secreta a menos de una hora de la capital. ¿Cómo han logrado pasar desapercibidos?

La oscuridad es demasiado densa como para que Kitty pueda enseñarnos todo el asentamiento, pero señala los puntos más importantes.

La Hondonada se abastece a sí misma y alberga a un número sorprendente de personas.

Kitty dice que el último censo ascendía a más de cuatrocientas.

Tienen una docena de cabañas, un pozo excavado en la tierra, energía solar, un generador e incluso una fosa séptica.

Cuando pregunto cuánto tiempo llevan allí, me sorprende de nuevo respondiendo que casi dos años.

No es habitual que los Fieles se establezcan en campamentos permanentes.

Son nómadas, a veces por elección, pero en la mayoría de los casos porque intentan ir dos pasos por delante del Comando, abandonando el campamento a toda prisa si es necesario con tal de que no les pillen.

Advierto que Jasper tiene mucho que ver con que nadie sepa de la existencia de este sitio. Es el único que ha estado aquí. Aparte de nosotros ahora.

Las voces en la distancia se vuelven más ruidosas cuando nos acercamos y el olor del humo de la hoguera flota por el aire.

—Habéis venido en una buena noche —admite Kitty con una sonrisa tensa—. Estamos de celebración.

Jasper le pasa un brazo por los hombros.

—¿Y qué celebráis?

—Acabamos de tener un bebé —contesta, a lo que recibe un guiño por parte de Jasper.

—Vaya, joder, ¿nosotros? ¿Cómo ha podido pasar?

—Es de Piper y Omar, pero, si quieres repetir lo de la última vez que estuviste aquí, Jas, solo tienes que pedirlo.

—Kitty pone los ojos en blanco y sigue andando, por lo que nos apresuramos a adoptar su ritmo enérgico—.

Este es nuestro lugar de reunión —dice cuando emergemos de una senda y nos topamos con una fiesta en su máximo apogeo.

Hay una enorme hoguera rodeada de paredes bajas de piedra, con personas pululando a su alrededor mientras las demás pasean por el enorme claro llano que parece más artificial que natural.

Han talado los árboles para despejarlo y los tocones ahora sirven de asientos improvisados.

Las sillas rodean el fuego y hay mantas dispersas por todo el suelo.

Unas carcajadas escandalosas y voces agudas se alzan sobre la música en directo, cortesía de una pequeña banda compuesta por un guitarrista, un chico con dos tambores y un joven que toca la armónica.

Es raro oír música en directo en los distritos. A veces venía una banda a Hamlett, pero siempre interpretaba canciones que hubiera aprobado la Compañía y las mismas melodías acababan volviéndose repetitivas tras un tiempo. No obstante, nunca había oído esta canción.

No llevan uniformes. Ni siguen una estructura militar. Estas personas solo viven el momento, se emborrachan, ríen y… eh… hacen otras cosas. Es difícil pasar por alto las escenas íntimas que protagonizan algunos en la penumbra.

—Quiero saludar a Aurora —dice Jasper antes de alejarse.

Parece sentirse como en casa entre esta gente, que lo saluda al pasar, dándole palmaditas en los hombros o el brazo.

Se detiene a charlar con un pequeño grupo y una mujer con un oscuro pelo rizado le rodea con los brazos.

No me pierdo la manera en la que Xavier le mira el culo, enfundado en unos vaqueros ajustados.

Los tres seguimos hablando con Kitty, que estudia a Gray con desconfianza.

—¿Y cuáles son los planes de la Revolución ahora mismo?

El chico le sonríe.

—Bueno, tiene gracia que lo preguntes… porque nos encantaría incluiros en nuestros planes.

La mujer suelta un bufido.

—Te lo digo sin acritud, pero pasamos.

—Vamos, Kitty, escúchanos primero.

—Necesito una copa. Te daré cinco minutos para que me sueltes el discursito antes de buscar algún cuerpo que me dé calor esta noche.

—Me presento voluntario para ser ese cuerpo —anuncia Xavier mientras se alejan.

—Me lo pensaré —replica Kitty, sensual.

No voy a mentir, este ambiente es embriagador. Casi no hay reglas. Ni expectativas. A mi alrededor solo se ven cuerpos, presionados entre sí, con las extremidades unidas y los rostros sonrojados. El aire parece estar cargado, lleno de delirios y despreocupación.

Xavier se inclina hacia mí.

—Creo que esa mujer de ahí le está chupando la…

—Sí, soy consciente —lo interrumpo antes de cogerlo por la barbilla y obligarlo a girar la cara para que deje de mirarlos.

La pareja está rodeada de sombras, tumbada en una manta de cuadros, y el hombre tiene las manos sobre el pelo de ella.

—¿Me puedo mudar aquí? —suplica—. ¡Porfa!

Jasper vuelve a aparecer, haciendo malabares con tres tazas de estaño entre los dedos. Cuando se detiene para saludar a un par de jóvenes, rezuma carisma por todas partes. Parece que es capaz de atraer a todos hacia su órbita.

—Ahí tienes a tu mejor amigo —digo.

Xavier sonríe.

—¿Celosa?

—No, pero no lo pillo. Actuáis como si fuerais viejos amigos y os conocéis desde hace, en plan, cinco segundos.

—Se llama ser encantador, Darlington. Es una habilidad útil. Deberías probarla de vez en cuando.

—Soy encantadora.

—No, no lo eres. Eres una zorra sarcástica.

—¿Quién es una zorra sarcástica? —pregunta Jasper, quien llega a nosotros justo a tiempo para escuchar esas palabras.

Xavier me señala con el pulgar.

—Esta chica de aquí. Está celosa porque nos hayamos hecho mejores amigos.

Con una carcajada, Jasper nos tiende una copa a cada uno. Contemplo el líquido rosado que huele a grange , aunque este suele tener un color ambarino, muy lejos de este tono parecido a un albaricoque magullado.

—¿Qué es? —pregunto con cautela.

— Grange —me confirma Jasper—. Pero lo hacemos nosotros.

—Nosotros, ¿eh? —Xavier le da un trago a la bebida—. En los archivos que recopilamos sobre ti nunca se decía que te consideraras uno de los Fieles.

—No me considero nada —responde el hombre. Luego, le guiña un ojo—. Bueno, sí, irresistible y guapo.

Tras darle un sorbo a la copa, dejo de escuchar su charla y sus bromas, o quizá su flirteo (nunca se sabe con las personas que tontean por naturaleza), pero vuelvo a conectar cuando oigo un nombre familiar.

—Travis Redden está jugando al gato y al ratón con su círculo más íntimo —está diciendo Jasper—. He oído que pasa mucho tiempo con los capitalistas.

Recuerdo que Cross me habló de que estaba preocupado sobre ese tema.

Me contó que Travis se llevaba bien con uno de los capitalistas más ricos de la ciudad, Wexton Jones.

Su hijo, Noah Jones, entró en la Élite Plateada con nosotros, pero murió en el bombardeo que ayudó a organizar Gray cuando estaba de incógnito bajo el nombre de Kaine Sutler.

—Lo vi una vez —comenta Jasper—. Es ambicioso y lleva años besándole el culo a Jones. Redden siempre ha sabido entender lo útiles que podían ser las altas esferas.

—¿En qué sentido? —pregunto.

—La gente de las altas esferas como Wexton Jones tiene mucha influencia. Lo valioso es situarlos en puestos de poder, sobre todo si Redden pretende expandirse por Tierra Fe, por ejemplo. Necesitará enviar allí a ciertas personas, como a Jones. «General Jones» suena bien, ¿no?

—Dejemos de hablar de política —se queja Xavier—. Es un coñazo. Y llevo meses rodeado de muermos. ¡Necesito emoción!

Jasper suelta una carcajada.

—Entonces, ven. Sé cómo ayudarte.

Lo seguimos por un sendero que se bifurca al final. Opta por la vía de la izquierda y no tardamos en llegar a una cabaña escondida en el bosque.

—Esta es la mía —anuncia.

Arqueo una ceja.

—¿Tienes tu propia cabaña?

—Paso aquí casi todo el tiempo.

—Pensaba que vivías en Santuario —comenta Xavier.

—A veces, pero la Hondonada es mucho más divertida.

Estas personas no tienen un palo metido por el culo como las de los distritos.

Todos están demasiado ocupados siguiendo las rutinas impuestas por su pequeña Compañía.

No hay noches de juerga ni intercambio de anécdotas, bailes o folleteo.

Nadie tiene tiempo para nada de eso en Santuario.

Xavier le dedica una sonrisa.

—Yo tenía mucho tiempo para el folleteo en el Comando.

Jasper le devuelve la sonrisa.