Capítulo 35 #2
—Aún no me habéis dado ningún argumento convincente. ¿Por qué iba a unirme a vuestra pequeña revolución cuando puedo esperar y ya?
—¿Esperar a qué? —contraataca Gray—. Se va a producir una guerra sea como sea. Pronto no podrás seguir escondiéndote. Al menos con nosotros tendrás un futuro.
—Yo decido cuál es mi propio futuro —dice, encogiéndose de hombros—. ¿Eso es todo?
Antes de que nadie pueda responder, la voz de Evlynne se filtra en nuestros auriculares.
—Gray, tienes que salir ya. Se acerca un convoy del Comando.
Xavier y yo nos ponemos en tensión mientras Gray habla con los demás francotiradores.
—Mako, Orin, ¿los tenéis en vuestros puntos de mira?
Los dos hombres no tardan en responder:
—No, señor.
—Están a cinco minutos —prosigue Evlynne—. Mi contacto del departamento de inteligencia del Comando, Nichole, se acaba de vincular conmigo. Ha dicho que son dos camiones. Sección Oro.
Nuestro líder de equipo duda.
—Gray —insiste con tono firme—, la información es correcta. Salid de ahí.
Veo que toma la decisión en una milésima de segundo. Nos mira a los demás.
—Tenemos que irnos. La sección Oro está a punto de llegar al almacén.
—¿Qué cojones? —gruñe Jasper y un relámpago le cruza los ojos—. ¿Quién ha revelado esta ubicación?
—Por nuestra parte, nadie. No sabíamos siquiera que existía este almacén hasta que nos hemos subido al avión, ¿recuerdas?
Veo que el malhumor de Jasper se agita como un huracán a punto de volverse violento.
Coge la tableta y la guarda en una bolsa negra antes de girarse hacia un armario y escanearse el pulgar.
Un segundo después, empieza a meter artículos en la bolsa.
Intercomunicadores, armas, tarjetas de crédito…
Cuando se dirige al escritorio, saca una tarjeta de memoria de la base de la pantalla holográfica y la tira al suelo.
Cae cerca de nuestros pies, donde el brillo verdoso chisporrotea antes de desvanecerse por completo.
—Los estoy viendo —anuncia Orin—. Ev tiene razón.
—Abortad —les dice Gray a los francotiradores—. Subíos al coche y dirigíos a la base de la Zarzamora.
—¿Y tú? —le pregunta Evlynne.
—Iremos detrás de vosotros.
—No, quedaos conmigo —nos ordena Jasper—. Tenemos planes de contingencia para este tipo de situaciones. Vamos.
Desaparece antes de que podamos responder. Un instante después, Gray asiente y partimos tras él, corriendo entre las filas de contrabando hacia otra puerta sin distintivo. Jasper la abre y nos lanzamos hacia un callejón estrecho, frío y húmedo.
—Ev, ¿habéis salido? —pregunta Gray.
—De camino a la Zarzamora.
—Estamos con Reed. Avisad cuando os pongáis a salvo.
Ahora lo oigo, el rugido distante de los motores. Levanto el fusil, al mismo tiempo que Xavier coge la pistola. Nos movemos en sincronía, estudiando las sombras en busca de cualquier peligro.
—Por aquí —dice Jasper, mirando hacia atrás.
Recorremos un lateral del almacén hacia un pequeño aparcamiento en la parte trasera, donde encontramos una furgoneta negra blindada.
Jasper toca una vez el aparato que lleva en la mano y la puerta lateral de la furgoneta se abre.
A su lado hay una motocicleta a la que se suben Shamus y su enorme y frondosa barba sin perder el tiempo.
Jasper se dirige al hombre.
—Espera hasta que estén dentro para encenderla. —A nosotros, nos ladra—: ¡Subíos a la furgoneta!
No dudamos. Xavier y yo nos colamos en los asientos traseros. Gray se sube en el lado del acompañante. Mientras Jasper se sitúa tras el volante, entorna los ojos al mirar a Xavier.
—Quítale el localizador —le dice de repente a Gray.
—Tiene una señal encriptada.
—Quítaselo —repite Jasper con un tono que no acepta discusión—. No me voy a arriesgar a que sepan adónde vamos.
Aunque lo hace a regañadientes, Gray se gira en su asiento y presiona el pulgar contra el dispositivo. La cuerda negra se desprende con un golpe seco y Xavier suelta un suspiro de alivio mientras flexiona la muñeca y el antebrazo.
—Dáselo a Shamus —dice, mientras presiona un botón para bajar la ventanilla—, junto con el resto del material tecnológico. Él lo destruirá.
Una vez que Jasper está satisfecho porque considera que ya no nos pueden rastrear, el motor cobra vida y la furgoneta sale disparada hacia delante.
Un segundo después, avanzamos por el callejón a una velocidad vertiginosa.
Los neumáticos chirrían y elolor de la goma quemada me inunda las fosas nasales.
Cuando Jasper toma una curva cerrada hacia un estrecho camino industrial, el vehículo prácticamente se sostiene sobre dos ruedas, y no sé si me lo estoy imaginando, pero me parece que vamos a salir por donde hemos entrado.
—¿El convoy no viene por aquí? —pregunto.
—Es probable que nos crucemos —responde con frivolidad.
«¿Es probable que nos crucemos?». ¿Cómo puede estar tan calmado? Recorremos la carretera a toda velocidad y giramos una nueva esquina, justo a tiempo para ver los faros del convoy aparecer a la izquierda.
—Agarraos —dice Jasper. Parece que lo está disfrutando.
No hay asideros en la parte trasera, así que solo puedo sujetarme a la pared lateral y a un pedazo de metal mientras la furgoneta gira a la izquierda, tomando el camino por el que viene el convoy.
Si no fuera tan obvio que estamos escapando, quizá pasáramos a su lado sin que se dieran cuenta.
Y, por un momento, creo que lo hemos conseguido.
Hasta que, de repente, veo que uno de los camiones se desvía y da media vuelta.
Lo siguiente que sé es que nos pisa los talones.
Jasper nos dedica una sonrisa, un conjunto de perfectos dientes blancos.
—Muy bien, ahora agarraos de verdad.
El giro que efectúa a continuación es una locura y hace que las ruedas traseras derrapen.
Entonces, presiona el acelerador y la furgoneta se impulsa hacia delante como si fuera una bala saliendo de una pistola, lanzándome directamente al regazo de Xavier.
Me atrapa antes de que pueda golpearme con la puerta, inmovilizándome.
—¿Estás bien?
—Genial —farfullo.
—Os he dicho que os agarréis —dice Jasper entre carcajadas.
El aroma a goma vuelve a penetrarme en la nariz cuando volvemos a derrapar y volamos por otro callejón. La risa de Jasper adopta un toque maníaco.
—Deja de tomar las curvas así, puto psicópata —le gruñe Gray.
—¿Por qué? Es divertido.
Oigo de nuevo el chirrido de neumáticos, pero no son los nuestros.
La furgoneta del Comando nos está persiguiendo.
Miro más allá del hombro de Gray hacia el parabrisas y se me detiene el corazón al advertir el estrecho hueco entre dos fábricas en la distancia.
No creo que esté reservado para vehículos, pero Jasper está conduciendo directo hacia allí.
—No vamos a entrar —dice Gray.
—Entraremos.
Me sujeto a la parte trasera del asiento de Jasper y Xavier me imita. Ambos esperamos chocar con la pared o, si logramos cruzar el hueco, quedarnos atrapados como corderos en el matadero.
Jasper acelera aún más. Los neumáticos derrapan durante un segundo sobre el asfalto, pero mantenemos el rumbo. En el retrovisor veo los faros de la furgoneta del Comando y, de repente, oigo el potente estallido de las balas sobre mi latido atronador. Nos están disparando con la artillería pesada.
—Abajo —nos ordena Jasper.
Xavier y yo nos tumbamos en el suelo de la furgoneta.
—¡¡¡No vamos a pasar por ahí!!! —grita Gray.
—¿Puedes dejar de ser tan cagón? —dice Jasper, ululando, feliz, mientras se dirige al hueco.
Contengo el aliento, a la espera de oír un crujido o sentir un sobresalto o explosión al incendiarse el tanque de gasolina, pero lo único que percibo es el chirrido desgarrador del metal contra los laterales de la furgoneta al rozarse con las paredes del callejón. ¡Hemos conseguido cruzarlo!
Se oye un estrépito a lo lejos.
—Shamus acaba de detonar el almacén —nos informa Jasper a la vez que asiente con la cabeza—. El Comando debe haber irrumpido en él.
—¿Y el vehículo detrás de nosotros? —pregunto.
—Se desviarán e intentarán cogernos por otro sitio, pero es demasiado tarde —dice mientras nos adentramos a toda prisa en la oscuridad de la noche.
Llevamos conduciendo unos treinta minutos cuando Jasper gira de forma abrupta por una carretera pavimentada en el distrito E y se incorpora a un estrecho camino de gravilla que lleva al bosque.
Casi de inmediato, la luna desaparece. Con los faros apagados, esa luna era nuestra única guía.
Ahora estamos sumidos en una oscuridad total y me recuerda a los momentos con Gray en los que volamos por el vacío y aterrizamos con una plegaria.
La espesura de árboles es tal que parece que el bosque se está cerrando sobre nosotros.
La única luz procede del brillo del salpicadero y solo se oye el zumbido del motor y el crujir del suelo bajo las ruedas.
—¿Adónde vamos? —le pregunto a Jasper.
Mantiene los ojos fijos en el parabrisas. No está estudiando el terreno, tratando de entender dónde se encuentra, lo que me indica que ha recorrido este camino muchas veces.
—A un lugar seguro —responde—. No te preocupes, nos esperan.
Se me eriza el vello del cuerpo. ¿Quiénes y cómo nos esperan?
Nos adentramos aún más en la espesura. Como yo, Xavier entorna los ojos, mirando por la ventana, en un intento por atisbar algo en la oscuridad. Lo único que distingo son las siluetas de los árboles que se extienden hasta el infinito en mitad de la noche.
Gray se gira en el asiento del acompañante.
—¿Estás bien?
Me está mirando a mí, pero Xavier responde antes de que pueda hacerlo yo:
—Sí, gracias por preguntar.
De repente, un fogonazo de luz ilumina el coche. Jasper enciende los faros. Al principio, solo veo árboles y sombras, pero una silueta se recorta sobre los haces de luz y contengo el aliento. Una enorme formación rocosa se yergue ante nosotros, una especie de pared de piedra en medio del bosque.
De nuevo, capto solo un hueco diminuto. Y, de nuevo, Jasper no duda antes de dirigirse directamente hacia allí. Me preparo, temiendo de verdad estar a punto de chocar con esa pequeña montaña, pero la abertura se ensancha y advierto que estamos entrando en un túnel escondido.
—Hostia puta, ¿es el campamento de Kitty? —pregunta Gray.
Jasper no contesta.
Miro por la ventana.
—¿Quién es Kitty?
—Es la jefa de uno de los campamentos de Fe —dice Gray—. Oímos rumores de un sistema de túneles que te llevaba hasta él, pero es la primera vez que lo veo.
Los faros iluminan la pared, que parece una combinación de piedra y metal oxidado.
Este túnel debió construirse hace mucho tiempo.
No sé cuál era el propósito original de esta infraestructura, pero es evidente que ahora tiene una finalidad totalmente distinta.
Y es largo, ya que continuamos durante varios minutos antes de llegar al final.
Por fin, emergemos en un espacio repleto de más árboles y oscuridad. Vislumbro la forma de los gruesos troncos y unas ramas largas y retorcidas.
La furgoneta se detiene. Entonces, Jasper apaga el motor y abre la puerta.
—Vamos.
Espero notar bajo los pies tierra y maleza, pero es gravilla. Adoptando el ritmo ligero de Jasper, lo seguimos por otro camino. Cuando giramos una esquina al pasar otra pequeña formación rocosa, abro mucho los ojos por la sorpresa.
Ante nosotros, escondida bajo las copas de los árboles, parece haber una comunidad entera.
Al final del camino se erige una inmensa cabaña de madera, cuyas ventanas refulgen por la tenue luz de su interior y de cuya chimenea de ladrillo surge una nube de humo.
Más allá de la cabaña hay otras más pequeñas, repartidas entre los árboles.
La mayoría son de madera o de piedra, con pequeños porches iluminados por un farolillo.
En la distancia oigo voces, risas… y música.
Alguien está tocando un instrumento. Entorno los ojos en esa dirección y capto un retazo de la hoguera.
Cuando inhalo, el aroma del humo y los pinos me inunda las fosas nasales.
—¿Qué es esto? —pregunta Xavier, al parecer tan conmocionado como yo—. En el Comando no teníamos información de que hubiera un asentamiento permanente tan cerca de la ciudad. En las tierras sin ley, quizá, pero no en los distritos. ¿Qué cojones es este sitio?
Jasper nos dedica una sonrisa.
—Bienvenidos a la Hondonada.