Capítulo 48
E l tiempo sigue avanzando y, antes de que me dé cuenta, estamos a mediados de verano.
Me sorprende que haga ya ocho meses desde que llegué a la Daga.
Cuando Gray me preguntó si estaba preparada para la guerra antes de subirme a ese helicóptero, esperaba entrar en la batalla de inmediato, bombardear Santuario, irrumpir en el Capitol y derrocar a Travis y a toda la Compañía.
Pero resulta que nuestra guerra va lenta. Muy lenta. Todas las piezas deben estar en su sitio. Los pequeños peones deben situarse mientras los reyes, reinas y caballos idean estrategias de mayor alcance. ¿He mencionado ya cuánto odio el ajedrez?
Han pasado tres meses desde que alguien le echó raíz de corazón a mi bebida, pero sigo sin tener ni idea de quién fue.
El otro día le pregunté a Hawkins si es posible incitar a otra persona para que te diga la verdad.
Pensé que quizá podía pasearme por la Daga, aprovechando el oro e incitando a gente al azar para que me contaran si habían intentado matarme o no, pero dijo que, hasta donde él sabía, no era posible.
—¿Lo has intentado? —lo reté, y puso los ojos en blanco antes de contestar:
—Claro. —Procedió a explicarme que, aunque «funcionara», no había forma de comprobarlo. Se puede incitar a alguien a que hable, pero eso no significa que vaya a decir la verdad.
Esta mañana, estoy de camino al campo de tiro cuando Adrienne me convoca de forma telepática para que vaya a la sala de guerra. Espero encontrarme allí al resto de la Autoridad, pero está sola, con la cadera apoyada en la mesa y el pelo rojizo suelto sobre los hombros.
—Te necesito para el dispositivo de seguridad de esta noche —dice.
—¿Para una misión?
Asiente.
—Tengo una reunión en los distritos.
—¿Con quién?
—No tienes permiso para saberlo. Lo único que necesito son tus ojos y tu fusil.
—¿Quién se encarga del transporte?
—Henley.
No me sorprende que no sea Gray. Me he dado cuenta de que es extraño que haya más de un miembro de la Autoridad sobre el terreno al mismo tiempo.
—Primero vamos a ver a Jasper —dice, arqueando una ceja—. He pensado que quizá te gustaría ver al teniente.
Eso me levanta el ánimo. No he vuelto a ver ni hablar con Xavier desde que lo dejamos en la Hondonada. He recibido alguna noticia ocasional sobre él a través de Kitty, pero no es lo mismo sin ver su sonrisa burlona y oír su sarcasmo en persona.
—Nos iremos a las once de la noche —continúa Adrienne.
Después de cenar, estoy sentada con Gray en su apartamento, pero, cuando le pregunto por la reunión de Adrienne, mantiene el pico cerrado.
—Formas parte de una misión confidencial de la Autoridad —me recuerda—. Solo estás ahí como apoyo.
—¿De verdad no me vas a contar de qué va la reunión? —gimo.
—De verdad. —Entonces, tira de mí y me distrae besándome hasta que pierdo la razón.
Seguimos sin acostarnos. No sé por qué. No dejamos de provocarnos, pero parece que nos estamos conteniendo antes de llevar lo nuestro al siguiente nivel.
A menudo pienso en lo que me contó Karra sobre la necesidad de Gray de no ir más allá de lo superficial y me pregunto si también se extenderá a su vida sexual.
Nos besamos, nos hacemos reír y nos calentamos, pero ¿profundizar en el plano íntimo?
Parece encantado de retrasarlo. Y a mí tampoco me importa.
Porque da igual lo mucho que me resista, siempre hay una parte, diminuta, insignificante, que siente que estoy traicionando a Cross.
Nos reunimos en un bar subterráneo en el distrito C, no lejos del hospital donde me topé con una habitación llena de mentes fragmentadas.
Ojalá Cross y yo siguiéramos en contacto para que pudiera informarme sobre los casos de corrupción que me aseguró que vio de primera mano, pero hace tiempo que he dejado de intentar vincularme con él.
Lo he perdido. Igual que a Lobo. Me angustia admitirlo, mucho más aceptarlo, pero no creo que tenga otra opción. No ha intentado hablar conmigo en ningún momento, así que no voy a seguir suplicando su amistad. Tomó una decisión.
Xavier me estrecha en un cálido abrazo y me aferro a él, no solo porque sea mi amigo, sino porque siento que es mi último vínculo con Cross.
—¿Qué tal te tratan los Fieles? —pregunto. Tiene un aspecto impecable, con el pelo más largo y la cara cubierta de una barba desaliñada y sexi. En sus ojos hay una viveza que pocas veces vi en la Daga.
—Ah, ni te lo imaginas, Darlington.
Procede a hablar por los codos sobre lo mucho que le gusta la Hondonada, sobre todos los polvos que echa, por supuesto, y sobre cuánto cuenta Jasper con él para el negocio de los suministros, lo que me sorprende.
—Entonces, ¿has pasado de ser un teniente de la sección Plata a un contrabandista? —pregunto con una sonrisa.
—Oye, es un campo de trabajo fascinante.
—Y te encanta el peligro.
—Eso también.
Jasper se acerca a saludar. No nos abrazamos, pero parece contento de verme. No me molesto en preguntarle si ha pedido que despejen el bar solo para nosotros, sé que tiene contactos y agradezco la privacidad.
Mientras Jasper y Adrienne se sirven una copa, Xavier me estudia antes de bajar la voz:
—¿Has sabido algo de Cross?
—No, ya no me habla.
Veo un relámpago de… algo en sus ojos, pero no logro entender qué es.
—¿Sigues con el piloto?
—Más o menos. ¿Por qué? ¿Te molesta?
—No, siempre y cuando te haga feliz. —Se encoge de hombros—. Quizá estés mejor así.
—¿Qué significa eso?
—Nada. Tú misma lo has dicho. No se ha puesto en contacto contigo.
—Sí, pero ¿por qué? ¿Tú has hablado con él? —insisto.
—Desde que cruzamos juntos las Tierras Oscuras, no. —Suelta una suave maldición—. Mierda, ha pasado casi un año.
Percibo un toque de tristeza en su voz. Cross y él llevaban toda la vida siendo mejores amigos y ahora… ni hablan. Duele, claro que sí.
Mientras veo cómo interacciona con Jasper, no puedo evitar preguntarme si está intentando buscar un sustituto de Cross.
Son uña y carne. Bueno, supongo que es lo normal ahora que los dos son ladrones y Xavier se ha unido al negocio.
Aun así, advierto una familiaridad entre ellos que no estaba ahí antes.
No quiero decir que sean íntimos, pero sin duda su amistad es ahora más profunda que cuando Xavier se mudó a la Hondonada.
Mientras Adrienne va al baño, Jasper vuelve a nuestro lado. Por un momento, contempla a Xavier, expectante.
—¿Se lo has dicho?
Xavier lo fulmina con la mirada y su expresión transmite una pregunta muy obvia: «¿Por qué cojones sacas el tema?».
Me pongo en guardia de inmediato.
—¿Decirme qué? —pregunto.
—Lo de vuestro amigo mutuo. —Jasper me dedica una mirada cómplice y una oleada de rabia me recorre el cuerpo.
Rezo para que Xavier no le haya contado que Cross es un Modificado, pero no tardo en fijarme en el brillo tranquilizador en los ojos del teniente.
—Jas sabe que tuviste una relación con un capitán en la base. Ya sabes, una aventura prohibida entre una Aberrante y un Primario, la típica historia sórdida.
Es su manera de decirme que el secreto de Cross está a salvo y espero estar ocultando mi alivio como se debe.
Jasper se encoge de hombros.
—Pasa a menudo, Wren. Pero es mejor que te alejes de esos cabrones del Comando…
—¡Oye! —se queja Xavier, divertido.
—Y, a decir verdad, quizá sea bueno que tu capitán haya pasado página —concluye Jasper.
Giro la cabeza hacia Xavier, quien suelta una maldición entre dientes.
—¿En qué sentido?
Las dudas le crispan la expresión.
—Mira, no quería contártelo… Bueno, iba a contártelo, pero, cuando nos hemos visto y hemos empezado a hablar, he pensado que no hacía falta. —Le dedica un ceño fruncido a Jasper a modo de reprimenda—. Tiene que venir este y estropearlo todo.
—¿Qué estás queriendo decir? —pregunto, inquieta.
—Cross se ha visto con otras mujeres.
Cada célula del cuerpo se me convierte en hielo.
—¿Mujeres? ¿En plural?
Xavier se remueve, incómodo.
—A ver, no sabemos si más de una, pero ha pasado por Paraíso en varias ocasiones.
Entorno los ojos.
—Y una mierda. Si va a Paraíso, solo se toma una copa. No suele subir a las habitaciones.
Los dos hombres se quedan callados.
—De verdad —insisto.
Jasper suelta un suspiro.
—Lo siento, cielo, pero sí que lo hace.
—¿Cómo estás tan seguro? —pregunto, desafiante.
—Lo he visto —contesta.
—¿En serio? —La duda se filtra en mi voz—. ¿Viste a Cross Redden con otra mujer en Paraíso?
—Sí.
—No te creo.
—Es verdad. Me topé con él por casualidad. En el fondo, fue gracioso. O, al menos, yo pensaba que lo era. Pero entonces se lo conté al teniente y no se echó a reír.
Aún no me lo creo. La mente me va a mil por hora mientras las preguntas se atropellan entre sí. Sí, yo también he pasado página. Y sí, yo también me he enrollado con Gray. Pero pensar que Cross ha ido más allá con alguien me rompe el corazón en un millón de pedazos.
—No —replico, terca.
Jasper me dedica una mirada cargada de pena. Entonces, antes de que pueda pestañear, estira el brazo y me rodea la nuca con la mano.
—¿Qué estás…? —comienzo a decir.
—Jas… —se queja Xavier.
Demasiado tarde. Noto su presencia en mi mente, su energía aferrándose a mi frecuencia telepática. Entonces, la proyección estalla tras mis ojos. Pero no es normal, no son imágenes estáticas, sino… ¿un recuerdo?
Arrasa conmigo como una ola, inundándome los sentidos y colándose en mi mente. Es una sensación extraña. Como si fuera una observadora externa. No siento lo mismo que Jasper, pero sí veo y oigo lo que él vio y oyó, que se reproduce en mi cabeza como un vídeo.
Se está acercando a una puerta. Pesada, de roble, astillada por su antigüedad. Gruñe cuando la abre y se tensa al presenciar una imagen inesperada que le inunda el campo de visión. Es Cross. Se está poniendo la camiseta. Tiene el pelo revuelto.