Capítulo 33
G ray aparece en mi puerta a la mañana siguiente. Se supone que vamos a ir al Templo para practicar la incitación, por lo que arqueo una ceja, inquisitiva, cuando me entrega una tableta.
—¿Qué pasa?
—Hemos tenido una reunión sobre los padres de Lyddie esta mañana —contesta.
—Sí, Kallister me preguntó por ellos anoche. ¿Está ocurriendo algo?
—Travis ha estado acudiendo a un montón de encuentros con el departamento de biotecnología últimamente, lo que nos tiene preocupados.
—¿Crees que tiene algo que ver con los Modos?
—Me imagino que sí. La cuestión es que hemos recopilado algunos datos sobre los de Velde. Queremos que los revises.
—¿Por qué yo?
—Eras amiga de Lyddie durante el programa. Quizá te contó algo que no pareciera importante en ese momento, pero que ahora sea valioso. Si conoces el contexto, a lo mejor se te ocurre algo.
—Vale, sí, lo leeré esta noche.
Dejo la tableta en la mesa y nos dirigimos al Templo.
Con la primera persona con la que nos encontramos es con Hawkins, que se encuentra solo en uno de los recovecos, meditando.
Noto una punzada de compasión cuando pasamos en silencio a su lado.
Sé que pasa aquí la mayor parte del tiempo, aunque no puedo culparlo, pues no es que tenga demasiados amigos o aliados en el resto de la base.
Estoy bastante segura de que la única persona que habla con Hawkins es Kallister.
—¿Por qué no podemos hacerlo en alguna de nuestras habitaciones? —pregunta Gray.
—Porque la daguita refuerza la frecuencia dorada. Quiero mostrarte todo el progreso que he hecho esta semana.
—No me digas que lograste incitar a Hawkins.
—¡Sí! —No consigo reprimir la sonrisa enorme y bobalicona—. El otro día.
—Impresionante.
—A ver, solo mantuve el control durante unos segundos, pero algo es algo.
Nos dirigimos a un rincón y nos sentamos uno frente a otro, bajo la radiante luz azul.
—¿Qué quieres que te ordene? —pregunto, motivada.
Se mete una mano en el bolsillo y saca una navaja que abre con un movimiento brusco.
—Haz que me corte.
Una sensación de familiaridad me recorre el cuerpo. Es justo lo que me pidió que hiciera el tío Jim cuando era una niña. La primera vez que lo incité, movida por la rabia y la frustración más puras, debía ordenarle que se hiciera un corte en la piel.
Trago saliva y cierro los ojos.
—Muy bien.
Despacio, comienzo a reunir el polvo dorado en la mente, motita a motita, hasta que tengo tanto entre los dedos que casi rebosa.
Lo convierto en una bola de poder, pero no la comprimo; dejo que la energía me fluya de las manos a los brazos, al cuello, al pecho.
Me inunda el cuerpo como si unas finas hebras de hilo me rodearan.
Abro los ojos y me encuentro a Gray con la mirada fija en mí.
He descubierto que decir las órdenes en voz alta es más eficaz, lo que hace que me pregunte si la incitación estará ligada a la mente del objetivo a través del oído, igual que la proyección se basa en el nervio óptico.
Sí que parece que las ondas de sonido ayudan en el proceso, pero no puedo demostrarlo porque hay veces en las que articular las órdenes no sirve de nada.
—As —digo.
Esboza una sonrisa.
—¿Mmm?
—Coge el cuchillo y hazte un corte en la mano.
No se mueve. Sigue con los ojos centrados en los míos.
—Coge el cuchillo y hazte un corte en la mano —digo con firmeza.
Su mano, que mantiene apoyada sobre el muslo, comienza a tensarse.
—Hostia puta —musita, y esbozo una sonrisa.
Me esfuerzo por mantener el control sobre el oro, decidida a no dejar escapar ni una sola mota. Cuando noto que las hebras se desprenden, cojo aire y me concentro aún más.
—Coge el cuchillo y hazte un corte en la mano.
Su mano se acerca al cuchillo.
—Cógelo.
Los largos dedos de Gray se convulsionan con más fuerza.
También se le marca un músculo en la mandíbula.
No parece estar disfrutando, y no le culpo.
Al fin y al cabo, no puede controlar su propio cuerpo.
No quiero ni imaginarme la sensación tan terrible que debe de sentir.
El nivel de confianza que me está demostrando al permitirme hacerle esto es asombroso. Yo no podría confiar tanto en alguien.
—Cógelo.
Rodea el mango con los dedos.
—Gira la otra mano. —Observo cómo sus dedos también sufren espasmos antes de mostrarme la palma—. Hazte un corte en esa mano. No demasiado profundo.
Sus facciones se tensan, rígidas. Ha perdido totalmente el control.
—Córtate. Vamos.
Yo también noto el esfuerzo y reconozco la sensación.
Me ocurrió cuando el pelotón de fusilamiento se resistió, cuando nos enzarzamos en una pelea entre su voluntad y la mía.
Advierto que eso es lo que agota la energía dorada, la resistencia de la otra persona.
Ahí es cuando las sienes se me perlan de sudor.
Ahí es cuando empiezo a sentir debilidad.
Hawkins me ha estado enseñando a respirar en todo momento. Antes intentaba alejar el oro, pero ahora lo atraigo hasta que forma parte de mí.
Con la punta del cuchillo, Gray se dibuja una línea en la palma.
Es suave, apenas le roza la piel, pero no tengo energía para seguir. Libero su mente y el cuchillo cae con un repiqueteo en el suelo.
Gray sufre un escalofrío que le recorre todo el cuerpo, con los ojos verdes apagados.
—¿Qué cojones…?
Trago saliva.
—Lo siento. Era…
—No, no. —Se frota la frente antes de agitar las manos—. Ha sido… Ni siquiera sé cómo describirlo. Parecía que cada parte de mi ser se estaba resistiendo. No quieres hacerlo, pero ves cómo actúas sin poder evitarlo y…
Se estremece de nuevo y, en ese momento, sé que entiende por qué la gente teme tanto a los incitadores. Aun así, cuando me sostiene la mirada, no parece tenerme miedo.
—Lo siento —digo de nuevo.
—No te preocupes. Necesitas poder controlarlo y acepté ayudarte. —Se encoge de hombros—. No te sientas culpable por tener este poder. No elegimos nuestras habilidades.
—Tienes razón. No elegí la incitación. Igual que tú no elegiste la… premonición.
Suelta una carcajada.
—Ya te lo he dicho, no soy un premonitorio.
—También me prometiste que me contarías cuál era tu habilidad si la averiguaba —digo, acusatoria.
—Todavía no la has adivinado.
—¡Pero si he probado con todo! No me quedan más habilidades.
—No sé qué decirte, vaquera. —Me guiña un ojo—. Esfuérzate más.
—Te odio.
No hay nada en el archivo de los de Velde que haga que salten las alarmas en mi cabeza, pero eso no lo hace menos fascinante.
Me paso toda la tarde devorándolo. Al parecer, la madre de Lyddie es una especie de supergenio y su padre, un estratega de la leche, responsable de planear el ataque aéreo contra la cordillera Valterra.
Ahora entiendo mucho mejor por qué la primera vez que le leí la mente a Lyddie, esta estaba pensando en bucle: «No eres lo bastante buena».
Debe de ser aterrador ser la hija de dos personas excepcionales y brillantes. A Lyddie no le falta astucia, pero no la consideraría «brillante». Aun así, le pega formar parte del servicio de inteligencia. Por mucho que desee estrangularla hasta la muerte, eso debo concedérselo.
Unos días después, la Autoridad se reúne de nuevo, pero no convocan a todos los agentes de campo en el comedor hasta media tarde.
Xavier y yo abandonamos el campo de tiro y nos dirigimos a la planta de Personal.
En teoría, no es un agente de campo, pero nadie lo detiene cuando entramos en el espacio cavernoso. Estamos progresando, supongo.
Arrastramos los pies hacia el interior y nos encontramos con Tana, quien ha pasado hace poco todas las pruebas de acceso y por fin vive en la Daga.
Teriq nos estudia, paseando los ojos oscuros y severos por la estancia. No lo he visto mucho últimamente porque, según me ha contado Gray, se ha pasado un tiempo en la base de la Zarzamora, llevando a cabo misiones de reclutamiento en los distritos.
—Cuando bombardeamos la base del Comando el invierno pasado, no fue solo un aviso para la Compañía, sino también un llamamiento para los reclutas —anuncia—.
Dio resultado, sin duda. Declan y los demás Modos de la Zarzamora han estado formando a un montón de nuevas incorporaciones.
Aquí hemos estado haciendo lo mismo y la mayoría de los que trabajaban en la mina de sal se han unido a nuestras filas.
—¿Pero? —pregunta Henley, despreocupado, apoyado en un saliente al otro lado de la estancia.
—Pero necesitamos más aliados —interviene Adrienne—. No hay suficientes Modos en el Continente para tener alguna posibilidad de ganar la guerra contra la Compañía. Hemos votado esta mañana y todos estamos de acuerdo en que ha llegado el momento de reanudar las comunicaciones.
—¿Con quién? —dice Evlynne con brusquedad.
—Con los Fieles, por ejemplo.
Un murmullo de descontento cruza la sala.
Según lo que he descubierto desde que llegué, la Revolución y los Fieles tienen ideas muy diferentes sobre la manera en la que debería dirigirse la sociedad, lo que provoca mucha reticencia a la hora de trabajar juntos.
Los Fieles quieren lo que se hacía en la era pasada. La Revolución, no tanto.
—Eso significa que debemos renegociar el acuerdo con Jasper —prosigue Adrienne—. Es una de las pocas personas del Continente que sabe dónde se encuentran sus campamentos.
Arqueo una ceja. Eso le dará a Jasper Reed un gran poder. Pero supongo que tiene sentido. Es el que saca los suministros de la ciudad para intercambiarlos con los Fieles y, para ello, tiene que saber dónde se ubican sus campamentos.
—Esperamos llegar a un acuerdo con él —dice Kallister—. Quizá pueda organizar una audiencia con algunos de los líderes de los Fieles.
—¿A cambio de qué? —pregunta alguien.
—No lo sabemos. Veremos cuáles son sus condiciones.
Evlynne vuelve a hablar.
—Has dicho los Fieles, «por ejemplo». ¿Con quién más planeáis negociar?